Reflexión
Fiesta de la Sagrada Familia
Lecturas
Eclesiástico
3, 2-6. 12-14
Salmo
127
2
Colosenses 3, 12-21
San
Lucas 2, 41-52
En
la actualidad, sorprende ver la cantidad de jóvenes que, desde muy temprana
edad, deciden tatuarse en diferentes partes del cuerpo. Muchas de estas figuras
son abstractas y, otras tantas, son como una especie de grafitis impresos en
los brazos, pecho o espalda, los cuales contienen algunos mensajes
significativos para la persona que lo porta. De hecho, llama más la atención que
varios de estos tatuajes tienen un tema en común: la familia, ya sea en figura
o, simplemente, en palabra.
Sin
embargo, ¿qué significa la familia para todas estas personas que deciden
tatuarse algo concerniente a ésta? La respuesta, no está por demás aclararlo,
no se encuentra en el campo de las definiciones enciclopédicas, sino que está
en el ámbito de lo que es realmente valioso, significativo o, en otras
palabras, lo que constituye un tesoro para la persona misma.
Hoy,
en el tercer día después del Nacimiento de Jesús, o como se conoce en la
Liturgia de la Iglesia, el día tercero de la Octava de Navidad, celebramos la
Fiesta de la Sagrada Familia. Seguramente, Jesús, María y José nos orienten
acerca del significado profundo que posee la familia y cómo podemos aplicarlo
en nuestras vidas.
En
este orden de ideas, la Sagrada Familia nos enseña que en el hogar se establece
una relación de confianza. La escena de la pérdida de Jesús en Jerusalén nos
narra que, cuando el niño tenía 12 años, sus padres lo llevaron a esta ciudad
por las fiestas de Pascua. María y José no sabían que el niño se había quedado
en Jerusalén y emprendieron una jornada de camino para regresar a su casa,
pensando que Jesús iba en la caravana. Esta situación nos refleja que María y
José confiaban en su hijo y podían intuir sus acciones. En ciertas ocasiones,
se nos ha olvidado crear condiciones de confianza entre todos los miembros de
la familia. Pero, ¿por qué sucede esto? Porque hemos dejado de escuchar al otro
y conocer sus sueños, temores y
expectativas, pues preferimos encerrarnos en nuestras propias situaciones, que
preferimos vivir como si fuésemos islas en nuestra propia casa. La Sagrada
Familia nos enseña a confiar sin más, es decir, a no poner condiciones, a no
imponernos sobre lo que piensan los demás. Para confiar es necesario escuchar y
dialogar con la otra persona, como se dice coloquialmente, ponernos en los
zapatos del otro.
No
obstante, María y José se percataron que Jesús se había quedado en Jerusalén y
empezaron su búsqueda. Es importante que nosotros también nos busquemos
permanentemente, es decir, que continuamente reflexionemos sobre nuestras
palabras y acciones hacia nuestros propios familiares. La rutina con frecuencia
evita que nos midamos con nuestros familiares y, en algunos casos, herimos de
palabra y de obra a nuestros seres queridos, utilizando como pretexto la manida
frase: “Es que a él le gusta que yo lo moleste”. Por eso, los tratos desmedidos
generan distancias entre los miembros de la familia y, aunque vivamos juntos,
puede ser que hayamos creado barreras entre unos y otros.
Por
otra parte, cuando José y María encontraron a Jesús, quedaron perplejos de
verlo en medio de los doctores de la Ley judía, escuchándolos y haciéndoles
preguntas. ¿Cuántas veces nos hemos dejado asombrar por los talentos que tienen
nuestros familiares? ¿Nos hemos dejado sorprender por los logros que han
obtenido nuestros seres queridos? Alegrarnos, sorprendernos, admirarnos
mutuamente son actitudes que deben estar presentes en toda familia. Por ello,
el hogar debe constituirse como el primer centro motivacional de la persona, en
donde ésta se siente querida, valorada y respetada por lo que es, por lo que
sabe y por lo que siente. De este modo, lograremos formar personas con mayor
autoestima, que crean en sí mismas, de tal manera que también puedan creer,
admirar y respetar a los demás.
Por
último, María nos enseña a guardar silencio. En este episodio que hemos
contemplado a lo largo de la presente reflexión, los padres de Jesús no comprendieron
por qué el niño había decidido quedarse en Jerusalén y quedaron aún más
desconcertados por la respuesta de su hijo: “¿Por
qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?”.
Ante tal respuesta, el Evangelista San Lucas nos dice que María guardaba todas
estas cosas en su corazón. Esta es una gran lección para todos nosotros, sobre
todo en la era digital que nos empuja a la inmediatez, a actuar rápidamente, a
querer respuestas ya, sin mucho esperar. Cuando alguno de nuestros familiares
experimenta alguna situación delicada, bien vale la pena escuchar, guardar
silencio, tratar de comprender, de tal manera que podamos ofrecer consejos
sensatos, prudentes a quien más los necesita. La familia también debe ser un
espacio de asesoría, de atención al otro. Quizás, si nos escucháramos un poco
más, evitaríamos que nuestros familiares buscaran consejos en otros lugares o
personas que, en vez de orientarlos, los confunden más y más, conduciéndolos a
vicios y dependencias. Por esto, es imperativo que pensemos en la otra persona
y que busquemos ayudarla a crecer, a construirse, a salir adelante, es decir, estar en la casa del Padre, lo cual significa permitir la acción de Dios en nuestras vidas y en las de los demás.
Que
la Sagrada Familia, ejemplo de confianza, escucha y comprensión, nos ayude a
crecer como familias realmente unidas en la fe y en el amor. Así sea.