sábado, 26 de marzo de 2016

Reflexión Domingo de Resurrección. Ciclo C


Domingo de Resurrección. Ciclo C
 
¿Cómo doy testimonio de Jesús Resucitado en mi vida diaria?


Lecturas:
Hechos de los Apóstoles 10, 34a. 37-43
Salmo 117
De la Carta de San Pablo a los Colosenses 3, 1-4
San Juan 20, 1-9

 
¿Cuál es la primera imagen que te aparece en la mente cuando te mencionan la palabra Pascua? Existen personas que recuerdan la salida de Egipto del pueblo de Israel, otras personas, un poco modernas, piensan en un conejito y en unos huevos de colores, lo cual es una costumbre Norteamericana. En cambio, la Pascua en la que creemos los cristianos  es la Resurrección de Jesús, es la esperanza y la alegría de sentir que la vida del Señor no se acabó el Viernes Santo en la Cruz, sino que Él venció a la muerte y con su sacrificio nos regaló la posibilidad de obtener la Vida Eterna para toda la humanidad, porque Él mismo dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.” (Juan 14, 6).

Por eso, cuando Jesús se apareció a sus discípulos después de la Resurrección, ellos sintieron paz y alegría y su fe se fortaleció; pasaron de ser los discípulos temerosos que vivían escondidos por miedo a los judíos a ser testigos valientes de la Resurrección de Jesús. Los Evangelios nos contarán las diferentes apariciones de Jesús a sus discípulos y cómo Él logró transformarlos, tal como lo cuenta el Evangelio de San Lucas en la escena de los discípulos de Emaús: “Y se dijeron uno a otro: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. (Lucas 24, 32).

Algo similar nos sucede a nosotros ahora, sobre todo cuando experimentamos la muerte de un ser querido. Sentimos un dolor profundo, como si el mundo se nos acabara; incluso, algunas personas piensan que Dios las ha abandonado. Con su Resurrección, Jesús nos enseña que no todo está perdido y que nosotros también podemos resucitar con Él a una vida nueva. No es volver a nuestro cuerpo, como tampoco es una reencarnación, como lo piensan otras religiones. La Resurrección es vivir una vida nueva en Dios y disfrutar de Su presencia. Para las familias que viven la muerte del ser querido, el Señor las llena de paz y esperanza, así como lo hizo con las hermanas de Lázaro cuando él había muerto. Por eso Marta dijo: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo.” (Juan 11, 27).

Por lo mismo, si leemos cuidadosamente el Evangelio según San Juan de este domingo, descubrimos el triunfo de Jesús sobre la muerte a través de la Resurrección. Jesús se presenta el primer día de la semana a María Magdalena, para instaurar el Día del Señor, de tal modo que los creyentes lo dediquemos al culto y a la alabanza de Dios. También es muy significativo reconocer que su primera aparición se da a una mujer, puesto que los discípulos estaban escondidos, lo que quiere decir que ellos aún no habían vivido la experiencia gozosa de la Pascua de Jesús. Por ello, la resurrección de Jesús se convierte en la luz que rompe con las tinieblas y la ceguera que había ocasionado la falta de fe en el corazón de los discípulos, quienes no creyeron en el testimonio de María Magdalena, sino hasta el momento en que Pedro y el discípulo amado fueron a constatar personalmente lo que había dicho esta mujer. Más adelante, cuando Jesús se aparezca a todos los discípulos y, especialmente a Tomás, reclamará su falta de fe y felicitará a quienes crean sin haber visto, pues la Resurrección del Señor no se reduce a un fenómeno físico que podamos comprobar con nuestros sentidos, sino que es una experiencia de gozo profundo que invade el corazón y cambia nuestra existencia.

Por lo anterior, Dios Padre nos invita a estar alegres, pues ¡Jesús, su Hijo, ha resucitado! La salvación de la humanidad es real y por eso los creyentes estamos de fiesta, porque Cristo ha vencido a la muerte. Pero la resurrección de Jesús no es un hecho que ocurrió hace 2000 años solamente, sino que Jesús sigue resucitando en cada hogar y en cada persona cuando hay esperanza y existe un cambio interior en cada uno. Por ejemplo, la persona que deja un vicio, o aquella que cambia de actitud y se hace más generosa y solidaria. Por eso, preguntémonos: ¿Qué cambio he vivido en esta Semana Santa? ¿Cómo doy testimonio de Jesús Resucitado en mi vida diaria?

sábado, 19 de marzo de 2016

Reflexión Domingo de Ramos. Ciclo C


Domingo de Ramos, en la Pasión del Señor. Ciclo C


¿De qué manera respondo ante tanto amor que recibo del Señor?

Lecturas:
Isaías 50, 4-7
Salmo 22
Del Apóstol San Pablo a los Filipenses 2, 6-11
San Lucas 19, 28-40
Lectura de la Pasión: San Lucas 23, 1-49

Con las Lecturas de este Domingo de Ramos, o de la Pasión del Señor, damos inicio a la celebración de la Semana Santa. Jesús entra a Jerusalén aclamado como rey, pero a los pocos días muere crucificado. Varios de los que seguían a Jesús estaban acostumbrados a sus milagros y a su predicación, pero no esperaban que su Maestro muriera en la cruz. Por eso, cuando Jesús es apresado por las autoridades judías, la gran mayoría lo abandonó, pues temía sufrir el mismo destino de Jesús. 


Precisamente, la mayor expresión del amor de Jesús hacia la humanidad lo encontramos en la cruz. Jesús fue siempre obediente a su Padre y, por ello, no dejó de anunciar el Reino de Dios con sus palabras, con sus acciones y, sobre todo, con su propio ejemplo.


La escena de la muerte de Jesús en la cruz encierra una profunda enseñanza sobre el amor y la entrega incondicional para toda la humanidad: “Entonces se lo llevaron. (…) Lo seguía también una gran cantidad de gente y en especial mujeres que lo compadecían dándose golpes de pecho y lanzando lamentos” (Lucas 23, 26a. 27). En primer lugar, Jesús cargó con su cruz, es decir, asumió las consecuencias de su predicación y de sus obras con las que anunció el Reino de Dios. En la actualidad, cuando se promueve el individualismo, nos cuesta asumir las responsabilidades de nuestros actos y buscamos siempre que otra persona responda.


En segundo lugar, ante el mal, la injusticia y la iniquidad del mundo, Jesús respondió de la misma manera que su Padre, es decir, con plena bondad; como se menciona en el Antiguo Testamento, “El Señor es quien me ayuda: por eso no me hieren los insultos” (Isaías 50, 7a). En tercer lugar, Jesús fue puesto en medio de otros dos que fueron crucificados, según nos lo cuenta el Evangelio de San Lucas, lo que quiere decir que Jesús se convierte en el camino para llegar al Padre gracias a su muerte en la cruz.


Pero a Jesús no le basta con regalarnos una nueva vida a través de su entrega en la cruz, sino que nos ofrece también su perdón: “Pero Jesús decía: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34). En los judíos, en las autoridades religiosas, en la gente que se burlaba o criticaba a Jesús estamos representados todos los seres humanos, en la medida en que también no hemos sabido responder a tanto amor y bondad que recibimos de Dios. Sin embargo, Jesús con su pasión y muerte nos perdona.


Por último, después de habernos enseñado con la cruz la responsabilidad, la bondad y el camino para llegar al Padre y luego de regalarnos su perdón y una madre, Jesús ya está listo para entregar su vida, su último aliento, a su Padre amado, de la misma forma como aquel que ha hecho su tarea con excelencia y amor: “Y Jesús con voz potente, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto expiró” (Lucas 23, 46).


Queda preguntarnos: ¿De qué manera respondo ante tanto amor que recibo del Señor?

viernes, 11 de marzo de 2016

Reflexión Quinto Domingo de Cuaresma. Ciclo C


Quinto Domingo de Cuaresma. Ciclo C


¿Soy capaz de soltar las piedras que enjuician, a mí y a los demás, para recibir la misericordia de Dios?

Lecturas:
Isaías 43, 16-21
Salmo 125
De la Carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses
San Juan 8, 1-11

Cada mañana se pueden apreciar a muchas personas que salen a trabajar a muy tempranas horas del día, pero en medio de los apretones, del afán y de los contratiempos que surgen en los desplazamientos a los lugares de trabajo, también se puede ver que algunas personas logran contemplar el amanecer, es decir, dejarse tocar por la brisa suave de la mañana y agradecer a Dios por tanto bien recibido; esta actitud contemplativa y orante en la cotidianidad nos permite reconocer la acción concreta y amorosa de Dios en nuestras vidas.

En este sentido, las Lecturas del Quinto Domingo de Cuaresma nos hacen ver que la misericordia y los dones de Dios son innegables. Él cumple su promesa de amor y bondad para toda su creación.

En la Primera Lectura, el Señor le recuerda al pueblo de Israel que así como Él lo liberó de la esclavitud, del mismo modo va a “apagar la sed” de su pueblo (Isaías 43, 16-21), es decir, siempre será generoso en regalarnos su bondad y su amor. Valdría la pena que te preguntaras: ¿Cuál es la sed que necesito que el Señor me pueda calmar?

Y cuando el ser humano descubre tanto derroche de amor de Dios, todo lo estima como “basura con tal de ganar a Cristo” (Filipenses 3, 8-14), lo que quiere decir que todo es pasajero al experimentar que el amor y la misericordia de Dios son lo fundamental en la vida humana, en la medida en que, como diría Santa Teresa de Ávila, “Dios no se muda”. Si vemos detenidamente las ambiciones más comunes del ser humano: tener bienes materiales, fama, reconocimiento, poder, cargos, etc., nos podemos dar cuenta que éstos son fugaces, ya que hoy lo podemos tener y mañana ya se pierde y que, por lo mismo, sólo nos pueden ofrecer alguna satisfacción para el momento, pero que cuando esto no se encuentra en nuestras manos, nos deja un vacío interno, como si nos faltara algo, pero que no puede ser llenado por bienes, personas, dinero o distinción alguna. En consecuencia, ¿qué o quién es lo primordial en mi vida?

Precisamente, cuando sentimos que somos amados y perdonados por Dios sin más, sin condiciones, nuestra vida cambia y comenzamos a ver nuevos horizontes. Por eso, en el Evangelio de San Juan podemos apreciar que Jesús no juzga con criterios humanos  de retribución y de legalismos, sino desde la Misericordia de Dios, que reconoce en el pecador a un hijo querido que necesita ser sanado y restaurado. Esta fue la experiencia de la mujer adúltera, quien fue llevada por aquellos que se pensaban justos y que estaban cumpliendo con la Ley, pero que no habían visto su propio corazón, pero que al estar frente a Jesús no encuentra en Él al juez inflexible como lo eran sus vecinos, sino al ser que con su mirada llena de esperanza y al mismo tiempo muestra la autoridad para perdonar. Por eso, es su actitud la que conduce a los judíos a soltar las piedras e irse, mientras Él restaura a la mujer y la perdona, moviéndola a no pecar más. A nosotros nos pasa algo similar a lo narrado en esta escena, pues con frecuencia tomamos las piedras del juicio y de la crítica para castigar a las otras personas, incluso a nosotros mismos y, con esta actitud, nos cerramos a recibir el amor del Señor: ¿Soy capaz de soltar las piedras que enjuician, a mí y a los demás, para recibir la misericordia de Dios?

En síntesis, la Palabra de Dios nos regala tres enseñanzas para nuestra vida cotidiana: 1) Dios no cesa de acompañarnos en la cotidianidad y regalarnos su bondad y misericordia, como una “brisa suave”, 2) Estamos llamados a reconocer qué es lo importante en nuestra vida, esto es, aquello por lo que realmente lo apostamos todo y cuál es el lugar que tiene el Señor en mi vida y, 3) Antes de criticar a los demás, es necesario reflexionar sobre los propios comportamientos y el estilo de vida que llevamos, de tal modo que podamos sentir la misericordia de Dios, que nos mueve a soltar las piedras, perdonar y perdonarnos de igual manera como Él lo hace con todos nosotros.

 

 

sábado, 5 de marzo de 2016

Reflexión Cuarto Domingo de Cuaresma. Ciclo C


Cuarto Domingo de Cuaresma. Ciclo C


¿Doy posibilidad para la conversión en mi vida?


Lecturas:
Josué 5, 9a. 10 -12
Salmo 33
De la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios 5, 17-21
San Lucas 15, 1-3. 11-32


Es frecuente encontrar en nuestras familias personas que acostumbran compararse con otras, especialmente entre los hermanos. Sin embargo, sería preocupante que las comparaciones comenzaran por los propios padres de familia, ya que pueden generar marcas psicológicas que, tiempo después, conducirán a conflictos entre los hermanos. En contraste con esta situación, también existen familias que fomentan la colaboración entre todos los miembros, a partir de sus cualidades y talentos.

Por ello, un signo de comunión, es decir, común – unión entre los miembros de una familia es la comida, no sólo como el espacio para consumir los alimentos, sino como momentos invaluables de fraternidad, solidaridad y sobre todo, de afecto entre unos y otros. Esta fue la práctica del pueblo de Israel, luego de su liberación del dominio Egipcio, que se refleja en la celebración de la Pascua, tal como lo narra el Libro de Josué.

Lamentablemente, en algunos casos, la comida ahora es excusa para simplemente verse las caras, pues estamos ocupados chateando en el celular, viendo televisión o con los audífonos puestos. Cuando nos conectamos con el mundo virtual, nos desconectamos de la persona que tenemos a nuestro lado y, por ende, le cerramos el espacio al amor fraterno, a la bondad y, sobre todo, a la misericordia. Si perdemos de vista la práctica de la misericordia, empezando por los más cercanos, el egoísmo y el individualismo ocuparán el centro de nuestro corazón, convirtiéndonos en personas de las tres “IN”: intransigentes, intolerantes, inmisericordes. Sólo por medio de Jesús logramos sacar de nuestro corazón todo tipo de encerramiento, para dar cabida al amor sincero y fraternos y, por consiguiente, a la misericordia que viene de Dios, tal como lo dice el Apóstol San Pablo: “El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (2 Cor 5, 17).

Precisamente, en este Cuarto Domingo de Cuaresma, el Ciclo C nos propone la parábola del Padre Misericordioso, en el Evangelio de San Lucas. Esta comparación se nos ofrece también como la guía apropiada y la inspiración para vivir este Año Jubilar de la Misericordia, pues ella contiene elementos adecuados para vivir el amor, la compasión y el perdón que provienen de Dios.

Dicha parábola nos presenta tres personajes principales: el Padre, el hijo mayor y el hijo menor. En primer lugar, la actitud del padre representa la misericordia de Dios. Así como el padre es justo, paciente y comprensivo, de la misma manera actúa Dios con nosotros; así como el padre se alegró por el regreso de su hijo, de igual modo se alegra Dios con la conversión de uno de sus hijos.

En segundo lugar, tenemos al hijo mayor, quien representa las actitudes de muchos de nosotros. Tal como ocurre en la parábola con este hijo, nosotros nos esforzamos, trabajamos y damos lo mejor que somos para cumplir con los deberes encomendados, pero pensamos que por ello Dios debe recompensarnos, sin caer en la cuenta que, desde el principio, Dios nos dice: “todo lo mío es tuyo”.

En tercer lugar, se encuentra el hijo menor, comúnmente denominado “el hijo pródigo”. Igualmente, a este personaje se le ha adjudicado la deshonrosa imagen de ser el pecador de la historia, pues se le recalca su ambición por la herencia de su padre y su posterior derroche, sin reconocer que él cae en la cuenta de su equivocación y por ello regresa arrepentido a casa de su padre.

En resumen, la Palabra de Dios nos regala tres enseñanzas para nuestra vida diaria: 1) Aunque todos somos pecadores, tenemos la posibilidad de la conversión, para lo cual se necesita reconocer nuestro pecado, 2) En vez de juzgar los errores de los demás, estamos llamados a perdonar y, 3) Dios es la fuente del amor y la misericordia, por lo que nos llama a ser como Él, los unos con los otros.