sábado, 29 de junio de 2019

Reflexión Domingo 13 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

DOMINGO 13 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Lucas 9, 51-62:

En los cursos pre-bautismales se les insiste a los padres y padrinos que, con el bautismo, los niños recibirán la vida de Cristo, quien es Sacerdote, Profeta y Rey. No obstante, esta afirmación no es muy clara para algunos de los bautizados y, por ello, no se vive completamente este sacramento. En este sentido, en el Decimotercer Domingo del Tiempo Ordinario se nos explicará en qué consiste ser profeta y cómo se puede vivir en la vida cotidiana, para que así podamos vivir el bautismo a plenitud.

En la Primera Lectura se nos presenta el llamado de Dios al profeta Eliseo. En éste, encontramos varios elementos propios de quien ha sido escogido por Dios: La elección de Dios, la investidura, la respuesta rápida, la despedida y la comida. El Señor escoge a una persona concreta, es decir, con una historia, y envía al profeta Elías a ungirla. Una vez Elías encuentra a Eliseo, le echa el manto encima, lo que quiere decir que al ser investido como profeta, adquiere un nuevo carácter. Algo similar ocurre con algunas profesiones en nuestra sociedad, que se identifican por su vestidura: los médicos, los militares, los sacerdotes, las religiosas, entre otros. Aunque como se dice coloquialmente, “el hábito no hace al monje”, el gesto de investir a alguien representa un nuevo caminar en su vida, una nueva tarea, una nueva misión.

Así mismo, Eliseo responde al llamado de Dios de una manera rápida, sin titubear, con disponibilidad y, de este modo, procede a despedirse de su familia y de su gente, lo cual concluye a través de una comida, como signo del compartir fraterno y de la ofrenda de su anterior trabajo en el campo, lo que se representa en el sacrificio de los bueyes, con el fin de iniciar su misión profética sin ataduras con el pasado.

De igual manera, el profeta tiene claridad acerca de su vocación. En este caso, el Apóstol San Pablo nos dice que, gracias a Cristo, nuestra vocación es la libertad. Sin embargo, la libertad no quiere decir que vivamos sin reglas o vivir al extremo, sin medir las consecuencias. Quizás, esto es lo que se promueve en la sociedad de consumo, puesto que se nos ha insistido en vivir sólo el momento, que todo es relativo, en últimas, en vivir con vértigo.

Esta forma de vida conduce al egoísmo, puesto que quien procede de esta manera se olvida de la otra persona, de quien está a su lado, pues sólo se guía por sus propios intereses y, como lo señala San Pablo, con esta dinámica los creyentes “terminarán por destruirse mutuamente”. El camino que nos propone el Señor, en contraste, es el del amor al prójimo, esto es el servicio, de tal modo que la libertad se orienta en la medida en que salimos de nuestro egoísmo y de la búsqueda mezquina de nuestros propios intereses para encontrarnos con el otro, ponernos en sus zapatos y atenderlo en sus necesidades.

En este orden de ideas, el Profeta sabe que su misión se lleva a cabo en el camino diario de la vida, sin ataduras y sin perder el horizonte de su llamado. Por esta razón, Jesús decide ir a Jerusalén, ya que no pierde el norte de la misión que le ha encomendado su Padre amado. Como decimos popularmente, Jesús “sabe para dónde va”. Por lo mismo, no le preocupa no tener un lugar para alojarse, pues vive en libertad y no se deja atar por las situaciones cotidianas. Así como el Apóstol San Pablo nos invita hoy a vivir en libertad, Jesús la pone en práctica y le enseña a los discípulos a vivirla, esto es, ser libre frente a los bienes materiales, ser libre ante las personas, ser libre a los honores del mundo y ser libre, incluso, al propio pasado.

En resumen, todos nosotros, como creyentes, estamos llamados a ser profetas en nuestra vida diaria, lo cual implica descubrir la acción de Dios en todo momento y ser libres ante las personas, los lugares y las cosas. De este modo, podremos llevar a la plenitud nuestro bautismo. Por ello, preguntémonos: ¿De qué manera vivo mi bautismo?  

sábado, 22 de junio de 2019

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor. Ciclo C

SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI
San Lucas 9, 11b-17:

Para nuestros antepasados, la fiesta de Corpus Christi tenía un significado muy importante, ya que se realizaban misas y procesiones con el Santísimo Sacramento y toda la gente se preparaba para esta celebración. Quizás hoy en día no se tiene el mismo significado para esta fiesta y, por ello, no se realizan las mismas ceremonias que antes.

Por esto, es importante que comprendamos qué significa la Fiesta de Corpus Christi. En ella, celebramos el Santísimo Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, es decir, que Jesús entrega su vida para nuestra salvación y permanece en el Pan y en el Vino que se consagran en la Eucaristía. Por esta razón, cada Eucaristía se convierte en una Pascua, en donde Jesús renueva su entrega amorosa por todos nosotros. Cristo se hace comida, Pan de Vida y Bebida de Salvación, para que nosotros tengamos una vida plena y, siguiendo su ejemplo, también entreguemos nuestra vida al servicio de los demás. 

Precisamente, en el Evangelio según San Lucas, se nos presenta el signo de la multiplicación de los panes, en donde llama la atención que ante la indicación de Jesús a sus discípulos: "Denles ustedes de comer", ellos con sorpresa, responden con una negativa: "Pero no tenemos más que cinco panes y dos pescados". En otras palabras, para los discípulos era muy poco lo que tenían y lo que podían ofrecerle a la multitud. De algún modo, nosotros vivimos en ocasiones algo similar frente a los retos que se nos presentan a diario, pues podemos llegar a pensar que nuestros talentos o cualidades no son suficientes para salir adelante, ya que la realidad aparece como una barrera gigante e insuperable.

Sin embargo, Jesús se hace presente para transformar la realidad. Por eso, toma cinco paces y cinco peces, los bendice y luego se los entrega a los discípulos para que los repartan a toda la multitud, de tal manera que todos comen y logran saciar el hambre. Igualmente, Jesús toma nuestras cualidades, las bendice y las multiplica para que, a su vez, podamos saciar el hambre y las necesidades de los demás. Por consiguiente, la multiplicación de los panes nos enseña que el pan no es para una satisfacción individual y egoísta, sino para ayudar a solucionar las necesidades y carencias de otras personas.

En este sentido, la multiplicación de los panes nos recuerda que la acción de Dios es incondicional, generosa y gratuita. Jesús, como el pan vivo, se entrega generosamente para que nosotros tengamos la vida que Él nos ofrece. Por lo mismo, en cada Eucaristía vivimos nuevamente la multiplicación de los panes, en la medida en que la Sagrada Comunión es el alimento que puede saciar espiritualmente a muchos.

Ahora bien, si relacionamos la Fiesta de Corpus Christi con nuestra realidad social, nos podemos dar cuenta que, Bogotá, por ser el centro social, económico y político del país muestra las virtudes y los defectos de todo nuestro país, especialmente la desigualdad social. Por eso, en esta ciudad encontramos personas que vienen desplazadas de diversas partes del país, junto con aquellas que no encuentran oportunidades laborales. Por lo anterior, vale la pena que reflexionemos sobre nuestra ayuda concreta a los más necesitados, ya que este es un compromiso al que nos invita Jesús en la Fiesta de Corpus Christi. 

En resumen, estas son las responsabilidades que nos quedan de la celebración de Corpus Christi: servir a los demás con sencillez, sin protagonismos, compartir nuestro alimento con quien más lo necesita y renovar nuestro compromiso cristiano a través de la celebración eucarística.

sábado, 15 de junio de 2019

Solemnidad de la Santísima Trinidad. Ciclo C

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
San Juan 16, 12-15:

Cuenta la historia que san Agustín de Hipona (354 – 430) un día paseaba por la playa mientras iba reflexionando sobre el misterio de la Santísima Trinidad. Trataba de comprender, con su mente analítica, cómo era posible que tres Personas diferentes (Padre, Hijo y Espíritu Santo) pudieran constituir un único Dios.

Estando en esas reflexiones, encontró a un niñito que había excavado un pequeño hoyo en la arena y trataba de llenarlo con agua del mar. El niñito corría hacia el mar y recogía un poquito de agua en una concha marina. Después regresaba corriendo a verter el líquido en el hueco, repitiendo esto una y otra vez. Aquello llamó la atención del santo, quien lleno de curiosidad le preguntó al niño sobre lo que hacía: –Intento meter toda el agua del océano en este hoyo –le respondió el niñito. –Pero eso es imposible –replicó san Agustín– ¿cómo piensas meter toda el agua del océano que es tan inmenso en un hoyo tan pequeñito? – Al igual que tú, que pretendes comprender con tu mente finita el misterio de Dios que es infinito…Y en ese instante el niñito desapareció.

Esta historia, que puede ser más una leyenda, nos muestra la complejidad del misterio de la Santísima Trinidad, fiesta que celebramos en el día de hoy. Sin embargo, la invitación del Señor no está dirigida a que nosotros entendamos de manera racional qué es la Santísima Trinidad, sino que reconozcamos cómo actúa Dios, que es Uno y Trino, en nuestras vidas.

Por lo anterior, el Señor Jesús nos dice hoy, en el Evangelio según san Juan: "Muchas cosas quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora" (Juan 16, 12-15). A pesar de nuestra tendencia por saber y controlar todo lo que nos sucede en la vida, Dios nos va guiando y, poco a poco, el Señor nos va indicando lo que necesitamos saber. Bien diría San Ignacio: "No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar las cosas internamente". En otras palabras, no se trata de convertirnos en unas enciclopedias, llenas de conocimientos, sino que aprendamos a saborear cada experiencia de la vida, de tal manera que podamos reconocer a Dios presente en ella.

Por lo mismo, podemos comparar el reconocimiento de la acción de Dios con la alimentación. De hecho, nos podemos preguntar por la manera como comemos: ¿Consumimos los alimentos con afán, hasta atorarnos o, por el contrario, saboreamos cada alimento? Algo similar ocurre con la acción de Dios, pues el Señor nos invita a vivir la vida saboreando cada instante, de tal modo que podamos reconocer su presencia amorosa.

En consecuencia, quien se toma en serio la tarea de descubrir a Dios presente en su vida y se pone a degustar cada experiencia vivida, descubrirá tres "sabores" que son propios de Dios: un primer "sabor" corresponde a las maravillas de la creación, esto es, sentir un gusto por la vida y un agradecimiento por tanto bien recibido (familia, vivienda, alimentación, trabajo, estudios, amigos, etc.); esta es la acción del Padre, que no cesa de regalarnos vida en abundancia. Un segundo "sabor" lo encontramos en la Palabra de Dios. Cuando meditamos la Sagrada Escritura, ya sea en la oración o en la Eucaristía, descubrimos que la Palabra se "hizo carne y habitó entre nosotros" (Juan 1, 14). Y gracias al nacimiento, la vida, la muerte y Resurrección de Jesús, nosotros hemos recibido la Salvación, la Vida Nueva prometida por Dios; esta es la acción del Hijo. Por último, el tercer "sabor" responde a ese deseo por servir a los demás y construir comunidad cristiana en nuestra familia, en el trabajo, en el barrio, en todo lugar en donde nos encontremos. No es quedarnos con los brazos cruzados, es salir a servir sin condiciones; esta es la acción del Espíritu Santo.

En resumen, estos tres "sabores" le ofrecen sentido a nuestra vida, pues son tres maneras de amar en un solo Dios y con ello, la Trinidad nos enseña a salir de nosotros mismos y a no quedarnos encerrados en nuestros propios intereses egoístas. Por tanto, la pregunta que nos debemos hacer en esta Fiesta es: ¿Cómo respondemos ante tanto amor que hemos recibido de parte de Dios?

domingo, 9 de junio de 2019

Reflexión Solemnidad de Pentecostés. Ciclo C

Domingo de Pentecostés
Evangelio: San Juan 20, 19-23

Celebramos como Iglesia la solemnidad de Pentecostés, que es la fiesta del Espíritu Santo. Ahora bien, ¿cómo podemos reconocer la acción del Espíritu Santo en nosotros? El Evangelio según San Juan nos ofrece la clave para experimentar la acción del Espíritu Santo en nosotros: "Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos" (Juan 20,23).

De este fragmento se desprenden tres palabras claves: recibir, perdonar y retener. En primer lugar, se recibe lo que se aprecia, lo que nos causa agrado y gusto. En segundo lugar, se perdona aquello que se ha logrado sanar, mirando al otro como a un hijo de Dios, igual a mí, con cualidades y defectos. En tercer lugar, se retiene lo aún queda pendiente por curar o perdonar, por lo que con frecuencia nuestro corazón se llena de molestia, dolor y rechazo hacia algo o alguien, de tal modo que el Señor nos invita a perdonar con sinceridad, sin guardar resentimientos. De esta manera, podemos experimentar la acción del Espíritu, que inflama nuestros corazones y nos une en una sola comunidad de discípulos y misioneros de Jesucristo: la Iglesia.

Por tanto, la comunión entre los hermanos es el sello distintivo de la acción del Espíritu Santo en medio de la comunidad. Con lo que ya se ha dicho, las actitudes de perdón, reconciliación y fraternidad contribuyen a construir un ambiente de comunión entre todos los que nos rodean.

En este sentido, también el apóstol San Pablo nos invita a vivir unidos como comunidad: "Todos nosotros hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo" (1 Corintios 12, 13). En medio de la diversidad de la humanidad, es el Espíritu Santo quien nos ofrece una unión duradera y consistente, sin buscar interés particular alguno, tal como lo indica el Papa Francisco: "El Espíritu Santo es el que mueve a la Iglesia, el que trabaja en la Iglesia, en nuestros corazones. El que hace que todo cristiano sea una persona distinta de la otra, pero de todos juntos hace la unidad. El que lleva adelante, abre de par en par las puertas y te envía a dar testimonio de Jesús." (Homilía en la Residencia de Santa Marta, 9 de mayo de 2016).

Por ello, pregúntate: ¿Me dejo llevar por el Espíritu Santo y busco la unión en mi familia y con quienes me rodean?

domingo, 2 de junio de 2019

Reflexión Domingo de la Ascensión del Señor. Ciclo C

Solemnidad de la Ascensión del Señor. Ciclo C

¿Eres ligero de equipaje para seguir a Jesús que asciende al Cielo?

Lecturas:
Primera Lectura: Hechos 1, 1-11
Salmo: 46
Segunda Lectura: Efesios 1, 17-23
Evangelio: San Lucas 24, 46-53

Cuando nos encontramos caminando en el campo y llegamos frente a una colina, para subir más rápido debemos estar ligeros de equipaje. Entre más carga llevemos, la subida será más pesada, larga y complicada, mientras que quien lleva justo lo necesario, tendrá un ascenso más ágil. Hoy, cuando celebramos como Iglesia la Solemnidad de la Ascensión del Señor, recordamos que para seguirlo a Él es necesario liberarnos de los apegos, es decir, de aquellas pesadas cargas que impiden nuestra cercanía con Jesús y, al contrario, nos distancian de su seguimiento.

Precisamente, el Evangelio de hoy nos muestra que la Resurrección de Jesús ha sido el acto de liberación de Dios a la humanidad. Sin embargo, nos podemos preguntar de qué nos ha liberado Dios, especialmente en una sociedad como la actual que quiere olvidarse de Dios, porque se nos ha inculcado que todo se puede hacer y nos consideramos tan autosuficientes que hemos llegado a querer una vida sin límites, bajo el lema: "vive al máximo". Lamentablemente, esa no es la libertad verdadera, ya que a la larga terminaremos esclavizados por los ídolos que en estos momentos se están presentando: el dinero, el poder, la fama, el erotismo desmedido, el afán de reconocimiento. Vivir la vida sin límites nos conduce a malgastar nuestro dinero sin medida, a aspirar a lograr cargos y trabajos de alto reconocimiento sin importar pisotear al otro y a vivir desproporcionadamente, afectando a la creación y a la gente más frágil.

Por tanto, la libertad implica soltar los apegos, es decir, caminar por la vida sin condicionamientos, con la tranquilidad que trae el Señor, quien nos dice: "Sólo mi amor basta". En este sentido, la libertad conduce a la misión. Quien es libre, es capaz de emprender cualquier tarea, tal como sucedió con los discípulos, quienes ante el encargo del Señor de anunciar el Evangelio, bajaron alegres a Jerusalén, como se narra en la lectura de los Hechos de los Apóstoles.

No obstante, la misión no se realiza a título propio, sino por Gracia de Dios. Mientras el apego oprime y crea dependencia, el Señor ofrece plenitud, paz y por eso Él está encima de todo tipo de trono y potestad, como dice el Apóstol San Pablo en su Carta a los Efesios.

Por lo anterior, vale que te preguntes: ¿Eres ligero de equipaje para seguir a Jesús que asciende al Cielo?