jueves, 29 de diciembre de 2016

Reflexión Solemnidad de Santa María Madre de Dios

Y TÚ, ¿QUÉ LE OFRECES A JESÚS?

Domingo 1 de enero de 2017
Solemnidad de Santa María Madre de Dios
Evangelio: San Lucas 2, 16-21

En este primer día del año, celebramos la Solemnidad de Santa María Madre de Dios. El Evangelio de hoy nos presenta a María como Madre de Jesús a través de la visita de los pastores. Por eso, llama la atención que sea precisamente en el encuentro con los más sencillos y pobres como se manifieste el Salvador y, junto con Él, su Santísima Madre.

En este sentido, la Palabra de Dios nos ofrece una gran lección: Para encontrarse con Dios es necesario despojarse de todo apego, ambición e interés personal. Más que llevarle riquezas, los pastores les ofrecieron al Señor y a la Sagrada Familia su humildad y su sencillez.

De igual modo, el Evangelio de hoy nos presenta cuatro elementos fundamentales, los cuales se pueden expresar en cuatro preguntas:

¿Cómo voy al encuentro de Jesús? Los pastores fueron de prisa hacia el pesebre, a ver al Salvador, de acuerdo con las señales que les había dado el ángel. Esta actitud refleja alegría, emoción y curiosidad, es decir, un deseo por constatar el mensaje del ángel. Por ello, vale la pena que nos preguntemos acerca de nuestra actitud al momento de buscar a Dios, pues la actitud refleja nuestra intención para acercarnos a Dios. Hay quienes buscan a Dios por necesidad, otros por rutina o costumbre, otros tantos van por agradecimiento y algunos porque realmente reconocen en aquel niñito del pesebre a su Señor.

¿En dónde encuentro a Jesús? Los pastores encontraron al niño en un pesebre. Recordemos que María y José no habían encontrado posada en Belén, lugar al que habían ido por cuenta del censo que había ordenado el emperador Romano Augusto. El lugar nos presenta una intención muy concreta de Dios: Él no quería que desviáramos nuestra mirada por los lujos del lugar o la pompa de los rangos y potestades del mundo o, incluso, por los honores que se acostumbra ofrecer en el mundo a los grandes personajes. Por lo mismo, Jesús no nació en un palacio, sino en la humildad de un pesebre, esto es, en un lugar desprovisto de todo, con el fin de que nosotros centremos nuestra mirada en lo fundamental, en el Salvador que se hace uno como nosotros.

¿Doy testimonio de mi encuentro con Dios? Los pastores regresaron a sus labores y dieron testimonio de lo que habían visto y oído. No se quedaron en un eterno paraíso, sino que volvieron a su cotidianidad y, desde allí, hablaron de su experiencia en el pesebre. Quizás, nosotros tenemos la tentación de conformarnos con largos ratos de oración, sin poner en práctica en nuestro diario vivir aquello que hemos visto y oído con el corazón.

¿Reconozco a Jesús en mi vida cotidiana? El Evangelio nos narra que a los ocho días del nacimiento, el niño fue presentado y circuncidado en el Templo. Allí se le puso el nombre de Jesús, según el anuncio del ángel. Este hecho refleja dos cosas: primera, Jesús y su familia hacen parte de un pueblo y de una época específica. Este es el centro del nacimiento de Jesús, ya que manifiesta la decisión de Dios de salvar a la humanidad, haciéndose uno como nosotros. La segunda, que por medio de la encarnación, Jesús comparte nuestra vida y nuestra cotidianidad. Por esta razón, la familia de Jesús siguió la tradición judía y, por ello, el niño fue circuncidado. Esto quiere decir que Jesús se presenta en la vida cotidiana del ser humano y comparte sus costumbres, sus alegrías y sus tristezas y se presenta como Jesús, el Salvador. Ahora nos corresponde a nosotros reconocerlo, así como lo hizo Simeón, luego de la presentación de Jesús en el templo.

Por otra parte, en la fiesta de hoy, la Iglesia nos regala el ejemplo de María, Madre de Dios y Madre nuestra. Ella, al igual que los pastores, respondió con humildad al llamado de Dios Padre y asumió la misión de ser la Madre de su Hijo. No ofreció cosas materiales, sino que con su “sí” puso su vida en las manos del Padre y se dejó guiar por el Espíritu Santo en la misión encomendada.

Con relación a la humildad y a la docilidad, se dice que un fabricante de lápices tomó un lápiz justo antes de meterlo en su caja, y le dio unos consejos. Le dijo: Hay 5 cosas que debes saber antes que seas enviado al mundo. Siempre recuérdalas y serás el mejor lápiz del mundo. Las 5 cosas son las siguientes: a) Siempre harás cosas grandiosas, pero sólo si te dejas sostener en la mano de alguien más, b) Experimentarás el dolor en algunas ocasiones en que te saquen punta, pero es necesario para que seas cada vez un mejor lápiz, c) Tendrás errores, pero tendrás un borrador para corregirlos todos, d) La parte más importante de ti es la que llevas dentro y, e) En cualquier superficie que seas usado, tendrás que dejar tu marca. No importan las circunstancias o las condiciones, deberás continuar escribiendo.

Cada año que comienza es una nueva oportunidad para amar, para vivir y dar lo mejor de sí mismo. Y tú, ¿qué le ofreces a Jesús?


domingo, 25 de diciembre de 2016

Reflexión Solemnidad de la Natividad del Señor

Domingo 25 de diciembre de 2016
Solemnidad de la Natividad del Señor
Evangelio: Juan 1, 1-18

En la cotidianidad, solemos utilizar muchas palabras: para saludar, para expresar lo que sentimientos o pensamos, para estrechar vínculos o incluso para romperlos. De hecho, no siempre nuestras palabras  tienen algún significado o intención, como se dice coloquialmente, hablamos sin pensar.


Precisamente, el Evangelio de hoy tiene como eje central la PALABRA. Sin embargo, la palabra empleada en el Evangelio se encuentra en singular y en mayúscula, pues hace referencia no a un término común, sino a la razón de ser de la vida y de la creación. Como dice el Evangelio, "todo lo hizo Dios por medio de ella, y sin ella nada hizo de cuanto existe".

 Ahora bien, para comprender este sentido de la PALABRA que aparece en el Evangelio de San Juan, es necesario remitirnos al Libro del Génesis, al relato de la creación, puesto que cada acto creador de Dios está antecedido por la expresión: "Y dijo Dios", lo que quiere decir que la Palabra que sale de la boca de Dios es creadora.

Prosigue el Evangelio según San Juan: "Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros", esto es, la Palabra es Jesucristo, el Hijo de Dios y cuyo natividad celebramos hoy.

Por lo anterior, vale la pena que reflexionemos si nuestras palabras, actitudes y acciones son movidas realmente por la Palabra de vida, que es Jesucristo: ¿Será que nuestras palabras reflejan la acción de la PALABRA de vida, Jesús?


domingo, 18 de diciembre de 2016

Reflexión Cuarto Domingo de Adviento. Ciclo A

Domingo 18 de diciembre de 2016
Cuarto Domingo de Adviento. Ciclo A
Evangelio: San Mateo 1, 18-24
 
EL EJEMPLO DE JOSÉ

En este Cuarto Domingo de Adviento se nos presenta la figura de José como ejemplo de justicia, bondad y sobre todo, como una persona capaz de relacionarse a profundidad con Dios.

El Evangelio nos propone una situación particularmente complicada para José y María: una vez comprometidos, ella quedó embarazada. Para la Ley judía, esta conducta en una mujer era inapropiada y, por eso, debía ser repudiada, e incluso, debía ser apedreada.

Sin embargo, aquí aparece la virtud de la justicia en José, pues él había decidido romper su compromiso con María en secreto, con el fin de evitar un escarnio público. Vistas así las cosas, la justicia es una forma de misericordia, en la medida en que busca el bien del otro, es decir, que aunque José se sienta confundido y afectado por la situación de María, él no pretende hacerle daño, ni mucho menos atentar contra su vida.
 
Ahora bien, el rasgo que se puede destacar de manera importante en el Evangelio de hoy es la comunicación que tiene José con el ángel enviado por Dios. A través de la expresión "se le apareció en sueños un ángel del Señor", el evangelista San Mateo busca representar la profundidad espiritual de José, quien fue capaz de escuchar la voz de Dios. Quizás, nos podemos quedar en el aspecto superficial del sueño, pues en la actualidad existen corrientes un tanto esotéricas que tratan de adivinar o interpretar los sueños, con un carácter supersticioso. Al contrario, en José el sueño significa su capacidad de escucha, propia de quien es justo y bueno, tal como se describe en el Evangelio de hoy.
 
Asimismo, en José existe un corazón bondadoso que se ocupa por la otra persona y, una vez ha escuchado la voz de Dios por medio del ángel, comprende la situación de María y se da a la tarea de acogerla como esposa, en medio de su pobreza. Por lo mismo, la persona bondadosa sale de sí misma y da todo lo que es y tiene para servir a la otra persona, especialmente si ésta se encuentra en una situación de pobreza, marginación o dificultad.
 
Por consiguiente, José es capaz de ver en María el cumplimiento de la promesa de la Salvación hecha por Dios a través de los Profetas. María es el tabernáculo por el cual se llevará a cabo el nacimiento del Hijo de Dios, pues ella es la virgen que concebirá y dará a luz al Emmanuel, al Dios con nosotros, que anunció el Profeta Isaías. José, por su parte, será escogido por Dios para ser el guardián, el protector, el padre putativo de su Hijo y de su Santísima Madre, dada su bondad, su justicia y su profundidad espiritual.
 
Valdría la pena que reflexionáramos si en la vida cotidiana hemos logrado ser justos y bondadosos con los demás y, junto con ello, si hemos tenido la profundidad espiritual para escuchar la voz de Dios en cada instante de nuestra vida, tal como lo hizo José.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Reflexión Tercer Domingo de Adviento. Ciclo A


Domingo 11 de diciembre de 2016
III Domingo de Adviento
Evangelio: Mateo 11, 2-11

A las palabras de Jesús del Evangelio de hoy se les pueden aplicar el refrán popular: “obras son amores y no buenas razones”. Ante la pregunta de Juan el Bautista, si efectivamente Jesús era el Mesías, la respuesta del Señor se da a través de sus acciones.

Precisamente, Jesús no alardea de lo que hace, sino que sus obras muestran un corazón bondadoso, preocupado por servir y amar a los demás sin condiciones, ni requisitos, en últimas, dándose hasta el extremo. Esta actitud de salir de sí mismo es la manera como Dios nos ama, es su misericordia, a la cual el Señor nos llama a poner en práctica con nuestros hermanos.

Algo similar ocurrió con un hombre que trabajaba de leñador. Un día comenzó a llover y llovió hasta que el río creció y comenzó a tapar las casas de la orilla. El buen hombre corrió rápido para prestar ayuda a sus amigos y trasladar a todos hacia la otra orilla que estaba más alta. Llevó ancianos, animales y ropa.

Cuando había hecho muchos cruces de río regresó para ver si había alguien más. Ya no llovía, de pronto ve a un niño pequeño solo en la orilla asustado y le pregunta por sus padres. El pequeño le contesta: ¡Aquí no están! Lo coloca sobre sus hombros y se mete en el río, el agua resultaba arrolladora. En el medio del río luchó contra la corriente y estuvo a punto de ahogarse. Cuando llegó agotado a la otra orilla lo esperaban para abrazarlo y felicitarlo.

El leñador mirando al niño le dice: ¿Cómo es que siendo tan pequeño pesas tanto? A lo que el niño responde: ¡porque has llevado todos los niños del mundo sobre tus hombros!

Y tú, ¿en qué momento de tu vida has salido de ti mismo para servir a los demás?

viernes, 2 de diciembre de 2016

Reflexión II Domingo de Adviento. Ciclo A


Domingo 4 de diciembre de 2016
II Domingo de Adviento
Evangelio: Mateo 3,1-12


El Evangelio de hoy, que corresponde al Segundo Domingo del Tiempo de Adviento, nos presenta la figura de Juan el Bautista, quien predica desde el desierto, para llamarnos la atención sobre el tema de la preparación a la venida del Señor.

Sin embargo, podríamos preguntarnos cuál es el sentido de prepararnos en este Tiempo de Adviento. A propósito, se cuenta que había un zapatero de un pequeño pueblo de montaña y Vivía solo. En sueños, un ángel le dijo: "mañana Dios vendrá a verte".

Se levantó muy temprano y barrió su taller de zapatería. Dios debía encontrarlo todo perfecto. Y se puso a trabajar delante de la ventana, para ver quién pasaba por la calle. Al cabo de un rato vio pasar un vagabundo vestido de harapos y descalzo. Compadecido, se levantó inmediatamente. Llevaba otro rato trabajando cuando vio pasar a una joven viuda con su pequeño, muertos de frío. También los hizo pasar. Pasó la tarde y Dios no aparecía. Sonó la campana de la puerta, la cual se abrió con algo de violencia y entró dando tumbos el borracho del pueblo. Y, acomodándolo en la mesa, el zapatero le sacó una jarra de agua y puso delante de él un plato con sopa.

Ya el zapatero estaba muy triste. Dios no había venido. Se sentó ante el fuego de la chimenea, tomó los evangelios y aquel día los abrió al azar. Y leyó: "Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste... Cada vez que lo hiciste con uno de mis pequeños, a mí me lo hiciste." Se le iluminó el rostro al pobre zapatero. ¡Claro que Dios le había visitado! ¡No una vez, sino tres veces! Aquella noche, el zapatero se durmió pensando que era el hombre más feliz del mundo.

Así como ocurrió con el zapatero, Dios nos invita a preparar nuestro corazón para la venida de su Hijo muy amado. Por ello, la preparación consiste en amar y servir a toda persona que se nos presente en la vida, con bondad y generosidad. Por esta razón, pregúntate: ¿de qué manera me estoy preparando para recibir a Jesús en mi vida?

martes, 29 de noviembre de 2016

Reflexión I Domingo de Adviento. Ciclo A

I Domingo de Adviento. Ciclo A
 
 
¿Cómo estoy preparando mi corazón para la venida del Señor?
Una espera alegre
 
Lecturas:
Isaías 2, 1-5: "El Señor reúne a todos los pueblos en la paz eterna del Reino de Dios".
Salmo 121: "Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor".
De San Pablo a los Romanos 13, 11-14: "Nuestra salvación está cerca".
San Mateo 24, 37-44: "Estad en vela para estar preparados".
 
En este domingo iniciamos un nuevo año litúrgico y, a su vez, comenzamos el Tiempo de Adviento, es decir, el tiempo de preparación para el nacimiento de Jesús. Como se dice coloquialmente, es la hora de "barrer y limpiar la casa" de nuestro corazón para acoger al mejor de los amigos: Jesús niño, quien con su ternura y su bondad nos enseña que, para ser grandes a los ojos de Dios, primero debemos hacernos pequeños y humildes.
 
Por ello, la Palabra de Dios de este domingo nos llama la atención acerca de la venida del Hijo de Dios, cuyo acontecimiento se puede dividir en tres momentos: el primero, el anuncio hecho por los Profetas en el Antiguo Testamento; el segundo, el nacimiento de Jesús en Belén y, el tercero, la segunda venida del Señor, en lo que se ha denominado teológicamente como la parusía.
 
Por lo anterior, la actitud a la que nos invitan las Lecturas de hoy es la vigilancia, esto es, estar atentos a los signos y señales de la venida del Señor en nuestras vidas. Sin embargo, para estar vigilantes, es necesario tener prioridades, pues no se está atento de aquello que no se espera, de lo que no es importante para nosotros. Las personas esperamos y anhelamos aquello que nos atrapa el corazón y se convierte en prioridad, en lo fundamental.
 
A este respecto, recuerdo una historia que escuché en unos retiros espirituales. Resulta que un niño iba por primera vez a la escuela y, para tal efecto, su mamá se esmeró en equiparlo del mejor modo posible: uniforme debidamente arreglado, maleta y útiles escolares nuevos y lonchera repleta. Así las cosas, el niño se fue solo hacia la escuela con mucho entusiasmo.
 
En el camino, el niño encontró a un vendedor que estaba jugando con una pata de pavo, la cual hacía mover mientras estiraba un tendón en la parte inferior. Lleno de curiosidad, el niño se quedó observando tan extraño hecho, pues él no se explicaba cómo se podía mover la pata de pavo. Después de un rato, el niño le preguntó cuánto costaba este artefacto, a lo que el vendedor, al darse cuenta lo que traía consigo el chico, le propuso que le diera la maleta y la lonchera. Ante la insistencia por parte del vendedor, el niño al fin cedió todo lo que llevaba y se quedó con la pata de pavo, pero no fue a la escuela. Luego de jugar con la pata de pavo por unos 15 minutos, el chico se aburrió, se quedó sin maleta, sin lonchera y sin escuela.
 
De igual forma, a nosotros nos podría ocurrir lo que le sucedió al niño con la pata de pavo, pues podemos ir en la vida, sin saber qué es lo fundamental, deleitándonos con situaciones pasajeras, fugaces. Quizás, el Señor pueda pasar y nosotros no nos demos cuenta.
 
Por lo mismo, en el Evangelio el Señor nos invita a estar en vela. No obstante, que nuestra espera sea alegre, llena de gozo, semejante a la emoción que sentimos cuando vamos a vernos con alguien muy querido por nosotros, de tal manera que pongamos en práctica aquello que repetimos en el Salmo: "Qué alegría cuando me dijeron: ¡vamos a la casa del Señor!".
 
Y tú, ¿cómo estás preparando el corazón para la venida del Señor?
 

sábado, 19 de noviembre de 2016

Reflexión Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

 
Y tú, ¿Qué estás haciendo para construir el Reino de Dios hoy?
 
Lecturas:
2 Samuel 5, 1-3
Salmo 121
Colosenses 1, 12-20
San Lucas 23, 35-43
 
En este domingo concluimos el año litúrgico, es decir, el calendario que se ha organizado en la Iglesia para este año. A partir del próximo domingo se dará inicio al Tiempo de Adviento, esto es, la preparación para la Navidad y el Nacimiento del Señor.
 
Por ello, como cierre de este año celebramos la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Podríamos suponer que en esta fiesta admiraríamos la majestuosidad y omnipotencia de Dios, pero descubrimos que, precisamente, Jesús nos enseña una gran lección de humildad y sencillez, ya que su reinado no consiste en el dominio de los demás, en la opresión, tal como ha sucedido en la mayoría de los reinados de la humanidad, sino que su reinado se basa en la misericordia, en la bondad y en el amor de Dios, que se nos regaló en la cruz.
 
Precisamente, Jesús es rey en la cruz y su corona no es de oro y diamantes, sino de espinas, de dolor y entrega. Jesús reina porque se hace uno como nosotros, menos en el pecado, y sale de sí mismo para que todos puedan vivir y recibir el amor de Dios. En esto consiste el amor de Dios, es decir, en darse con generosidad a los demás, sin condiciones o sin exclusividades, tal como nos lo enseñó Jesús en la cruz.
 
A este respecto, se dice que en un antiguo reino debían elegir nuevos reyes siguiendo la tradición. Cada pareja de jóvenes cultivaría durante un año el mayor jardín de amor a partir de un única semilla mágica. No se trataba solo de un concurso, pues de aquel jardín surgirían toda la magia y la fortuna de su reinado.
 
Hacer brotar una única flor ya era algo muy difícil; los jóvenes debían estar verdaderamente enamorados y poner mucho tiempo y dedicación. Las flores de amor crecían rápido, pero también podían perderse en un descuido. Sin embargo, en aquella ocasión, desde el primer momento una pareja destacó por lo rápido que crecía su jardín, y el aroma de sus mágicas flores inundó todo el valle.
 
Milo y Nika, a pesar de ser unos sencillos granjeros, eran el orgullo de todos. Guapos, alegres, trabajadores y muy enamorados, nadie dudaba de que serían unos reyes excelentes. Tanto, que comenzaron a tratarlos como si ya lo fueran. Entonces Milo descubrió en los ojos de Nika que ese trato tan majestuoso no le gustaba nada. Sabía que la joven no le pediría que renunciara a ser rey, pero él prefería la felicidad de Nika, y resolvió salir cada noche en secreto para cortar algunas flores. Así reduciría el tamaño del jardín y terminarían perdiendo el concurso. Lo hizo varias noches pero, como apenas se notaba, cada noche tenía que comenzar más temprano y cortar más rápido.
 
La noche antes de cumplirse el plazo Milo salió temprano, decidido a cortar todas las flores. Pero no pudo hacerlo. Cuando llevaba poco más de la mitad descubrió que alguien más estaba cortando sus flores. Al acercarse descubrió que era Nika, quien llevaba días haciendo lo mismo, sabiendo que Milo sería más feliz con una vida más sencilla. Se abrazaron largamente, y juntos terminaron de cortar las flores restantes, renunciando a ser reyes para siempre. Con la última flor, Milo adornó el pelo de Nika. Casi amanecía cuando, agotados pero felices, se quedaron dormidos, abrazados en medio de su deshecho jardín.
 
Despertaron entre los gritos y aplausos de la gente, rodeados del jardín más grande que habían visto jamás, surgido cuando aquella última flor rozó el suelo, porque nada hacía florecer con más fuerza aquellas flores mágicas que el amor generoso y sacrificado. Y, aunque no consiguieron renunciar al trono, sí pudieron llevar una vida sencilla y tranquila, pues la abundancia de flores mágicas hizo del suyo el reinado más próspero y feliz.
 
Por ello, amar a los demás es semejante a hacer brotar una flor única, lo que supone esfuerzo, cariño y solidaridad, pues quien ama no se queda solo y no busca encerrarse en su propio egoísmo, al contrario, quien ama hasta el extremo sabe convivir con otros y con ello construye una mejor sociedad para todos. Así, con la colaboración de todos, Jesucristo reina en cada corazón y, por ende, se construye el Reino de Dios en el mundo, gracias a la solidaridad, la generosidad, la honestidad y la fraternidad de unos y otros.
 
Y tú, ¿Qué estás haciendo para construir el Reino de Dios hoy?  

Reflexión XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

 
Y tú, ¿Cómo descubres la acción de Dios en la realidad?
 
Lecturas:
Malaquías 3, 19-20a
Salmo 97
2 Tesalonicenses 3, 7-12
San Lucas 21, 5-19
 
Nos encontramos en el Domingo 33 del Tiempo Ordinario, es decir, en el penúltimo domingo del Año Litúrgico, por medio del cual se ha dividido el año de celebraciones en la Iglesia Católica. De igual modo, en este domingo comienza el cierre del Año Jubilar de la Misericordia, razón por la cual nuestra celebración comunitaria adquiere un significado especial.
 
En el Evangelio, Jesús anuncia la destrucción del Templo y el fin de los tiempos. Con ello, Él llama la atención sobre hacia dónde debe estar orientada nuestra mirada, no tanto en lo exterior, sino en lo interior y, a la vez, en una conexión con la realidad. En otras palabras, el anuncio del Reino de Dios debe estar unido a una experiencia espiritual interior y a una mirada profunda de la realidad en la que vivimos.
 
Así las cosas, se trata de leer los signos de los tiempos, comprender cómo actúa Dios con misericordia y esperanza en medio de la realidad que nos rodea, así sea dura y difícil, como se presenta en la Primera Lectura. Precisamente, a esto nos llama el Papa Francisco, cuando nos invita a ser una "Iglesia en salida", es decir, no quedarnos encerrados en una burbuja de cristal, sino atender a las necesidades de los demás, empezando por aquellas personas marginadas, incluso las que tenemos a nuestro lado.
 
Ciertamente, para descubrir la acción de Dios en nuestra realidad, requerimos el valor de la comprensión. Si no somos capaces de "ponernos en los zapatos del otro", como se dice popularmente, es difícil que podamos reconocer la obra misericordiosa de Dios en el mundo de hoy. A propósito, se cuenta que había una vez un ladrón malvado que, huyendo de la policía, llegó a un pequeño pueblo, donde escondió lo robado y se hizo pasar por el nuevo maestro y comenzó a dar clases con el nombre de Don Pepo.
 
Como era un tipo malvado, gritaba muchísimo y siempre estaba de mal humor. Castigaba a los niños constantemente y se notaba que no los quería ni un poquito. Al terminar las clases, sus alumnos salían siempre corriendo. Hasta que un día Pablito, uno de los más pequeños, en lugar de salir se le quedó mirando en silencio. Entonces acercó una silla y se puso en pie sobre ella. El maestro se acercó para gritarle pero, en cuanto lo tuvo a tiro, Pablito saltó a su cuello y le dio un gran abrazo. Luego le dio un beso y huyó corriendo, sin que al malvado le diera tiempo a recuperarse de la sorpresa.
 
A partir de aquel día, Pablito aprovechaba cualquier despiste para darle un abrazo por sorpresa y salir corriendo antes de que le pudiera pillar. Al principio el malvado maestro se molestaba mucho, pero luego empezó a parecerle gracioso. Y un día que pudo atraparlo, le preguntó por qué lo hacía:
 
- Creo que usted es tan malo porque nunca le han querido. Y yo voy a quererle para que se cure, aunque no le guste.
 
El maestro hizo como que se enfadaba, pero en el fondo le gustaba que el niño le quisiera tanto. Cada vez se dejaba abrazar más fácilmente y se le notaba menos gruñón. Hasta que un día, al ver que uno de los niños llevaba varios días muy triste y desanimado, decidió alegrarle el día dándole él mismo un fuerte abrazo.
 
En ese momento todos en la escuela comenzaron a aplaudir y a gritar:
 
- ¡Don Pepo se ha hecho bueno! ¡Ya quiere a los niños!
 
Y todos le abrazaban y lo celebraban. Don Pepo estaba tan sorprendido como contento.
 
- ¿Le gustaría quedarse con nosotros y darnos clase siempre?
 
Don Pepo respondió que sí, aunque sabía que cuando lo encontraran tendría que volver a huir. Pero entonces aparecieron varios policías, y junto a ellos Pablito llevando las cosas robadas de Don Pepo.
 
- No se asuste, Don Pepo. Ya sabemos que se arrepiente de lo que hizo y que va a devolver todo esto.
 
Puede quedarse aquí dando clase, porque, ahora que ya quiere a los niños, sabemos que está curado.Don Pepo no podía creérselo. Todos en el pueblo sabían desde el principio que era un ladrón y habían estado intentado ayudarle a hacerse bueno. Así que decidió quedarse allí a vivir, para ayudar a otros a darle la vuelta a sus vidas malvadas, como habían hecho con la suya.
 
Por lo anterior, es necesario trabajar, esforzarse y dar ejemplo en la vida cotidiana, como dice el refrán: "A Dios rogando y con el mazo dando", esta es la invitación que nos hace el Apóstol San Pablo con la expresión: "El que no trabaje, que no coma", ya que quien anuncia el Reino de Dios debe poner su iniciativa, por medio de su trabajo, para que la paz y el amor de Dios sean una realidad en nuestra sociedad.

Y tú, ¿Cómo descubres la acción de Dios en la realidad?

domingo, 6 de noviembre de 2016

Reflexión XXXII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


Domingo 6 de noviembre de 2016

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio: Lucas  20,27-38


¿Cómo está mi fe en Dios?


En el Evangelio de hoy, Jesús se encuentra en medio de una controversia con unos saduceos sobre la resurrección de los muertos, ya que este grupo de judíos, muy observantes de la Ley, negaban dicha posibilidad. Por ello, los saduceos le colocan el caso de una mujer que queda viuda, pero no tiene hijos, luego se casa con el hermano de su esposo, según la costumbre judía, pero tampoco tiene hijos; el hermano muere y así sucesivamente con los demás hermanos, hasta que ella muere. La cuestión de los saduceos era que, en caso de existir la resurrección, de quién sería esposa la mujer.

Esta manera de pensar de los saduceos nos presenta una realidad que con frecuencia tenemos los seres humanos: considerar que Dios actúa con nuestra propia lógica. De hecho, en nuestras relaciones humanas esperamos que los demás actúen a nuestro modo y según nuestros criterios.

Con relación a lo anterior, cuenta la historia que una mujer estaba inclinada sobre la víctima de un accidente de tráfico, y la multitud lo observaba. De pronto, se vio bruscamente apartada por un hombre que le dijo: «Haga el favor de echarse a un lado. Yo tengo un curso de primeros auxilios.» La mujer estuvo durante unos minutos observando lo que aquel individuo hacía con la víctima. Luego le dijo tranquilamente: «Cuando llegue el momento de ir en busca del médico, no se preocupe: ya estoy aquí.»

 Así como le ocurrió al hombre experto en primeros auxilios de esta historia, creemos que Dios guarda silencio y no actúa y de manera inconsciente lo hacemos a un lado, como lo hizo este hombre con la mujer, sin saber que era médico. Y aunque profesamos nuestra fe en la eucaristía y en nuestras oraciones, en nuestro corazón dudamos de la promesa de la salvación y nos pasa lo mismo que a los saduceos, y terminamos siendo pesimistas frente a la resurrección.

Sin embargo, Jesús nos demostró con su propia vida que para Dios no hay nada imposible y que la muerte no tiene la última palabra, gracias a su Pasión, Muerte y Resurrección. Por tanto, vale la pena que nos preguntemos: ¿Cómo está mi fe en Dios? ¿Cómo la demuestro en mi vida cotidiana?

viernes, 28 de octubre de 2016

Reflexión Domingo XXXI del Tiempo Ordinario. Ciclo C

XXXI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C
Evangelio: Lucas 19, 1-10

Y tú, ¿quieres encontrarte con Jesús?

El Evangelio de hoy nos presenta a Zaqueo, un publicano muy rico, quien quería ver a Jesús a su paso por Jericó, pero su baja estatura y la multitud no lo permitían, así que subió a un árbol y, desde allí, lo pudo observar. Sin embargo, lo que llama la atención de esta historia es la actitud de acogida de Jesús, quien se acerca a Zaqueo y va a su casa a compartir la cena.

Ir a la casa del publicano fue un acto repudiado por los judíos, quienes con su silencio y sus murmuraciones señalaban y criticaban a Jesús, pero el Señor iba en busca del pecador con el fin de transformar su corazón, lo que a la larga consiguió, pues Zaqueo donó su riqueza como manifestación de arrepentimiento y de cambio.

Asimismo, en Zaqueo encontramos el deseo por conocer al Señor, lo cual se parece a la historia del cirujano que debía operar a un niño.

— “Mañana en la mañana voy a operarte y tendré que abrir tu corazón”, le explicaba el cirujano al niño.
— “¡Usted encontrará allí a Jesús!”, le interrumpió el niño.
El cirujano se quedó mirándolo, y continuó:
— “Cortaré una pared de tu corazón para poder ver el daño completo.”
— “Pero, cuando abra mi corazón, usted encontrará a Jesús ahí”, volvió a decir el niño.
El cirujano volvió su mirada hacia los padres del niño, quienes estaban sentados tranquilamente, y siguió explicándole al niño:
— “Cuando haya visto el daño que hay, entonces planearemos lo que sigue… ya con tu corazón abierto.”
— “Pero usted encontrará a Jesús en mi corazón… mi padre dice que Él vive allí”, seguía diciendo con insistencia el niño.
El cirujano pensó que era suficiente y le explicó:
— “Te diré lo que encontraré en tu corazón, encontraré músculos dañados, baja respuesta de glóbulos rojos y debilidad en las paredes y vasos. Una vez que te haya abierto y visto tu corazón, me daré cuenta si te podemos ayudar o no.”
— “Pero también encontrará a Jesús. Allí es su hogar, Él vive allí, siempre está conmigo.”
El cirujano no toleró más los insistentes comentarios y se fue a su oficina. Enseguida se sentó en su escritorio y procedió a grabar las observaciones previas a la cirugía, encendió la grabadora y dijo: “aorta dañada, vena pulmonar deteriorada, degeneración muscular cardiaca masiva. No hay posibilidades de trasplante. Terapia: analgésicos y reposo absoluto. Pronóstico (tomó una pausa y en tono triste escribió): muerte dentro del primer año.”
Entonces detuvo la grabadora… pero aún tenía algo más que decir:
— “¿Por qué?”, preguntó en voz alta, “¿por qué le hiciste esto a él? Tú lo pusiste aquí, tú lo pusiste en este dolor y lo has sentenciado a una muerte temprana. ¿Por qué?”
De pronto, escuchó la voz de Dios que le contestaba:
— “El niño es mi oveja, pero ya no pertenecerá a tu rebaño porque él es parte del mío y conmigo estará toda la eternidad. Aquí en el cielo, en mi rebaño santo, ya no tendrá ningún dolor y será confortado de una manera inimaginable para ti o para cualquiera. Sus padres un día se unirán con él, conocerán la paz y la armonía juntos, en mi reino.”
El cirujano empezó a llorar, sentía aún más rencor, no entendía las razones. Y replicó:
— “Tú creaste a este muchacho… y también su corazón ¿Para qué? ¿Para que muera dentro de unos meses?”
El Señor le respondió:
— “Él ya cumplió su tarea en la tierra y es tiempo de que regrese a su hogar en el cielo. Hace algunos años, envié una oveja especial, con dones de doctor para que ayudara a sus hermanos, pero con tanta ciencia se olvidó de Mí… así que envié a mi otra oveja, a este niño enfermo, para que trajera de regreso a aquella oveja perdida hace tanto tiempo.”
El cirujano lloró y lloró inconsolablemente. Días después, luego de practicar la cirugía, el doctor se sentó a un lado de la cama del niño. El niño despertó y murmurando rápidamente preguntó:
— “¿Abrió mi corazón?
— “Sí”, le respondió el cirujano, “y ¿sabes qué?, era cierto lo que me decías, ¡allí encontré a Jesús!”

Del mismo modo como le ocurrió a Zaqueo y al cirujano, todos los creyentes estamos llamados a encontrar a Jesús en la oración, en la Eucaristía, pero también en los demás, en la familia, en el estudio, en el barrio y en el trabajo. Y tú, ¿quieres encontrarte con Jesús? 

Reflexión XXX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

XXX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C
Evangelio: Lucas 18, 9-14

Y tú, ¿de qué manera oras a Dios?

En el Evangelio de hoy, el Señor Jesús nos propone la parabola del fariseo y del publicano, para enseñarnos el valor de la humildad en la oración. Quien se reconoce frágil y pecador ante Dios, recibirá el perdón y la misericordia del Señor, puesto que Dios busca la conversión y la reconstrucción de la vida de la persona, de tal manera que, una vez perdonada, salga a anunciar el Evangelio a los demás.

A propósito del orgullo, se cuenta que en un maravilloso y precioso bosque había un gran lago y dentro, y a su alrededor, vivían gran cantidad de animales de todo tipo.  De entre todos ellos destacaba un gran cisne blanco con unas plumas largas y brillantes, dotado de una belleza sin igual y que era considerado como el cisne más bello del mundo. Era tan bonito que había ganado todos los concursos de belleza a los que se había presentado, y eso hacía que cada vez se paseara más y más orgulloso, despreciando a todos los demás animales, e incluso se negaba a hablar con ellos, pues no estaba dispuesto a que lo viesen con animales que para el eran tan feos y desagradables. Era tal el grado de vanidad que tenía que los animales estaban hartos de él y un día un pequeño puercoespín se decidió a darle una buena lección.


Fue a ver al cisne, y delante de todos le dijo que no era tan bello, que si ganaba todos los concursos era porque los jurados estaban influenciados por su fama, y que todos sabían que él un pequeño puercoespín era más bello. Entonces el cisne se enfureció, y entre risas y desprecios le dijo “pero que tonterias estas diciendo, yo a tí te gano un concurso con el jurado que quieras”. “Vale, acepto, nos vemos el sábado”, respondió el puercoespín, y dándose media vuelta se alejó muy orgulloso, sin dar tiempo al cisne a decir nada más.



Ese sábado, fue todo un acontecimiento en el bosque y todos fueron a ver el concurso, el cisne se lavó en el lago con gran cuidado y cuando se secó sus plumas blancas relucían como el mismísimo sol. El cisne marchaba confiada y terriblemente altivo, hasta que vio quiénes formaban el jurado: comadrejas, hamsters, ratones y un tejón. Rápidamente entendió que la belleza dependía de quien la mirara y que ese feo puercoespín para los animales que formaban el jurado era muy bello pues era parecido a ellos, y que él con toda su majestuosidad no les resultaba mínimamente atractivo, por lo que el puercoespín ganó el concurso claramente, dejando al cisne lloroso y humillado, pero aprendiendo una lección que nunca olvidaría, y a partir de ese momento fue amable con todos los animales, hablando con ellos y ayudándoles en lo que podía.


Con todo esto el cisne y el puercoespín se hicieron grandes amigos y era frecuente verlos pasear o riendo sentados en la orilla del lago. Un día los animales se reunieron y le dijeron al cine que había ganado un nuevo concurso, uno que le hizo más feliz y del que estuvo más orgulloso, que de todos los demás que había ganado antes:el premio a la humildad.

Ojalá así hubiera terminado la parábola de Jesús y que los dos hombres hubieran salido del Templo como amigos, pero la soberbia de quien creía hacer las cosas bien no lo permitió, pues se olvidó de la misericordia con el que estaba a su lado. Ciertamente, este es uno de los frutos que recibe la persona que ora con humildad, pues así como fue amado y perdonado por Dios, de igual modo siente que debe amar y perdonar a los otros.

Y tú, ¿de qué manera oras a Dios?

sábado, 15 de octubre de 2016

Reflexión XXIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C:

Lecturas:
Éxodo 17, 8-13
Salmo 121 (120)
De la Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 3,14 - 4,2
San Lucas 18, 1-8


"Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?"

La Palabra de Dios de este Domingo 29 del Tiempo Ordinario nos invitará a ser perseverantes en la oración. En otras palabras, para tener una relación profunda con el Señor es necesario ser constantes y no claudicar cuando vamos a orar.
A propósito,  se cuenta que una vez un hombre era perseguido por varios malhechores que querían matarlo. El hombre se escondió en una cueva. Los malhechores empezaron a buscarlo por los alrededores de donde él estaba. Tan asustado estaba que elevó una oración a Dios de la siguiente manera: "Dios todopoderoso, haz que dos ángeles bajen y tapen la entrada para que no entren a matarme". En ese momento oyó a los hombres acercándose a la cueva en la que él se encontraba, y vio que apareció una arañita. La arañita empezó a tejer una telaraña en la entrada. El hombre volvió a elevar otra oración, esta vez más apurado: "Señor, te pedí ángeles, no una araña." Y continuó: "Señor, por favor, con tu mano poderosa coloca un muro fuerte en la entrada para que los hombres no puedan entrar a matarme".
Abrió los ojos esperando ver el muro tapando la entrada, y observó a la arañita tejiendo la telaraña. Estaban ya los malhechores ingresando en la cueva anterior de la que se encontraba el hombre y éste quedó esperando su muerte. Cuando los malhechores estuvieron frente a la cueva en la que se encontraba el hombre ya la arañita había tapado toda la entrada, entonces se oyó la siguiente conversación: "Vamos, entremos a esta cueva", dijo uno. "No. ¿No ves que hasta hay telarañas?, nadie ha entrado en esta cueva." Le respondió otro. Y se marcharon los malhechores dejando tranquilo al hombre.
Ciertamente, el Señor atiende a nuestras peticiones, pero no siempre de la manera que queremos, pues Él conoce lo que necesitamos, tal como lo afirma Jesús en el Evangelio: "Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?"
Por lo mismo, la perseverancia en la oración muestra nuestra fe en Dios. Quien es perseverante, confía en Dios; quien es perseverante, tiene la certeza que su oración será escuchada, tal como ocurrió con Moisés, quien oró por su pueblo, mientras Josué estaba en la batalla; el signo de los brazos levantados nos representa el grado de constancia que tenía Moisés en su plegaria. Quizás, si nosotros tratáramos de hacer un rato de oración con los brazos levantados, no duraríamos mucho tiempo. Sin embargo, nuestra tarea es examinar cómo está nuestro nivel de perseverancia a la hora de encontrarnos con el Señor, cada día.
Y es preciso señalar que si nuestra oración no es diaria, ya tenemos un elemento para revisar nuestra perseverancia. Precisamente, la oración se parece al ejercicio físico, pues si no se realiza cotidianamente, el cuerpo se verá afectado y pronto aparecerán los dolores y enfermedades. Del mismo modo ocurre con la oración, pues si no se toma tiempo a diario para ella, el corazón se enfriará y, poco a poco, nos alejaremos del Señor.
Por ello, la perseverancia en la oración se parece al trabajo silencioso de la araña, en el cuento con que se inició esta reflexión, pues al principio creeríamos que no surte efecto, pero con el tiempo descubrimos que el Señor nos ha escuchado y nos ha concedido la paz a nuestro corazón. Por esta razón, estamos llamados por Dios a permanecer fieles y confiar en Él, tal como lo recomienda San Pablo a Timoteo, en la Segunda Lectura.
Para finalizar, valdría la pena que tomemos la pregunta que hace Jesús en el Evangelio: "cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?".

sábado, 8 de octubre de 2016

Reflexión Domingo 28 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Domingo 28 del Tiempo Ordinario. Ciclo C
Evangelio: Lucas 17, 11-19

 ¿Cómo expreso mi agradecimiento hacia Dios por tanto bien recibido?

Cuenta la fábula que un hombre había cazado viva un águila, a la que cortó las alas, encadenándola después. Pero otro cazador bondadoso, que observó tan cruel escena, compró a la prisionera, la alimentó y tan pronto le crecieron las alas, la dejó en libertad. Semanas después, el águila, demostrando gratitud, se presentó ante el buen cazador, llevándole una liebre.

-Amiga, qué tonta eres- le sermoneó una zorra que por ahí pasaba y, como experimentada maestra agregó: -Yo hubiera llevado tal obsequio antes al cazador que te encadenó, para ganarme su voluntad; ahora volverá a encadenarte. La reina de las aves, molesta, respondió: -Quédese para una zorra ganarse la voluntad de los malvados; por lo que respecta al águila, siempre colmará de atenciones a los buenos.

Por esta misma vía de la gratitud, encontramos en el Evangelio de hoy la curación que hizo Jesús a diez leprosos, de los cuales sólo uno se devolvió para agradecer al Señor por la sanación. Incluso, el Evangelio aclara que aquella persona era samaritana.

Tanto la fábula con que se inició esta reflexión como el Evangelio nos muestran que la gratitud surge del corazón de quien se reconoce amado y liberado. El águila agradeció al cazador que con cariño la cuidó y la liberó; el samaritano, por su parte, se reconoció libre de la lepra y, antes de seguir los procedimientos legales, primero regresó a dar las gracias.

Ser agradecido no es otra cosa que reconocer de quién proceden todos los bienes que tenemos: del Dios de la vida. Valdría la pena que nos preguntáramos si diariamente hemos sido capaces de agradecer todo lo que hemos recibido de la mano de Dios, lo cual nos puede llevar a ofrecer todo lo que somos y tenemos para hacer su voluntad.

Por ello, pregúntate: ¿Cómo expreso mi agradecimiento hacia Dios por tanto bien recibido?

domingo, 2 de octubre de 2016

Reflexión XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


Domingo 2 de octubre de 2016
XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C
Evangelio: Lucas 17, 5-10


¿Con mis obras, muestro fe en Dios?


Cuentan que un alpinista, con el afán por conquistar una altísima montaña, inició su travesía después de años de preparación, pero quería la gloria solo para él, por lo que subió sin compañeros. Empezó a subir y se le fue haciendo tarde, y más tarde, y no se preparó para acampar, sino que decidió seguir subiendo, y oscureció. La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña, ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, la luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes. 

Subiendo por un acantilado, a solo unos pocos metros de la cima, se resbaló y se desplomó por el aire, cayendo a velocidad vertiginosa. El alpinista solo podía ver veloces manchas oscuras y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad. Seguía cayendo, y en esos angustiantes momentos, le pasaron por su mente todos los episodios gratos y no tan gratos de su vida. Pensaba en la cercanía de la muerte, sin embargo, de repente, sintió el fortísimo tirón de la larga soga que lo amarraba de la cintura a las estacas clavadas en la roca de la montaña.

En ese momento, suspendido en el aire, gritó: ¡ayúdame Dios mío! De repente, una voz grave y profunda de los cielos le contestó: -¿Qué quieres que haga? - ¡Sálvame Dios mío! Respondió el alpinista. -¿Realmente crees que yo te puedo salvar? -¡Por supuesto Señor! -Entonces corta la cuerda que te sostiene. Hubo un momento de silencio; el hombre se aferró más aún a la cuerda. Cuenta el equipo de rescate, que al siguiente día encontraron a un alpinista colgando muerto, congelado, agarradas sus manos fuertemente a una cuerda, a tan solo un metro del suelo.

Esta historia nos muestra un elemento que con frecuencia a nosotros nos puede faltar en nuestra relación con Dios: fe. En este mismo sentido, el Señor Jesús nos recuerda que “si tuvieran fe como un grano de mostaza, dirían a este sicomoro: Desarráigate y transplántate en el mar, y él les obedecería”. La fe se traduce en obras, en acciones concretas, en actitudes de vida.

Por lo anterior, quien tiene una profunda fe en Dios, mantiene una actitud serena en la vida y, así como confía en Dios, su actitud con los demás es de misericordia y comprensión. Además, la fe no consiste únicamente en cumplir las responsabilidades, pues como lo indica la segunda parte del Evangelio de hoy, nosotros somos siervos que hacemos aquello que debemos hacer, sino en poner nuestro corazón en todo lo que vivimos y eso se hace evidente en nuestras relaciones interpersonales.

Por ello, pregúntate: ¿Qué tanto amor coloco en mis acciones cotidianas? ¿Con mis obras, muestro fe en Dios? 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Reflexión XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C
Lecturas:
Del Profeta Amós 6, 1a.4-7
Salmo 145
Timoteo 6, 11-16
San Lucas 16, 19- 31
Y tú, ¿qué tan libre vives de los bienes materiales?
Uno de los cuentos más famosos de Rafael Pombo era el de la "Pobre viejecita", el cual reza así: Érase una viejecita sin nadita que comer sino carnes, frutas, dulces, tortas, huevos, pan y pez. Bebía caldo, chocolate, leche, vino, té y café, y la pobre no encontraba qué comer ni qué beber. Y esta vieja no tenía ni un ranchito en que vivir fuera de una casa grande con su huerta y su jardín nadie, nadie la cuidaba sino Andrés y Juan Gil y ocho criados y dos pajes de librea y corbatín. 
Nunca tuvo en qué sentarse sino sillas y sofás con banquitos y cojines y resorte al espaldar ni otra cama que una grande más dorada que un altar, con colchón de blanda pluma, mucha seda y mucho olán. Y esta pobre viejecita cada año, hasta su fin, tuvo un año más de vieja y uno menos que vivir. Y al mirarse en el espejo la espantaba siempre allí otra vieja de antiparras, papalina y peluquín. Y esta pobre viejecita no tenía que vestir sino trajes de mil cortes y de telas mil y mil. Y a no ser por sus zapatos, chanclas, botas y escarpín, descalcita por el suelo anduviera la infeliz.
Apetito nunca tuvo acabando de comer, ni gozó salud completa cuando no se hallaba bien .Se murió del mal de arrugas, ya encorvada como un tres, y jamás volvió a quejarse ni de hambre ni de sed. Y esta pobre viejecita al morir no dejó más que onzas, joyas, tierras, casas,ocho gatos y un turpial. Duerma en paz, y Dios permita que logremos disfrutar las pobrezas de esa pobre y morir del mismo mal.
Quizás, lo que nos puede presentar este cuento es una realidad que aparece en la mayor parte de los seres humanos y que corresponde a la constante insatisfacción que poseemos ante lo que tenemos y vivimos. En algunos momentos de la vida estaremos en esa búsqueda por satisfacer aquello que queremos y no nos basta con lo que poseemos.
Precisamente, la Palabra de Dios de este domingo nos presentará la ambición como una forma desordenada por satisfacer nuestros propios intereses, sin tener en cuenta las necesidades de los demás.
En este sentido, el Evangelio de San Lucas nos presenta la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro, que se encuentra únicamente en este Evangelio. En ella, Jesús realiza una crítica a los ricos que no se preocupan por los más necesitados.
Por ello, al hombre rico no le era suficiente con todo lo que poseía, pero no era capaz de ver la necesidad de aquel pobre mendigo, Lázaro, que estaba a las puertas de su casa y quería calmar el hambre tan solo con las migajas que caían de la mesa del rico.
De hecho, cuando el hombre rico reconoció los tormentos que estaba viviendo en la otra vida a causa de sus excesos, le pidió al padre Abrahán que enviara a Lázaro a su casa para que previniera a sus hermanos de lo que les podría suceder después de la muerte. No obstante, los milagros, como el que quería el hombre rico, son inútiles para quien no tiene fe, pues tiene su vida saturada de excesiva ambición y búsqueda de bienestar egoísta, razón por la cual le contestó Abrahán: "Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos. "
Por esta misma línea, el Profeta Amós critica el egoísmo y la ambición desmesurada de los ricos. Ahora bien, el problema de fondo no consiste en tener bienes materiales o aspirar a algún grado de bienestar, sino en otorgarle un valor diferente a los bienes. El trabajo, las posesiones, lo que tenemos y hemos conseguido con arduo trabajo y esmero son medios para poder llegar a nuestro fin, que es la felicidad, es decir, buscar, hallar y realizar la Voluntad de Dios. Por lo mismo, el problema consiste en convertir los bienes materiales en un fin, en la meta única de nuestra vida.
En consecuencia, la clave para colocar los bienes materiales en su justo lugar la ofrece el Apóstol San Pablo en su carta a Timoteo, en la cual nos propone la fidelidad a Cristo y a su Mandamiento, el del Amor, como guía de nuestra vida. De allí se sigue que quien es fiel a Cristo y ama a los demás, no busca obsesivamente bienes y privilegios para sí mismo, sino que orienta su vida al servicio y al beneficio de todos. De este modo, la persona no vivirá en constante insatisfacción, como le ocurrió a la pobre viejecita.
Y tú, ¿qué tan libre vives de los bienes materiales?  

viernes, 16 de septiembre de 2016

Reflexión XXV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

XXV Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C

Lecturas:
Profeta Amós 8,4-7
Salmo 112
De san Pablo a Timoteo 2,1-8
San Lucas 16,1-13

Y nosotros, ¿cómo vivimos la responsabilidad?


Se dice que hace tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Cierto día, un perrito, buscando refugio del sol, logró meterse por un agujero de una de las puertas de dicha casa. El perrito subió lentamente las viejas escaleras de madera. Al terminar de subir las escaleras se topó con una puerta entreabierta; lentamente se adentró en el cuarto. Para su sorpresa, se dio cuenta que dentro de ese cuarto había 1000 perritos mas, observándolo tan fijamente como él los observaba a ellos.

El perrito comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco. Los 1000 perritos hicieron lo mismo. Posteriormente sonrió y le ladró alegremente a uno de ellos. El perrito se quedó sorprendido al ver que los 1000 perritos también le sonreían y ladraban alegremente con él. Cuando salió del cuarto, se quedó pensando para sí mismo:  - "¡Qué lugar tan agradable! Voy a venir más seguido a visitarlo."

Tiempo después, otro perrito callejero entró al mismo sitio y se encontró entrando al mismo cuarto. Pero a diferencia del primero, al ver a los otros 1000 perritos del cuarto se sintió amenazado, ya que lo estaban viendo de una manera agresiva. Posteriormente empezó a gruñir; obviamente vio como los 1000 perritos le gruñían a él. Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros 1000 perritos le ladraron también a él. Cuando salió del cuarto pensó: - "¡Qué lugar tan horrible es este !¡Nunca más volveré a entrar". En el frente de dicha casa, se encontraba un viejo letrero que decía: "La casa de los 1000 espejos".

En este cuento, la casa de los 1000 espejos reflejó lo que había en el interior de cada perrito, puesto que cada uno reaccionó según como se sintió ante las imágenes de tantos perritos. En el primer caso, el perrito asumió la responsabilidad de acoger lo que parecía ser una gran cantidad de perros y terminó aprovechando la situación a su favor. En el segundo caso, el perrito se sintió agredido y, en vez de asumir su temor, prefirió salir y no volver a regresar, es decir, evadió la responsabilidad de lo que hizo y sintió en esa casa. En la vida cotidiana nos sucede algo similar, pues encontramos situaciones que reflejan lo que hay en nuestro interior y cómo respondemos ante lo que se nos va presentando.

Precisamente, en las Lecturas de este domingo se nos insistirá en el tema de la responsabilidad. Por una parte, el Profeta Amós denuncia que la ambición de dinero lleva a la persona a abusar de los más pobres e indefensos, porque la avaricia conduce a la corrupción y a la exclusión de los menos favorecidos.

Esta denuncia del Profeta encuentra su eco en el Evangelio, ya que Jesús emplea una parábola para llamar la atención sobre  la responsabilidad que debe tener un buen administrador ante el encargo recibido, la cual se basa en la libertad frente a los bienes materiales. Cuando la persona se aferra a los bienes, éstos pasan de ser un medio a un fin, la persona deja de servir, para utilizar a los demás en su propio beneficio, quitando la dignidad que cada persona se merece, tal como le sucedió al administrador infiel de la parábola. Por tanto, la persona responsable piensa en los demás y ora por ellos, según lo explica san Pablo en la Primera Carta a Timoteo.

En resumen, la persona responsable se caracteriza por ser libre ante los bienes materiales y en considerar primero las necesidades de los demás, especialmente los más necesitados. 

Y nosotros, ¿cómo vivimos la responsabilidad?

sábado, 10 de septiembre de 2016

Reflexión XXIV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

 
Y tú, ¿eres misericordioso con los demás, de la misma manera como Dios lo ha sido contigo?

Lecturas:
Éxodo 32, 7-11.13-14
Salmo 50
Timoteo 1, 12-17
Lucas 15, 1-32

La Palabra de Dios de este domingo nos va a invitar a meditar sobre la misericordia de Dios y sus características. Ser misericordioso implica salir de nosotros mismos, servir y comprender a los otros y buscar reconocer a los demás como hijos de Dios y hermanos nuestros en la fe.
 
Al respecto, cuenta la historia que un día, un hombre invitó a un mendigo a comer en su tienda. Cuando el hombre estaba dando gracias, el otro empezó a maldecir a Dios y a decir que no soportaba oír Su Santo Nombre.  Presa de indignación, el hombre echó al blasfemo de su tienda.  Aquella noche, cuando estaba haciendo sus oraciones, le dijo Dios al hombre: “Ese hombre ha blasfemado de mí y me ha injuriado durante cincuenta años y, sin embargo, yo le he dado de comer todos los días. ¿No podías haberlo soportado tú durante un solo almuerzo?”.
 
Precisamente, la misericordia de Dios no tiene límites y nos ama, sin importar que nosotros no le correspondamos a tanto amor, tal como sucedió con el hombre de la historia que se la pasaba blasfemando de Dios. En este sentido, la misericordia de Dios posee tres características especiales: 1) la fidelidad, 2) la invitación a la conversión y, 3) la alegría.
 
Quien es misericordioso es fiel, es decir, permanece amando y sirviendo a los demás, sin importar las circunstancias. Dicha fidelidad nos la ofrece Dios mismo en la Primera Lectura, pues Él liberó al pueblo de Israel y permaneció fiel, a pesar de la infidelidad del pueblo. En nuestro caso, Dios nos regala su misericordia a través de su fidelidad, aunque nosotros seamos inconstantes y nos alejemos de Dios.
 
Asimismo, la misericordia de Dios nos mueve a la conversión, como ocurrió con el Apóstol San Pablo en la carta a Timoteo. Recordando su propia historia, Pablo reconoce que Dios no sólo lo perdonó, sino que le concedió la capacidad para llevar a cabo la misión que Cristo le había encomendado, es decir, anunciar el Evangelio, por medio de la Gracia, Dios le regaló al Apóstol la fe y el amor. De igual manera, el Señor nos ofrece las herramientas para transformar nuestro corazón y dar testimonio de dicho amor a los demás, en la vida cotidiana.
 
En este orden de ideas, la misericordia es alegría, así como la dicha que experimenta el pastor al recuperar a su oveja perdida, o aquella que siente la mujer al encontrar la moneda o lo que vive el padre cuando recupera a su hijo menor. Así funciona el corazón de Jesús, pues Él atiende y acompaña a quien está en problemas y no descansa hasta haberlo recuperado.
En contraste a la acción misericordiosa de Jesús, la lógica humana aceptaría la pérdida de la oveja, pues es más importante cuidar de las otras noventa y nueve, ya que se debe evitar la pérdida de más ovejas. Para el Señor, lo importante es rescatar a todos, que nadie se pierda y, para esto, deja las demás en el campo, en un lugar seguro, sin poner en riesgo a ninguna de ellas.
Quizás, la mayor parte de nosotros se identificaría con alguna de las noventa y nueve ovejas o con el hijo mayor, pensando que no estamos perdidos. Sin embargo, vale la pena que nos preguntemos cuáles son aquellos aspectos de la vida en los cuales estamos “perdidos” y necesitamos de la ayuda de Dios, el padre misericordioso y buen pastor,  que con su amor misericordioso sale a nuestro encuentro y nos vuelve a llevar a casa, al redil.
 
Y tú, ¿eres misericordioso con los demás, de la misma manera como Dios lo ha sido contigo?

sábado, 3 de septiembre de 2016

Reflexión XXIII Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C



XXIII Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C
Domingo 4 de septiembre de 2016
Evangelio: Lucas 14, 25-33

Cuenta la historia que una vez un mico venía saltando por entre las ramas buscando comida, cuando de pronto vio unos cocos en el suelo y rápido bajó del árbol para averiguar si los podía comer. Pronto se dio cuenta de que los cocos tenían dos pequeños agujeros y estaban llenos de maní. El mico metió las manos con cuidado, porque los agujeros eran angostos, y tomó un puñado de maní, pero cuando quiso sacarlas no pudo pues los puños no cabían por el hueco. Entonces apareció un cazador, lo apresó y lo metió en una jaula.

Ciertamente, al mico lo que le pasó fue que se aferró al coco y al maní que estaba dentro, sin percatarse que el cazador estaba cerca. De algún modo, a nosotros nos sucede algo similar, en la medida en que nos apegamos a personas, cargos, lugares o cosas y olvidamos escuchar la voz de Dios, quien nos invita a seguirlo y encontrar, de esta manera, la felicidad.

En el Evangelio de hoy encontramos la invitación de Jesús a ser libres ante las personas y ante los bienes materiales. En este sentido, el Señor le anuncia a la gente que “quien no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío”. En otros términos, el Señor nos invita a ser ligeros de equipaje, es decir, a soltar las dependencias con el fin de acercarnos a Dios y descubrir el camino que Él nos está ofreciendo.

Así las cosas, el seguimiento de Jesús no es un logro humano, sino el fruto de una experiencia espiritual profunda, en la cual nos deshacemos de todo lo que nos ata. Por ello, Jesús nos presenta los ejemplos de quien construye la torre y del rey que se enfrenta a otro quien posee un ejército mayor, con el fin de invitarnos a no fiarnos del poder o del tener, sino a confiar en Dios y en su Palabra.

Y tú, ¿estás dispuesto a dejarte liberar por Dios de tus apegos?


sábado, 27 de agosto de 2016

Reflexión XXII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

XXII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C:
 
Y tú, ¿Qué buscas con tus acciones cotidianas?
 
Lecturas:
Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29
Salmo 67
Hebreos 12, 18-19. 22-24a
San Lucas 14, 1. 7-14
 
Cuenta la historia que en cierta ocasión, se hallaban reunidos en un monasterio algunos de los ancianos, entre ellos el Abad Juan.  Mientras estaban cenando, un ancianísimo sacerdote se levantó e intentó servirles. Pero nadie, a excepción del Abad Juan, quiso aceptar de él ni siquiera un vaso de agua.  A los otros les extrañó bastante la actitud de Juan, y más tarde le dijeron: “¿Cómo es que te has considerado digno de aceptar ser servido por ese santo varón?”.  Y él respondió: “Bueno, verán, cuando yo ofrezco a la gente un trago de agua, me siento dichoso si aceptan. ¿Acaso me consideran capaz de entristecer a ese anciano privándole del gozo de darme algo?”.
 
En esta historia encontramos dos virtudes que se hallan íntimamente relacionadas: la humildad y el servicio. Es más, a través del servicio desinteresado podemos descubrir la humildad de una persona. En este caso, qué mejor ejemplo de humildad nos da la historia que el servicio del monje más viejo a sus hermanos de convento.
 
En esta misma línea, la Palabra de Dios de este XXII Domingo del Tiempo Ordinario se centrará en el tema de la humildad. En el Antiguo Testamento, la humildad se demuestra en las acciones cotidianas, tal como lo señala el Libro del Eclesiástico: "Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso". En este sentido, la humildad se presenta como hacerse pequeño en las grandezas humanas, es decir, no aferrarse a lo que se busca con desesperación: poder, títulos, cargos, dinero, fama. Quien se libera de este tipo de modelos que insisten en tener y poseer puede descubrir la acción misericordiosa de Dios en su vida, ya que el Señor causa un efecto contrario a quien persigue su propia grandeza, esto es, en vez de excluir o acabar con la otra persona, la incluye, la dignifica, la construye.
 
Así como ocurrió con el monje del cuento inicial de esta reflexión, el servicio que no busca los aplausos sino la comodidad y la buena atención de los demás, así sea con un vaso de agua, dignifica al otro, lo que permite reconocer en quien está enfrente como una persona que merece lo mejor. En consecuencia, cuando salimos de nosotros mismos para servir a los demás, también nos encontramos con Dios, como se dice metafóricamente en la Carta a los Hebreos: "Vosotros os habéis acercado al monte Sión, (...) a la congregación de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús".
 
De igual modo, la humildad será el punto sobre el cual insistirá Jesús en esta parte del Evangelio según San Lucas. En dicha parte, Jesús es invitado por un jefe de los fariseos a comer en su casa y, al ver que los invitados buscaban los puestos de honor, pronunció una parábola con la cual enseñaba la importancia de buscar los últimos lugares. Previamente, Jesús había sanado a un enfermo en sábado, delante de unos fariseos, revelando su opción de vida por los más pobres, enfermos y necesitados. Posteriormente, a través de la parábola critica la actitud de quienes buscan con afán el reconocimiento público, la fama y el honor.
 
Al contrario de la lógica humana de "escalar puestos" sin importar la situación de los demás, la acción salvadora de Jesús se centra en la humildad y en la generosidad, es decir, en salir de sí mismo y darse por completo a los demás, sin buscar intereses particulares. Esta es una tarea de todos que se hace cada día, paso a paso, en silencio. Por ello, en este Año Jubilar de la Misericordia bien valdría la pena que hiciéramos una obra de caridad desde el anonimato, con humildad y generosidad, a ejemplo de Jesús.
 
Y tú, ¿Qué buscas con tus acciones cotidianas?