sábado, 28 de mayo de 2016

Reflexión Solemnidad Corpus Christi. Ciclo C

Solemnidad de Corpus Christi. Ciclo C
¿Otra fiesta de Corpus?
Para nuestros antepasados, la fiesta de Corpus Christi tenía un significado muy importante, ya que se realizaban misas y procesiones con el Santísimo Sacramento y toda la gente se preparaba para esta celebración. Quizás hoy en día no se tiene el mismo significado para esta fiesta y, por ello, no se realizan las mismas ceremonias que antes.
Por esto, es importante que comprendamos qué significa la Fiesta de Corpus Christi. En ella, celebramos el Santísimo Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, es decir, que Jesús entrega su vida para nuestra salvación y permanece en el Pan y en el Vino que se consagran en la Eucaristía. Por esta razón, cada Eucaristía se convierte en una Pascua, en donde Jesús renueva su entrega amorosa por todos nosotros. Cristo se hace comida, Pan de Vida y Bebida de Salvación, para que nosotros tengamos una vida plena y, siguiendo su ejemplo, también entreguemos nuestra vida al servicio de los demás.
Precisamente, en el Evangelio según San Lucas, se nos presenta el signo de la multiplicación de los panes, en donde llama la atención que ante la indicación de Jesús a sus discípulos: "Denles ustedes de comer", ellos con sorpresa, responden con una negativa: "Pero no tenemos más que cinco panes y dos pescados". En otras palabras, para los discípulos era muy poco lo que tenían y lo que podían ofrecerle a la multitud. De algún modo, nosotros vivimos en ocasiones algo similar frente a los retos que se nos presentan a diario, pues podemos llegar a pensar que nuestros talentos o cualidades no son suficientes para salir adelante, ya que la realidad aparece como una barrera gigante e insuperable.
Sin embargo, Jesús se hace presente para transformar la realidad. Por eso, toma los cinco paces y los cinco peces, los bendice y luego se los entrega a los discípulos para que los repartan a toda la multitud, de tal manera que todos comen y logran saciar el hambre. Igualmente, Jesús toma nuestras cualidades, las bendice y las multiplica para que, a su vez, podamos saciar el hambre y las necesidades de los demás. Por consiguiente, la multiplicación de los panes nos enseña que el pan no es para una satisfacción individual y egoísta, sino para ayudar a solucionar las necesidades y carencias de otras personas.
En este sentido, la multiplicación de los panes nos recuerda que la acción de Dios es incondicional, generosa y gratuita. Jesús, como el pan vivo, se entrega generosamente para que nosotros tengamos la vida que Él nos ofrece. Por lo mismo, en cada Eucaristía vivimos nuevamente la multiplicación de los panes, en la medida en que la Sagrada Comunión es el alimento que puede saciar espiritualmente a muchos.
Ahora bien, si relacionamos la Fiesta de Corpus Christi con nuestra realidad social, nos podemos dar cuenta que, Bogotá, por ser el centro social, económico y político del país muestra las virtudes y los defectos de todo nuestro país, especialmente la desigualdad social. Por eso, en esta ciudad encontramos personas que vienen desplazadas de diversas partes del país, junto con aquellas que no encuentran oportunidades laborales. Por lo anterior, vale la pena que reflexionemos sobre nuestra ayuda concreta a los más necesitados, ya que este es un compromiso al que nos invita Jesús en la Fiesta de Corpus Christi.
En resumen, estas son las responsabilidades que nos quedan de la celebración de Corpus Christi: servir a los demás con sencillez, sin protagonismos, compartir nuestro alimento con quien más lo necesita y renovar nuestro compromiso cristiano a través  de la celebración eucarística.

sábado, 21 de mayo de 2016

Reflexión Solemnidad de la Santísima Trinidad. Ciclo C

Solemnidad de la Santísima Trinidad. Ciclo C

Tres maneras de amar en un solo Dios
¿Cómo respondemos ante tanto amor que hemos recibido de parte de Dios?

Cuenta la historia que san Agustín de Hipona (354 – 430) un día paseaba por la playa mientras iba reflexionando sobre el misterio de la Santísima Trinidad. Trataba de comprender, con su mente analítica, cómo era posible que tres Personas diferentes (Padre, Hijo y Espíritu Santo) pudieran constituir un único Dios.

Estando en esas  reflexiones, encontró a un niñito que había excavado un pequeño hoyo en la arena y trataba de llenarlo con agua del mar. El niñito corría hacia el mar y recogía un poquito de agua en una concha marina. Después regresaba corriendo a verter el líquido en el hueco, repitiendo esto una y otra vez. Aquello llamó la atención del santo, quien lleno de curiosidad le preguntó al niño sobre lo que hacía: –Intento meter toda el agua del océano en este hoyo –le respondió el niñito. –Pero eso es imposible –replicó san Agustín– ¿cómo piensas meter toda el agua del océano que es tan inmenso en un hoyo tan pequeñito? – Al igual que tú, que pretendes comprender con tu mente finita el misterio de Dios que es infinito…Y en ese instante el niñito desapareció.

Esta historia, que puede ser más una leyenda, nos muestra la complejidad del misterio de la Santísima Trinidad, fiesta que celebramos en el día de hoy. Sin embargo, la invitación del Señor no está dirigida a que nosotros entendamos de manera racional qué es la Santísima Trinidad, sino que reconozcamos cómo actúa Dios, que es Uno y Trino, en nuestras vidas.

Por lo anterior, el Señor Jesús nos dice hoy, en el Evangelio según san Juan: "Muchas cosas quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora" (Juan 16, 12-15). A pesar de nuestra tendencia por saber y controlar todo lo que nos sucede en la vida, Dios nos va guiando y, poco a poco, el Señor nos va indicando lo que necesitamos saber. Bien diría San Ignacio: "No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar las cosas internamente". En otras palabras, no se trata de convertirnos en unas enciclopedias, llenas de conocimientos, sino que aprendamos a saborear cada experiencia de la vida, de tal manera que podamos reconocer a Dios presente en ella.

Por lo mismo, podemos comparar el reconocimiento de la acción de Dios con la alimentación. De hecho, nos podemos preguntar por la manera como comemos: ¿Consumimos los alimentos con afán, hasta atorarnos o, por el contrario, saboreamos cada alimento? Algo similar ocurre con la acción de Dios, pues el Señor nos invita a vivir la vida saboreando cada instante, de tal modo que podamos reconocer su presencia amorosa.

En consecuencia, quien se toma en serio la tarea de descubrir a Dios presente en su vida y se pone a degustar cada experiencia vivida, descubrirá tres "sabores" que son propios de Dios: un primer "sabor" corresponde a las maravillas de la creación, esto es, sentir un gusto por la vida y un agradecimiento por tanto bien recibido (familia, vivienda, alimentación, trabajo, estudios, amigos, etc.); esta es la acción del Padre, que no cesa de regalarnos vida en abundancia. Un segundo "sabor" lo encontramos en la Palabra de Dios. Cuando meditamos la Sagrada Escritura, ya sea en la oración o en la Eucaristía, descubrimos que la Palabra se "hizo carne y habitó entre nosotros" (Juan 1, 14). Y gracias al nacimiento, la vida, la muerte y Resurrección de Jesús, nosotros hemos recibido la Salvación, la Vida Nueva prometida por Dios; esta es la acción del Hijo. Por último, el tercer "sabor" responde a ese deseo por servir a los demás y construir comunidad cristiana en nuestra familia, en el trabajo, en el barrio, en todo lugar en donde nos encontremos. No es quedarnos con los brazos cruzados, es salir a servir sin condiciones; esta es la acción del Espíritu Santo.

En resumen, estos tres "sabores" le ofrecen sentido a nuestra vida, pues son tres maneras de amar en un solo Dios y con ello, la Trinidad nos enseña a salir de nosotros mismos y a no quedarnos encerrados en nuestros propios intereses egoístas. Por tanto, la pregunta que nos debemos hacer en esta Fiesta es: ¿Cómo respondemos ante tanto amor que hemos recibido de parte de Dios?

sábado, 14 de mayo de 2016

Meditación Fiesta de Pentecostés

Unidos en el Espíritu
Pistas para reflexionar en torno a la acción unificadora del Espíritu Santo
Como Iglesia, celebramos la Fiesta de Pentecostés. Sin embargo, a veces pensamos que es una Fiesta católica en la cual se canta y se alaba a Dios de un modo carismático, sin poner mucha atención a qué es lo que se está celebrando. Por esta razón, en la reflexión de esta semana ofreceremos algunas orientaciones sobre la acción del Espíritu Santo como generador de unión en la comunidad.

Invocación al Espíritu Santo:

Pídele al Espíritu Santo que obre en Ti y que mueva tu corazón para ser seguidor de Jesús:

Ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre, don en tus dones espléndido.
Luz que  penetras las almas, fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped  del alma, descanso de nuestro esfuerzo.
Tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego.
Gozo  que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del alma si tu le faltas por dentro.
Mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo.
Lava las manchas. Infunde calor de vida en el hielo.
Doma el espíritu indómito. Guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito.
Salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.

Meditemos la Palabra de Dios:

“Les ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que hablen todos una misma cosa, y que no haya entre ustedes divisiones, sino que estén perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.”  (1Corintios 1,10)

Puntos de meditación:

- "Les ruego, pues, hermanos": San Pablo inicia este fragmento de la Primera Carta a los Corintios con una súplica. No habla como si fuera a dar una orden, como tampoco se justifica en una norma, ya que el apóstol no pretende llegar a la mente y a la razón de sus destinatarios, sino que busca mover sus corazones. Cuando pedimos o rogamos a alguien, lo queremos convencer, sensibilizar y, por qué no,  deseamos enternecer al otro, con el fin de que actúe por convicción. Por esta razón, San Pablo se hace cercano a las personas de la comunidad de Corinto y los llama hermanos. Al hermano se le suplica, se le pide favores especiales, aquellos en donde se juega la vida.

- "Por el nombre de Nuestro Señor Jesucristo": aquí descubrimos que el favor que quiere pedir San Pablo es de suma importancia, pues se basa en una autoridad mayor a la que él pueda tener: Jesucristo. Precisamente, Jesús fundamenta su autoridad en su misión, aquella que le ha encomendado el Padre bondadoso, no en cargos, distinciones o títulos y Pablo, como apóstol, participa de esta misión.

- "Que todos hablen una misma cosa": san Pablo se concentra en dos elementos: la palabra y lo que ella contiene. Como diría el Papa Francisco en su homilía en la casa Santa Marta, el pasado jueves 12 de mayo de 2016: "la lengua es capaz de destruir una familia, una comunidad, una sociedad, de sembrar odio y guerras"; una palabra mal empleada, puede acabar con un buen propósito, porque decepciona, crea dudas y genera pesimismo y desesperanza. No obstante, también podemos haber bien con nuestras palabras: dar ánimo, ofrecer consuelo, agradecer, compartir con gozo lo que se vive; si mi palabra sirve para edificar a los demás, sin duda alguna proviene del Espíritu Santo.

- "Y que no haya entre ustedes divisiones": ¿Quién propicia división? Aquella persona que está profundamente encerrada en sí misma y no busca otra cosa que sus propios intereses egoístas. A este respecto, el filósofo Jurgüen Habermas dice: "las grietas de la incomunicación dividen nuestra propia casa", puesto que si me encierro en mí mismo, en vez de tender vínculos con los demás, se incomunica con los demás y crea brechas entre unos y otros, ya que la división tiene el lamentable efecto de difundirse en medio de una comunidad rápidamente. Con expresiones como esta: "si fulano lo hizo, ¿por qué yo no?", ya la división ejerce su efecto. Es más, ideas tan arraigadas en nuestra sociedad como "el vivo vive del bobo", "sea abeja", "avíspese, mijo", "no sea bobo, tomemos este atajo", entre otras, son muestras de la acción devastadora del mal Espíritu, que divide nuestro corazón y nuestras comunidades.

- "Sino que estén perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer": En medio de la diversidad de la humanidad, es el Espíritu Santo quien nos ofrece una unión duradera y consistente, sin buscar interés particular alguno, tal como lo indica el Papa Francisco: "El Espíritu Santo es el que mueve a la Iglesia, el que trabaja en la Iglesia, en nuestros corazones. El que hace que todo cristiano sea una persona distinta de la otra, pero de todos juntos hace la unidad. El que lleva adelante, abre de par en par las puertas y te envía a dar testimonio de Jesús." (Homilía en la Residencia de Santa Marta, 9 de mayo de 2016).

Ahora bien, ¿cómo podemos reconocer la acción del Espíritu Santo en nosotros? El Evangelio según San Juan nos ofrece la clave para experimentar la acción de Dios en nosotros: "Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor" (Juan 15,9-17). De este fragmento se desprenden 3 criterios: guardar, permanecer e imitar. Se guarda lo que se aprecia, se permanece donde uno se siente a gusto y se imita a quien es un ejemplo de vida para nosotros. De esta manera, podemos experimentar la acción del Espíritu, que inflama nuestros corazones y nos une en una sola comunidad de testigos: la Iglesia.

Preguntas orientadoras:

1. ¿Cuáles son los efectos concretos de la acción del Espíritu Santo en mi vida?
2. ¿De qué manera actúa el mal Espíritu en mí? ¿Cómo se puede contrarrestar su efecto?
3. ¿Soy agente de unión en donde me encuentro? ¿Cómo lo demuestro?
4. ¿Lo que digo sirve para la edificación de los demás?
5. ¿Cuál es mi compromiso para ayudar a construir una comunidad con un mismo sentir?

Culmina esta oración agradeciendo al Señor por tanto bien recibido, rezando el Padrenuestro.

sábado, 7 de mayo de 2016

Reflexión Solemnidad de la Ascensión del Señor. Ciclo C

Solemnidad de la Ascensión del Señor. Ciclo C

¿Eres ligero de equipaje para seguir a Jesús que asciende al Cielo?

Lecturas:
Primera Lectura: Hechos 1, 1-11
Salmo: 46
Segunda Lectura: Efesios 1, 17-23
Evangelio: San Lucas 24, 46-53

Cuando nos encontramos caminando en el campo y llegamos frente a una colina, para subir más rápido debemos estar ligeros de equipaje. Entre más carga llevemos, la subida será más pesada, larga y complicada, mientras que quien lleva justo lo necesario, tendrá un ascenso más ágil. Hoy, cuando celebramos como Iglesia la Solemnidad de la Ascensión del Señor, recordamos que para seguirlo a Él es necesario liberarnos de los apegos, es decir, de aquellas pesadas cargas que impiden nuestra cercanía con Jesús y, al contrario, nos distancian de su seguimiento.
Precisamente, el Evangelio de hoy nos muestra que la Resurrección de Jesús ha sido el acto de liberación de Dios a la humanidad. Sin embargo, nos podemos preguntar de qué nos ha liberado Dios, especialmente en una sociedad como la actual que quiere olvidarse de Dios, porque se nos ha inculcado que todo se puede hacer y nos consideramos tan autosuficientes que hemos llegado a querer una vida sin límites, bajo el lema: "vive al máximo". Lamentablemente, esa no es la libertad verdadera, ya que a la larga terminaremos esclavizados por los ídolos que en estos momentos se están presentando: el dinero, el poder, la fama, el erotismo desmedido, el afán de reconocimiento. Vivir la vida sin límites nos conduce a malgastar nuestro dinero sin medida, a aspirar a lograr cargos y trabajos de alto reconocimiento sin importar pisotear al otro y a vivir desproporcionadamente, afectando a la creación y a la gente más frágil.
Por tanto, la libertad implica soltar los apegos, es decir, caminar por la vida sin condicionamientos, con la tranquilidad que trae el Señor, quien nos dice: "Sólo mi amor basta". En este sentido, la libertad conduce a la misión. Quien es libre, es capaz de emprender cualquier tarea, tal como sucedió con los discípulos, quienes ante el encargo del Señor de anunciar el Evangelio, bajaron alegres a Jerusalén, como se narra en la lectura de los Hechos de los Apóstoles.
No obstante, la misión no se realiza a título propio, sino por Gracia de Dios. Mientras el apego oprime y crea dependencia, el Señor ofrece plenitud, paz y por eso Él está encima de todo tipo de trono y potestad, como dice el Apóstol San Pablo en su Carta a los Efesios.
Por lo anterior, vale que te preguntes: ¿Eres ligero de equipaje para seguir a Jesús que asciende al Cielo?