sábado, 27 de febrero de 2016

Reflexión Tercer Domingo de Cuaresma. Ciclo C


Tercer Domingo de Cuaresma. Ciclo C

¿Qué tan fecundo soy? ¿Cuáles son los frutos que les ofrezco a los demás?
 
Lecturas:
Éxodo 3, 1-8a. 13-15
Salmo 102
De la Primera Carta de San Pablo a los Corintios 10, 1-6. 10-12.
San Lucas 13, 1-9.

En el lenguaje cotidiano, se suele decir “árbol que nace torcido, su tronco jamás endereza”, lo cual manifiesta esa poca confianza que en algún momento podemos tener en el cambio una persona o en una situación determinada. Esta forma de pensar se hace patente en relaciones muy complicadas, cuando un familiar o nosotros mismos poseemos un problema, una adicción o un vicio que no hemos podido superar y que, por ello, otras personas sufren. En ese sentido, al no ver cambio alguno en la persona, sentimos que llegamos a un callejón sin salida y, paulatinamente, comenzamos a creer que ya no hay solución y que nada o nadie podrán transformar a dicha persona.


Sin embargo, Jesús nos enseña que para Dios siempre habrá una esperanza de redención del ser humano. Cambiando el refrán popular, para el Señor “el tronco torcido siempre endereza”. En la parábola de la higuera estéril, que se nos narra en el Evangelio de San Lucas, lo más sencillo para nosotros sería esperar que el dueño de la viña cortara la higuera que, después de tres años, no ofreciera fruto; pero Dios se pone en el lugar del viñador y prefiere abonarla, cuidarla y tratar a la higuera con cariño con el fin de obtener fruto de ella.

Dar una nueva oportunidad es la apuesta de Dios, pues como dice el Papa Francisco, “el nombre de Dios es misericordia”, lo cual significa que a pesar de tanto mal e iniquidad presentes en el mundo, el ser humano tiene la oportunidad de recibir de parte de Dios todo su amor y bondad sin límites, sin exigirnos retribución o pago alguno. No obstante, la tarea que se le presenta al ser humano en estas circunstancias es responder libre y afirmativamente al llamado de amor que nos hace Dios en cada instante, pues recordemos que Dios ha sido quien nos ha amado primero y, por eso, nos ha llamado a seguirlo.

¡Cuántas veces nos rendimos ante el primer obstáculo que se nos presenta! Es más, creemos que ya no hay solución y que Dios nos ha abandonado. Pero Dios está con su pueblo, animándolo, tal como ocurrió con Moisés que, aunque sintió asombro al ver que la zarza no se consumía, reconoció la presencia de Dios mismo en la zarza. Dios escucha nuestro clamor y se hace presente, en medio de nuestro asombro, pues su misericordia es como el fuego en la zarza, ya que no se consume y nos brinda una esperanza, un nuevo horizonte para amar y para perdonar.

Por tanto, la tarea de cada uno de nosotros es ir hacia la zarza y dejarnos quemar por el fuego divino. En tiempos difíciles, lo más tentador es aislarnos, cerrar los ojos y taparnos los oídos ante cualquier voz de aliento, pero Dios nos interpela, nos cuestiona y nos invita a acercarnos a Él y abrirle nuestro corazón. En medio del desierto que nos presenta la vida, con toda su rutina y estrés, Dios está a nuestro lado, acompañándonos, consolándonos, abriéndonos nuevos horizontes. Así como Él orientó en forma de nube al pueblo de Israel, ahora va con cada uno de nosotros, desde nuestra propia realidad y sólo nos pide creer en Él, que todo lo puede, tal como nos invita el apóstol San Pablo.
 
Quien confía en el Señor, sus acciones se dirigen en beneficio de los demás, como nos dice Jesús: “Por sus frutos los conocerán” (Mateo 7, 20). En consecuencia, las palabras, actitudes y acciones de la persona reflejarán su confianza en Dios y su capacidad para abrirse a su acción misericordiosa. Por ello, preguntémonos: ¿Qué tan fecundo soy? ¿Cuáles son los frutos que les ofrezco a los demás?

En síntesis, la Palabra de Dios nos mueve a tres cosas: 1) Reconocer la misericordia sin límites del Señor, quien no se cansa de ofrecernos nuevos caminos para llegar a Él, 2) Dejarnos guiar por el Señor que, como el viñador, no cesa de cuidarnos y atendernos para que demos fruto abundante y, 3) Reflexionar sobre los frutos que estamos ofreciendo a los demás en nuestra vida diaria.

 

 

sábado, 20 de febrero de 2016

Reflexión Segundo Domingo de Cuaresma. Ciclo C


Segundo Domingo de Cuaresma. Ciclo C


¿Cómo podemos ser contemplativos en la vida diaria?

 

Lecturas:
Génesis 15, 5-12. 17-18.
Salmo 26
De la Carta de San Pablo a los Filipenses 3, 17 – 4, 1.
San Lucas 9, 28b-36.

En este Segundo Domingo de Cuaresma, el texto del Evangelio que se nos presenta es el de la Transfiguración del Señor. Jesús manifiesta su divinidad a sus discípulos y confirma que es el Hijo de Dios, pues aparece conversando con dos personajes fundamentales en la historia de fe del pueblo de Israel: Moisés y Elías. Además, con la voz que se escuchó desde la nube, se muestra que Jesús es el Hijo amado del Padre y a quien Él ha escogido para salvar la humanidad.

En otras palabras, Jesús se nos presenta como ejemplo, modelo y luz para seguir nuestro caminar diario por la vida como creyentes. En ocasiones, separamos nuestra vida cotidiana de nuestras creencias y dejamos nuestra relación con Dios sólo como una actividad que realizamos los domingos en la Eucaristía. Con la escena de la Transfiguración, el Señor nos está invitando a reconocerlo en la vida cotidiana, en los trabajos que efectuamos, en las relaciones sociales que establecemos con diversas personas; más aún, en las dificultades y en los problemas que se nos puedan presentar. Por lo mismo, Dios siempre está a nuestro lado animándonos, ofreciéndonos nuevos horizontes y transformando cada situación que vivimos en una nueva oportunidad para amar. Para nosotros, como creyentes, resuenan las palabras de San Pablo en el día de hoy: “Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo”.

Puede ser que a nosotros nos suceda algo parecido que a los discípulos y nos dejemos llevar por el resplandor y la majestuosidad de la escena, en la cual aparece el Señor resplandeciente en medio de Moisés y Elías. También a muchos de nosotros nos gustaría hacer tres tiendas y quedarnos en el Monte Tabor con el Señor y olvidarnos de nuestra realidad, la cual a veces no se parece en nada a la escena de la Transfiguración.

Sin embargo, Jesús nos trae de nuevo a la realidad y nos muestra que su manifestación divina se hace en la vida diaria, mientras estamos trabajando y conviviendo con otras personas. Precisamente, es en lo cotidiano en donde Jesús se nos presenta como el Señor y nos regala todo su amor y su gracia. Por ello, debemos aprender a ser contemplativos en la vida diaria, es decir, descubrir a Dios actuando en todas las personas y en toda la creación.

La persona que es contemplativa en lo cotidiano no se precipita para tomar decisiones, sabe escuchar a los demás, pero a la vez no se deja llevar por las presiones de alguno; siempre está abierta a reconocer la bondad en los otros y es optimista frente al futuro, porque sabe que con sus talentos y con los de los demás puede construir un mundo mejor. También, el contemplativo es una persona de fe, que reconoce la acción de Dios en su vida y sigue los llamados que Él le va haciendo en su interior, tal como ocurrió con Abrahán en la Lectura del Libro de Génesis, quien creyó en el Señor y, gracias a su fe, “aquel día el Señor hizo alianza” con él.

El contemplativo en la vida diaria sabe que este mundo es un regalo precioso de Dios y que es responsabilidad de todos cuidar el planeta, tanto de la naturaleza y de los animales como de las personas que habitamos esta casa común. En últimas, quien tiene la capacidad de contemplar en la vida diaria puede reconocer a Dios mismo habitando en toda la creación y a toda la creación habitando en Él. Este es el mensaje que nos ofrece el Evangelio de hoy, pues Jesús transfigurado logra transformar no sólo su figura, sino toda la creación. Por ello, la transfiguración del Señor no se quedará en esta escena, sino que llegará a su máxima expresión en la cruz y en la resurrección cuando lo podamos contemplar como el Hijo de Dios, quien vino al mundo a salvarnos.

Finalmente, nuestra tarea es aprender a contemplar a Dios en la vida diaria, pero ¿Cómo podemos hacerlo? Este Año Jubilar es tiempo propicio para ser más atentos a la acción de Dios en la cotidianidad y, para ello, debemos trabajar en dos frentes: por una parte, tenemos que crecer en la vida espiritual, es decir, en la oración, la Eucaristía y en los demás Sacramentos, sobre todo en la Reconciliación, de tal manera que podamos profundizar en nuestra relación con Dios. Por otra parte, tenemos que llevar a la práctica aquellos llamados que recibimos del Espíritu Santo, a través de un servicio sincero, humilde y desinteresado a los demás. Para ello, podemos practicar las obras de misericordia, las cuales son formas concretas para atender y ayudar a nuestros hermanos. De este modo, podemos reconocer a Jesús Transfigurado en nuestras vidas y decir con nuestras obras: “El Señor es mi luz y mi salvación”.

sábado, 13 de febrero de 2016

Reflexión Primer Domingo de Cuaresma. Ciclo C


Primer Domingo de Cuaresma. Ciclo C


¿Cómo está nuestra fe en Dios?

 

Lecturas:
Deuteronomio 26, 4-10

Salmo 90

De la Carta de San Pablo a los Romanos 10, 8-13.

San Lucas 4, 1-13


Con el Miércoles de Ceniza, hemos comenzado el camino de la Cuaresma y con ello, surgen varias palabras que se pueden relacionar con este Tiempo: Penitencia, ayuno, oración, abstinencia, conversión, arrepentimiento, entre otros. Sin embargo, la palabra clave de este Año Jubilar es MISERICORDIA. Por ello, la Cuaresma es un tiempo apropiado para profundizar en esta palabra, pero no en teoría, sino en su práctica. Quizás, nosotros acostumbramos a centrar nuestra atención en el Evangelio, que corresponde a la narración de las tentaciones del Señor, pero olvidamos que detrás de todo ello está presente la experiencia de fe de  Jesús, que es nuestro ejemplo a seguir durante el Tiempo de la Cuaresma.


En este sentido, las Lecturas de este Primer Domingo de Cuaresma nos enseñan que, para poner en práctica la misericordia, es necesario tener fe en Dios en toda circunstancia, tal como lo podemos observar en la respuesta del Salmo: “Está conmigo, Señor, en la tribulación”. Quien confía plenamente en el Señor, es capaz de sobrellevar cualquier dificultad, por dura que ésta sea.


Por lo anterior, el Libro del Deuteronomio nos presenta un resumen de la historia del pueblo de Israel, pero que es vista desde la fe y de la acción misericordiosa de Dios para con su pueblo. De este modo, Moisés le recuerda al pueblo de Israel de dónde viene, a través de una de las fórmulas de fe más antiguas, en la cual se resalta cómo el Señor escuchó el clamor de su pueblo: “Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia”. Aquí podemos observar que la misericordia de Dios mueve a la fe del pueblo, pues Dios escucha su clamor y actúa en su favor.


Igualmente, quien tiene una profunda fe en Jesús es capaz de proclamar que Él es el Señor, como dice San Pablo: “si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tú corazón cree en Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás”. Esta frase de San Pablo, contiene dos elementos muy importantes: 1) La persona de fe puede reconocer a Jesús como Señor y, 2) EL poder de Dios resucitó a Jesús y gracias a su resurrección, nosotros también tenemos el regalo de la Salvación.


Ahora bien, ¿qué nos dice a nosotros la experiencia de fe del pueblo de Israel y la invitación que nos hace San Pablo?  Ambas lecturas van por el mismo camino. Como diría el Cardenal Martini, “la fe es la respuesta libre a la comunicación de Dios, que es un don”. Por lo mismo, Dios se comunicó con el pueblo de Israel y con las primeras comunidades cristianas, de tal modo que ambas respuestas son manifestaciones de fe. Nosotros, en la actualidad, también estamos llamados a responder a tanto bien recibido de parte de Dios. Si tú crees que no has recibido nada de Dios, pregúntate si no es suficiente tener el regalo de la vida, de abrir los ojos cada día y poderte levantar a trabajar o estudiar y compartir con quienes amas.   


Por otra parte, el Evangelio nos presenta la narración de las tentaciones. Sobre este punto, vale la pena resaltar una frase que a veces pasa desapercibida, pero que es el centro de toda la lectura: “El Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado”. La escena anterior a las tentaciones fue el Bautismo del Señor y recordemos que allí Jesús recibió al Espíritu Santo. Por esta razón, podemos descubrir que las acciones y palabras de Jesús estaban orientadas por el Espíritu, quien fue enviado por el Padre, lo que quiere decir que en Jesús actúa la Santísima Trinidad en pleno, como una comunidad, puesto que el Padre envía, el Hijo anuncia y el Espíritu Santo impulsa e ilumina. Este es el mayor acto de fe que podemos encontrar a lo largo de todas las Escrituras y que se resume en los actos y palabras de Jesús.

 

En consecuencia, las respuestas de Jesús al diablo son iluminadas por el Espíritu y manifiestan la firme decisión de Dios por salvar a la humanidad, ya que Jesús no se deja seducir por ninguno de los bienes aparentes que le ofreció el tentador, cosa que, lamentablemente, nos sucede con mucha frecuencia a nosotros, pues en la vida cotidiana nos dejamos llevar por una búsqueda egoísta y desesperada de poder, fama, dinero y placer. El rechazo de Jesús a las tentaciones significa un sí a la misericordia de Dios, un sí a la acción del Espíritu y un sí a la confianza en Aquel que todo lo puede, aunque se estén atravesando circunstancias difíciles.


Por último, en la vida diaria se nos presentan muchas tentaciones: una infidelidad, un fraude, una trampa, un chisme o una calumnia; ¿cuál es nuestra respuesta ante todo esto? ¿Cómo está nuestra fe en Dios?

 

 

 

 

 

sábado, 6 de febrero de 2016

Reflexión Quinto Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


Quinto Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


¿Cuál es mi respuesta al llamado que el Señor me hace?


Lecturas:
Isaías 6, 1-2a. 3-8
Salmo 137
De la Primera Carta de San Pablo a los Corintios 15, 1-11.
San Lucas 5, 1-11


En los últimos domingos hemos visto que la Palabra de Dios nos ha presentado el inicio del ministerio de Jesús y, junto con éste, el llamado a los discípulos. Este Quinto Domingo del Tiempo Ordinario nos trae dos elementos similares a los ya mencionados: el anuncio de la Palabra de Dios y el llamado a ser pescadores de hombres.


Cuando en la vida cotidiana vivimos experiencias contrastantes e inesperadas, descubrimos que nuestras bases comienzan a tambalear y nos preguntamos si realmente lo que estamos haciendo obedece a nuestro proyecto de vida y si éste nos proporciona la tan anhelada felicidad. Del mismo modo, cuando el Señor nos llama a seguirlo radicalmente, la primera sensación que experimentamos en nuestro corazón es cuestionarnos si realmente la orientación que le estábamos dando a la vida es la apropiada. En otras palabras, el llamado que nos hace Jesús nos contrasta, nos cuestiona y, a la vez, nos ayuda a reorientar el rumbo.


En el Evangelio de San Lucas, Jesús se encuentra en la orilla del lago de Genesaret y a gente se reunió para escucharlo, por ello, el Señor busca una barca para ubicarse mejor y predicar. Tal como ocurrió en esta escena, el Señor busca barcas desde las cuales pueda anunciar la Buena Nueva de Dios a la humanidad. Estas barcas somos cada uno de nosotros que, así como Simón Pedro, podemos estar junto a la orilla del lago, es decir, nos podemos encontrar estancados en los bordes de los caminos de la vida, desanimados, sin muchas motivaciones y agobiados por la rutina cotidiana.


En tales circunstancias, Jesús irrumpe en nuestras vidas, nos interpela, nos despierta y nos dice: “Rema mar adentro”. Estas palabras contienen un profundo significado, pues nos invitan a ahondar en la vida interior, a no quedarnos en la superficialidad de lo “que hay que hacer” y, sobre todo, a confiar definitivamente en el Señor, sin dudar. En este sentido, vale la pena que nos preguntemos en qué momentos de nuestras vidas hemos escuchado la voz de Dios que nos invita a arriesgarnos, a seguir adelante con los buenos propósitos, a pesar de las adversidades y a poner toda nuestra esperanza en el Señor.


Sin embargo, Jesús no se queda con la propuesta de remar mar adentro, sino que nos motiva a actuar: “Echad las redes”. Posiblemente, nosotros podemos responderle de manera semejante que Pedro: “Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes”. Nosotros, con nuestras palabras, también nos justificamos: “Señor, es que no me va bien en el trabajo”, “Nadie me comprende”, “Es que tengo un buen trabajo y no lo puedo dejar”, “Sin esta persona no puedo ser feliz, por eso no la puedo dejar”. Ante la llamada fundamental de Jesús de salir de nosotros mismos y servir a los demás, colocamos por delante nuestros propios intereses particulares; también colocamos nuestros miedos, como sucedió en la visión del profeta Isaías: “¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos”.


Precisamente, Dios escribe recto en líneas torcidas, es decir, se vale de seres limitados e imperfectos, como nosotros, para regalar su Misericordia y su Bondad a toda la humanidad. Por esta razón, el llamado de Dios no es exclusivo para sacerdotes y religiosas, sino que se extiende a todas las personas que creen en el Señor Jesús. Y se vale de nosotros, porque si bien somos frágiles y pecadores, también podemos ser discípulos y misioneros que anuncien el Evangelio, en la medida en que dejamos actuar al Señor en nuestras vidas, Él transforma nuestra fragilidad en oportunidad para amar y servir a los demás, así como ocurrió con el Apóstol San Pablo: “Porque yo soy el menor de los Apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí”.


Por último, Jesús obra el milagro de la pesca abundante con el fin de avivar el corazón apesadumbrado de los pescadores y, luego de ello, ya con el corazón renovado, transforma la realidad de los pescadores con el llamado a seguirlo. Con nosotros sucede algo similar, pues Jesús ingresa a nuestras vidas, sana nuestras heridas, nos restablece y luego nos envía a ser mensajeros de misericordia con los demás. Por lo mismo, preguntémonos: ¿Cuál es mi respuesta al llamado que el Señor me hace?