domingo, 22 de marzo de 2020

Reflexión Domingo 4 de Cuaresma. Ciclo A

DOMINGO 4 DE CUARESMA
San Juan 9, 1 – 41:

Seguramente en nuestra vida hemos escuchado varias historias sobre ciegos, ya sean reales o en forma de cuento, incluso hemos jugado a la gallina ciega, que consiste en que a uno de los jugadores se le vendan los ojos, luego se le da vueltas y, sin poder ver, tiene que atrapar a los demás participantes. Sin duda alguna, las personas que han realizado este juego coinciden en señalar la impotencia, angustia e incertidumbre que sintieron al tener vendados los ojos y, a la vez, tratar de atrapar a sus amigos.

En este sentido, en el Cuarto Domingo del Tiempo de Cuaresma la reflexión de la Palabra de Dios gira en torno al tema de la vista, no sólo física, sino espiritual. Ver no sólo indica la capacidad de distinguir varias cosas o personas entre sí, sino que implica la capacidad de discernir la acción de Dios en la vida propia y en las de los demás.

En la Primera Lectura, el Profeta Samuel tiene la misión de ungir al elegido por Dios para ser el nuevo rey del pueblo de Israel. Para ello, tiene que ir a visitar la familia de Jesé y aunque al principio Samuel se deja llevar por la apariencia, él se deja llevar por la acción de Dios y ve en el hijo menor, en el pastor de ovejas, David, al elegido por Dios y lo unge. De este modo, ver con los ojos de Dios implica ir más allá de lo evidente y dejarse guiar por el Espíritu Santo, quien actúa desde lo más profundo de nuestro ser. En efecto, quien ve con los ojos de Dios descubre que en lo humilde y sencillo está la grandeza del Señor.

Por otra parte, San Pablo en la Segunda Lectura nos invita a vernos como hijos de la luz, gracias a la resurrección de Jesús, a diferencia de quienes se encuentran en las tinieblas. Ahora bien, la manera de identificar a quienes se encuentran entre la luz y las tinieblas se halla en las obras de cada uno. Por una parte, los hijos de la luz buscan salir de sí mismos y ser generosos, mientras que por otra, los hijos de las tinieblas se caracterizan por la búsqueda de sus propios intereses egoístas, sin fijarse en las realidades de los que están a su alrededor. En otras palabras, el hijo de la luz ve el rostro de Jesús en todas las personas que lo rodean y, por ello, sus obras se orientarán al servicio de todos.

En este orden de ideas, el Evangelio nos muestra la curación que hizo Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Este signo milagroso es realizado por el Señor en sábado, lo cual fue motivo de crítica por parte de los judíos.

Ciertamente, Jesús se ocupa por salvar a la persona y, para ello, primero conoce la situación de la persona, lo que la aqueja, aquello que la ata desde adentro y no le permite ver la vida nueva plena que Él le ofrece. Por esta razón, Jesús va más allá de la prohibición de realizar un signo milagroso en sábado, precisamente porque no se limita a la curación física, sino que Jesús quiere a salvar a la persona por completo, tanto interior como exteriormente, y ayudarla a ver el amor y la misericordia de Dios en su vida cotidiana. Lamentablemente, los demás judíos se encerraron en sus cegueras y prefirieron seguir sus prejuicios y etiquetas, en vez de ver en Jesús al Hijo de Dios, gracias a sus señales milagrosas.

Igualmente, podemos recordar a tantas personas que, gracias a su seguimiento radical y fiel de Jesús, pudieron ayudar a que otras personas pudieran superar sus cegueras, de tal modo que reconocieran la acción misericordiosa de Dios en sus vidas, como sucedió con la Madre Teresa de Calcuta, quien supo poner en práctica las enseñanzas y las actitudes de Jesús, especialmente la misericordia frente al enfermo, al marginado y al excluido. Con su ejemplo de vida, la Madre Teresa supo ver en la otra persona a una hija de Dios necesitada de su amor y bondad.

Por último, podemos preguntarnos: ¿De cuáles cegueras necesitamos ser sanados por el Señor Jesús?

sábado, 14 de marzo de 2020

Reflexión Domingo 3 de Cuaresma. Ciclo A

DOMINGO 3 DE CUARESMA
San Juan 4, 5  42

En la sociedad actual nos encontramos atiborrados de ofertas de productos que pretenden satisfacer nuestras necesidades. Sin embargo, cada necesidad satisfecha crea otra nueva, hasta el punto de generar una cadena sin fin de necesidades, aunque en el fondo nos sintamos realmente insatisfechos, como si tuviésemos una sed insaciable. En el Evangelio de hoy, Jesús nos propone calmar aquella sed interior a través del agua que Él nos ofrece.

En el diálogo con la mujer samaritana, Jesús promete una fuente de agua que calma la sed de forma radical, pero no es una bebida como otras, sino que es una fuente que refresca y renueva el corazón. De esta manera, cuando dejamos que nuestro corazón sea inundado por la acción del Señor, comenzamos a vivir de una manera diferente, dejando de lado nuestros intereses egoístas y pensando más en ayudar a los demás. Quizás, este fue el cambio que experimentó la mujer samaritana: “Jesús como buen maestro nos envía a vivir de otra manera, con otra ley, bajo otra norma. Es pasar de la lógica del egoísmo, de la clausura, de la lucha, de la división, de la superioridad, a la lógica de la vida, de la gratuidad, del amor. De la lógica del dominio, del aplastar, manipular; a la lógica del acoger, recibir y cuidar”, nos dice el Papa Francisco.

Por lo mismo, el Papa señala que la lógica del Evangelio “no se convence con los argumentos, con las estrategias, con las tácticas, sino simplemente aprendiendo a alojar, a hospedar”, especialmente a los más necesitados. 

Cuando nos dejamos refrescar por el agua viva que nos ofrece Jesús, nuestras acciones cotidianas están orientadas al servicio del prójimo: “Cuanto bien podemos hacer si nos animamos a aprender este lenguaje de la hospitalidad... cuántas heridas, cuántas desesperanzas se pueden curar en un hogar donde uno se sienta bien recibido”, nos explica el Papa. 

En este sentido, la salvación se fundamenta en el amor a Dios y en el servicio a los demás, en otras palabras, el camino de la salvación se construye a partir de la fecundidad de nuestro servicio: “La intervención de Dios nos hace fecundos, nos da la capacidad de dar vida”. Nosotros, advirtió, “no podemos” hacerlo “por nuestras fuerzas”. Sin embargo, reveló, “muchos han hecho la prueba de pensar en nuestra capacidad de salvarnos”.  (Papa Francisco).

Sin embargo, para recibir el agua viva de Jesús también es necesaria la humildad, pues servir a los demás no es fruto del talento humano o de su protagonismo, sino que es un regalo de Dios y de su infinita bondad hacia la humanidad: “La humildad es necesaria para la fecundidad. Cuantas personas creen ser justas, como aquella, y al final son pobrecillas. La humildad de decir al Señor: “’Señor, soy estéril, soy un desierto’ y repetir en estos días estas bellas antífonas que la Iglesia nos hace rezar: ‘Oh Hijo de Dios, oh Adonai, oh Sabiduría, hoy, oh raíz de Jesé, oh Emmanuel, ven a darnos vida, ven a salvarnos, porque solo Tú puedes, ¡Yo solo no puedo!’ Y con esta humildad, la humildad del desierto, la humildad del alma estéril, recibir la gracia, la gracia de florecer, de dar fruto y de dar vida”. (Papa Francisco).

Por ello, preguntémonos: ¿Recibo el agua viva que me ofrece Jesús? ¿De qué manera expreso a los demás la renovación que Jesús produce en mi corazón?

sábado, 7 de marzo de 2020

Reflexión Domingo 2 de Cuaresma. Ciclo A

Evangelio: San Mateo 17, 1-9
Segundo Domingo de Cuaresma

En los deportes actuales, la noticia en boga en nuestro país son los triunfos de los ciclistas en las grandes competiciones. Por esta razón, ha aumentado la audiencia de las grandes vueltas ciclísticas y ya varios medios de comunicación se han sumado a cubrir dichos eventos deportivos. En este contexto, siempre se está a la expectativa de cuándo el ciclista colombiano va a deslumbrar y demostrar todas sus capacidades, con el fin de asegurar el triunfo en la carrera.

Este ejemplo puede ser aplicado en diversas circunstancias humanas, cuando se espera que una persona o un grupo de personas deslumbren por sus capacidades y demuestren todo su potencial ante una tarea asignada, llámese proyecto, competencia o trabajo. Ciertamente, a lo largo de su camino con Jesús, los discípulos estarían esperando el momento en que su Maestro se revelara y vislumbrara al pueblo con sus dones como Mesías.

Sin embargo, el Señor decidió realizar un anticipo de su Gloria sólo a unos cuantos de sus discípulos, a través de su Transfiguración. Por tanto, podemos ver que Jesús no buscaba el reconocimiento o el aplauso de las multitudes, sino que quería ofrecer un adelanto de la Vida Nueva que Él mismo le va a regalar a la humanidad gracias a su Muerte y su Resurrección y, con ello, también manifestarles a sus discípulos que Él era el Mesías.

Así como ocurre con los deportistas, el momento para mostrar sus capacidades no depende de los elogios del público, sino del objetivo que el mismo deportista se ha trazado; por ejemplo, el ciclista da todo de sí para ganar una competencia. Del mismo modo, Jesús se transfigura ante sus discípulos para revelar su Gloria ante ellos y, con esto, regalarles la paz, la fe y la esperanza, que eran necesarias para su seguimiento como discípulos.

Ahora, a nosotros nos corresponde descubrir cómo se nos revela Jesús en nuestra vida diaria y cómo manifiesta su Gloria, regalándonos una infinidad de bienes en la familia, en el trabajo, en el estudio. Ante esto, vale la pena que nos preguntemos: ¿Cómo le respondo al Señor, quien revela su Gloria en mi vida? 

sábado, 29 de febrero de 2020

Reflexión Domingo 1 de Cuaresma. Ciclo A

Evangelio: San Mateo 4, 1-11
Primer Domingo de Cuaresma

En este Primer Domingo de Cuaresma, el Evangelio nos presenta las tentaciones
que le propone el diablo a Jesús. Llama la atención que las tentaciones le son
propuestas a Jesús mientras Él estaba en el desierto por espacio de 40 días y 40
noches, es decir, el desierto representa aquel lugar ausente de vida, en donde es
difícil sobrevivir, esto es, un lugar de reflexión y prueba.
En este contexto, surge la primera tentación: “Si de veras eres Hijo de Dios,
ordena que estas piedras se conviertan en panes”. Esta tentación comienza por un
condicional, con el cual el diablo pone en duda la divinidad de Jesús y sigue con
una prueba de tipo material: convertir las piedras en panes. La respuesta de Jesús
se puede relacionar con el inicio del Evangelio de San Juan: “En el principio ya
existía la Palabra y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios (…) Por
medio de Él, Dios hizo todas las cosas, nada de lo que existe fue hecho sin Él”
(Juan 1, 1.3). En otros términos, Dios nos alimenta con su Palabra y gracias a ella
nos ofrece el sentido de la existencia, pues la Palabra de Dios da vida.
Luego, se propone la segunda tentación: “Si de veras eres Hijo de Dios, tírate
abajo”. Al igual que la tentación anterior, el diablo duda de la divinidad de Jesús y
se basa en la Escritura para justificar la tentación. A nosotros en la vida diaria
también se nos presentan tentaciones y nosotros nos justificamos en las normas.
Ciertamente, Jesús responde a partir de la Escritura y dice que no se tentará a
Dios. Por lo mismo, todo aquello que busque el beneficio egoísta de alguien o
pretenda perjudicar a alguna persona, no procede de Dios.
Por último, la tercera tentación dice: “Yo te daré todo esto si te arrodillas y me
adoras”. Esta tentación va dirigida a deleitar a la persona de Jesús con los
honores y privilegios del mundo. En nuestra vida diaria nos suele ocurrir con
frecuencia que buscamos los aplausos y reconocimientos de los demás. Sin
embargo, Jesús nos recuerda que es uno sólo a quien se debe adorar y hacer
reverencia: Dios.
Al final de las tentaciones, el Evangelio señala que el diablo se retiró y que los
ángeles acudieron a servir a Jesús. Esto significa que quien es fiel a Dios, Él no lo
dejará solo, sino que le regalará los medios para ayudarlo a seguir adelante en el
camino de la vida. Por esto, pregúntate: ¿Cómo respondes ante tanto amor que
Dios te regala?

domingo, 23 de febrero de 2020

Reflexión Domingo 7 del Tiempo Ordinario. Ciclo A

DOMINGO 7 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Mateo 5, 38-48:

Hace un tiempo, escuché el siguiente cuento: "Una noche tuve un sueño: soñé que estaba caminando por la playa con el Señor y, a través del cielo, pasaban escenas de mi vida. Por cada escena que pasaba, percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena: unas eran las mías y las otras del Señor. Cuando la última escena pasó delante nuestro, miré hacia atrás, hacia las pisadas en la arena y noté que muchas veces en el camino de mi vida quedaban sólo un par de pisadas en la arena. Noté también que eso sucedía en los momentos más difíciles de mi vida. Eso realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor: "Señor, Tu me dijiste, cuando resolví seguirte, que andarías conmigo, a lo largo del camino, pero durante los peores momentos de mi vida, había en la arena sólo un par de pisadas. No comprendo porque Tu me dejaste en las horas en que yo más te necesitaba". Entonces, El, clavando en mi su mirada infinita me contestó: "Mi querido hijo. Yo te he amado y jamás te abandonaría en los momentos más difíciles. Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas fue justamente allí donde te cargué en mis brazos".

La historia anterior nos enseña una cualidad de Dios hacia la humanidad que, a su vez, refleja su profundo amor por todos nosotros: el cuidado. Tanto se ocupa Dios por nosotros que, aparte de caminar a nuestro lado a lo largo de nuestra vida, también es capaz de cargarnos en los momentos de dolor y dificultad. Esto sólo lo hace alguien que ama profundamente a la otra persona, sin condiciones ni etiquetas.

Precisamente, la Palabra de Dios de este domingo trae como tema central el amor al prójimo, el cual se expresa en el cuidado que podemos tener por los demás.

En la Primera Lectura, ya podemos darnos cuenta que desde el Antiguo Testamento el Señor llama al ser humano a la santidad, la cual se expresa en el amor al prójimo, es decir, en su cuidado y su corrección. Sin embargo, corregir no implica violentar al otro, sino ayudarlo a que crezca y mejore su vida, siempre con cariño y amabilidad. Por ello, el cuidado debe estar movido por un profundo amor y por respeto a los demás, de lo contrario caeríamos en la intransigencia y en el atropello.

Por lo mismo, el camino para llegar a la santidad parte del reconocimiento que tanto nosotros mismos como los demás somos templos de Dios, esto es, tesoros de su Gracia, como lo señala el apóstol San Pablo. Si descubrimos que cada uno de nosotros hemos sido creados por amor de Dios y que por este amor se nos han sido regalados un conjunto de cualidades, talentos y oportunidades, seguramente nos comenzaríamos a ver de manera diferente los unos hacia los otros. El cuidado por el otro parte de la autoestima que poseemos cada uno y ésta se consolida en la medida en que reconocemos a Aquel que nos amó primero hasta enviar a su querido Hijo para que tuviéramos una vida plena. Sin duda alguna, cuando alguien se siente amado de verdad, logra transformar su vida y abrirla al servicio de los demás.

No obstante, Jesús nos abre aún más el horizonte del amor al prójimo, pues no lo reduce a amar solamente a quienes nos agradan, sino que nos invita a amar a los enemigos, es decir, salir de nosotros mismos, no juzgar ni etiquetar a los otros. Para Jesús, el prójimo no tiene límites ni reservas, sino que es todo el mundo sin excepción, razón por la cual se incluyen quienes antes estaban marginados: los pobres, los que piensan diferente, las mujeres, los ancianos, los niños; el prójimo es el otro, es el "tú" en infinito.

Por lo anterior, vale la pena que nos preguntemos: ¿De qué manera estoy sirviendo a los demás? ¿Los más necesitados se encuentran dentro de mis prioridades de servicio?

sábado, 15 de febrero de 2020

Reflexión Domingo 6 del Tiempo Ordinario. Ciclo A


DOMINGO 6 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Mateo 5, 17-37:

En diversas instituciones se puede encontrar la tensión entre el cumplimiento estricto de las normas y la atención personalizada a cada uno de los usuarios. Quizás, algunos funcionarios señalarán que es más importante cumplir el deber estipulado en los reglamentos, antes de acudir a los casos personales, en la medida en que ello derivará en desorden administrativo. Otros, por su parte, consideran que ambos elementos no riñen entre sí y que es posible seguir las normatividades sin perder de vista el ámbito de lo personal. También quedarán algunos que prefieren la atención personalizada, con el seguimiento de unos mínimos acuerdos para que la institución prevalezca.

Entonces, ¿nos quedamos con las normas o nos centramos en la persona concreta que está frente a nosotros? El Señor nos ofrece hoy algunas pistas que podemos tener en cuenta para darle un nuevo sentido a las leyes.

En primer lugar, en la ley existe un elemento que no es negociable: la persona y su libertad. Cada uno de nosotros vive su existencia dentro de un marco histórico determinado, es decir, en un tiempo, en un lugar y con unas características bien definidas, aunque pueda tener similitudes con otra persona. En este sentido, el Libro del Eclesiástico nos dice que, "si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudente cumplir su voluntad". Dios nos da la libertad de escoger el camino que vamos a seguir: por una parte, está su voluntad, la vida, la cual está basada en su sabiduría, pero por otra está la muerte, el sinsentido. Por ello, el criterio que nos propone el Señor se orienta al respeto de la libertad humana. Dios no impone y tampoco nos quiere controlar el destino. Su voluntad consiste en que tengamos vida, y ésta en abundancia.

En segundo lugar, es necesario diferenciar la sabiduría humana de la sabiduría divina, puesto que sobre esta última se edifica la voluntad de Dios, como ya se dijo. La sabiduría humana se centra en el poder y el tener, aún por encima de los demás. Como señalaba hace unos años el Papa Benedicto XVI, el poder y el dinero son los ídolos que buscan controlar la sociedad actual. Sin embargo, lo que puede preocupar de la presencia de estos ídolos es la dinámica que ellos generan en el corazón humano, debido a que orientan a la persona en un afán de acumulación, como se dice popularmente, "quien tiene poder, quiere más poder". La sabiduría divina, por el contrario, busca que la persona sea libre de apegos y oriente su vida hacia una felicidad que no aplaste o discrimine al otro, sino que lo construya y lo dignifique, esto es, el camino de la felicidad se construye con los demás.

En tercer lugar, Jesús nos enseña en el Evangelio que: "No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud". Jesús hace todo nuevo, porque le da un nuevo sentido a cada cosa que vive. La Ley no es la excepción. En su época, varios judíos pensaban en una revolución que acabaría con todas las estructuras existentes hasta el momento. Jesús, por su parte, le reconoce un valor a la ley, pero no como el seguimiento ciego de unas normas, sino como el medio que nos puede permitir reconocer aquello que es fundamental en la vida, lo que no es negociable: el amor de Dios presente en todo el mundo creado y, dentro de éste, en su humanidad muy querida.

Por consiguiente, las normas y leyes están orientadas a la convivencia humana y al servicio de los demás, razón por la cual no debe existir discriminación alguna entre las personas: la ley debe unirnos y ayudarnos a reconocer a Dios presente en el mundo y en la historia.

Por tanto, vale la pena que te preguntes: ¿Cuál es el sentido que le das al cumplimiento de normas y leyes?

sábado, 8 de febrero de 2020

Reflexión Domingo 5 del Tiempo Ordinario. Ciclo A

DOMINGO 5 DEL TIEMPO ORDINARIO
Mateo 5, 13-16:

En la antigüedad, la sal era un producto de gran valor, debido a sus múltiples usos En primer lugar, servía para la conservación y la sazón de los alimentos, especialmente la carne, puesto que no existían las neveras, tal como las conocemos hoy. En segundo lugar, la sal se convirtió en un objeto de fácil transacción con el cual se podían realizar trueques. En tercer lugar, la sal servía para pagar los jornales a los trabajadores, de lo cual surgió el término salario, que hace referencia al pago o retribución que obtiene una persona por un trabajo efectuado.

En este sentido, podemos asociar a la sal con beneficios para la vida personal, en cuanto ésta da sabor a los alimentos, pero también para la vida comunitaria, en tanto que permitía realizar transacciones y pagos. Si tomamos estos significados cotidianos y les colocamos un valor espiritual, podemos señalar que la sal es un signo de sentido vital, es decir, ésta puede representar la sustancia o el sabor que le colocamos a nuestra vida y, a la vez, la posibilidad de relacionarnos con los
demás, siempre y cuando nuestra existencia posea un rumbo definido.

Por lo anterior, la invitación que el Señor nos ofrece hoy en su Palabra es ser sal de la tierra y luz del mundo. Quizás esta expresión la hemos escuchado con frecuencia, sobre todo en las jornadas vocacionales y misioneras, pero puede ser que nos hayamos acostumbrado tanto a estas palabras que no comprendamos a profundidad su significado.

Ser sal de la tierra implica dar un sentido a lo que se hace y se vive. Ser luz del mundo corresponde a la tarea de guiar a otros. No obstante, no se puede dar sentido y no se puede guiar a los demás si antes no se tiene una experiencia de Dios que nos ilumine y nos oriente en la vida, pues sólo Dios es la sal y la luz de nuestra existencia, de modo que quien se deja llevar por el Señor, llega a ser también sal y luz para otras personas.

Sin embargo, la experiencia de Dios no se reduce a un conocimiento intelectual o académico, sino que transforma a toda la persona desde el corazón. De este modo, para poder ser sal de la tierra y luz del mundo primero debemos vivir una experiencia interior, en la cual nos dejemos iluminar por el Señor.

En este sentido, se cuenta que hubo un diálogo entre un maestro y su discípulo. El discípulo preguntó: “¿Cuál es la diferencia entre el conocimiento y la iluminación?”. El maestro respondió: “Cuando posees el conocimiento, empleas una antorcha para mostrar el camino. Cuando posees la iluminación, te conviertes tú mismo en antorcha”.

Por esto mismo, no basta con un conocimiento desde la razón. Encontrarse con Dios es una experiencia del corazón, con el fin de que sea Dios quien nos dé sentido a nuestra vida. Quien vive una experiencia interior de Dios la transmite en la relación con los demás, y eso se nota en las actitudes cotidianas en la familia, en el trabajo, en el estudio, en el barrio.