sábado, 31 de octubre de 2015

Reflexión Solemnidad de Todos los Santos

31 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B. Solemnidad de Todos los Santos

Lecturas:
Apocalipsis 7, 2-4. 9-14
Salmo 23
I Carta de san Juan 3, 1-3
Mateo 5, 1-12a

Celebramos en este Domingo la solemnidad de Todos los Santos, lo que quiere decir que nosotros, como católicos, recordamos y honramos a todas aquellas personas que, a lo largo de la historia, nos han dado testimonio con su vida de seguir radicalmente a Jesús, a través del anuncio del Evangelio. Muchos de ellos han entregado su vida en el martirio y se han unido a Cristo en la entrega generosa de la vida por amor.

Cuando caminamos cerca de algunos santuarios, encontramos una variedad de almacenes y puestos ambulantes que ofrecen todo tipo de imágenes, cuadros, medallas, frascos con aguas y esencias y otros objetos que resaltan el poder curativo de los santos, ya sean reconocidos o no por la Iglesia Católica como tales. Sin embargo, después de recorrer por estas vías, que son necesarias para llegar a los templos católicos, nos queda el interrogante si en realidad la santidad consiste en una serie de artificios mágicos en donde se muestra "el poder" de una persona que, sin menospreciar sus virtudes, en su vida terrena tuvo que experimentar la fragilidad y la limitación del pecado. Por ende, ¿de quién viene la santidad? ¿No será que el camino a la santidad es diferente a lo esotérico, a los sahumerios y a la superstición que nos ofrece la sociedad de consumo?

Por ello, las lecturas del día de hoy están orientadas a presentarnos los criterios para llegar a la santidad. También nos recuerdan que todos nosotros, como creyentes, estamos llamados a ser santos.

Ser santo no se reduce a una imagen o a un cuadro que la gente venera, sino que va más allá del reconocimiento individual. Precisamente, el santo es todo lo contrario a quien busca los elogios y aplausos de los demás, pues se ha hecho menos para que Cristo pueda crecer en él. El libro del Apocalipsis, por ejemplo, presenta al santo como el siervo que ha sido marcado por el ángel y que, a su vez, "ha lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero" (Ap. 7,14). Sin embargo, puede parecernos un tanto extraña esta expresión de blanquear una vestidura con sangre, pero el sentido se orienta a que por medio de la purificación interior y del sufrimiento, el santo logra la identificación plena con Cristo, es decir, quien participa de la cruz de Jesús, también participa de su resurrección.

Asimismo, no se nos puede olvidar una enseñanza profunda que nos regala la Primera Carta del Apóstol San Juan: Dios es el único santo. Con frecuencia, nos quedamos con la idea un tanto mágica del santo, pues lo comparamos con un personaje de ficción, como si fuese un súper héroe, que tiene poderes sobrenaturales y lucha contra el mal en unas batallas épicas, propias de las películas que acostumbramos ver, olvidando que quien nos regala el don de la santidad es Dios mismo. Al contrario de nuestra percepción, el santo ha sido una persona profundamente humilde y libre de los apegos del mundo, que es capaz de tener una sensibilidad espiritual para descubrir la Voluntad de Dios en cada momento de su vida y, como regalo, recibe la Gracia de Dios, la santidad, ya que ha puesto toda su confianza en el Señor, tal como lo dice el Apóstol San Juan: "Y todo el que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, de la misma manera que Jesucristo es puro" (1 Juan 3,3).

Ahora bien, la ruta para llegar a la santidad nos la propone Jesús con las bienaventuranzas, las cuales nos muestran un horizonte para liberarnos de nuestros apegos de tal modo que, en vez de buscar el reconocimiento individual, anunciemos el Reino de Dios. Por tanto, las bienaventuranzas nos ofrecen las siguientes promesas de dicha y gozo para quienes practican las enseñanzas de Jesús:

- Es dichoso el pobre, es decir, quien pone su confianza en Dios y no en las cosas materiales.
- Dios ayudará y consolará a los necesitados, a los que lloran y sufren.
- Los humildes son las personas fieles a Dios, quienes buscan hacer su Voluntad.
- El hambre y la sed de justicia representan la búsqueda de la Voluntad de Dios en nuestra propia vida.
- Para ser perdonados por Dios, debemos perdonar primero a los demás.
- Los de corazón limpio son las personas sinceras que no tienen malicia en su actitud hacia Dios y con los demás.
- El creyente en Dios debe distinguirse principalmente por ser un constructor de paz y reconciliación en todo lugar donde se encuentre.
- El ser humano a veces prefiere seguir el camino fácil, el de la trampa y el engaño, y por eso rechaza a las personas que hacen el bien.
- Con frecuencia seguimos el camino del egoísmo, la ambición y la avaricia y por ello negamos, menospreciamos y rechazamos todo lo que viene de Dios y a las personas que anuncian el Evangelio.
- El Señor promete la Salvación a quienes lo siguen y prometen sus enseñanzas.

Para finalizar, nuestra tarea como creyentes es la de ser santos, como lo fue Jesús y tantas personas que lo siguieron con humildad y amor. En consecuencia, ser santos no es un asunto de popularidad y fama, sino de sacrifico y entrega desinteresada. Por ello, vale la pena que nos preguntemos: ¿Ayudo con frecuencia y desinterés a los demás? ¿Practico y deseo el bien a los que me rodean? ¿Oro con insistencia a Dios por las otras personas?

viernes, 23 de octubre de 2015

Reflexión 30 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

30 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B:

Lecturas:
Jeremías 31, 7-9.
Salmo 125
Hebreos 5, 1-6.
Marcos 10, 46-52.

La Palabra de Dios de este Domingo nos presenta un mensaje claro: Sólo Dios puede sanar la vida de cada ser humano, en todos sus aspectos, y orientarlo en el caminar cotidiano, tal como se explica en el Evangelio de Marcos de hoy: "En aquel mismo instante el ciego recobró la vista, y siguió a Jesús por el camino" (Marcos 10, 52).

Ciertamente, cuando vivimos una experiencia que rompe nuestra vida y besamos el piso, como se dice coloquialmente, tenemos dos opciones: quedarnos ahí o levantarnos. Sin embargo, ¿cómo podemos reincorporarnos si nos faltan las fuerzas? Dios puede darnos la mano y ayudarnos a levantar, tal como sucedió con el pueblo de Israel y su esperanza en medio del exilio, según lo narra el Profeta Jeremías: "el Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel" (Jeremías 31, 7). En medio del desierto, de aquella aridez que va secando el sentido de la vida, surge la esperanza en el Señor, quien todo lo puede, para guiarnos por un camino nuevo, como un padre o una madre que lleva de la mano a su hijo pequeño: "los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito" (Jeremías 31, 9).

Por lo mismo, cada uno de nosotros ha experimentado aquel sentimiento de soledad, en el cual no se ve salida alguna a los problemas y pareciera que Dios se escondiese. No obstante, Dios se hace presente de la manera menos imaginada en la vida de cada uno de nosotros: una nueva oportunidad, un lugar, una persona. Por esta razón, la carta a los Hebreos explica el papel del sacerdote, haciendo énfasis en que es Dios quien llama y elige a sus discípulos: "Dios es quien llama, como en el caso de Aarón" (Hebreos 5, 4). Por tanto, todos los seres humanos y, en especialmente, los sacerdotes, estamos llamados a ser el rostro de Dios para toda la humanidad, sobre todo el que sufre, el marginado, aquel que se encuentra experimentando un desierto en su vida.

De este modo, El Señor sana las heridas y los sufrimientos del ser humano, es decir, se acerca a nuestra realidad y nos cura, nos libera, así como curó al ciego Bartimeo. Ante la necesidad del ciego, Jesús lo escucha, lo atiende y lo cura. Sin embargo, más allá del milagro del Señor, nos llama la atención las palabras que Jesús le dice al ciego: ¿Qué quieres que haga por ti? Y acto seguido, viene la curación de su ceguera. Además, el Señor le dice a Bartimeo: “Anda, tu fe te ha curado” (Marcos 10, 52). Con estas palabras de Jesús descubrimos dos elementos fundamentales: el autoconocimiento, que nos permite reconocer nuestras necesidades concretas y la fe, que nos abre el corazón a la acción de Dios.

Por ello, vale la pena que revisemos nuestra vida y descubramos cuál es la necesidad profunda que queremos cambiar, ya que con frecuencia le pedimos a Dios muchas cosas, pero no realmente lo que necesitamos: ¿Qué quieres que Dios haga por ti?

sábado, 17 de octubre de 2015

Reflexión 29 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

29 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B:

Lecturas:
Isaías 53,10-11.
Salmo 32.
Hebreos 4,14-16.
San Marcos 10,35-45.

La Palabra de Dios de este domingo encuentra su eje central en el servicio como fuente de toda justicia que procede de Dios. Según la lógica humana, la justicia debe ser distributiva, en la cual a cada quien se le otorga lo que se merece, pero para los ojos de Dios no basta con eso, sino que la persona justa se caracteriza por la comprensión, la solidaridad y el compromiso hacia los demás, especialmente los más necesitados.

En el Evangelio de San Marcos, la perspectiva humana del reconocimiento y del afán de figurar está representada por la petición de Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, quienes aspiraban a ubicarse al lado del Señor cuando Él llegara a su Gloria. En la antigüedad, sentarse al lado de una persona poderosa significaba compartir su poder y tener prestigio ante las demás personas.

Sin embargo, la Gloria de Jesús es muy diferente a las pretensiones humanas, puesto que no se trata de poder o dominación, sino de entrega y servicio desinteresado a toda la humanidad. Por esta razón, Jesús les pregunta a Santiago y Juan si son capaces de beber el cáliz que Él ha de beber, a lo cual ellos respondieron que sí, aunque no tuvieran plena conciencia de lo que esto significaba en realidad. El cáliz que bebe Jesús ya lo expresaba el profeta Isaías en la Primera Lectura: "A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará, con lo aprendido mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos", pero su Padre no lo abandonó, sino que por su infinita bondad le concedió la Vida.

En otras palabras, el cáliz que bebe Jesús es el sufrimiento que vive en la Pasión, Muerte y Resurrección, camino para nuestra Salvación. Todo el servicio de Jesús llega a su punto culminante en la Cruz y, desde allí, Jesús nos expresa en qué consiste la justicia de Dios: en ser comprensivos y misericordiosos con quien sufre, con la persona que acude a nosotros en busca de un consejo, en ayudar a los otros a pesar que no nos lo agradezcan, sin buscar los elogios de los demás, en fin, en ser los últimos y servidores de todos, como lo enseña Jesús.

Precisamente, en los medios actuales hablar de sacrificio puede parecer una locura, ya que nos hemos acostumbrado al camino fácil que evita todo tipo de esfuerzo. No obstante, gracias a nuestra experiencia de vida, sabemos que aquello por lo que se lucha con dedicación y esmero es lo que realmente apreciamos y queremos con el corazón. Por lo mismo, el sacerdocio de Cristo que se presenta en la Carta a los Hebreos consiste en el ejercicio de la misericordia por parte del Señor, quien a la vez nos invita a todos nosotros a practicarla, pues quien ha sido amado y perdonado por Dios, inevitablemente ama y perdona a sus semejantes, gracias a la acción del Espíritu Santo.

Por tanto, pidamos al Señor nos ayude a servir sin buscar reconocimientos y, más bien, a descubrir que Jesús es el modelo de todo servicio auténtico e incondicional. Por ello, vale la pena que repitamos con San Ignacio de Loyola: "Enséñanos, Señor, a ser generosos, a servirte como mereces, a dar sin medida, a combatir sin temor a las heridas, a trabajar sin descanso, sin pedir otra recompensa que saber que hemos cumplido tu santa voluntad. Amén."

sábado, 10 de octubre de 2015

Reflexión 28 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

28 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B:
 
Lecturas:
Sabiduría 7,7-11.
Salmo 89
Hebreos 4,12-13.
San Marcos 10,17-30.

Las Lecturas de este 28 Domingo del Tiempo Ordinario nos insisten en la disponibilidad que debe tener quien sigue al Señor, para lo cual se debe estar atento a la Palabra de Dios y poner en práctica la Sabiduría que procede de ella.

Por lo anterior, nos hemos acostumbrado a pensar que el seguimiento del Señor es una tarea exclusiva de los sacerdotes y religiosas. Al contrario, el Evangelio de San Marcos nos muestra que seguir a Jesús es un llamado para todo tipo de personas. En este caso, un joven rico se le acercó al Señor y le preguntó: "¿qué haré para heredar la vida eterna?" Detrás de esta pregunta existe un interés en seguir al Señor, pues sus palabras y acciones han generado algún impacto en el joven. Sin embargo, este interés tan sólo se encuentra en el nivel del deber, pues el muchacho responde afirmativamente al cumplimiento de los mandamientos, justificación que hoy en día encontramos en muchos de nosotros, pues nos conformamos con obedecer ciertos conjuntos de normas, sin dejarnos interpelar o "tocar" por la acción de Dios.

Al quedarse sólo en el nivel de la norma, el joven no dio el paso siguiente y es, precisamente, el de abandonar los apegos. Quien se aferra a personas, cargos, reconocimientos, lugares e incluso, al pasado, pierde disponibilidad para caminar en la vida. Para nuestro corazón y nuestra mente es necesario crecer en libertad, puesto que cuando nos apegamos a algo o a alguien perdemos de vista nuestras metas en la vida y dejamos de lado lo que es realmente importante, aquello que nos da paz y felicidad, es decir, la capacidad de amar sin más, libremente, ofreciendo todo lo que somos y tenemos.

Entonces, ¿cómo podemos liberarnos de nuestros apegos? Las Lecturas de hoy nos ofrecen dos pistas: la Palabra de Dios y la Sabiduría Divina. En primer lugar, la Carta a los Hebreos nos dice que "la Palabra de Dios es viva y eficaz", pues al orar y meditar pausadamente las Sagradas Escrituras descubrimos herramientas que pueden orientar nuestra vida. Por otra parte, la misma Carta a los Hebreos señala que la Palabra es "más tajante que espada de doble filo", esto es, que Dios por medio de su Palabra nos cuestiona acerca de nuestras propias acciones y actitudes, sobre todo si experimentamos algún tipo de apego.

En segundo lugar, el Libro de la Sabiduría nos señala que ante cualquier otro bien, ya sea material o espiritual, la Sabiduría está por encima. Precisamente, la Sabiduría de Dios no consiste en saber muchas cosas o en tener una alta erudición, sino en la capacidad de discernir qué es primero y qué es segundo en la vida, de tal modo que al distinguir las prioridades podamos identificar por dónde nos va guiando Dios. En ocasiones parecemos veletas sin rumbo, yendo de un lado para otro, tomando decisiones precipitadas, pues nos falta discernir más las cosas, es decir, ponerlas serenamente en oración para descubrir cuál es el camino más conveniente que debemos seguir.

Pidamos al Señor nos conceda su Sabiduría y que su Palabra ilumine nuestros pasos, para que seamos disponibles a su Voluntad.

sábado, 3 de octubre de 2015

Reflexión 27 Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo B

27 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B:

Lecturas:
Génesis 2, 18-24
Salmo 127
Carta a los Hebreos 2, 8-11
Marcos 10, 2-16

La Palabra de Dios de este domingo nos propone la familia como tema central, la cual es vista como un regalo de Dios a la humanidad, con el fin de que cada uno de sus miembros se desarrolle de manera plena e integral, esto es, en todas sus dimensiones y riquezas.

El Libro del Génesis nos presenta la creación de la mujer, tomada de la costilla del hombre. Con frecuencia se ha interpretado este texto como una manera de subyugación de la mujer al hombre, es decir, que el hombre predomina sobre la mujer. Sin embargo, el texto es mucho más rico y profundo, en la medida en que expresa la intención de Dios de que los seres humanos se complementen mutuamente, tal como sucede con el resto de criaturas de la Creación. Hemos sido creados  iguales para apoyarnos, enriquecernos y ser una sola carne, tal como lo expresará Jesús en el Evangelio.

Por ello, duele ver que aún hoy en día se presenten casos de discriminación, exclusión y abuso de todo tipo, ya sea psicológico, físico y afectivo sobre las mujeres y también sobre aquellas personas débiles y rechazadas. Este tema de la igualdad no se debe cerrar a aspectos de lo que pueden hacer hombres y mujeres, sino a reconocer la mirada amorosa de Dios sobre cada uno, recuperando su valor y dignidad. En otras palabras, todos somos Hijos de Dios, sin excepción y sin condicionamiento alguno. Sólo desde la mirada de Dios podremos vencer las tendencias relativas que suponen tener la autoridad para determinar quién vive y quién no; Dios, desde su inmensa bondad, le da plenitud al ser humano y lo ubica en el delicado entramado de la Creación, en donde todos tenemos una misión.

La carta a los Hebreos, por su parte, nos va a indicar que Jesús es el modelo de toda la Creación. En Jesús encontramos el sentido y la misión de todo ser vivo y de toda la humanidad, gracias a su muerte y resurrección, pues con ello nos adquirimos la hermandad en Dios. Dicho de otro modo, todos somos hermanos por el misterio Pascual de Jesús y, desde esta fraternidad, estamos llamados a ser solidarios los unos para con los otros, como una sola familia común.

El Evangelio nos ofrece una visión del matrimonio, que además de ser una unión legal entre el hombre y la mujer, es la manifestación del amor y de la confianza en Dios que va más allá de toda tormenta que se nos presenta en la vida. Como dice el Apóstol San Pablo, las personas que se unen en matrimonio “serán los dos una sola carne” (Efesios 5, 31).

Actualmente, descubrimos con desconcierto que, al parecer, las relaciones de pareja tuviesen fecha de vencimiento. Cuando ya la otra persona “no me sirve” la aparto de mi vida, como si fuera un objeto. Lamentablemente, esta mentalidad se ha propagado en la sociedad actual, la cual ha afectado la conformación de la familia y la formación de los hijos. Por ello, preguntémonos: ¿Cuál es la realidad de mi familia: Estamos realmente unidos o cada uno toma su propio camino? ¿Cuál es el espacio que le dejamos a Dios en nuestro hogar?