DOMINGO 4 DE CUARESMA
San Lucas 15, 1-3. 11-32:
Es frecuente encontrar en nuestras familias personas que acostumbran
compararse con otras, especialmente entre los hermanos. Sin embargo, sería
preocupante que las comparaciones comenzaran por los propios padres de
familia, ya que pueden generar marcas psicológicas que, tiempo después,
conducirán a conflictos entre los hermanos. En contraste con esta situación, también existen familias que fomentan la colaboración entre todos los miembros, a partir de sus cualidades y talentos.
Por ello, un signo de comunión, es decir, común – unión entre los miembros de una familia es la comida, no sólo como el espacio para consumir los alimentos, sino como momentos invaluables de fraternidad, solidaridad y sobre todo, de afecto entre unos y otros.
Esta fue la práctica del pueblo de Israel, luego de su liberación del dominio Egipcio, que se refleja en la celebración de la Pascua, tal como lo narra el Libro de Josué. Lamentablemente, en algunos casos, la comida ahora es excusa para
simplemente verse las caras, pues estamos ocupados chateando en el celular, viendo televisión o con los audífonos puestos.
Cuando nos conectamos con el
mundo virtual, nos desconectamos de la persona que tenemos a nuestro lado y, por ende, le cerramos el espacio al amor fraterno, a la bondad y, sobre todo, a la misericordia. Si perdemos de vista la práctica de la misericordia, empezando por los más cercanos, el egoísmo y el individualismo ocuparán el centro de nuestro corazón, convirtiéndonos en personas de las tres “IN”: intransigentes, intolerantes, inmisericordes. Sólo por medio de Jesús logramos sacar de nuestro corazón todo tipo de encerramiento, para dar cabida al amor sincero y fraternos y, por
consiguiente, a la misericordia que viene de Dios, tal como lo dice el Apóstol San Pablo: “El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (2 Cor 5, 17).
Precisamente, en este Cuarto Domingo de Cuaresma, el Ciclo C nos propone la
parábola del Padre Misericordioso, en el Evangelio de San Lucas. Esta
comparación se nos ofrece también como la guía apropiada y la inspiración para vivir esta Cuaresma, pues ella contiene elementos adecuados para vivir el amor, la compasión y el perdón que provienen de Dios. Dicha parábola nos presenta tres personajes principales: el Padre, el hijo mayor y el hijo menor.
En primer lugar, la actitud del padre representa la misericordia de Dios. Así como el padre es justo, paciente y comprensivo, de la misma manera actúa Dios con nosotros; así como el padre se alegró por el regreso de su hijo, de igual modo se alegra Dios con la conversión de uno de sus hijos.
En segundo lugar, tenemos al hijo mayor, quien representa las actitudes de muchos de nosotros. Tal como ocurre en la parábola con este hijo, nosotros nos esforzamos, trabajamos y damos lo mejor que somos para cumplir con los deberes encomendados, pero pensamos que por ello Dios debe recompensarnos, sin caer en la cuenta que, desde el principio, Dios nos dice: “todo lo mío es tuyo”.
En tercer lugar, se encuentra el hijo menor, comúnmente denominado “el hijo pródigo”. Igualmente, a este personaje se le ha adjudicado la deshonrosa imagen de ser el pecador de la historia, pues se le recalca su ambición por la herencia de su padre y su posterior derroche, sin reconocer que él cae en la cuenta de su equivocación y por ello regresa arrepentido a casa de su padre.
En resumen, la Palabra de Dios nos regala tres enseñanzas para nuestra vida diaria: 1) Aunque todos somos pecadores, tenemos la posibilidad de la conversión, para lo cual se necesita reconocer nuestro pecado, 2) En vez de juzgar los errores de los demás, estamos llamados a perdonar y, 3) Dios es la fuente del amor y la misericordia, por lo que nos llama a ser como Él, los unos con los otros.