sábado, 25 de febrero de 2017

Reflexión Domingo 8 Tiempo Ordinario. Ciclo A

CUESTIÓN DE PRIORIDADES

Lecturas:
Isaías 49, 14-15
Salmo 61
1 Corintios 4, 1-5
San Mateo 6, 24-34

La Palabra de Dios de este domingo nos propone como tema central la confianza en Dios. A este respecto, podríamos recordar aquel refrán popular que dice: "A Dios rogando y con el mazo dando", pues la confianza en Dios es un asunto de ida y vuelta, es decir, estamos llamados a tener fe en Dios, pues Él no nos desamparará, pero a la vez, también estamos llamados a poner de nuestra parte y trabajar en cada instante de nuestra vida, sin desfallecer, con las cualidades, talentos y dones que el Señor mismo nos ha regalado.
 
En este sentido, el profeta Isaías en la Primera Lectura le recuerda al pueblo de Israel que Dios no abandona a su pueblo y para ello se sirve del ejemplo maternal, pues si una madre no deja al niño que amamanta, tampoco el Señor va a dejar al pueblo que ha acompañado y con quien ha sellado una alianza. Sin embargo, nos daremos cuenta que, a lo largo de la historia del pueblo de Israel, en más de una ocasión dudó de la presencia y de la acción de Dios, a pesar de que Él siempre estuvo allí, con su pueblo y en esta experiencia de Israel, llena de infidelidad, duda, escepticismo por parte del pueblo, siempre hubo el amor de Dios capaz de perdonar a la humanidad.
 
Ahora bien, la confianza en Dios no significa huir de la realidad, no trabajar y desechar los bienes materiales. Conocemos historias de personas que no han hecho una lectura adecuada de la confianza en Dios y, lamentablemente, dejan de aprovechar los talentos que Dios les ha regalado y esperan, de manera dependiente y exclusiva, que Dios les solucione todos sus problemas. Por esta razón, en el Evangelio de hoy Jesús nos aclara qué significa confiar en Dios, ya que no se trata de desechar los bienes materiales, sino de colocarlos en su justa medida.
 
¿Cómo lo podemos hacer? A través de la comparación con las aves del cielo y los lirios del campo, el Señor nos ofrece un criterio para poder otorgarle un adecuado valor a los bienes materiales y, de este modo, confiar en Dios: reconocer cuáles son las prioridades en la vida.
 
Por una parte, Jesús nos presenta la dinámica individualista del mundo, que está centrada en la acumulación y en la angustia del tener: "Por eso les digo que no anden angustiados por la comida para conservar la vida o por la ropa para cubrir el cuerpo. ¿No vale más la vida que el alimento?, ¿El cuerpo más que la ropa?" El problema no es alimentarse o vestirse, sino los vicios y apegos que de allí se desprenden. Con el comer podemos estar tentados al exceso, por ejemplo, pensemos en las grandes cantidades de desperdicios de comida que llenan las basuras de nuestras casas. En cuanto al vestir, llama la atención el afán de suntuosidad y de lujos que algunas personas buscan con sus prendas. Todo esto refleja que, más allá de la satisfacción de alguna necesidad básica, lo que podríamos estar buscando es intentar saciar el apetito de nuestro querer egoísta.
 
Por otra parte, Jesús también nos propone el plan de Dios para la humanidad, que consiste en la construcción de su Reino: "Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y lo demás lo recibirán por añadidura." Quien tiene como prioridad seguir el camino de Dios, ante todo se dejará guiar por el amor y buscará expresarlo a través del servicio a los demás, tal como lo dice el apóstol San Pablo: "Que la gente sólo vea en vosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios". Y es que a Dios lo servimos en nuestros hermanos, es decir, en todas las personas que nos rodean. No obstante, este servicio se debe caracterizar por tres elementos: fidelidad a Dios, generosidad al dar y humildad de quien sirve. Dios nos ha regalado muchos talentos, los cuales llegan a su plenitud cuando los ponemos al servicio de otras personas, pero con una actitud sencilla, con la que reconocemos que es Dios quien nos ha tocado el corazón y nos ha movido a salir de nosotros mismos para darnos a los demás.
 
Por lo anterior, vale la pena que tengamos en cuenta nuestras acciones y actitudes cotidianas, porque éstas muestran cuáles pueden ser nuestras prioridades: ¿Será que vivimos muy apegados a los bienes materiales o a alguna persona en particular? ¿Nos dejamos llevar por la moda o por lo que dicen los demás? ¿Procuramos servir sin condiciones y ayudar a quien nos necesite? ¿Le abrimos algún espacio de nuestro día al encuentro con Dios?
 
A propósito, se cuenta que el Padre superior de una comunidad religiosa, ya mayor en edad, tenía que realizar un viaje a otra ciudad para visitar uno de los conventos de dicha comunidad. Entonces, el Padre que lo iba a acompañar fue a su cuarto muy temprano a recogerlo, pero no lo encontró, de manera que lo buscó por toda la casa de los religiosos, hasta que lo logró ubicar en la capilla, pues el superior estaba orando. Otro sacerdote, que estaba también en la capilla, le dijo al Padre acompañante que el superior estaba allí desde la madrugada. Cuando tomaron el transporte, el padre acompañante le dijo al superior: "Padre, con toda la responsabilidad que usted tiene, no es necesario que pase tantas horas haciendo oración, yo creo que Dios entiende". El superior, con serenidad, le respondió: "Este es un asunto de prioridades".
 
¿Cuáles son tus prioridades en la vida?
 
 




viernes, 17 de febrero de 2017

Reflexión Domingo 7 Tiempo Ordinario. Ciclo A

EL PRÓJIMO ES EL "TÚ" EN INFINITO
 
Lecturas:
Levítico 19, 1-2. 17-18
Salmo 102
1 Corintios 3, 16-23
San Mateo 5, 38-48
 
Hace un tiempo, escuché el siguiente cuento: "Una noche tuve un sueño: soñé que estaba caminando por la playa con el Señor y, a través del cielo, pasaban escenas de mi vida. Por cada escena que pasaba, percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena: unas eran las mías y las otras del Señor. Cuando la última escena pasó delante nuestro, miré hacia atrás, hacia las pisadas en la arena y noté que muchas veces en el camino de mi vida quedaban sólo un par de pisadas en la arena. Noté también que eso sucedía en los momentos más difíciles de mi vida. Eso realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor: "Señor, Tu me dijiste, cuando resolví seguirte, que andarías conmigo, a lo largo del camino, pero durante los peores momentos de mi vida, había en la arena sólo un par de pisadas. No comprendo porque Tu me dejaste en las horas en que yo más te necesitaba". Entonces, El, clavando en mi su mirada infinita me contestó: "Mi querido hijo. Yo te he amado y jamás te abandonaría en los momentos más difíciles. Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas fue justamente allí donde te cargué en mis brazos".
 
La historia anterior nos enseña una cualidad de Dios hacia la humanidad que, a su vez, refleja su profundo amor por todos nosotros: el cuidado. Tanto se ocupa Dios por nosotros que, aparte de caminar a nuestro lado a lo largo de nuestra vida, también es capaz de cargarnos en los momentos de dolor y dificultad. Esto sólo lo hace alguien que ama profundamente a la otra persona, sin condiciones ni etiquetas.
 
Precisamente, la Palabra de Dios de este domingo trae como tema central el amor al prójimo, el cual se expresa en el cuidado que podemos tener por los demás.
 
En la Primera Lectura, ya podemos darnos cuenta que desde el Antiguo Testamento el Señor llama al ser humano a la santidad, la cual se expresa en el amor al prójimo, es decir, en su cuidado y su corrección. Sin embargo, corregir no implica violentar al otro, sino ayudarlo a que crezca y mejore su vida, siempre con cariño y amabilidad. Por ello, el cuidado debe estar movido por un profundo amor y por respeto a los demás, de lo contrario caeríamos en la intransigencia y en el atropello.
 
Por lo mismo, el camino para llegar a la santidad parte del reconocimiento que tanto nosotros mismos como los demás somos templos de Dios, esto es, tesoros de su Gracia, como lo señala el apóstol San Pablo. Si descubrimos que cada uno de nosotros hemos sido creados por amor de Dios y que por este amor se nos han sido regalados un conjunto de cualidades, talentos y oportunidades, seguramente nos comenzaríamos a ver de manera diferente los unos hacia los otros. El cuidado por el otro parte de la autoestima que poseemos cada uno y ésta se consolida en la medida en que reconocemos a Aquel que nos amó primero hasta enviar a su querido Hijo para que tuviéramos una vida plena. Sin duda alguna, cuando alguien se siente amado de verdad, logra transformar su vida y abrirla al servicio de los demás.
 
No obstante, Jesús nos abre aún más el horizonte del amor al prójimo, pues no lo reduce a amar solamente a quienes nos agradan, sino que nos invita a amar a los enemigos, es decir, salir de nosotros mismos, no juzgar ni etiquetar a los otros. Para Jesús, el prójimo no tiene límites ni reservas, sino que es todo el mundo sin excepción, razón por la cual se incluyen quienes antes estaban marginados: los pobres, los que piensan diferente, las mujeres, los ancianos, los niños; el prójimo es el otro, es el "tú" en infinito.
 
Por lo anterior, vale la pena que nos preguntemos: ¿De qué manera estoy sirviendo a los demás? ¿Los más necesitados se encuentran dentro de mis prioridades de servicio?

sábado, 11 de febrero de 2017

Reflexión Domingo 6 Tiempo Ordinario. Ciclo A

Lecturas:
Eclesiástico 15, 16-21
Salmo 118
1 Corintios 2, 6-10
San Mateo 5, 17-37

Todo lo hace nuevo...

En diversas instituciones se puede encontrar la tensión entre el cumplimiento estricto de las normas y la atención personalizada a cada uno de los usuarios. Quizás, algunos funcionarios señalarán que es más importante cumplir el deber estipulado en los reglamentos, antes de acudir a los casos personales, en la medida en que ello derivará en desorden administrativo. Otros, por su parte, consideran que ambos elementos no riñen entre sí y que es posible seguir las normatividades sin perder de vista el ámbito de lo personal. También quedarán algunos que prefieren la atención personalizada, con el seguimiento de unos mínimos acuerdos para que la institución prevalezca.

Entonces, ¿nos quedamos con las normas o nos centramos en la persona concreta que está frente a nosotros? El Señor nos ofrece hoy algunas pistas que podemos tener en cuenta para darle un nuevo sentido a las leyes.

En primer lugar, en la ley existe un elemento que no es negociable: la persona y su libertad. Cada uno de nosotros vive su existencia dentro de un marco histórico determinado, es decir, en un tiempo, en un lugar y con unas características bien definidas, aunque pueda tener similitudes con otra persona. En este sentido, el Libro del Eclesiástico nos dice que, "si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudente cumplir su voluntad". Dios nos da la libertad de escoger el camino que vamos a seguir: por una parte, está su voluntad, la vida, la cual está basada en su sabiduría, pero por otra está la muerte, el sinsentido. Por ello, el criterio que nos propone el Señor se orienta al respeto de la libertad humana. Dios no impone y tampoco nos quiere controlar el destino. Su voluntad consiste en que tengamos vida, y ésta en abundancia.

En segundo lugar, es necesario diferenciar la sabiduría humana de la sabiduría divina, puesto que sobre esta última se edifica la voluntad de Dios, como ya se dijo. La sabiduría humana se centra en el poder y el tener, aún por encima de los demás. Como señalaba hace unos años el Papa Benedicto XVI, el poder y el dinero son los ídolos que buscan controlar la sociedad actual. Sin embargo, lo que puede preocupar de la presencia de estos ídolos es la dinámica que ellos generan en el corazón humano, debido a que orientan a la persona en una afán de acumulación, como se dice popularmente, "quien tiene poder, quiere más poder". La sabiduría divina, por el contrario, busca que la persona sea libre de apegos y oriente su vida hacia una felicidad que no aplaste o discrimine al otro, sino que lo construya y lo dignifique, esto es, el camino de la felicidad se construye con los demás.

En tercer lugar, Jesús nos enseña en el Evangelio que: "No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud". Jesús hace todo nuevo, porque le da un nuevo sentido a cada cosa que vive. La Ley no es la excepción. En su época, varios judíos pensaban en una revolución que acabaría con todas las estructuras existentes hasta el momento. Jesús, por su parte, le reconoce un valor a la ley, pero no como el seguimiento ciego de unas normas, sino como el medio que nos puede permitir reconocer aquello que es fundamental en la vida, lo que no es negociable: el amor de Dios presente en todo el mundo creado y, dentro de éste, en su humanidad muy querida.

Por consiguiente, las normas y leyes están orientadas a la convivencia humana y al servicio de los demás, razón por la cual no debe existir discriminación alguna entre las personas: la ley debe unirnos y ayudarnos a reconocer a Dios presente en el mundo y en la historia.

Por tanto, vale la pena que te preguntes: ¿Cuál es el sentido que le das al cumplimiento de normas y leyes?

viernes, 3 de febrero de 2017

Reflexión Domingo 5 Tiempo Ordinario. Ciclo A


¿QUÉ LE DA SABOR A NUESTRA VIDA?

Evangelio: Mateo 5, 13-16

En la antigüedad, la sal era un producto de gran valor, debido a sus múltiples usos. En primer lugar, servía para la conservación y la sazón de los alimentos, especialmente la carne, puesto que no existían las neveras, tal como las conocemos hoy. En segundo lugar, la sal se convirtió en un objeto de fácil transacción con el cual se podían realizar trueques. En tercer lugar, la sal servía para pagar los jornales a los trabajadores, de lo cual surgió el término salario, que hace referencia al pago o retribución que obtiene una persona por un trabajo efectuado. 

En este sentido, podemos asociar a la sal con beneficios para la vida personal, en cuanto ésta da sabor a los alimentos, pero también para la vida comunitaria, en tanto que permitía realizar transacciones y pagos. Si tomamos estos significados cotidianos y les colocamos un valor espiritual, podemos señalar que la sal es un signo de sentido vital, es decir, ésta puede representar la sustancia o el sabor que le colocamos a nuestra vida y, a la vez, la posibilidad de relacionarnos con los demás, siempre y cuando nuestra existencia posea un rumbo definido.

Por lo anterior, la invitación que el Señor nos ofrece hoy en su Palabra es ser sal de la tierra y luz del mundo. Quizás esta expresión la hemos escuchado con frecuencia, sobre todo en las jornadas vocacionales y misioneras, pero puede ser que nos hayamos acostumbrado tanto a estas palabras que no comprendamos a profundidad su significado.

Ser sal de la tierra implica dar un sentido a lo que se hace y se vive. Ser luz del mundo corresponde a la tarea de guiar a otros. No obstante, no se puede dar sentido y no se puede guiar a los demás si antes no se tiene una experiencia de Dios que nos ilumine y nos oriente en la vida, pues sólo Dios es la sal y la luz de nuestra existencia, de modo que quien se deja llevar por el Señor, llega a ser también sal y luz para otras personas.

Sin embargo, la experiencia de Dios no se reduce a un conocimiento intelectual o académico, sino que transforma a toda la persona desde el corazón. De este modo, para poder ser sal de la tierra y luz del mundo primero debemos vivir una experiencia interior, en la cual nos dejemos iluminar por el Señor.   

En este sentido, se cuenta que hubo un diálogo entre un maestro y su discípulo. El discípulo preguntó: “¿Cuál es la diferencia entre el conocimiento y la iluminación?”.  El maestro respondió: “Cuando posees el conocimiento, empleas una antorcha para mostrar el camino. Cuando posees la iluminación, te conviertes tú mismo en antorcha”.   


Por esto mismo, no basta con un conocimiento desde la razón. Encontrarse con Dios es una experiencia del corazón, con el fin de que sea Dios quien nos dé sentido a nuestra vida. Quien vive una experiencia interior de Dios la transmite en la relación con los demás, y eso se nota en las actitudes cotidianas en la familia, en el trabajo, en el estudio, en el barrio.