miércoles, 26 de septiembre de 2018

Reflexión Domingo 26 del Tiempo Ordinario. Ciclo B


DOMINGO 26 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Marcos 9,38-43.45.47-48.

Las Lecturas de este domingo nos invitan a anunciar la Palabra de Dios, con nuestras palabras y obras. Para ello encontramos tres características esenciales de todo aquel que proclama la Buena Noticia de Dios a los hombres: familiaridad con Dios, libertad frente a los bienes materiales y la confirmación de la misión evangelizadora en la caridad.

Con relación a la familiaridad con Dios, el Libro de los Números nos presenta dos figuras importantes: Moisés y Dios que bajó sobre una nube. Por una parte, Moisés no es celoso de la acción del Espíritu del Señor sobre los sesenta ancianos del pueblo de Israel, quienes al ser invadidos por Dios, empezaron a profetizar. Sin embargo, el profetismo de estas personas se da en la medida en que Dios mismo se acercó y actuó sobre ellos. Ahora bien, nosotros podemos creer que aquellas narraciones del Antiguo Testamento ya no se dan hoy en día y que Dios no ha vuelto en la vida de los seres humanos. Al contrario, Dios sigue actuando en los corazones de todos los seres humanos; la figura de la nube representa la cercanía de Dios con el ser humano y, por esta razón, quien proclame la Palabra de Dios debe tener una estrecha relación de familiaridad con Dios, la cual se logra a través de una vida de oración y de discernimiento.

Por eso, en una sociedad que se ha caracterizado por el surgimiento de tantos líderes y figuras ideológicas que se proclaman a sí mismas como profetas o poseedores de la verdad, vale la pena que distingamos en nombre de quién están hablando y cuál verdad están anunciando, pues la Buena Noticia de Dios se caracteriza por la caridad, la libertad y la paz.

En cuanto a la libertad frente a los bienes materiales, el Apóstol Santiago nos ofrece unos criterios muy claros del seguidor del Señor. Quien anuncia la Palabra de Dios se distingue por la austeridad y el desapego frente a los bienes materiales y, por lo mismo, no oprime a los demás y le da mayor importancia a la vida de cada persona, esto lo convierte en alguien justo y recto que sabe colocar cada cosa en su sitio, según el valor que le corresponde. Por medio de frases directas y un tanto crudas, el Apóstol Santiago nos llama la atención sobre nuestra relación con los bienes materiales y cómo ésta afecta nuestra relación con los demás, ya que quienes codician los bienes y sobreponen la acumulación de riquezas a la defensa del justo e inocente, en vez de anunciar la Palabra de Dios, construyen barreras que oprimen y esclavizan. En consecuencia, el profeta verdadero se legitima en la medida en que su predicación es libre de todo tipo de intereses individuales y particulares.

Sobre la confirmación en la misión evangelizadora en la caridad, Jesús le llama la atención discípulos quienes le prohibieron expulsar demonios en nombre del Señor a otras personas diferentes de su grupo: "No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí".  En ocasiones, mantenemos la mentalidad del grupo selecto, es decir, que quien quiera anunciar el Evangelio debe pertenecer a nuestros grupos, parroquias o comunidades. Jesús, con sus palabras, rompe todo tipo de discriminación al respecto y acoge con caridad a todo aquel que quiera seguirlo.

No obstante, también el Señor nos regala unos criterios muy claros para tener en cuenta sobre la persona que proclama su Palabra: primero, debe ser caritativa, "el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa"; segundo, no debe ser motivo de escándalo para nadie, tanto en sus palabras y gestos como en sus acciones: "el que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar"; tercero, debe ser una persona de discernimiento, es decir, en una profunda comunicación con Dios, de tal manera que sea libre de todo tipo de apego o de ambigüedad: "si tu mano te hace caer, córtatela: más vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo".

Por último, todos estamos llamados a anunciar el Evangelio con nuestro propio ejemplo, en nuestras familias, en nuestros trabajos y en nuestros barrios. Anunciar que Dios es amor va más allá de las palabras y se respalda con nuestros propios actos, siendo honestos, responsables, justos y respetuosos con los demás, de tal modo que podamos construir una sociedad equitativa y fraterna. Por tanto, ser discípulos y misioneros que anunciemos la Palabra de Dios es un compromiso de todos, tal como lo dijo Moisés: "¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!"

viernes, 21 de septiembre de 2018

Reflexión Domingo 25 del Tiempo Ordinario. Ciclo B

DOMINGO 25 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Marcos 9, 30-37: 

El Evangelio de hoy nos presenta un segundo anuncio de la Pasión por parte de Jesús a sus discípulos. El camino hacia Jerusalén nos muestra dos actitudes: la primera es de una plena conciencia de Jesús frente a la misión que le encomendó su Padre y su destino en Jerusalén y la segunda es de confusión por parte de los Doce, ya que mientras el Maestro prosigue educando a los suyos en la actitud adecuada que deben mantener frente a la Pasión, su mensaje parece caer en saco roto, porque sus discípulos comienzan a discutir sobre quién debe ocupar el primer lugar entre ellos.  

Jesús sabe muy bien lo que significa ir a Jerusalén. Se prepara a sí mismo y también quiere preparar a los suyos. Por esta razón les anuncia tres veces lo que sucederá en Jerusalén: padecerá la Pasión y Muerte, pero también experimentará la Resurrección. Este anuncio es pascual, es decir, cargado de fe y esperanza; Jesús expresa con esas palabras el deseo de realizar la entrega de su vida como expresión de amor, de entrega total, no es un anuncio meramente informativo o pesimista, sino que es una catequesis formativa para los discípulos, puesto que. Jesús pretende educarlos para que comprendan la vida de su Maestro como un misterio pascual de entrega total.  

Sin embargo, cada vez que Jesús anuncia el misterio pascual sus discípulos se encuentran distraídos por otros temas, ya que aún no tienen una conciencia clara acerca de la misión que trae consigo el Mesías. Llama la atención que los discípulos no pidan aclaraciones al Maestro, porque están encerrados en sus propios intereses, pues ven la venida del Mesías al mundo como una oportunidad para obtener privilegios y unas condiciones de supremacía sobre los demás, tal como ocurría con los reinos e imperios de la época, en tanto que Jesús presenta su vida como un ser entregado en manos de los seres humanos.  

Jesús, por otra parte, con una bondad y una comprensión propias del Maestro, sigue preparándolos, indicándoles el camino adecuado que deben seguir, el del servicio humilde y desinteresado. Por consiguiente, interiorizando y asumiendo esta actitud es como nos preparamos para comprender la Pasión del Señor y sus consecuencias. 

Con el fin de hacer más significativa su enseñanza, Jesús acompaña sus palabras con un gesto: Pone a un niño en el centro y le abraza tiernamente. Este hecho constituye un primer mensaje de la atención dirigida al niño que por lo general carecía de valor en la sociedad de aquel tiempo. Al identificarse con un niño, Jesús da valor a una realidad que a los ojos del mundo parecía de escaso o ningún valor, ya que a través del servicio y acogida a los demás encontramos el modo correcto para ir a Jerusalén y seguir a Jesús en su Misterio Pascual.  

Lo anterior debe conducirnos a reflexionar sobre dos puntos importantes en nuestra relación con el Señor: Por una parte, ¿cuál es la pedagogía que utiliza Jesús con nosotros? ¿Él cómo nos enseña su Palabra? Y por otra, ¿realmente escuchamos la voz de Dios? ¿Cuál es nuestra actitud frente a las palabras de Jesús?

domingo, 16 de septiembre de 2018

Reflexion Domingo 24 del Tiempo Ordinario. Ciclo B

DOMINGO 24 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Marcos 8, 27 – 35:

En el Evangelio de hoy encontramos dos escenas contrastantes: la confesión de fe de Pedro y el anuncio de la pasión de Jesús. En el camino de formación de los discípulos es importante reconocer a Jesús como el Señor quien vino a cumplir con la misión encomendada por el Padre, esto es, la Salvación de la humanidad; tarea que implica recorrer el camino de cruz. Por esta razón Jesús les anuncia la Pasión a sus discípulos una vez Pedro ha realizado su profesión de fe.

El Señor pregunta a sus discípulos quién dice la gente que es Él. Las respuestas ya las hemos oído en diversas oportunidades: Juan el Bautista, Elías, Jeremías o alguno de los profetas. Actualmente, puede ocurrir algo similar si el Señor nos preguntase algo parecido: un gran profeta, un líder espiritual, un gran personaje. Seguramente, alguien podría decir que Jesús es el Señor, el Cristo o el Mesías, pero ¿qué significa esto?

El título del Mesías no debe comprenderse únicamente como aquella promesa histórica que hizo Dios al pueblo de Israel en el Antiguo Testamento, es decir, como alguien que debía liberar al pueblo de Israel de la opresión de un pueblo determinado. Por ende ser el Mesías o el Señor es una experiencia vital, personal y comunitaria, que para los creyentes proporciona la liberación integral del sujeto y sana sus heridas interiores de todo el daño ocasionado por el pecado. Vale la pena tener en cuenta que Jesús no es un mesías político o glorioso desde los criterios humanos, sino que es un mesías doliente que debe seguir el camino de la cruz para dar cumplimiento a la misión encomendada por el Padre, tal como nos lo muestra la Primera Lectura del día de hoy, tomada del Profeta Isaías y que nos muestra una parte del cántico del Siervo Sufriente.

De este modo reconocer a Jesús como el Señor no es un logro humano, sino el fruto de una experiencia profunda y cercana con Dios. Por ello Jesús reprende a Pedro cuando él trató de increparlo ante el anuncio de su Pasión, porque para el ser humano el camino para estar con Dios no supone la cruz.

Por lo anterior, cuando el creyente ha identificado a Jesús como el Señor también está llamado a recorrer el mismo camino de cruz de su Maestro, es decir, está invitado a salir de sí mismo, de zona de comodidad y de su individualismo, para amar y servir a los demás, mediante su ejemplo de vida, sin buscar algún tipo de compensación o privilegios por su servicio.

Y tú, ¿estás dispuesto a cargar la cruz?

viernes, 7 de septiembre de 2018

Reflexión Domingo 23 del Tiempo Ordinario. Ciclo B

DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Marcos 7, 31-37:  

Se dice popularmente: “Para conocer al artista, basta conocer su obra”. Precisamente, para conocer la misión de Jesús es necesario reconocer sus acciones y sus palabras, pues todo lo que hacía, pensaba y decía el Señor estaba orientado a cumplir con la Voluntad de su Padre, es decir, que toda la humanidad tuviera una nueva vida en abundancia. 

Por eso, las curaciones que realizaba Jesús nos muestran su Misión y su propia divinidad. En el caso del Evangelio de hoy, el Señor curó a un sordo y tartamudo, lo cual generó una gran admiración en la multitud que se encontraba en ese lugar, no sólo por el acto milagroso que realizó, sino por los gestos y las acciones que empleó para llevar a cabo tal curación. 

Jesús se llevó a un lado al enfermo, lo que quiere decir que el Señor le da la importancia que merece cada persona, la toma en serio y reconoce su situación en particular, no busca los aplausos o el reconocimiento de la multitud, sino que le interesa ayudar a la persona, de manera específica, en su realidad. Luego le metió los dedos en los oídos y con saliva le tocó la lengua, es decir, Dios mismo se introduce en las partes afectadas del enfermo y las empapa con su Gracia y divinidad. 

Para realizar la sanación, Jesús miró al cielo, suspiró y dijo al hombre: “¡Effetá!” (Ábrete). Sólo Dios puede abrir al ser humano a la sanación física y espiritual. En efecto, Jesús miró al cielo y suspiró, pues irradió toda su divinidad para curar al enfermo. Con nosotros el Señor hace lo mismo, pues nos llama personalmente, penetra en nuestro corazón y nos abre a su misericordia y bondad. Nuestra tarea es, entonces, dejarnos sanar por el Señor, tal como sucedió con el sordo y tartamudo. 

Por último, Jesús nos sana de nuestra sordera y abreanuestros labios, pues se acerca a nuestra realidad, nos acompaña y nos sana. Por ello es importante que le abramos nuestro corazón al Señor a través de una vida espiritual constante y profunda, es decir, que nos encontremos con Él cada día en la oración y en la celebración de los sacramentos, para experimentar la sanación en el cuerpo y en el corazón. Y tú, ¿te encuentras con frecuencia con Dios en la oración?

Reflexión Domingo 22 del Tiempo Ordinario. Ciclo B

DOMINGO 22 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23:

En el Evangelio de hoy Jesús sostiene una discusión con los fariseos y letrados sobre las tradiciones judías y el tema de la pureza. Cabe aclarar que el Señor no pretende ignorar las tradiciones de su pueblo, sólo busca combatir aquella idea legalista de pureza que discrimina y excluye a los enfermos, los pobres, las mujeres y los paganos.

Jesús responde a la crítica de los letrados y fariseos acudiendo, en primer lugar, a las Escrituras, donde la tradición profética condena la hipocresía del culto sin justicia y de creyentes de la Palabra sin coherencia de vida. Mientras los fariseos se aferran al cumplimiento de la Ley judía, quedándose en el ritualismo, Jesús les responde que si Dios todo lo creó puro, nada de lo que hay en la creación es impuro.

En segundo lugar, Jesús se basa en hechos de la vida cotidiana para presentar las estrategias de quienes controlan la Ley para manipular la Palabra de Dios. Por ejemplo, con la práctica de la ofrenda, llamada Corbán, que consistía en que si un hijo declara que una propiedad o cierta cantidad de dinero está destinada a Dios queda exento del mandamiento que obliga el cuidado de los padres, lo cual manifiesta el ritualismo en que se convirtió la cultura judía, olvidándose del cuidado y atención por los más necesitados. 

Jesús les declara a los fariseos y letrados que son el corazón y las acciones del ser humano lo que hace que algo sea bueno o malo a los ojos de Dios. En este sentido, lo que purifica a una persona es el amor, la solidaridad, la justicia, la misericordia y la entrega a los demás.

Por tanto vale la pena que nos preguntemos acerca de nuestra capacidad de misericordia hacia los demás y de la manera cómo la expresamos en nuestra vida diaria, con nuestras acciones: ¿de qué forma soy misericordioso con quienes me rodean?