sábado, 30 de marzo de 2019

Reflexión Domingo 4 de Cuaresma. Ciclo C

DOMINGO 4 DE CUARESMA
San Lucas 15, 1-3. 11-32:

Es frecuente encontrar en nuestras familias personas que acostumbran
compararse con otras, especialmente entre los hermanos. Sin embargo, sería
preocupante que las comparaciones comenzaran por los propios padres de
familia, ya que pueden generar marcas psicológicas que, tiempo después,
conducirán a conflictos entre los hermanos. En contraste con esta situación, también existen familias que fomentan la colaboración entre todos los miembros, a partir de sus cualidades y talentos.

Por ello, un signo de comunión, es decir, común – unión entre los miembros de una familia es la comida, no sólo como el espacio para consumir los alimentos, sino como momentos invaluables de fraternidad, solidaridad y sobre todo, de afecto entre unos y otros.

Esta fue la práctica del pueblo de Israel, luego de su liberación del dominio Egipcio, que se refleja en la celebración de la Pascua, tal como lo narra el Libro de Josué. Lamentablemente, en algunos casos, la comida ahora es excusa para
simplemente verse las caras, pues estamos ocupados chateando en el celular, viendo televisión o con los audífonos puestos.

Cuando nos conectamos con el
mundo virtual, nos desconectamos de la persona que tenemos a nuestro lado y, por ende, le cerramos el espacio al amor fraterno, a la bondad y, sobre todo, a la misericordia. Si perdemos de vista la práctica de la misericordia, empezando por los más cercanos, el egoísmo y el individualismo ocuparán el centro de nuestro corazón, convirtiéndonos en personas de las tres “IN”: intransigentes, intolerantes, inmisericordes. Sólo por medio de Jesús logramos sacar de nuestro corazón todo tipo de encerramiento, para dar cabida al amor sincero y fraternos y, por
consiguiente, a la misericordia que viene de Dios, tal como lo dice el Apóstol San Pablo: “El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (2 Cor 5, 17).

Precisamente, en este Cuarto Domingo de Cuaresma, el Ciclo C nos propone la
parábola del Padre Misericordioso, en el Evangelio de San Lucas. Esta
comparación se nos ofrece también como la guía apropiada y la inspiración para vivir esta Cuaresma, pues ella contiene elementos adecuados para vivir el amor, la compasión y el perdón que provienen de Dios. Dicha parábola nos presenta tres personajes principales: el Padre, el hijo mayor y el hijo menor.

En primer lugar, la actitud del padre representa la misericordia de Dios. Así como el padre es justo, paciente y comprensivo, de la misma manera actúa Dios con nosotros; así como el padre se alegró por el regreso de su hijo, de igual modo se alegra Dios con la conversión de uno de sus hijos.

En segundo lugar, tenemos al hijo mayor, quien representa las actitudes de muchos de nosotros. Tal como ocurre en la parábola con este hijo, nosotros nos esforzamos, trabajamos y damos lo mejor que somos para cumplir con los deberes encomendados, pero pensamos que por ello Dios debe recompensarnos, sin caer en la cuenta que, desde el principio, Dios nos dice: “todo lo mío es tuyo”.

En tercer lugar, se encuentra el hijo menor, comúnmente denominado “el hijo pródigo”. Igualmente, a este personaje se le ha adjudicado la deshonrosa imagen de ser el pecador de la historia, pues se le recalca su ambición por la herencia de su padre y su posterior derroche, sin reconocer que él cae en la cuenta de su equivocación y por ello regresa arrepentido a casa de su padre.

En resumen, la Palabra de Dios nos regala tres enseñanzas para nuestra vida diaria: 1) Aunque todos somos pecadores, tenemos la posibilidad de la conversión, para lo cual se necesita reconocer nuestro pecado, 2) En vez de juzgar los errores de los demás, estamos llamados a perdonar y, 3) Dios es la fuente del amor y la misericordia, por lo que nos llama a ser como Él, los unos con los otros.


domingo, 24 de marzo de 2019

Reflexión 3 Domingo de Cuaresma. Ciclo C

Tercer Domingo de Cuaresma


¿Qué tan fecundo soy? ¿Cuáles son los frutos que les ofrezco a los demás?
Lecturas:

Éxodo 3, 1-8a. 13-15

Salmo 102

De la Primera Carta de San Pablo a los Corintios 10, 1-6. 10-12.
San Lucas 13, 1-9. 

En el lenguaje cotidiano, se suele decir “árbol que nace torcido, su tronco jamás endereza”, lo cual manifiesta esa poca confianza que en algún momento podemos tener en el cambio una persona o en una situación determinada. Esta forma de pensar se hace patente en relaciones muy complicadas, cuando un familiar o nosotros mismos poseemos un problema, una adicción o un vicio que no hemos podido superar y que, por ello, otras personas sufren. En ese sentido, al no ver cambio alguno en la persona, sentimos que llegamos a un callejón sin salida y, paulatinamente, comenzamos a creer que ya no hay solución y que nada o nadie podrán transformar a dicha persona.


Sin embargo, Jesús nos enseña que para Dios siempre habrá una esperanza de redención del ser humano. Cambiando el refrán popular, para el Señor “el tronco torcido siempre endereza”. En la parábola de la higuera estéril, que se nos narra en el Evangelio de San Lucas, lo más sencillo para nosotros sería esperar que el dueño de la viña cortara la higuera que, después de tres años, no ofreciera fruto; pero Dios se pone en el lugar del viñador y prefiere abonarla, cuidarla y tratar a la higuera con cariño con el fin de obtener fruto de ella.

Dar una nueva oportunidad es la apuesta de Dios, pues como dice el Papa Francisco, “el nombre de Dios es misericordia”, lo cual significa que a pesar de tanto mal e iniquidad presentes en el mundo, el ser humano tiene la oportunidad de recibir de parte de Dios todo su amor y bondad sin límites, sin exigirnos retribución o pago alguno. No obstante, la tarea que se le presenta al ser humano en estas circunstancias es responder libre y afirmativamente al llamado de amor que nos hace Dios en cada instante, pues recordemos que Dios ha sido quien nos ha amado primero y, por eso, nos ha llamado a seguirlo.

¡Cuántas veces nos rendimos ante el primer obstáculo que se nos presenta! Es más, creemos que ya no hay solución y que Dios nos ha abandonado. Pero Dios está con su pueblo, animándolo, tal como ocurrió con Moisés que, aunque sintió asombro al ver que la zarza no se consumía, reconoció la presencia de Dios mismo en la zarza. Dios escucha nuestro clamor y se hace presente, en medio de nuestro asombro, pues su misericordia es como el fuego en la zarza, ya que no se consume y nos brinda una esperanza, un nuevo horizonte para amar y para perdonar.

Por tanto, la tarea de cada uno de nosotros es ir hacia la zarza y dejarnos quemar por el fuego divino. En tiempos difíciles, lo más tentador es aislarnos, cerrar los ojos y taparnos los oídos ante cualquier voz de aliento, pero Dios nos interpela, nos cuestiona y nos invita a acercarnos a Él y abrirle nuestro corazón. En medio del desierto que nos presenta la vida, con toda su rutina y estrés, Dios está a nuestro lado, acompañándonos, consolándonos, abriéndonos nuevos horizontes. Así como Él orientó en forma de nube al pueblo de Israel, ahora va con cada uno de nosotros, desde nuestra propia realidad y sólo nos pide creer en Él, que todo lo puede, tal como nos invita el apóstol San Pablo.
Quien confía en el Señor, sus acciones se dirigen en beneficio de los demás, como nos dice Jesús: “Por sus frutos los conocerán” (Mateo 7, 20). En consecuencia, las palabras, actitudes y acciones de la persona reflejarán su confianza en Dios y su capacidad para abrirse a su acción misericordiosa. Por ello, preguntémonos: ¿Qué tan fecundo soy? ¿Cuáles son los frutos que les ofrezco a los demás?

En síntesis, la Palabra de Dios nos mueve a tres cosas: 1) Reconocer la misericordia sin límites del Señor, quien no se cansa de ofrecernos nuevos caminos para llegar a Él, 2) Dejarnos guiar por el Señor que, como el viñador, no cesa de cuidarnos y atendernos para que demos fruto abundante y, 3) Reflexionar sobre los frutos que estamos ofreciendo a los demás en nuestra vida diaria.

domingo, 17 de marzo de 2019

Reflexión Domingo 2 de Cuaresma. Ciclo C


Segundo Domingo de Cuaresma. Ciclo C


¿Cómo podemos ser contemplativos en la vida diaria?


Lecturas:
Génesis 15, 5-12. 17-18.
Salmo 26
De la Carta de San Pablo a los Filipenses 3, 17 – 4, 1.
San Lucas 9, 28b-36. 

En este Segundo Domingo de Cuaresma, el texto del Evangelio que se nos presenta es el de la Transfiguración del Señor. Jesús manifiesta su divinidad a sus discípulos y confirma que es el Hijo de Dios, pues aparece conversando con dos personajes fundamentales en la historia de fe del pueblo de Israel: Moisés y Elías. Además, con la voz que se escuchó desde la nube, se muestra que Jesús es el Hijo amado del Padre y a quien Él ha escogido para salvar la humanidad. 

En otras palabras, Jesús se nos presenta como ejemplo, modelo y luz para seguir nuestro caminar diario por la vida como creyentes. En ocasiones, separamos nuestra vida cotidiana de nuestras creencias y dejamos nuestra relación con Dios sólo como una actividad que realizamos los domingos en la Eucaristía. Con la escena de la Transfiguración, el Señor nos está invitando a reconocerlo en la vida cotidiana, en los trabajos que efectuamos, en las relaciones sociales que establecemos con diversas personas; más aún, en las dificultades y en los problemas que se nos puedan presentar. Por lo mismo, Dios siempre está a nuestro lado animándonos, ofreciéndonos nuevos horizontes y transformando cada situación que vivimos en una nueva oportunidad para amar. Para nosotros, como creyentes, resuenan las palabras de San Pablo en el día de hoy: “Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo”.

Puede ser que a nosotros nos suceda algo parecido que a los discípulos y nos dejemos llevar por el resplandor y la majestuosidad de la escena, en la cual aparece el Señor resplandeciente en medio de Moisés y Elías. También a muchos de nosotros nos gustaría hacer tres tiendas y quedarnos en el Monte Tabor con el Señor y olvidarnos de nuestra realidad, la cual a veces no se parece en nada a la escena de la Transfiguración.

Sin embargo, Jesús nos trae de nuevo a la realidad y nos muestra que su manifestación divina se hace en la vida diaria, mientras estamos trabajando y conviviendo con otras personas. Precisamente, es en lo cotidiano en donde Jesús se nos presenta como el Señor y nos regala todo su amor y su gracia. Por ello, debemos aprender a ser contemplativos en la vida diaria, es decir, descubrir a Dios actuando en todas las personas y en toda la creación. 

La persona que es contemplativa en lo cotidiano no se precipita para tomar decisiones, sabe escuchar a los demás, pero a la vez no se deja llevar por las presiones de alguno; siempre está abierta a reconocer la bondad en los otros y es optimista frente al futuro, porque sabe que con sus talentos y con los de los demás puede construir un mundo mejor. También, el contemplativo es una persona de fe, que reconoce la acción de Dios en su vida y sigue los llamados que Él le va haciendo en su interior, tal como ocurrió con Abrahán en la Lectura del Libro de Génesis, quien creyó en el Señor y, gracias a su fe, “aquel día el Señor hizo alianza” con él.

El contemplativo en la vida diaria sabe que este mundo es un regalo precioso de Dios y que es responsabilidad de todos cuidar el planeta, tanto de la naturaleza y de los animales como de las personas que habitamos esta casa común. En últimas, quien tiene la capacidad de contemplar en la vida diaria puede reconocer a Dios mismo habitando en toda la creación y a toda la creación habitando en Él. Este es el mensaje que nos ofrece el Evangelio de hoy, pues Jesús transfigurado logra transformar no sólo su figura, sino toda la creación. Por ello, la transfiguración del Señor no se quedará en esta escena, sino que llegará a su máxima expresión en la cruz y en la resurrección cuando lo podamos contemplar como el Hijo de Dios, quien vino al mundo a salvarnos.

Finalmente, nuestra tarea es aprender a contemplar a Dios en la vida diaria, pero ¿Cómo podemos hacerlo? Esta Cuaresma es un tiempo propicio para ser más atentos a la acción de Dios en la cotidianidad y, para ello, debemos trabajar en dos frentes: por una parte, tenemos que crecer en la vida espiritual, es decir, en la oración, la Eucaristía y en los demás Sacramentos, sobre todo en la Reconciliación, de tal manera que podamos profundizar en nuestra relación con Dios. Por otra parte, tenemos que llevar a la práctica aquellos llamados que recibimos del Espíritu Santo, a través de un servicio sincero, humilde y desinteresado a los demás. Para ello, podemos practicar las obras de misericordia, las cuales son formas concretas para atender y ayudar a nuestros hermanos. De este modo, podemos reconocer a Jesús Transfigurado en nuestras vidas y decir con nuestras obras: “El Señor es mi luz y mi salvación”.

domingo, 10 de marzo de 2019

Reflexión Domingo 1 de Cuaresma. Ciclo C

Primer Domingo de Cuaresma
Evangelio: San Lucas 4, 1-13

En este Primer Domingo de Cuaresma, el Evangelio nos presenta las tentaciones que le propone el diablo a Jesús. Llama la atención que las tentaciones le son propuestas a Jesús mientras Él estaba en el desierto por espacio de 40 días y 40 noches, es decir, el desierto representa aquel lugar ausente de vida, en donde es difícil sobrevivir, esto es, un lugar de reflexión y prueba. 

En este contexto, surge la primera tentación: “Si de veras eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes”. Esta tentación comienza por un condicional, con el cual el diablo pone en duda la divinidad de Jesús y sigue con una prueba de tipo material: convertir las piedras en panes. La respuesta de Jesús se puede relacionar con el inicio del Evangelio de San Juan: “En el principio ya existía la Palabra y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios (…) Por medio de Él, Dios hizo todas las cosas, nada de lo que existe fue hecho sin Él” (Juan 1, 1.3). En otros términos, Dios nos alimenta con su Palabra y gracias a ella nos ofrece el sentido de la existencia, pues la Palabra de Dios da vida.  

Luego, se propone la segunda tentación: “Si de veras eres Hijo de Dios, tírate abajo”. Al igual que la tentación anterior, el diablo duda de la divinidad de Jesús y se basa en la Escritura para justificar la tentación. A nosotros en la vida diaria también se nos presentan tentaciones y nosotros nos justificamos en las normas. Ciertamente, Jesús responde a partir de la Escritura y dice que no se tentará a Dios. Por lo mismo, todo aquello que busque el beneficio egoísta de alguien o pretenda perjudicar a alguna persona, no procede de Dios.

Por último, la tercera tentación dice: “Yo te daré todo esto si te arrodillas y me adoras”. Esta tentación va dirigida a deleitar a la persona de Jesús con los honores y privilegios del mundo. En nuestra vida diaria nos suele ocurrir con frecuencia que buscamos los aplausos y reconocimientos de los demás. Sin embargo, Jesús nos recuerda que es uno sólo a quien se debe adorar y hacer reverencia: Dios.

Al final de las tentaciones, el Evangelio señala que el diablo se retiró y que los ángeles acudieron a servir a Jesús. Esto significa que quien es fiel a Dios, Él no lo dejará solo, sino que le regalará los medios para ayudarlo a seguir adelante en el camino de la vida. Por esto, pregúntate: ¿Cómo respondes ante tanto amor que Dios te regala?

sábado, 2 de marzo de 2019

Reflexión Domingo 8 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Domingo 8 del Tiempo Ordinario
Evangelio: San Lucas 6, 39-45

Dice el refrán: “a quien lucha y suda, la suerte le ayuda”. Lo que está detrás de esta expresión de la sabiduría popular es que la cosecha de buenos resultados en la vida es producto del trabajo, de la constancia y del sacrificio, más allá de la espera de un golpe de suerte o de la obtención de grandes beneficios sin mucho esfuerzo.

Por lo mismo, Jesús utilizaba ejemplos venidos del campo para hacer comprender a la gente que nuestras acciones reflejan lo que hay en nuestro corazón, es decir, luego de haber realizado las cosas bien, con honestidad, quien obtiene buenos resultados de un trabajo arduo y transparente tiene la conciencia tranquila de no haber hecho daño a alguien.

Sin embargo, quien tiene una buena intención de ayudar a la otra persona, pero no ha revisado previamente su interior puede experimentar lo que Jesús señala en el Evangelio de hoy: “¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no miras la viga que hay en el tuyo?” Dicho con otras palabras, si señalamos los errores de los demás sin tener en cuenta los propios, podemos caer en la incoherencia que acarrea el juicio y la condena indiscriminada de los demás.

Por esta razón, debemos examinar nuestro corazón y descubrir con humildad nuestra fragilidad de tal manera que seamos más comprensivos con los demás.

En fin, con el ejemplo de los frutos que da el árbol, Jesús nos invita a darnos por completo en las labores que realizamos cotidianamente: en la familia, en el trabajo, en el estudio, con los vecinos y con los amigos. Si queremos recibir la paz, la esperanza y el amor que viene de Dios es necesario poner de nuestra parte y ser generosos en nuestras labores.

Por lo anterior, vale la pena que nos preguntemos qué tan generosos somos en nuestras labores cotidianas, es decir, qué tanto amor colocamos a las cosas que pensamos, decimos y hacemos: ¿Será que nosotros somos como el árbol que da buenos frutos, que nos desgastamos por los demás, o nos falta crecer en generosidad?