viernes, 29 de abril de 2016

Reflexión Sexto Domingo de Pascua. Ciclo C


Sexto Domingo de Pascua. Ciclo C

 

Y tú, ¿guardas la Palabra del Señor?

 

Lecturas:
Primera Lectura: Hechos 15, 1-2. 22-29
Salmo: 66
Segunda Lectura: Apocalipsis 21, 10-14. 22-23
Evangelio: San Juan 14, 23-29
 

Antiguamente, para poder sintonizar una emisora en el radio, había que tener suficiente paciencia para buscar en cada uno de los diales alguna emisora y, con frecuencia, sucedía que había una especie de interferencia que evitaba sintonizarla adecuadamente. Después de varios intentos, el momento de regocijo era el hallazgo de la emisora preferida.

Algo similar ocurre en la vida interior, cuando intentamos escuchar la voz de Dios. Podemos pasar un buen tiempo de nuestra vida tratando de distinguir entre tantas voces y ruidos lo que Dios nos quiere decir, pero a veces se nos presentan interferencias o, simplemente estamos buscando en el “dial” equivocado. En el Evangelio de hoy, Jesús les pide a sus discípulos guardar su Palabra y, a quien lo haga, le promete que Él y su Padre lo tomarán como morada. En este sentido, guardar la Palabra de Dios quiere decir haber escuchado su voz y dejarla resonar en nuestro interior, como quien busca en cada “dial” hasta que, por fin, puede sintonizarse con Dios. Por tanto, guardar la Palabra de Dios significa tener la disposición interior para ponerse en relación cercana e íntima con el Señor y poner por obra aquello que Él nos está sugiriendo en lo profundo del corazón.

Ahora bien, la consecuencia de guardar la Palabra de Dios es la paz, pero como dice Jesús, no es la paz que da este mundo, la cual se parece más a un pacto de no agresión; la paz que ofrece el Señor es un estado del corazón que nos impulsa a amar al otro sin condiciones. La paz que nos regala Jesús se traduce en consolación interior, es decir, en el crecimiento de la fe, la esperanza y el amor en la persona hasta el punto de servir desinteresadamente a los otros; quien vive la paz de Dios manifiesta en sus acciones, palabras y actitudes la serenidad, sensatez y comprensión que son necesarias para la toma de decisiones y para la convivencia con los demás.

Por lo anterior, es necesario estar en sintonía con Dios, guardar su Palabra y dejarlo actuar en nuestra vida para que podamos experimentar la paz que Él nos ofrece. Esto quiere decir que debemos hacer silencio interior, afinar nuestro oído desde el corazón y descubrir la voz del Señor en medio de tantas voces y ruidos que escuchamos diariamente. En ocasiones, estamos pendientes de atender lo externo: comentarios, rumores o susurros que nos vienen de fuera; quizás, estas son emisoras equivocadas y allí no se encuentra la voz del Señor. Un ejemplo de esto nos lo muestra la Lectura de los Hechos de los Apóstoles, la cual narra lo que les sucedió a algunos cristianos que se fijaban más en el cumplimiento de normas externas, al estilo judío, en vez de dejar resonar la voz del Señor Resucitado en sus corazones.  

Por consiguiente, guardar la Palabra de Dios es fijarse en Aquel que nos puede guiar en el camino de la vida: Jesucristo. En la Lectura del Libro del Apocalipsis, se nos muestra que “la ciudad ya no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero”. Cuando nos dejamos iluminar por el Señor, encontramos la sintonía perfecta en nuestro interior, lo que se demuestra en nuestras acciones cotidianas. Quien se deja llevar por Dios es capaz de irradiar paz y bondad a su alrededor, de tal modo que puede transformar su entorno. Por el contrario, quien no se sintoniza con Dios, vive con angustia y desolación, experimenta mucha agitación y confusión en su corazón.

En resumen, vale la pena que revisemos nuestras actitudes, palabras y acciones cotidianas, pues ellas nos ayudarán a descubrir si, realmente, hemos logrado entrar en sintonía con Dios en nuestro corazón; esto es guardar su Palabra y dejarse iluminar por el Cordero, según nos lo enseñan las Lecturas de hoy. Y tú, ¿guardas la Palabra del Señor?

sábado, 23 de abril de 2016

Reflexión Quinto Domingo de Pascua. Ciclo C

Quinto Domingo de Pascua. Ciclo C

¿De qué manera demostramos el amor de Dios a los demás?

Lecturas:
Primera Lectura: Hechos 14, 21b-27
Salmo: 144
Segunda Lectura: Apocalipsis 21, 1-5a
Evangelio: San Juan 13,31-33a.34-35

En este Quinto Domingo de Pascua, el Evangelio según San Juan nos presenta el mayor regalo de Jesús a la humanidad: el mandamiento del amor. Precisamente, si buscamos el sello o la impronta del Señor, nos daremos cuenta que es el amor. Dicho distintivo se parece al rasgo característico que poseemos todas las personas; por ejemplo, algunos se hacen notar por su elocuencia, otros son hábiles en arreglar cosas, otros tantos en inventar, etc. Jesús, por su parte, se distingue por amar y es precisamente esto lo que nos pide a quienes creemos en Él y lo seguimos. Y este rasgo de Jesús procede de su Padre del Cielo, quien tanto amó a la humanidad que envió a su Hijo muy querido.

Sin embargo, ¿cómo podemos distinguirnos por amar? ¿De qué manera se demuestra esta nota distintiva? En primer lugar, el amor no se hace notorio de manera individual, y mucho menos es un don que busque el beneficio individual. El amor es un don que crece en la medida en que se da a los demás, se comparte y no se queda nada para sí. En segundo lugar, quien ama procura el bien de los demás. Si fuésemos a representar gráficamente el amor, lo podríamos pintar como una casa con las puertas y ventanas abiertas, llena de claridad y resplandor, porque quien ama es transparente y abierto. En tercer lugar, quien ama no pone condiciones y tampoco tiene límites. Este es el caso de los papás y mamás que no escatiman esfuerzos por el bienestar de los hijos y su mirada está orientada a su adecuado crecimiento integral, es decir, en todos los aspectos de su vida.

Por tanto, quien ama lleva consigo a Dios mismo, pues como dice el apóstol San Juan: “Dios es amor” (1 Juan 4, 8) y este distintivo, esta marca, como lo hemos venido mencionando, se evidencia a través del testimonio de vida, ya que el amor es natural, no resulta como un esfuerzo artificial o protocolario. Por ello, cuando los discípulos experimentaron la acción de Jesús resucitado en sus vidas, su corazón se inflamó de tal manera que sus miedos desaparecieron y se convirtieron en testigos del Señor para anunciar su Evangelio a todas partes. Muestra de ello fue la labor misionera realizada por Pablo y Bernabé en varias comunidades cristianas de Asia Menor, en lo que se ha denominado el Primer Viaje Misionero del apóstol San Pablo. Allí se logró el cometido de evangelizar a los gentiles, pero no como un mérito personal de los apóstoles, sino como un impulso vital del Espíritu Santo. En otras palabras, al habitar Dios en el corazón del Apóstol, su amor lo conduce a Evangelizar en cualquier lugar en que se encuentre.

Es más, cuando el amor no es un bien individual, sino que se descubre como un regalo de Dios para toda la comunidad, se hace realidad lo que encontramos en el Libro del Apocalipsis: Un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva. La nueva humanidad, nacida de la Resurrección de Jesucristo tiene en su corazón el sello del amor, porque Dios habita en ella. Sólo podemos reconocer la presencia de Jesús resucitado en la medida en que nos amemos los unos a los otros y reconozcamos que el amor no tiene propiedad, sino que es el regalo de Dios para toda la humanidad. Por ello, vale la pena que nos preguntemos: ¿De qué manera demostramos el amor de Dios a los demás?

  

sábado, 16 de abril de 2016

Reflexión Cuarto Domingo de Pascua. Ciclo C


Cuarto Domingo de Pascua. Ciclo C
 

¿Puedo escuchar la voz de Jesús, el Buen Pastor, en mi vida cotidiana?

Lecturas:
Primera Lectura: Hechos 13, 14. 43-52
Salmo: 99
Segunda Lectura: Apocalipsis 7, 9. 14b-17
Evangelio: San Juan 10, 27-30

Quienes han tenido la oportunidad de ir al campo y conocer a un pastor de ovejas, han notado que, efectivamente, el rebaño reconoce la voz de su pastor y lo sigue para donde él se dirija. En este contexto, celebramos hoy el Cuarto Domingo de Pascua, dedicado al Buen Pastor. Jesús se presenta como modelo de buen pastor, es decir, quien lo sigue no perecerá y recibirá la vida eterna.

De allí surgen dos elementos muy importantes: a) Escuchar la voz del Señor y, b) Seguirlo en la vida cotidiana y dar testimonio de Él con nuestras palabras, actitudes y acciones.

Para escuchar la voz del Señor no sólo hay que silenciar la propia voz, sino también dejar de ser tan superficiales, puesto que vemos lo aparente, de tal manera que lleguemos a ser más profundos, es decir, ver más allá de lo que se muestra y escuchar de una manera más detallada lo que nos dice Jesús en la vida diaria. En contraste a esto, causa cierta curiosidad darnos cuenta que, entre más nos acercamos los unos a otros, gracias a las redes sociales, a los medios de comunicación y a la tecnología, nos cuesta reconocernos, vernos y escucharnos. Basta colocar como ejemplo de ello la cantidad de veces que ahora debemos repetir una indicación, un favor o una simple razón, pues aunque la otra persona nos oyó, no puso atención a nuestras palabras, lo que quiere decir que no nos escuchó. En últimas, lo que nos está pidiendo el Señor con esta imagen del Buen Pastor es que afinemos nuestros sentidos, especialmente los internos, de modo que seamos capaces de escuchar desde el corazón lo que nos está diciendo Jesús.

Por otra parte, cuando la oveja escucha la voz de su pastor, lo sigue sin dudar. En nuestro caso como creyentes, nosotros seguimos a quien amamos y se realiza con convicción, tal como lo dijo San Juan Pablo II con relación a la oración, ya que es este el medio por el cual podemos escuchar al Señor, reconocerlo y comprender cuál es su Voluntad para cada uno de nosotros: “Ante todo, deben adquirir la convicción de que la oración es necesaria para su vida”. Por tanto, si he logrado escuchar la voz del Buen Pastor, puedo descubrir hacia dónde Él se dirige y, así, poder seguirlo. 

En este sentido, esta fue la experiencia de los Apóstoles, quienes lograron escuchar la voz del Señor, que los movía a anunciar el Evangelio en diferentes lugares del mundo. En el Libro de los Hechos de los Apóstoles se nos presenta a Pablo y Bernabé predicando en Perge y Antioquía y aunque fueron perseguidos, ellos no abandonaron su misión, pues habían escuchado al Señor y tenían una fuerte convicción de seguirlo en todo lugar y momento.

Quienes escuchan la voz del Señor y ponen en práctica su Palabra, se parecerán a la muchedumbre relatada en el Libro del Apocalipsis, pues serán congregados por el Cordero. Dicho de otra forma, quien escucha y sigue a Jesús, se dará cuenta que no está solo, sino que el mismo Señor lo reúne en un mismo y único cuerpo, la Iglesia, en donde se vive y se comparte la fe. 

Por lo anterior, vale la pena que nos preguntemos: ¿Puedo escuchar la voz de Jesús, el Buen Pastor, en mi vida cotidiana?

 

 

viernes, 8 de abril de 2016

Reflexión Tercer Domingo de Pascua. Ciclo C


Tercer Domingo de Pascua. Ciclo C

Lecturas:

Primera Lectura: Hechos 5, 27b-32. 40b-41
Salmo: 29
Segunda Lectura: Apocalipsis 5, 11-14
Evangelio: Juan 21, 1-14.

 Si Jesús me preguntara: ¿me amas?, ¿yo qué le respondería?

 El Evangelio de hoy nos muestra la aparición de Jesús a sus discípulos en el Lago de Tiberiades. El lago representa la inmensidad, el mundo, aquello que no conocemos y no podemos manejar. Y ante este lago se encuentran los discípulos, quienes están desolados, porque se quedaron sin su Maestro y han vuelto a su rutina de pesca, en medio de la confusión y de la desorientación en la vida.

Pedro toma la decisión de pescar, los demás lo siguen, al parecer sin mucha claridad de lo que iban a hacer, pero no consiguen nada. Se enfrentan al lago con tristeza y sin un horizonte claro. Cuando hay dificultades en la vida, a veces se toma la decisión de aventurarse, pero la rutina nos confunde y nos hace perdernos de nuestros objetivos.

A pesar de una noche sin resultados, siempre hay un nuevo amanecer. En el nuevo día, Jesús se les presenta con alimento. Cuántas veces en la vida nos ha sucedido algo similar, pues luego de un período de tiempo sin obtener buenos resultados en nuestras labores, Dios se manifiesta a través de una oportunidad, un trabajo, una persona que apoya y anima, entre otros tantos ejemplos.

Igualmente, aparte de ofrecer el desayuno, Jesús obra el milagro de una nueva pesca. Allí los discípulos lo reconocieron. En nuestra vida, Jesús no se queda en la función de regalarnos cosas, sino que nos ofrece su amor y su bondad para llenar de gozo nuestro corazón, del mismo modo como ocurrió con los discípulos, pues su vida se renovó al reconocer al Señor Resucitado.

Posteriormente, Pedro será confirmado por Jesús Resucitado a través de la triple pregunta por el amor. De la misma manera como él negó 3 veces al Señor durante la Pasión, es el Resucitado quien lo confirma en su misión y en su seguimiento con la pregunta: ¿Me amas?, que también será repetida 3 veces. Como dice San Juan de la Cruz: “Al final seremos juzgados en el amor”, y esto que le sucede tanto a Pedro como a nosotros, pues la manifestación de nuestro seguimiento de Jesús se da en la capacidad de amar que tenemos y que se expresa en la vida cotidiana.

En este estado de cosas, Pedro fue confirmado en el amor a la misión de anunciar el Evangelio y, por ello, lo encontramos en la lectura de los Hechos de los Apóstoles dando testimonio sin temor de Jesús Resucitado en medio de las autoridades judías, las mismas que habían ajusticiado al Señor. Dicha experiencia de los apóstoles nos llega a cuestionar actualmente, pues en ocasiones preferimos callar ante las problemáticas que suceden a nuestro alrededor y no damos testimonio de nuestra fe en Jesús Resucitado por miedo a la contradicción, a la burla o a la indiferencia por parte de los demás. Por esto, vale la pena considerar el final de esta lectura: “Los Apóstoles salieron del Consejo, contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”. De este modo, Pedro dio testimonio de aquella confirmación en el amor que le hizo Jesús a orillas del lago de Tiberiades.

Por consiguiente, si Jesús me preguntara: ¿me amas?, ¿yo qué le respondería?

viernes, 1 de abril de 2016

Reflexión Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia. Ciclo C


Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia. Ciclo C

¿Cómo practico la misericordia hacia mis hermanos?

Evangelio: Juan 20, 19-31.

En la fiesta de la Divina Misericordia, el Evangelio de hoy nos presenta la aparición de Jesús resucitado a los discípulos. A pesar del miedo que ellos sentían a los judíos, Jesús se presenta en medio de ellos, los anima y los convierte en misioneros. Por ello, vale la pena reflexionar sobre varios elementos que ofrece este texto.

 

En primer lugar, el texto nos dice que las puertas del lugar en donde se encontraban los discípulos estaban trancadas. Vale la pena aclarar que las puertas se trancan desde dentro, es decir, fue por voluntad propia que los discípulos cerraron las puertas y, con ellas, también lo estaban sus corazones, pues el miedo había  puesto una barrera que no les permitía ver a Dios.

 

En segundo lugar, Jesús se colocó en medio de ellos, lo que quiere decir que Él se hizo cercano, los acompañó y no marcó diferencias con ellos. Además, les regaló su paz. Lo mismo hace el Señor con nosotros, sobre todo cuando atravesamos situaciones difíciles, pues de diversas maneras nos manifiesta que Él está con nosotros e incluso, sin entenderlo, sentimos una profunda paz.

 

En tercer lugar, luego de repetir el regalo de la paz, Jesús los envía, de igual modo que Él ha sido enviado por su Padre del Cielo. Cuando una persona tiene una profunda experiencia espiritual de Dios, en la cual se siente renovada, amada y perdonada, se sentirá impulsada a anunciar aquella experiencia. Sin embargo, la experiencia de Dios se vive en comunidad, en Iglesia y no como si fuese una isla.

 

Por último, la tarea que el Señor nos propone con esta bella narración del Evangelio es reconocer su acción bondadosa en nuestras vidas y poner en práctica la misericordia que hemos recibido de Dios, pues la acción del Señor Resucitado no se queda en palabras, sino que se pone por obra a favor de quienes nos rodean: ¿Cómo practico la misericordia hacia mis hermanos?