5° Domingo de Cuaresma
Evangelio: san Juan 11, 1-45
En el Evangelio de hoy, Jesús resucita a su
amigo Lázaro, es decir, da la vida y vence a la muerte. Es un anticipo a la
victoria total que Jesús realizará en la cruz, entregando su propia vida para
que todos la recibiéramos plenamente.
Desde esta perspectiva, en el Evangelio según san Juan, la
resurrección de Lázaro es la última señal que Jesús realiza, la cual genera dos
tipos de reacciones en el pueblo judío: por una parte, surge la fe en quienes observan
y creen en esta señal, mientras que por otra, se presenta la incredulidad en
quienes no reconocen a Jesús como el Hijo de Dios. Lamentablemente, para este
último grupo de personas, las señales de Jesús no eran suficientes para
descubrir la divinidad de Jesús.
La fe de quienes creyeron en esta señal
milagrosa les permitió abrirse a la vida, pues con la resurrección de Lázaro el
Señor Jesús manifestó su gloria y también le regaló la vida a quienes creyeron
en Él. En este sentido, la fe se parece a la persona capaz de observar a la
oruga que se encierra en su capullo y, después de un tiempo, con paciencia sale
de él convertida en una linda mariposa; la persona que capaz de contemplar
dicha maravilla y, a la vez, que pueda creer que es posible gracias al poder
creador de Dios, ha podido desarrollar una fe profunda.
Por tanto, el punto central de la
resurrección de Lázaro es promover la fe en todo el pueblo judío, para que con
esa fe puedan recibir el regalo de la vida nueva que ofrece Jesús. El Señor no
busca protagonismos ni espectáculos, como desafortunadamente varias personas lo
hacen, sino que al resucitar a su amigo querido también logra tocar el corazón
de muchas personas que estaban presentes.
Jesús vive intensamente esta situación y por
eso llora frente a la tumba de su amigo, lo que nos quiere enseñar que para
Jesús toda persona es única y valiosa y que, por esta razón, le ofrece el mejor
regalo, que es la vida. Nosotros también somos únicos para el Señor y por eso
también nos ofrece su vida, siempre y cuando creamos en Él, de lo contrario,
simplemente nuestro corazón se cerrará como una muralla, que no le permite
actuar a Dios. Por esto, pregúntate: ¿Mi corazón está abierto a recibir la vida
nueva que me ofrece Jesús cada día?