domingo, 27 de diciembre de 2015

Reflexión Domingo Fiesta de la Sagrada Familia

Reflexión Fiesta de la Sagrada Familia

Lecturas
Eclesiástico 3, 2-6. 12-14
Salmo 127
2 Colosenses 3, 12-21
San Lucas 2, 41-52

En la actualidad, sorprende ver la cantidad de jóvenes que, desde muy temprana edad, deciden tatuarse en diferentes partes del cuerpo. Muchas de estas figuras son abstractas y, otras tantas, son como una especie de grafitis impresos en los brazos, pecho o espalda, los cuales contienen algunos mensajes significativos para la persona que lo porta. De hecho, llama más la atención que varios de estos tatuajes tienen un tema en común: la familia, ya sea en figura o, simplemente, en palabra.

Sin embargo, ¿qué significa la familia para todas estas personas que deciden tatuarse algo concerniente a ésta? La respuesta, no está por demás aclararlo, no se encuentra en el campo de las definiciones enciclopédicas, sino que está en el ámbito de lo que es realmente valioso, significativo o, en otras palabras, lo que constituye un tesoro para la persona misma.

Hoy, en el tercer día después del Nacimiento de Jesús, o como se conoce en la Liturgia de la Iglesia, el día tercero de la Octava de Navidad, celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. Seguramente, Jesús, María y José nos orienten acerca del significado profundo que posee la familia y cómo podemos aplicarlo en nuestras vidas.

En este orden de ideas, la Sagrada Familia nos enseña que en el hogar se establece una relación de confianza. La escena de la pérdida de Jesús en Jerusalén nos narra que, cuando el niño tenía 12 años, sus padres lo llevaron a esta ciudad por las fiestas de Pascua. María y José no sabían que el niño se había quedado en Jerusalén y emprendieron una jornada de camino para regresar a su casa, pensando que Jesús iba en la caravana. Esta situación nos refleja que María y José confiaban en su hijo y podían intuir sus acciones. En ciertas ocasiones, se nos ha olvidado crear condiciones de confianza entre todos los miembros de la familia. Pero, ¿por qué sucede esto? Porque hemos dejado de escuchar al otro y  conocer sus sueños, temores y expectativas, pues preferimos encerrarnos en nuestras propias situaciones, que preferimos vivir como si fuésemos islas en nuestra propia casa. La Sagrada Familia nos enseña a confiar sin más, es decir, a no poner condiciones, a no imponernos sobre lo que piensan los demás. Para confiar es necesario escuchar y dialogar con la otra persona, como se dice coloquialmente, ponernos en los zapatos del otro.

No obstante, María y José se percataron que Jesús se había quedado en Jerusalén y empezaron su búsqueda. Es importante que nosotros también nos busquemos permanentemente, es decir, que continuamente reflexionemos sobre nuestras palabras y acciones hacia nuestros propios familiares. La rutina con frecuencia evita que nos midamos con nuestros familiares y, en algunos casos, herimos de palabra y de obra a nuestros seres queridos, utilizando como pretexto la manida frase: “Es que a él le gusta que yo lo moleste”. Por eso, los tratos desmedidos generan distancias entre los miembros de la familia y, aunque vivamos juntos, puede ser que hayamos creado barreras entre unos y otros.

Por otra parte, cuando José y María encontraron a Jesús, quedaron perplejos de verlo en medio de los doctores de la Ley judía, escuchándolos y haciéndoles preguntas. ¿Cuántas veces nos hemos dejado asombrar por los talentos que tienen nuestros familiares? ¿Nos hemos dejado sorprender por los logros que han obtenido nuestros seres queridos? Alegrarnos, sorprendernos, admirarnos mutuamente son actitudes que deben estar presentes en toda familia. Por ello, el hogar debe constituirse como el primer centro motivacional de la persona, en donde ésta se siente querida, valorada y respetada por lo que es, por lo que sabe y por lo que siente. De este modo, lograremos formar personas con mayor autoestima, que crean en sí mismas, de tal manera que también puedan creer, admirar y respetar a los demás.

Por último, María nos enseña a guardar silencio. En este episodio que hemos contemplado a lo largo de la presente reflexión, los padres de Jesús no comprendieron por qué el niño había decidido quedarse en Jerusalén y quedaron aún más desconcertados por la respuesta de su hijo: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?”. Ante tal respuesta, el Evangelista San Lucas nos dice que María guardaba todas estas cosas en su corazón. Esta es una gran lección para todos nosotros, sobre todo en la era digital que nos empuja a la inmediatez, a actuar rápidamente, a querer respuestas ya, sin mucho esperar. Cuando alguno de nuestros familiares experimenta alguna situación delicada, bien vale la pena escuchar, guardar silencio, tratar de comprender, de tal manera que podamos ofrecer consejos sensatos, prudentes a quien más los necesita. La familia también debe ser un espacio de asesoría, de atención al otro. Quizás, si nos escucháramos un poco más, evitaríamos que nuestros familiares buscaran consejos en otros lugares o personas que, en vez de orientarlos, los confunden más y más, conduciéndolos a vicios y dependencias. Por esto, es imperativo que pensemos en la otra persona y que busquemos ayudarla a crecer, a construirse, a salir adelante, es decir, estar en la casa del Padre, lo cual significa permitir la acción de Dios en nuestras vidas y en las de los demás.


Que la Sagrada Familia, ejemplo de confianza, escucha y comprensión, nos ayude a crecer como familias realmente unidas en la fe y en el amor. Así sea.   

viernes, 25 de diciembre de 2015

Reflexión Solemnidad del Nacimiento del Señor

Solemnidad del Nacimiento del Señor

Lecturas:
Isaías 52, 7-10
Salmo 97
Hebreos 1, 1-6
San Juan 1, 1-18

La escena del nacimiento de Jesús, o como popularmente la llamamos, "el pesebre", nos regala una enseñanza profunda: amar sin condiciones. Es verdad, el pesebre nos muestra que a pesar de las dificultades que se nos presentan a diario, tal como les ocurrió a María y José, siempre existe una oportunidad para el amor, ya que el nacimiento de una vida es la mayor expresión del amor, como fue en este caso El nacimiento de Jesús.

Precisamente, la misericordia de Dios también se manifiesta en el pesebre, pues aunque María y José experimentaron la pobreza, la dominación del Imperio, las negativas de la gente para hospedarlos, las inclemencias del clima y la indolencia de la gente, también vivieron el júbilo del nacimiento de Jesús. A pesar de la injusticia y de la indiferencia de los seres humanos, Dios sigue apostando por nosotros y se la juega toda por nosotros hasta el punto de regalarnos una vida nueva por medio de su Hijo encarnado, Jesús.

Ahora bien, se suele pensar que el nacimiento de Jesús fue un hecho del pasado. No obstante, desde nuestra fe sabemos que el nacimiento de Jesús sucede hoy en día, año tras año, en la medida en que los seres humanos le abrimos nuestro corazón para que Él nazca. Por ello, nuestra tarea es ser misericordiosos como Jesús ha sido misericordioso con cada uno de nosotros, pues Él manifiesta el amor de su Padre.

Este Año de la Misericordia es una oportunidad apropiada para que cada uno de nosotros crezcamos en servicio y generosidad hacia los demás. Cada vez que seamos caritativos y ayudemos a otras personas de manera desinteresada, estaremos creando también el espacio, el pesebre, para que Jesús nazca en nuestro corazón. En esto consiste la misericordia, es decir, en amar y perdonar a los demás, de palabra y obra, de la misma forma como Dios lo ha hecho con nosotros.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Reflexión Cuarto Domingo de Adviento. Ciclo C

Cuarto Domingo de Adviento. Ciclo C


Lecturas:
Miqueas 5, 1-4a
Salmo 79
Hebreos 10, 5-10
Lucas 1, 39-45

En Navidad, las familias buscan encontrarse y reunirse, sin importar qué tan lejos se encuentren los hijos, hermanos, nietos, etc. Por esta razón la cena de navidad se convierte en algo más que una simple comida y llega a ser un espacio de fraternidad y unión. No obstante, en ciertas ocasiones se olvida el motivo de la fiesta navideña y se deja de lado qué se celebra. Disfrutamos de la comida, la música, los regalos y la decoración; de hecho, varios personajes y objetos han incursionado en  nuestros ambientes navideños, tales como Papá Noel, el muñequito de nieve, el árbol de navidad, la chimenea, entre otros, olvidando quién nace en la vida de cada persona.

Por ello, este Cuarto Domingo de Adviento nos presenta el motivo central que nos reúne en Navidad, como lo es la Encarnación del Hijo de Dios. La bondad y el amor que Dios le ha manifestado al mundo ha llegado a su máxima expresión al enviarnos a su Hijo querido, no como un recuerdo de un hecho histórico sucedido hace un poco más de 2000 años, sino como una realidad que seguimos experimentando, gracias a la fe, por medio de la Eucaristía.

En ese sentido, el nacimiento de Jesús nos ofrece varias enseñanzas. En primer lugar, al nacer en un pesebre, el Señor nos enseña el valor de la humildad. A veces menospreciamos lo pequeño y lo sencillo, pues nos hemos acostumbrado a la búsqueda de la opulencia, de lo suntuoso, de lo desproporcionado. Por ejemplo, si tenemos un buen celular o un buen carro, queremos el último modelo, aún sin necesitarlo. Por eso, Jesús nos enseña a vivir con sencillez y a reconocer que cada detalle que se nos presenta en la vida es significativo, por pequeño que éste sea. Por lo mismo, bien dice el profeta Miqueas al exaltar la pequeña población de Belén, en donde nacerá el Mesías: "Pero tú, belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel" (Miqueas 5,1).

En segundo lugar, Dios Padre nos enseña que Él nos ha ofrecido el mejor regalo: su Hijo Jesucristo. Ni las mejores ofrendas ni los grandes sacrificios son los que quiere el Señor, como se indica en la Carta a los Hebreos. En la antigüedad, los diferentes pueblos o imperios solían hacer sacrificios a sus dioses, ya fueran ofrendas de lo que producían, animales o, incluso, seres humanos. Con Jesús, la humanidad descubrió que ha sido Dios mismo quien ha ofrecido el mayor sacrificio, al ofrecernos a su Hijo, quien se sigue haciendo presente en la Eucaristía, para que podamos obtener la vida nueva que procede de Dios, como se afirma en la Carta a los Hebreos: "todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre". (Hebreos 10,10)

En tercer lugar, la encarnación de Jesús es un acto de servicio, que parte desde el ejemplo de la Madre del Salvador, ya que María, a pesar de su embarazo, se encamina a visitar a su prima Isabel y, una vez allí se dispone a servirle (Lucas 1,39-45). La actitud de disponibilidad de María llega a ser, para cada uno de nosotros, un motivo para que nosotros, hoy en día, también nos pongamos en camino para buscar a Jesús, nos enamoremos de Él y le sigamos mediante un servicio incondicional, en el lugar en donde nos encontremos y con todas las personas, especialmente las más necesitadas. Seguramente, este mundo sería muchos más acogedor si todos nos propusiéramos ser más "héroes anónimos", es decir, personas que desean ayudar al prójimo sin buscar protagonismo, sin querer ser súper héroes de ficción, más personas de carne y hueso con un corazón sensible a las necesidades de otras personas. En otras palabras, necesitamos seres humanos que posean en su corazón un pesebre en donde nazca Jesús, de tal modo que con Du Luz puedan iluminar a otros.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Reflexión Tercer Domingo de Adviento. Ciclo C

Tercer Domingo de Adviento. Ciclo C

Lecturas:

Sofonías 3, 14-18a
Salmo, Isaías 12, 2-3. 4bcd. 5-6
Filipenses 4, 4-7
Lucas 3, 10-18

Desde hace unos meses atrás, las familias en Colombia acostumbran a planear sus vacaciones de fin de año. Para ello, se realizan proyecciones con el dinero que papá y mamá recibirán en diciembre, contando prima, salario, liquidación, etc. Con base en esto, se distribuye el dinero en regalos, viajes, fiestas y las cenas de Navidad y Año Nuevo. En algunos casos, no se proyecta enero, el cual es un mes económicamente complicado, pues en la mayoría de las personas asalariadas que trabajan a término fijo, sólo reciben el salario por dos semanas de trabajo. En otros casos, especialmente quienes son independientes o trabajan en la informalidad, no se hacen tantas proyecciones económicas, sino que se distribuye el dinero obtenido de acuerdo con los resultados de la temporada de fin de año.

Basta hacer esta radiografía de la planeación económica para darnos cuenta que nuestras proyecciones se construyen a partir de una combinación entre los datos reales y las esperanzas de un futuro promisorio. Aunque nos esforzamos en nuestro trabajo a lo largo de un año, también añoramos obtener ganancias adicionales que nos permitan disfrutar de un tiempo de vacaciones con comodidad y holgura.

Del mismo modo, en la vida de fe experimentamos una combinación entre nuestra esperanza en Dios y la acción del Señor en nuestras vidas. Cada uno, desde su propia vida, ha tenido una experiencia del amor de Dios, ya sea a través de personas, situaciones, oportunidades y dones que Él mismo nos ha proporcionado, como por ejemplo: la familia, los amigos, el trabajo, el estudio, la vivienda, el alimento, etc. Simultáneamente, cada quien espera que el Señor siga bendiciéndolo en cada momento, lo cual constituye una esperanza permanente. Dicho en otras palabras, Dios nos ofrece muchas bendiciones espirituales y materiales diariamente y, a la vez, confiamos en que Él no nos desamparará.

No obstante, los seres humanos no solemos "proyectar" nuestra vida espiritual, tal como lo hacemos con nuestras vacaciones. Pero, ¿qué significa proyectar nuestra vida espiritual? De una manera clara, significa reconocer los dones que hemos recibido de Dios y descubrir qué podemos hacer con ellos para que otras personas también sean bendecidas con el amor de Dios.

Para esto, las lecturas de este Tercer Domingo de Adviento nos ofrecen tres palabras claves, con el fin de proyectar nuestra vida espiritual: la alegría, la paz y el discernimiento.

En primer lugar, con relación a la alegría, solemos vivir una contradicción personal, pues con frecuencia no manifestamos la misma alegría en nuestra vida espiritual que cuando planeamos nuestras vacaciones, pues vivimos lamentándonos de lo que nos falta y no reconocemos tanto bien que Dios nos ha dado. Por ello, el Libro de Sofonías nos recalca estar alegres, porque Dios ha sido misericordioso con nosotros. Ante tanta bondad recibida de parte de Dios, no queda otra salida que estar alegres: "Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos" (Sofonías 3, 14-15a). Así como planeamos unas vacaciones para sentirnos relajados y disfrutar en familia, también el Señor nos invita a mantener esta actitud de alegría interior, sobre todo cuando nos descubrimos amados y perdonados por Él.

En segundo lugar, en cuanto a la paz, el Apóstol San Pablo escribe a los Filipenses: "Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús" (Filipenses 4, 7). Sin duda alguna, una forma para descubrir la acción de Dios en nosotros se da cuando sentimos paz en el corazón. Por ejemplo, al momento de tomar una decisión crucial, si sentimos tranquilidad y serenidad ante la opción escogida, ciertamente allí se encuentra la acción bondadosa de Dios. Con razón, el Apóstol San Pablo nos explica que la paz va más allá de todo juicio y es ésta la que puede orientar todos nuestros pensamientos y acciones. En este sentido, quien no tiene paz en su corazón, suele tener nublado el horizonte, tal como la persona que conduce su carro en medio de una tormenta muy fuerte y, por lo mismo, tomar una decisión en tales condiciones sería peligroso tanto para la persona como para quienes la rodean. En cambio, la paz de Dios nos ofrece seguridad y esperanza para seguir caminando en la vida.

En tercer lugar, con referencia al discernimiento, vale la pena tener en cuenta lo que nos dice Juan el Bautista: "Yo, en verdad, los bautizo con agua; pero viene uno que los bautizará con Espíritu Santo y fuego. Trae su hoz en la mano,  para limpiar el trigo y separarlo de la paja. Guardará el trigo en el granero, pero quemará la paja en un fuego que no se apagará" (Lucas 3, 16a. 17). Esta es otra forma de descubrir la acción de Dios en nosotros, pues nos ayuda a discernir, es decir, a diferenciar aquello que nos permite ser felices de aquello que simplemente se presenta como una dicha fugaz y efímera. En este orden de ideas, la figura del trigo que se nos presenta en el Evangelio representa todo lo que proviene de Dios, mientras que la paja nos indica lo pasajero, aquello que puede ser ser apariencia y que no contribuye realmente a construir una felicidad duradera.

Por tanto, en este Año Jubilar de la Misericordia, pidamos al Señor que Él nos renueve por dentro. Tomando las palabras de Juan el Bautista, que sea Él, jesucristo, quien nos bautice con Espíritu Santo y fuego, de tal modo que podamos descubrir tanto bien recibido de su parte, agradecerlo y compartirlo con los demás de forma generosa.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Reflexión Segundo Domingo de Adviento. Ciclo C

Segundo Domingo de Adviento. Ciclo C:

Lecturas:

Baruc 5, 1-9
Salmo 125
Filipenses 1, 4-6. 8-11
Lucas 3, 1-6

Hace unos años, era común ver en algunos almacenes del centro de Bogotá un pequeño afiche que, en cierto tono caricaturesco, presentaba a dos hombres: uno muy pobre, ubicado en un lugar lleno de papeles, diciendo: "yo vendí al crédito", mientras que el otro, lleno de lujos y dinero, decía: "yo vendí al contado". Aunque el objetivo inicial de tener dicha imagen en los almacenes era darle a entender al cliente que allí no se fiaba, también nos demuestra una tendencia presente en todos los seres humanos: la búsqueda de una vida cómoda.

Si bien es necesario buscar las condiciones propicias para lograr una vida digna, entre las cuales se destacan el trabajo, la vivienda, el alimento y el vestido, existe una tentación a acomodarnos a un ritmo de vida que va más allá de dignificar la vida y se termina convirtiendo en un círculo vicioso en el cual pretendemos acumular bienes materiales en exceso, junto con el afán de reconocimiento y prestigio. Por ende, la búsqueda de comodidad se transforma en una insaciable carrera por mantener un status basado en el consumo y en las apariencias.

Por ello, urge romper con esa dinámica que genera apegos y dependencias, de tal modo que seamos libres y encontremos la verdadera felicidad, aquella que no está basada en acumular, sino en desprenderse, en ser ligeros de equipaje y en buscar también el beneficio para el mayor número de personas. Esta fue la decisión que tomó Juan el Bautista al irse a vivir al desierto, pues rompió con esa dinámica en la cual los líderes religiosos judíos se acomodaron al dominio del Imperio Romano.

En el Evangelio de San Lucas, Juan es presentado en el desierto, bautizando con agua para el perdón de los pecados y predicando la conversión. Su acción profética es, en sí misma, un llamado a desacomodarnos y liberarnos de aquellas ataduras que no nos permiten recibir al Señor en el corazón. Por esta razón, Juan el Bautista lleva a cabo las palabras del Profeta Isaías: "Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y las colinas; que lo torcido se enderece, que lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios" (Lucas 3, 4-6).

De eso se trata el Tiempo de Adviento, de desacomodarse, es decir, liberarse de todo aquello que en vez de permitirnos ser felices, nos ahoga y no nos ayuda a llevar la vida con serenidad. En este sentido, la imagen de allanar los senderos que nos ofrece el Evangelio, que a su vez es tomada del profeta Isaías,  nos expresa ese deseo del Señor para que preparemos el corazón y nos dispongamos a recibirlo. Dicho en otras palabras, en el libro de Baruc aparece: "Dios ha mandado abajarse a todos los montes elevados, a todas las colinas encumbradas, ha mandado que se llenen los barrancos hasta allanar el suelo." (Baruc 5, 7).

Ahora bien, no se trata de despojarnos de todo y vivir en la miseria, pues a veces se confunde el despojo con desalojo y la pobreza con mezquindad, pues sería un despropósito con relación a lo que Dios quiere de nosotros, y es que seamos felices. No obstante, para construir una felicidad duradera debemos ser libres de ataduras y colocar nuestra confianza en quien nos puede garantizar la verdadera felicidad: en Jesucristo. El Apóstol San Pablo nos dice: "Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena, la llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús" (Filipenses 1, 6). Por eso, si afianzamos nuestro proyecto de vida y nuestra felicidad en Dios, con seguridad Él la llevará a feliz término.

Por ende, pidamos al Señor nos regale su Gracia para que nos enamoremos profundamente de Él y sólo con Él, de su mano, construyamos la verdadera felicidad. Por último, unámonos a San Anselmo orando: "Enséñame a buscarte, muéstrame tu rostro, porque si Tú no me lo enseñas no puedo buscarte. No puedo encontrarte si Tú no te haces presente. Te buscare deseándote, te deseare buscándote; amándote te encontraré, encontrándote te amaré.


sábado, 28 de noviembre de 2015

Reflexión Primer Domingo de Adviento. Ciclo C

Primer Domingo de Adviento. Ciclo C:

Lecturas:
Jeremías 33, 14-16
Salmo 24
1 Tesalonicenses 3, 12 - 4, 2
San Lucas 21, 25-28. 34-36

Hace unos años, en las familias tradicionales de Bogotá se tenía la costumbre de invitar a las amistades a tomar onces en las horas de la tarde. Esto era todo un evento social para el cual se preparaba la casa y se ofrecían los más suculentos postres y galletas, acompañados del más delicioso chocolate santafereño. Por esta razón, surgió en la ciudad la costumbre de tomar onces, es decir, una merienda en las horas de la tarde.

Sin embargo, lo más importante de esta tradición era el hábito que se había generado al interior de cada familia, en donde se daba importancia para prepararse y acoger a la visita, aunque en ocasiones fuera una simple apariencia. De todos modos, siempre se trataba de ofrecer lo mejor a la persona que llegaba a la casa, de tal manera que se llevara la mejor impresión de la familia anfitriona.

En este orden de ideas, el Primer Domingo de Adviento nos hace un anuncio fundamental: el Señor viene. Y, por lo mismo, vale la pena que nos preguntemos cómo está "la casa" de nuestro corazón para recibirlo, qué le podemos ofrecer y cuánto tiempo le dedicaremos a tan ilustre visitante. De acuerdo con la historia que presentábamos al inicio de esta reflexión, es necesario disponer nuestra casa para la llegada del Señor, de tal manera que Jesús se quede habitando en nuestros corazones y nos renueve por dentro.

Por lo anterior, vale la pena que retomemos las Lecturas de este Domingo para identificar cuáles son las herramientas que nos pueden servir para prepararnos y recibir a Jesús.

En primer lugar, el Apóstol San Pablo nos indica que el amor mutuo es la clave para disponer el corazón. De la misma manera como el Señor actúa en cada persona, amándonos y perdonándonos, Él nos invita a compartir esta experiencia de profunda renovación interior, de igual modo como Jesús actúa en nosotros, es decir, amando y perdonando a los demás, pero no un amor superficial, de palabra, sino a través del servicio desinteresado e incondicional.

En segundo lugar, San Pablo también nos señala que la acción del Señor en cada uno nos fortalece internamente. Dicho en otras palabras, el amor de Dios nos regala una consistencia interior. Del mismo modo que la sal le da sabor a los alimentos, quien abre su corazón a Dios y descubre que Él es puro amor y bondad, su vida se transforma a tal punto que tendrá paz en su vida, a pesar de los problemas y dificultades que se puedan  presentar a diario. Por tanto, la fortaleza interior se expresa en la serenidad para tomar decisiones, en la generosidad para colaborar a otras personas, en la responsabilidad en los compromisos adquiridos, en la capacidad de escucha, que tantas veces nos falta y en la amabilidad al tratar a los demás.

En tercer lugar, Jesús nos enseña que debemos estar atentos a los signos que se presentan a diario en nuestra vida, es decir, tener capacidad para discernir, al igual que sucede con los signos que nos presenta la naturaleza: "Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y del oleaje" (Lucas 21, 25). Con frecuencia, nos dejamos absorber por la rutina y el afán cotidiano, sin advertir que en cada situación diaria el Señor manifiesta su amor y su bondad.

En cuarto lugar, durante este tiempo de Adviento es frecuente que meditemos lecturas de la Biblia que han sido escritas con literatura apocalíptica, es decir, que nos hablarán sobre el fin de los tiempos. Sin embargo, no podemos confundirnos y pensar que son predicciones del futuro, sino que el mensaje de éstas se orienta a que descubramos que después de la muerte no hay un final, sino la esperanza de vivir en la presencia de Dios, gracias a la muerte y resurrección de Jesús.

Para finalizar, este tiempo de Adviento es propicio para disponer el corazón al nacimiento de Jesús. Para ello, la Palabra de este Domingo nos ha ofrecido cuatro herramientas: amor mutuo, fortaleza interior, discernimiento y esperanza. Que el Señor nos conceda su Gracia, de tal modo que nuestra casa interior esté bien dispuesta para recibirlo y ofrecerle las mejores "onces", es decir, todo nuestro ser.


domingo, 22 de noviembre de 2015

Reflexión Solemnidad de Cristo Rey. Ciclo B


Solemnidad de Cristo Rey:

Lecturas:
Daniel 7, 13-14
Salmo 92
Apocalipsis 1, 5-8
Juan 18, 33-37

Cuenta la historia que un joven científico se jactaba, en presencia de un monje, de los logros de la ciencia moderna. "Podemos volar como los pájaros», decía. «¡Podemos hacer todo cuanto hacen los pájaros!» «Excepto descansar sobre un alambre de espino», dijo el maestro. En ocasiones, la inteligencia humana quiere alcanzar los más altos niveles de vida, pero se olvida de aquella capacidad para salir adelante de las dificultades, o como se dice en el cuento, poder descansar sobre el espino. Solo Dios, en su infinita bondad, nos puede conceder la Gracia de levantarnos de las caídas. Nuestro reto es, pues, dejar reinar a Dios en nuestra vida.

Precisamente, cuando celebramos la fiesta de Cristo Rey, meditamos el significado del reinado de Jesús. No obstante, su reinado va más allá de la imagen que tenemos los seres humanos sobre la realeza, la cual consiste en poder, dominar y demostrar su control a otras personas. El reinado de Jesús, como ya lo hemos visto por medio de sus acciones y palabras, consiste en el amor y en la misericordia, es decir, en enseñarnos que Dios es pura bondad y que nos ama profundamente. Por ello, cuando alguien se siente amado y perdonado, es capaz de amar y perdonar a los demás. De acuerdo con el cuento que hemos presentado, la persona que se reconoce hija de Dios puede sobreponerse a las dificultades que se le presentan en la vida, a través de la acción de Dios en el corazón de cada uno, precisamente porque experimentamos el amor de Dios a través de Jesús, tal como se menciona en el Libro del Apocalipsis: "Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre" (Ap 1, 5).

Por eso, el Reino de Dios no es una cuestión de monarquía, sino de justicia e igualdad, de eso se trata ser testigo de la verdad que proclama Jesús en el Evangelio de hoy (Juan 18, 37), es decir, reconocer que la otra persona es hija de Dios y así como Él me ama y me perdona, lo mismo hace con los demás. Y para ello es cierto que todos debemos poner nuestros mejores talentos para construir el Reino, pero con la disponibilidad de quien no quiere nada a cambio. El Reino de Dios, a diferencia de los reinos de este mundo, no consiste en aferrarse a personas, posesiones o cosas, sino que se trata de soltarse, liberarse y estar disponible para hacer el bien a los demás sin exigir algo a cambio.

Lo anterior fue la enseñanza de Jesús, en eso consiste su reinado, en ser humilde servidor de todos. Por eso, cuando Pilato lo interroga, Jesús responde afirmativamente que es Rey, pero no de este mundo, pues Él no busca aferrarse a bienes materiales, sino que libera, sana y perdona: "Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz" (Juan 18, 37). Por lo mismo, su trono es la cruz, su corona es de espinas y su recompensa para quienes creen en Él, que es la Resurrección, la Vida plena y eterna.




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sábado, 14 de noviembre de 2015

Reflexión 33 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

33 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B:

Lecturas:
Daniel 12, 1-3.
Salmo 15
Hebreos 10, 11-14. 18
Marcos 13, 24-32

A partir del año 2000, la industria del cine ha aumentado la producción de películas que tratan el tema del fin del mundo. En general, se podría decir que la imagen que ahora poseemos acerca de los últimos tiempos ha estado mediada por la ciencia ficción y por una imaginación sin límites, que configuran un escenario catastrófico y aterrador.

Yendo un poco más en este panorama, la lectura de los libros apocalípticos de la Biblia ahora está marcada por las imágenes cinematográficas, cuando  la influencia debería ser inversa, es decir, que la Sagrada Escritura iluminara la vida y la cultura de la humanidad. Sin embargo, cabe hacernos las siguientes preguntas: ¿por qué nos encontramos saturados de informaciones, textos y películas que hablan sobre el fin del mundo? ¿Qué se esconde detrás de ello? Todos estos movimientos, un tanto fatalistas, lo que dejan entrever es el temor del ser humano a la muerte, es decir, la falta de seguridad acerca de la permanencia de la humanidad en el planeta.

Por lo anterior, las lecturas de hoy, en vez de ser leídas desde una óptica fatalista, nos ofrecen una gran esperanza, en la medida en que nos enseñan a poner toda nuestra seguridad en Aquel que dio su propia vida por todos nosotros. Cuando nosotros colocamos nuestra confianza en Jesús, todos los temores e inseguridades desaparecen, pues el Señor, en su plena bondad, le regala una paz duradera a quien cree plenamente en Él.

El Evangelio de Marcos nos presenta las palabras de Jesús acerca de una gran tribulación, aunque se debe aclarar que no es una predicción de sucesos futuros, sino que es la manifestación de la muerte que experimentará el Señor. Las palabras de Jesús encierran en sí mismas una característica del Señor, quien podía discernir las circunstancias que vivía a diario, de tal manera que podía comprender hacia dónde lo iban a conducir sus decisiones, palabras y acciones. En otros términos, Jesús utilizó las metáforas de la gran tribulación y del sol en tinieblas para explicar su experiencia Pascual, gracias a la capacidad del Señor para leer los acontecimientos cotidianos a la luz del Espíritu de Dios.

Precisamente, la Carta a los Hebreos explica que Cristo ofreció un solo sacrificio para borrar los pecados: su propia vida, y por dicho sacrificio, Jesús está sentado a la derecha de Dios, lo que quiere decir que Jesús ha sido exaltado como Señor sobre la muerte para señalarnos el camino de la salvación. Más que ser el héroe que presentan las películas sobre el fin del mundo, Jesús es el camino a una vida nueva, quien se entrega y se ofrece a sí mismo por todos nosotros, mientras que los héroes de ficción, a pesar de exagerar su actuación, no se entregan por completo para salvar a los demás y permiten que otros entreguen sus vidas para salvarlos a ellos.

En Jesús vemos la promesa cumplida de Dios a la humanidad y que había sido anunciada por los Profetas. En el caso de este domingo, el Profeta Daniel nos habla de la Salvación del pueblo, de "todos los inscritos en el libro", estos son quienes creen en verdad en el Señor.

Por tanto, la tarea que nos propone la Palabra de Dios es confiar plenamente en Él, tanto con nuestras palabras como con nuestras acciones, en vez de crearnos historias aterradoras que nos roban la paz interior, pues "el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre".

sábado, 7 de noviembre de 2015

Reflexión 32 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

32 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B:

Lecturas:
1 Reyes 17, 10-16
Salmo 145
Hebreos 9, 24-28
Marcos 12, 38-44

Antiguamente, en los campos de Colombia solían verse hogares sencillos que se reunían en torno del fogón y, a través de la comida, encontrábamos una familia que se alimentaba no sólo con el pan material, sino con la sabiduría del patriarca de la casa, quien con sus historias generaba unidad e identidad. Y, precisamente, estas reuniones familiares eran espacios de acogida no sólo para la familia, sino también para los visitantes, a quienes no se les negaba un plato de comida, por más sencilla que esta fuera.

De este modo, nacía una tradición a partir de la comida, con la cual se aprendían valores como la generosidad, la amistad, la sencillez y el cariño, que se transmitían de generación en generación, al repetir dichas tradiciones entre familiares y vecinos, sin importar el lugar en donde se encontrasen. Estas escenas domésticas, que provienen de las raíces más profundas de nuestra historia cultural colombiana, nos enseñan que quien da con generosidad, aquello que ofrece se multiplica. 

Justamente, la Palabra de Dios de este domingo va por el mismo camino de la anécdota que hemos presentado, pues nos muestra que Dios bendice a quien da de lo mejor que tiene y no de lo que le sobra, tal como ocurrió con la viuda de Sarepta, quien le ofreció al profeta Elías un panecillo, de tal modo que después no le hizo falta harina y aceite. Sin embargo, el inicio de esta escena es un poco desolador, pues cuando llegó el profeta Elías, la viuda estaba resignada a morir de hambre con su hijo, ya que no poseía la harina ni el aceite suficientes para poder preparar sus alimentos. Por eso, cobra valor la presencia del profeta, quien además de ser instrumento de Dios para obrar el milagro de la multiplicación de la harina y del aceite, sirve para alentar y consolar al triste y desanimado. 

En la actualidad, en nuestras familias vemos que con frecuencia le dedicamos poco tiempo al compartir fraterno alrededor de la mesa, porque hemos olvidado que no se trata sólo de consumir los alimentos junto con otras personas, sino que se trata de crecer como familias, es decir, apoyarnos, aconsejarnos y, sobre todo, escucharnos en medio de un diálogo cálido y cercano que se puede originar en una comida, tal como lo hacían nuestros abuelos, quienes nos regalaban lo mejor que tenían: un plato de comida abundante con mucho cariño.

Seguramente, de esto se trata el compartir fraterno, de dar de lo mejor que se tiene, sin menospreciar a nadie. Por esta razón, la viuda de Sarepta dio lo mejor que tenía al profeta Elías y otra viuda, esta vez en el Evangelio de Marcos, ofreció toda su fortuna: dos monedas, en medio de la crítica de aquellos judíos que se jactaban de dar mucho más que esta viuda, pero con la diferencia de que sólo ofrecían lo que les sobraba. Aún más, Jesús nos regaló lo mejor que tenía, su propia vida, para que nosotros recibiéramos una Vida Nueva, plena y abundante, según nos lo presenta la Carta a los Hebreos.

Sin duda alguna, aquí se encuentra el secreto de la bendición de Dios, en que la felicidad plena y verdadera está en dar que en recibir y este secreto lo aprendieron nuestros ancestros, quienes no dudaron en acoger y ayudar a quien más los necesitaba. De esta manera se ha actualizado el sacrificio y la entrega generosa de Jesús, en la medida en que cada persona fuera capaz de salir de sí misma para darse por completo a los demás. Por ello, vale la pena que reflexionemos y nos cuestionemos acerca de nuestra capacidad para ser generosos y de la autenticidad de nuestra ofrenda a los demás: ¿Soy generoso con los demás? ¿Doy de lo mejor que tengo o, más bien, de lo que me sobra? En realidad, ¿qué busco cuando le doy algo a alguien?

sábado, 31 de octubre de 2015

Reflexión Solemnidad de Todos los Santos

31 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B. Solemnidad de Todos los Santos

Lecturas:
Apocalipsis 7, 2-4. 9-14
Salmo 23
I Carta de san Juan 3, 1-3
Mateo 5, 1-12a

Celebramos en este Domingo la solemnidad de Todos los Santos, lo que quiere decir que nosotros, como católicos, recordamos y honramos a todas aquellas personas que, a lo largo de la historia, nos han dado testimonio con su vida de seguir radicalmente a Jesús, a través del anuncio del Evangelio. Muchos de ellos han entregado su vida en el martirio y se han unido a Cristo en la entrega generosa de la vida por amor.

Cuando caminamos cerca de algunos santuarios, encontramos una variedad de almacenes y puestos ambulantes que ofrecen todo tipo de imágenes, cuadros, medallas, frascos con aguas y esencias y otros objetos que resaltan el poder curativo de los santos, ya sean reconocidos o no por la Iglesia Católica como tales. Sin embargo, después de recorrer por estas vías, que son necesarias para llegar a los templos católicos, nos queda el interrogante si en realidad la santidad consiste en una serie de artificios mágicos en donde se muestra "el poder" de una persona que, sin menospreciar sus virtudes, en su vida terrena tuvo que experimentar la fragilidad y la limitación del pecado. Por ende, ¿de quién viene la santidad? ¿No será que el camino a la santidad es diferente a lo esotérico, a los sahumerios y a la superstición que nos ofrece la sociedad de consumo?

Por ello, las lecturas del día de hoy están orientadas a presentarnos los criterios para llegar a la santidad. También nos recuerdan que todos nosotros, como creyentes, estamos llamados a ser santos.

Ser santo no se reduce a una imagen o a un cuadro que la gente venera, sino que va más allá del reconocimiento individual. Precisamente, el santo es todo lo contrario a quien busca los elogios y aplausos de los demás, pues se ha hecho menos para que Cristo pueda crecer en él. El libro del Apocalipsis, por ejemplo, presenta al santo como el siervo que ha sido marcado por el ángel y que, a su vez, "ha lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero" (Ap. 7,14). Sin embargo, puede parecernos un tanto extraña esta expresión de blanquear una vestidura con sangre, pero el sentido se orienta a que por medio de la purificación interior y del sufrimiento, el santo logra la identificación plena con Cristo, es decir, quien participa de la cruz de Jesús, también participa de su resurrección.

Asimismo, no se nos puede olvidar una enseñanza profunda que nos regala la Primera Carta del Apóstol San Juan: Dios es el único santo. Con frecuencia, nos quedamos con la idea un tanto mágica del santo, pues lo comparamos con un personaje de ficción, como si fuese un súper héroe, que tiene poderes sobrenaturales y lucha contra el mal en unas batallas épicas, propias de las películas que acostumbramos ver, olvidando que quien nos regala el don de la santidad es Dios mismo. Al contrario de nuestra percepción, el santo ha sido una persona profundamente humilde y libre de los apegos del mundo, que es capaz de tener una sensibilidad espiritual para descubrir la Voluntad de Dios en cada momento de su vida y, como regalo, recibe la Gracia de Dios, la santidad, ya que ha puesto toda su confianza en el Señor, tal como lo dice el Apóstol San Juan: "Y todo el que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, de la misma manera que Jesucristo es puro" (1 Juan 3,3).

Ahora bien, la ruta para llegar a la santidad nos la propone Jesús con las bienaventuranzas, las cuales nos muestran un horizonte para liberarnos de nuestros apegos de tal modo que, en vez de buscar el reconocimiento individual, anunciemos el Reino de Dios. Por tanto, las bienaventuranzas nos ofrecen las siguientes promesas de dicha y gozo para quienes practican las enseñanzas de Jesús:

- Es dichoso el pobre, es decir, quien pone su confianza en Dios y no en las cosas materiales.
- Dios ayudará y consolará a los necesitados, a los que lloran y sufren.
- Los humildes son las personas fieles a Dios, quienes buscan hacer su Voluntad.
- El hambre y la sed de justicia representan la búsqueda de la Voluntad de Dios en nuestra propia vida.
- Para ser perdonados por Dios, debemos perdonar primero a los demás.
- Los de corazón limpio son las personas sinceras que no tienen malicia en su actitud hacia Dios y con los demás.
- El creyente en Dios debe distinguirse principalmente por ser un constructor de paz y reconciliación en todo lugar donde se encuentre.
- El ser humano a veces prefiere seguir el camino fácil, el de la trampa y el engaño, y por eso rechaza a las personas que hacen el bien.
- Con frecuencia seguimos el camino del egoísmo, la ambición y la avaricia y por ello negamos, menospreciamos y rechazamos todo lo que viene de Dios y a las personas que anuncian el Evangelio.
- El Señor promete la Salvación a quienes lo siguen y prometen sus enseñanzas.

Para finalizar, nuestra tarea como creyentes es la de ser santos, como lo fue Jesús y tantas personas que lo siguieron con humildad y amor. En consecuencia, ser santos no es un asunto de popularidad y fama, sino de sacrifico y entrega desinteresada. Por ello, vale la pena que nos preguntemos: ¿Ayudo con frecuencia y desinterés a los demás? ¿Practico y deseo el bien a los que me rodean? ¿Oro con insistencia a Dios por las otras personas?

viernes, 23 de octubre de 2015

Reflexión 30 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

30 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B:

Lecturas:
Jeremías 31, 7-9.
Salmo 125
Hebreos 5, 1-6.
Marcos 10, 46-52.

La Palabra de Dios de este Domingo nos presenta un mensaje claro: Sólo Dios puede sanar la vida de cada ser humano, en todos sus aspectos, y orientarlo en el caminar cotidiano, tal como se explica en el Evangelio de Marcos de hoy: "En aquel mismo instante el ciego recobró la vista, y siguió a Jesús por el camino" (Marcos 10, 52).

Ciertamente, cuando vivimos una experiencia que rompe nuestra vida y besamos el piso, como se dice coloquialmente, tenemos dos opciones: quedarnos ahí o levantarnos. Sin embargo, ¿cómo podemos reincorporarnos si nos faltan las fuerzas? Dios puede darnos la mano y ayudarnos a levantar, tal como sucedió con el pueblo de Israel y su esperanza en medio del exilio, según lo narra el Profeta Jeremías: "el Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel" (Jeremías 31, 7). En medio del desierto, de aquella aridez que va secando el sentido de la vida, surge la esperanza en el Señor, quien todo lo puede, para guiarnos por un camino nuevo, como un padre o una madre que lleva de la mano a su hijo pequeño: "los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito" (Jeremías 31, 9).

Por lo mismo, cada uno de nosotros ha experimentado aquel sentimiento de soledad, en el cual no se ve salida alguna a los problemas y pareciera que Dios se escondiese. No obstante, Dios se hace presente de la manera menos imaginada en la vida de cada uno de nosotros: una nueva oportunidad, un lugar, una persona. Por esta razón, la carta a los Hebreos explica el papel del sacerdote, haciendo énfasis en que es Dios quien llama y elige a sus discípulos: "Dios es quien llama, como en el caso de Aarón" (Hebreos 5, 4). Por tanto, todos los seres humanos y, en especialmente, los sacerdotes, estamos llamados a ser el rostro de Dios para toda la humanidad, sobre todo el que sufre, el marginado, aquel que se encuentra experimentando un desierto en su vida.

De este modo, El Señor sana las heridas y los sufrimientos del ser humano, es decir, se acerca a nuestra realidad y nos cura, nos libera, así como curó al ciego Bartimeo. Ante la necesidad del ciego, Jesús lo escucha, lo atiende y lo cura. Sin embargo, más allá del milagro del Señor, nos llama la atención las palabras que Jesús le dice al ciego: ¿Qué quieres que haga por ti? Y acto seguido, viene la curación de su ceguera. Además, el Señor le dice a Bartimeo: “Anda, tu fe te ha curado” (Marcos 10, 52). Con estas palabras de Jesús descubrimos dos elementos fundamentales: el autoconocimiento, que nos permite reconocer nuestras necesidades concretas y la fe, que nos abre el corazón a la acción de Dios.

Por ello, vale la pena que revisemos nuestra vida y descubramos cuál es la necesidad profunda que queremos cambiar, ya que con frecuencia le pedimos a Dios muchas cosas, pero no realmente lo que necesitamos: ¿Qué quieres que Dios haga por ti?

sábado, 17 de octubre de 2015

Reflexión 29 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

29 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B:

Lecturas:
Isaías 53,10-11.
Salmo 32.
Hebreos 4,14-16.
San Marcos 10,35-45.

La Palabra de Dios de este domingo encuentra su eje central en el servicio como fuente de toda justicia que procede de Dios. Según la lógica humana, la justicia debe ser distributiva, en la cual a cada quien se le otorga lo que se merece, pero para los ojos de Dios no basta con eso, sino que la persona justa se caracteriza por la comprensión, la solidaridad y el compromiso hacia los demás, especialmente los más necesitados.

En el Evangelio de San Marcos, la perspectiva humana del reconocimiento y del afán de figurar está representada por la petición de Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, quienes aspiraban a ubicarse al lado del Señor cuando Él llegara a su Gloria. En la antigüedad, sentarse al lado de una persona poderosa significaba compartir su poder y tener prestigio ante las demás personas.

Sin embargo, la Gloria de Jesús es muy diferente a las pretensiones humanas, puesto que no se trata de poder o dominación, sino de entrega y servicio desinteresado a toda la humanidad. Por esta razón, Jesús les pregunta a Santiago y Juan si son capaces de beber el cáliz que Él ha de beber, a lo cual ellos respondieron que sí, aunque no tuvieran plena conciencia de lo que esto significaba en realidad. El cáliz que bebe Jesús ya lo expresaba el profeta Isaías en la Primera Lectura: "A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará, con lo aprendido mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos", pero su Padre no lo abandonó, sino que por su infinita bondad le concedió la Vida.

En otras palabras, el cáliz que bebe Jesús es el sufrimiento que vive en la Pasión, Muerte y Resurrección, camino para nuestra Salvación. Todo el servicio de Jesús llega a su punto culminante en la Cruz y, desde allí, Jesús nos expresa en qué consiste la justicia de Dios: en ser comprensivos y misericordiosos con quien sufre, con la persona que acude a nosotros en busca de un consejo, en ayudar a los otros a pesar que no nos lo agradezcan, sin buscar los elogios de los demás, en fin, en ser los últimos y servidores de todos, como lo enseña Jesús.

Precisamente, en los medios actuales hablar de sacrificio puede parecer una locura, ya que nos hemos acostumbrado al camino fácil que evita todo tipo de esfuerzo. No obstante, gracias a nuestra experiencia de vida, sabemos que aquello por lo que se lucha con dedicación y esmero es lo que realmente apreciamos y queremos con el corazón. Por lo mismo, el sacerdocio de Cristo que se presenta en la Carta a los Hebreos consiste en el ejercicio de la misericordia por parte del Señor, quien a la vez nos invita a todos nosotros a practicarla, pues quien ha sido amado y perdonado por Dios, inevitablemente ama y perdona a sus semejantes, gracias a la acción del Espíritu Santo.

Por tanto, pidamos al Señor nos ayude a servir sin buscar reconocimientos y, más bien, a descubrir que Jesús es el modelo de todo servicio auténtico e incondicional. Por ello, vale la pena que repitamos con San Ignacio de Loyola: "Enséñanos, Señor, a ser generosos, a servirte como mereces, a dar sin medida, a combatir sin temor a las heridas, a trabajar sin descanso, sin pedir otra recompensa que saber que hemos cumplido tu santa voluntad. Amén."

sábado, 10 de octubre de 2015

Reflexión 28 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

28 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B:
 
Lecturas:
Sabiduría 7,7-11.
Salmo 89
Hebreos 4,12-13.
San Marcos 10,17-30.

Las Lecturas de este 28 Domingo del Tiempo Ordinario nos insisten en la disponibilidad que debe tener quien sigue al Señor, para lo cual se debe estar atento a la Palabra de Dios y poner en práctica la Sabiduría que procede de ella.

Por lo anterior, nos hemos acostumbrado a pensar que el seguimiento del Señor es una tarea exclusiva de los sacerdotes y religiosas. Al contrario, el Evangelio de San Marcos nos muestra que seguir a Jesús es un llamado para todo tipo de personas. En este caso, un joven rico se le acercó al Señor y le preguntó: "¿qué haré para heredar la vida eterna?" Detrás de esta pregunta existe un interés en seguir al Señor, pues sus palabras y acciones han generado algún impacto en el joven. Sin embargo, este interés tan sólo se encuentra en el nivel del deber, pues el muchacho responde afirmativamente al cumplimiento de los mandamientos, justificación que hoy en día encontramos en muchos de nosotros, pues nos conformamos con obedecer ciertos conjuntos de normas, sin dejarnos interpelar o "tocar" por la acción de Dios.

Al quedarse sólo en el nivel de la norma, el joven no dio el paso siguiente y es, precisamente, el de abandonar los apegos. Quien se aferra a personas, cargos, reconocimientos, lugares e incluso, al pasado, pierde disponibilidad para caminar en la vida. Para nuestro corazón y nuestra mente es necesario crecer en libertad, puesto que cuando nos apegamos a algo o a alguien perdemos de vista nuestras metas en la vida y dejamos de lado lo que es realmente importante, aquello que nos da paz y felicidad, es decir, la capacidad de amar sin más, libremente, ofreciendo todo lo que somos y tenemos.

Entonces, ¿cómo podemos liberarnos de nuestros apegos? Las Lecturas de hoy nos ofrecen dos pistas: la Palabra de Dios y la Sabiduría Divina. En primer lugar, la Carta a los Hebreos nos dice que "la Palabra de Dios es viva y eficaz", pues al orar y meditar pausadamente las Sagradas Escrituras descubrimos herramientas que pueden orientar nuestra vida. Por otra parte, la misma Carta a los Hebreos señala que la Palabra es "más tajante que espada de doble filo", esto es, que Dios por medio de su Palabra nos cuestiona acerca de nuestras propias acciones y actitudes, sobre todo si experimentamos algún tipo de apego.

En segundo lugar, el Libro de la Sabiduría nos señala que ante cualquier otro bien, ya sea material o espiritual, la Sabiduría está por encima. Precisamente, la Sabiduría de Dios no consiste en saber muchas cosas o en tener una alta erudición, sino en la capacidad de discernir qué es primero y qué es segundo en la vida, de tal modo que al distinguir las prioridades podamos identificar por dónde nos va guiando Dios. En ocasiones parecemos veletas sin rumbo, yendo de un lado para otro, tomando decisiones precipitadas, pues nos falta discernir más las cosas, es decir, ponerlas serenamente en oración para descubrir cuál es el camino más conveniente que debemos seguir.

Pidamos al Señor nos conceda su Sabiduría y que su Palabra ilumine nuestros pasos, para que seamos disponibles a su Voluntad.

sábado, 3 de octubre de 2015

Reflexión 27 Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo B

27 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B:

Lecturas:
Génesis 2, 18-24
Salmo 127
Carta a los Hebreos 2, 8-11
Marcos 10, 2-16

La Palabra de Dios de este domingo nos propone la familia como tema central, la cual es vista como un regalo de Dios a la humanidad, con el fin de que cada uno de sus miembros se desarrolle de manera plena e integral, esto es, en todas sus dimensiones y riquezas.

El Libro del Génesis nos presenta la creación de la mujer, tomada de la costilla del hombre. Con frecuencia se ha interpretado este texto como una manera de subyugación de la mujer al hombre, es decir, que el hombre predomina sobre la mujer. Sin embargo, el texto es mucho más rico y profundo, en la medida en que expresa la intención de Dios de que los seres humanos se complementen mutuamente, tal como sucede con el resto de criaturas de la Creación. Hemos sido creados  iguales para apoyarnos, enriquecernos y ser una sola carne, tal como lo expresará Jesús en el Evangelio.

Por ello, duele ver que aún hoy en día se presenten casos de discriminación, exclusión y abuso de todo tipo, ya sea psicológico, físico y afectivo sobre las mujeres y también sobre aquellas personas débiles y rechazadas. Este tema de la igualdad no se debe cerrar a aspectos de lo que pueden hacer hombres y mujeres, sino a reconocer la mirada amorosa de Dios sobre cada uno, recuperando su valor y dignidad. En otras palabras, todos somos Hijos de Dios, sin excepción y sin condicionamiento alguno. Sólo desde la mirada de Dios podremos vencer las tendencias relativas que suponen tener la autoridad para determinar quién vive y quién no; Dios, desde su inmensa bondad, le da plenitud al ser humano y lo ubica en el delicado entramado de la Creación, en donde todos tenemos una misión.

La carta a los Hebreos, por su parte, nos va a indicar que Jesús es el modelo de toda la Creación. En Jesús encontramos el sentido y la misión de todo ser vivo y de toda la humanidad, gracias a su muerte y resurrección, pues con ello nos adquirimos la hermandad en Dios. Dicho de otro modo, todos somos hermanos por el misterio Pascual de Jesús y, desde esta fraternidad, estamos llamados a ser solidarios los unos para con los otros, como una sola familia común.

El Evangelio nos ofrece una visión del matrimonio, que además de ser una unión legal entre el hombre y la mujer, es la manifestación del amor y de la confianza en Dios que va más allá de toda tormenta que se nos presenta en la vida. Como dice el Apóstol San Pablo, las personas que se unen en matrimonio “serán los dos una sola carne” (Efesios 5, 31).

Actualmente, descubrimos con desconcierto que, al parecer, las relaciones de pareja tuviesen fecha de vencimiento. Cuando ya la otra persona “no me sirve” la aparto de mi vida, como si fuera un objeto. Lamentablemente, esta mentalidad se ha propagado en la sociedad actual, la cual ha afectado la conformación de la familia y la formación de los hijos. Por ello, preguntémonos: ¿Cuál es la realidad de mi familia: Estamos realmente unidos o cada uno toma su propio camino? ¿Cuál es el espacio que le dejamos a Dios en nuestro hogar?



domingo, 27 de septiembre de 2015

Reflexión 26 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

26 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B:

Lecturas:
Números 11,25-29.
Salmo 18.
Santiago 5,1-6.
San Marcos 9,38-43.45.47-48.

Las Lecturas de este domingo nos invitan a anunciar la Palabra de Dios, con nuestras palabras y obras. Para ello, encontramos tres características esenciales de todo aquel que proclama la Buena Noticia de Dios a los hombres: familiaridad con Dios, libertad frente a los bienes materiales y la legitimación desde la caridad.

Con relación a la familiaridad con Dios, el Libro de los Números nos presenta dos figuras importantes: Moisés y Dios que bajó sobre una nube. Por una parte, Moisés no es celoso de la acción del Espíritu Santo sobre los sesenta ancianos del pueblo de Israel, quienes al ser invadidos por Dios, empezaron a profetizar. Sin embargo, el profetismo de estas personas se da en la medida en que Dios mismo se acercó y actuó sobre ellos. Ahora bien, nosotros podemos creer que aquellas narraciones del Antiguo Testamento ya no se dan hoy en día y que Dios no ha vuelto en la vida de los seres humanos. Al contrario, Dios sigue actuando en los corazones de todos los seres humanos; la figura de la nube representa la cercanía de Dios con el ser humano y, por esta razón, quien proclame la Palabra de Dios debe tener una estrecha relación de familiaridad con Dios, la cual se logra a través de una vida de oración y de discernimiento.

Por eso, en una sociedad que se ha caracterizado por el surgimiento de tantos líderes y figuras ideológicas que se proclaman a sí mismas como profetas o poseedores de la verdad, vale la pena que distingamos en nombre de quién están hablando y cuál verdad están anunciando, pues la Buena Noticia de Dios se caracteriza por la caridad, la libertad y la paz.

En cuanto a la libertad frente a los bienes materiales, el Apóstol Santiago nos ofrece unos criterios muy claros del seguidor del Señor. Quien anuncia la Palabra de Dios se distingue por la austeridad y el desapego frente a los bienes materiales y, por lo mismo, no oprime a los demás y le da mayor importancia a la vida de cada persona, esto lo convierte en alguien justo y recto que sabe colocar cada cosa en su sitio, según el valor que le corresponde. Por medio de frases directas y un tanto crudas, el Apóstol Santiago nos llama la atención sobre nuestra relación con los bienes materiales y cómo ésta afecta nuestra relación con los demás, ya que quienes codician los bienes y sobreponen la acumulación de riquezas a la defensa del justo e inocente, en vez de anunciar la Palabra de Dios, construyen barreras que oprimen y esclavizan. En consecuencia, el profeta verdadero se legitima en la medida en que su predicación es libre de todo tipo de intereses individuales y particulares.

Sobre la legitimación en la caridad, Jesús le llama la atención discípulos quienes le prohibieron expulsar demonios en nombre del Señor a otras personas diferentes de su grupo: "No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí".  En ocasiones, mantenemos la mentalidad del grupo selecto, es decir, que quien quiera anunciar el Evangelio debe pertenecer a nuestros grupos, parroquias o comunidades. Jesús, con sus palabras, rompe todo tipo de discriminación al respecto y acoge con caridad a todo aquel que quiera seguirlo.

No obstante, también el Señor nos regala unos criterios muy claros para tener en cuenta sobre la persona que proclama su Palabra: primero, debe ser caritativa, "el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa"; segundo, no debe ser motivo de escándalo para nadie, tanto en sus palabras y gestos como en sus acciones: "el que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar"; tercero, debe ser una persona de discernimiento, es decir, en una profunda comunicación con Dios, de tal manera que sea libre de todo tipo de apego o de ambigüedad: "si tu mano te hace caer, córtatela: más vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo".

Por último, todos estamos llamados a anunciar el Evangelio con nuestro propio ejemplo, en nuestras familias, en nuestros trabajos y en nuestros barrios. Anunciar que Dios es amor va más allá de las palabras y se respalda con nuestros propios actos, siendo honestos, responsables, justos y respetuosos con los demás, de tal modo que podamos construir una sociedad equitativa y fraterna. Por tanto, ser discípulos y misioneros que anunciemos la Palabra de Dios es un compromiso de todos, tal como lo dijo Moisés: "¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!"

sábado, 19 de septiembre de 2015

Reflexión 25 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

25 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B:

Lecturas:
Sabiduría 2,12.17-20.
Salmo 53.
Santiago 3,16.4,3
Marcos 9,30-37

Las lecturas de hoy nos presentan la relación entre la paz, la justicia y la humildad, virtudes propias de quien se dejar llevar por el Espíritu de Dios, a pesar de las críticas y juicios de otras personas.

El libro de la Sabiduría nos presenta el rechazo al justo, quien es perseguido a causa de su bondad y su fidelidad a Dios, lo cual es un anticipo de la incomodidad que causa el Mesías con sus palabras, sus acciones y, sobre todo, con su coherencia de vida. De igual modo, muchos justos son perseguidos hoy en día, debido a la violencia originada por la intolerancia de algunos que optan por anular, discriminar o destruir a quien piensa diferente a ellos. Basta citar algunos ejemplos que han ocurrido en nuestro país para darnos cuenta del cuadro dramático en donde nos encontramos y que, con ello, se persigue a muchos justos e inocentes: falsos testigos, falsos positivos, cierres fronterizos, entre otros.

El Apóstol Santiago, por su parte, denuncia las divisiones de las comunidades en las que se evidencian las envidias, las peleas y los conflictos. Por esta razón, el Apóstol nos recuerda que la sabiduría que procede de Dios es la única que nos proporciona paz, comprensión y misericordia, virtudes necesarias para la vida en comunidad. Hoy en día requerimos con urgencia la sabiduría de Dios para solucionar los conflictos que se nos presentan cotidianamente en nuestras familias, en nuestros barrios, en nuestras ciudades y en nuestro país. Para combatir esta tendencia actual de actuar por impulsos y emotividad, como se dice coloquialmente, como "fosforitos", es necesario volver a la Palabra de Dios y recordar que sólo el Señor nos puede regalar la paz duradera, aquella que emerge del corazón y que irradia paz alrededor, como dice el Apóstol Santiago: "Los que procuran la paz están sembrando la paz; y su fruto es la justicia" (St 3,16.4,3).

Por lo anterior, Jesús le recuerda a sus discípulos que "quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y servidor de todos"(Marcos 9,30-37). Con frecuencia encontramos personas que pretenden ascender en sus cargos a toda costa, negociando sus principios y procurando la caída de la otra persona, originando una dinámica perversa en la cual se disfruta con el mal del otro. En cambio, quien se deja guiar por la sabiduría de Dios, es decir, le abre su corazón a la acción misericordiosa del Señor, busca el beneficio de todos y, de esta manera, reconoce los talentos de los demás y pone sus propias cualidades al servicio de todos.

Pidamos al Señor nos conceda su Gracia para hacernos disponibles y sencillos. Sólo quien pone su confianza en el Señor y se da cuenta que en Él se encuentra la fortaleza y la templanza para resolver cualquier crisis en la vida, puede irradiar paz a su alrededor, tal como lo repetimos en el Salmo 53: "Pero Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida".