sábado, 30 de enero de 2016

Reflexión Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

¿Vivo plenamente la vocación dada por Dios?

Lecturas:
Jeremías 1, 4-5. 17-19
Salmo 70
De la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 12, 31. 13, 13
San Lucas 4, 21-30

Cuando los estudiantes de bachillerato se encuentran en su último año, con frecuencia los colegios les ofrecen talleres de orientación profesional, en los cuales los jóvenes realizan cuestionarios sobre sus inclinaciones profesionales, junto con la visita a centros universitarios para que ellos puedan conocer las ofertas académicas de cada centro educativo. No obstante, estas herramientas no son suficientes si el joven no logra conocerse a sí mismo y toma la iniciativa de buscar aquella carrera que se pueda ajustar a sus características personales y que desde su interior pueda decir: “soy bueno para esto”. Por tanto, la vocación no puede reducirse a una elección profesional, sino a un modo de ser.  

En este contexto, la Palabra de Dios de este Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario nos presentará los rasgos más importantes de la vocación, los cuales no se pueden asociar únicamente a los sacerdotes y religiosas, sino a toda persona que, como creyente en Jesús, está llamada a iluminar su vida de acuerdo con los llamados que nos hace el Espíritu Santo en lo profundo de nuestro corazón.

De este modo, encontramos en la Lectura del Profeta Jeremías la descripción de su llamado vocacional. En éste podemos evidenciar que Dios no es un ejecutivo que designa a sus funcionarios por meritocracia, sino que su llamado es radical, con amor, desde “el seno materno”, es decir, que el Señor, en su decisión de amarnos, llamarnos y elegirnos, no cambia de la noche a la mañana. Además, Dios nos elige para una misión. En el caso de Jeremías, su misión era ser “profeta de las naciones”. En otras palabras, el profeta no es el que adivina el futuro, sino es aquella persona capaz de descubrir la acción de Dios en sí misma y en el mundo, de tal manera que pueda anunciar la Palabra de Dios y, en la mayoría de casos, denunciar aquellos actos o tendencias humanas que intentan separarse de Dios.

Precisamente, esto fue lo que le sucedió a Jesús, ya que Él fue capaz de denunciar aquellas situaciones que en su época se desviaban del camino de Dios, para encerrarse en intereses egoístas y particulares. Jesús conocía muy bien a qué había venido al mundo y cuál era la misión encomendada por su Padre del Cielo. En el Evangelio de San Lucas encontramos la continuidad de la lectura del domingo anterior y podemos sorprendernos al descubrir que detrás de la aprobación inicial de quienes lo habían escuchado en la sinagoga proclamar: “Hoy se cumple esta escritura que acaban de oír”, ahora lo cuestionaban por sus orígenes humildes. En esta reacción del pueblo judío encontramos también las reacciones de muchos de nosotros que dudamos de las capacidades de los demás.

A propósito, viene a mi memoria una anécdota sobre un joven que se hallaba en su proceso de orientación profesional. Cuando el joven decidió querer ser profesor, la persona que lo estaba orientando en el colegio le dijo en tono pesimista: “¿Profesor? ¡Qué desperdicio!”. En ocasiones, nuestras palabras y nuestros gestos expresan la desaprobación en las decisiones de otras personas, aun cuando éstas pueden ser auténticos llamados de Dios, en la medida en que pretenden servir desinteresadamente a otras personas.

La reacción de los judíos con Jesús como la del profesor en el caso anteriormente señalado tiene un elemento en común y es que el ser humano con frecuencia se deja llevar por criterios económicos o sociales en sus decisiones. La gente del pueblo de Nazaret rechazó a Jesús porque Él no realizó las mismas señales milagrosas que en otros lugares y nosotros desacreditamos a las personas por sus orígenes o porque esa profesión no es rentable o la persona no encaja en el ámbito social.

En este sentido, la vocación supera todos estos prejuicios sociales, pues obedece a un llamado de Dios para amar y servir a los demás en el lugar en que se encuentre y a través de la profesión que desempeñe, de igual modo que lo hizo Jesús. A los judíos les costó trabajo creer que el hijo del carpintero fuera el Mesías, pero ¿por qué no podía serlo? Por lo mismo, nuestro proyecto de vida debe orientarse a descubrir esa vocación a la que hemos sido llamados por Dios y desarrollarla de la mejor manera posible, aunque esto implique el desagrado o las críticas de otras personas.

En consecuencia, nosotros estamos llamados por Dios a tener las actitudes del Profeta, es decir, debemos ser capaces de ver con los ojos del corazón nuestra realidad y, en ella, descubrir la acción amorosa de Dios, anunciando su Palabra y, en algunas oportunidades, denunciando aquellas actitudes que nos alejan del Señor.

Por último, el Apóstol San Pablo nos enseña la clave para identificar si en verdad estamos siguiendo nuestra vocación: el amor. Si yo vivo con amor, todas mis acciones y palabras estarán permeadas por el amor, el cual es un regalo de Dios y, como tal, también se debe dar gratis a los demás. Cuando busco desesperadamente mi beneficio individual, la vocación a la que he sido llamado por Dios se transforma en un oficio interesado que a la larga desgastará a la persona. En cambio, si amamos a los demás de manera concreta, es decir, siendo generosos, atentos, honestos y solidarios, nuestra vocación llega a ser lo que realmente debe ser, esto es, servicio desinteresado para los demás. Por lo anterior, vale la pena que nos preguntemos: ¿Vivo plenamente la vocación dada por Dios?

domingo, 24 de enero de 2016

Reflexión Tercer Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Tercer Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Lecturas:
Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10.
Salmo 18
De la Primera Carta de San Pablo a los Corintios 12, 12-30.
San Lucas 1, 1-4. 14-21.

A lo largo de los cuatro Evangelios podemos identificar una constante, un elemento común entre las palabras y acciones de Jesús: la Misericordia, esto es, que a pesar de tanto mal y de tanta injusticia y pecado que existe en el mundo, Dios derrocha amor y bondad hacia su humanidad muy querida, lo cual fue dado a conocer en la persona de Jesús de Nazaret. En otras palabras, si queremos reconocer el amor y la bondad del Padre del Cielo, debemos acercarnos a Jesús y descubrir su manera de proceder. De igual modo, la forma de ser de Jesús nos enseña a expresar el perdón y la misericordia que hemos recibido de Dios en acciones concretas con las personas que nos rodean; estas acciones son las Obras de Misericordia.

En este Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, el Evangelio de San Lucas nos presenta la Hoja de Ruta que seguirá Jesús en su vida pública, es decir, cuáles son los criterios que orientan su manera de hablar y actuar, con la que manifiesta la Misericordia de Dios a la Humanidad. A nosotros, como creyentes, el Señor nos invita a realizar lo mismo que Él hizo, a través de la práctica de la caridad y de la misericordia, pues son regalos que hemos recibido de Dios y lo que gratis se nos ha dado, gratis lo debemos dar a los demás.

De acuerdo con lo ya dicho, podemos apreciar que, con sus predicaciones y con sus acciones milagrosas, Jesús nos invita a consolar a los tristes, a perdonar a los demás, a orar y a comprender al prójimo, a enseñar y aconsejar a las otras personas. Por eso, Jesús nos enseña que Él fue enviado a servir a los demás y a proclamar el Año de Gracia del Señor: “Le dieron el libro del profeta Isaías, y abriendo el libro, halló el lugar donde estaba escrito: el Espíritu del Señor esta sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el Evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año de Gracia del Señor.” (Lucas 4, 17-19)

De la misma manera, nosotros como bautizados estamos llamados por el Señor a proclamar su Evangelio con nuestras palabras y, sobre todo con nuestras acciones. La persona que le abre su corazón a Dios es capaz de comprender, aconsejar y orar por las otras personas, sin buscar interés o privilegios.

En este sentido, quien se deja llevar por la Misericordia de Dios orienta su camino para ayudar a las otras personas por medio de palabras, consejos y acciones concretas. Con una palabra, podemos unir personas, grupos y comunidades, así como con una palabra también podemos separar y generar división.

Si analizamos detenidamente algunos de nuestros comportamientos en la sociedad actual, con frecuencia descubrimos que nos guiamos por las opiniones que nos ofrecen los demás. Los medios de comunicación presentan diferentes sondeos de opinión para tratar diversos temas sobre política, economía, sociedad y cultura. Incluso, hay personas que toman decisiones basadas exclusivamente en opiniones o encuestas. En otras palabras, atendemos más a las voces externas que a la voz de Dios, quien actúa en el interior de nuestro corazón. Por eso, vale la pena que nos preguntemos: ¿Puedo escuchar la voz de Dios en mi corazón? ¿Me dejo guiar por Dios cuando voy a dar un consejo o una palabra de aliento a los demás?

 Por ello, en el contexto del Año Jubilar de la Misericordia, pidamos al Señor que llene nuestro corazón con su Santo Espíritu, para que podamos ofrecer una palabra de aliento e iluminar a los demás, al igual que Jesús mismo lo hizo con su predicación.

sábado, 16 de enero de 2016

Reflexión Segundo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Segundo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Lecturas:
Isaías 62, 1-5
Salmo 95
Primera Carta de San Pablo a los Corintios 12, 4-11
San Juan 2, 1-11

En la actualidad existen lugares destinados para celebrar matrimonios, los cuales poseen una capilla o espacio para la celebración del matrimonio, ya sea civil o religioso, junto con el salón para la posterior recepción. Aunque esto pueda parecernos muy natural, esta realidad encierra una nueva manera de entender el matrimonio, en la medida en que se visualiza como un servicio que se presta por parte de un club a unos clientes que desean efectuar una unión.

Este panorama se puede ampliar a diversos aspectos de la vida cotidiana, como por ejemplo la educación, la recreación, la alimentación, incluso, las vacaciones. En este sentido, se presta un servicio por los aspectos ya mencionados, puesto que una persona o una familia le pagan a otra o a una institución por un requerimiento determinado, con el fin de cumplir sus expectativas.

Quizás, en algunos casos, la vida espiritual también ha sido entendida como un servicio, ya que se espera que Dios nos conceda lo que necesitamos como si nos prestara un beneficio. Por ello, vale la pena que nos fijemos en la Palabra de Dios de este Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, pues el Señor, a través de la señal que Él realizó en las Bodas de Caná nos ofrece otra manera de ver la Salvación y, por ende, la vida espiritual. Veamos, pues, algunos rasgos:

1) "Mujer, déjame, que todavía no ha llegado mi hora": Dios tiene su tiempo para concedernos lo que pedimos, es más, Él nos otorga lo que realmente necesitamos, muchas veces sin que nosotros lo hayamos pedido. Por eso, es importante aprender a escuchar la voz de Dios en la vida cotidiana y, sobre todo, a tener paciencia, a saber esperar y comprender que Dios siempre nos acompaña y atenderá nuestra oración en su momento.

2) "Su madre dijo a los sirvientes: hagan lo que Él les diga": María es el camino para llegar a Jesús y, gracias a su intercesión maternal, el Señor escucha nuestra oración. Además, las palabras de nuestra Santísima Madre nos ayudan a comprender que la vida espiritual no se reduce a escuchar a Dios, sino a "hacer", es decir, a poner en práctica la Palabra del Señor. En consecuencia, es de vital importancia dejarnos iluminar por la Sagrada Escritura, prestando especial atención a las palabras y acciones de Jesús que se encuentran allí consignadas y ponerlas por obra con nuestros semejantes.

3) "Jesús les dijo: Llenen las tinajas de agua": Según los expertos, la cantidad de agua que recogían las tinajas aquí descrita es desproporcionada. No obstante, el propósito del Evangelio es mostrarnos que la misericordia y la bondad de Dios hacia la humanidad son inmensas, incalculables. Nosotros llenamos las tinajas de nuestras vidas con todo lo que somos, esto es, con nuestras cualidades, talentos, sueños, metas, expectativas, angustias y preocupaciones, para que el Señor transforme todo ello en maravillas, en una nueva manera de amar en el mundo. Cuando nos dejamos transformar por el Señor, los miedos se disipan, los sueños se hacen realidad y se logra ser feliz; en esto consiste la Vida Nueva que nos regala el Señor, esta es la Salvación que Él nos ofrece.

4) Dijo el mayordomo: "Tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora": Dios no nos ofrece alegrías pasajeras, como tampoco bienes aparentes, pues la acción del Señor es silenciosa, tranquila, sin mucha bulla y sus efectos permanecen  a lo largo del tiempo. Por ejemplo, cuando compartimos un rato con nuestros amigos, pensamos que lo bueno está en la celebración, la fiesta o el baile, pero eso es pasajero, mientras que lo fundamental es la amistad, la lealtad entre unos y otros y los vínculos que se tejen, de tal manera que los amigos se hacen incondicionales. Por tanto, estos vínculos, los valores que se construyen entre los seres humanos y las buenas obras que hacemos los unos por los otros son regalos de Dios y, a través de ellos, Él nos ofrece su vino nuevo y bueno que transforma nuestras vidas.

En resumen, el Señor nos invita a ver la vida con otra mirada, con sus ojos, ayudándonos a comprender que su bondad no tiene límites ni condiciones y que por medio de una vida espiritual profunda, lograremos descubrir el vino bueno que Él mismo nos regala. Así sea.

sábado, 9 de enero de 2016

Reflexión Fiesta del Bautismo del Señor. Ciclo C

Fiesta del Bautismo del Señor. Ciclo C

Lecturas:
Isaías 40, 1-5. 9-11
Salmo 103
Del Apóstol San Pablo a Tito 2, 11-14. 3, 4-7
San Lucas 3, 15-16. 21-22

En la actualidad, cuando los padres de familia preparan el bautismo de su hijo, tienen en cuenta muchas cosas, por ejemplo: el vestido que usarán tanto los papás como el niño, la persona que tomará las fotos en la ceremonia, el lugar en donde se hará una "sencilla" reunión, la comida que se ofrecerá, etc. No obstante, dichas cosas no son realmente relevantes si logramos  comprender el Sacramento del Bautismo desde los ojos de la fe, para lo cual la Fiesta del Bautismo del Señor nos puede brindar una luz muy importante.

En la narración del Bautismo de Jesús, el Evangelio según San Lucas nos muestra que en este Sacramento Dios mismo nos regala una vida a través de su Santo Espíritu y, junto con ella, una misión. En este episodio del Evangelio, podemos darnos cuenta que Juan el Bautista recibe la misión de ser precursor, es decir, preparar el camino del Señor, mientras que Jesús es confirmado por su Padre: "Tú eres mi Hijo, el amado, mi predilecto" (Lucas 3, 22).

Así las cosas, el Sacramento del Bautismo adquiere tres significados importantes, según el ejemplo de Jesús: Primero, es la puerta de entrada, la bienvenida para el niño que se bautiza a la comunidad de la Iglesia Católica. Segundo, en el Bautismo nacemos a la Vida Nueva que nos regaló Jesús con su Pasión, Muerte y Resurrección. Tercero, este sacramento implica el perdón de los pecados, especialmente, del Pecado Original.

"En un bautismo general, Jesús se bautizó" (Lucas 3, 21): Como ingreso a la Iglesia, el Bautismo nos permite hacer parte de una gran familia, una comunidad, que nosotros llamamos la Iglesia Católica. Por esta razón, ningún sacramento se puede decir que es “privado”, es decir, que es oculto, cerrado o exclusivo. Al contrario, cada sacramento, al ser celebrado por un grupo de personas, aunque sea un grupo pequeño, es un espacio de celebración comunitaria. En el caso del Bautismo, quienes asisten a la celebración de este Sacramento, especialmente los Padres y Padrinos, representan a toda la Iglesia en la bienvenida que se realiza al niño o niña a nuestra gran Familia. Por eso, Jesús Resucitado le encomendó la misión a sus discípulos de ir por todo el mundo a anunciar el Evangelio y a bautizar a la gente, con el fin de que todo el mundo participe de Su Gracia y de la Vida Nueva que nos ofrece con su Resurrección, en otras palabras, que seamos una sola Comunidad de Fe: “Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñeles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes” (Mateo 28, 19-20).

"Él os bautizará con Espíritu Santo y Fuego" (Lucas 3, 16): El Bautismo también es el nacimiento a una Vida Nueva, gracias al Misterio Pascual de Jesucristo. Nuestra vida biológica cumple un ciclo que empieza con nuestro nacimiento y que termina con la muerte. Sin embargo, gracias a la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, todos tenemos la posibilidad de una nueva vida que no concluye con la muerte, sino que se prolonga para gozar de la presencia de Dios, en la Vida Eterna, como diría el Apóstol San Pablo: “Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él”. (Romanos 6, 8).

"Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de las sandalias" (Lucas 3, 15): El Bautismo también implica el perdón de los pecados. Al nacer a una vida nueva, como ya se dijo, el bautizado rompe con el pecado, gracias a Jesucristo, pues Él es el Mesías y así lo reconoció Juan el Bautista. Al ser sumergido en el agua, la persona es limpiada del pecado por el Espíritu Santo, especialmente, del Pecado Original, el cual lo hemos heredado por nuestra condición humana y que consiste en aquella autosuficiencia que nos invade a todos los seres humanos y nos conduce a querer ser semejantes a unos dioses, tal como se representa en Adán y Eva.

Por tanto, para tomar en serio el significado del Bautismo es necesario volver a Jesús y, mediante su propio bautismo, reconocer la misión que hemos recibido todos nosotros y no es otra cosa que ser hijos de Dios por medio de Jesucristo. En consecuencia, en vez de enfocarnos en el acto social, estamos llamados a vivir como Jesús, esto es, sirviendo a los demás sin condición ni medida y a contagiar a las otras personas, especialmente los niños que son bautizados, de este amor desinteresado.


domingo, 3 de enero de 2016

Reflexión Solemnidad Epifanía del Señor

Solemnidad de la Epifanía del Señor

Lecturas:
Isaías 60, 1-6
Salmo 71
Efesios 3, 2-3a. 5-6
San Mateo 2, 1-12

Se cuenta que Arquímedes, cuando descubrió la dinámica de los fluidos, esto es, que el volumen de agua que asciende es igual al volumen del cuerpo sumergido, salió desnudo a la calle y lleno de emoción gritaba "¡Eureka, Eureka!", lo que quiere decir: "¡Lo he descubierto!". Sirva este ejemplo para ilustrar la emoción que se siente cuando se logra llegar a algo que se ha buscando con tanto ahínco e interés.

De modo similar, los Sabios de Oriente o Reyes Magos, como se les conoce popularmente, experimentaron un profundo gozo al poder llegar al pesebre y contemplar al Hijo de Dios, luego de seguir un largo camino orientados por una estrella que jamás se había visto en el firmamento.

En este sentido, la Fiesta de la Epifanía del Señor, que celebramos en el día de hoy, nos ofrece tres elementos claves para que nosotros en la actualidad podamos reconocer la manifestación de Dios en nuestras vidas, a saber: 1) Ponerse en camino, 2) Seguir la estrella y, 3) Los regalos que le ofrecemos al Señor.

Ponerse en camino: Quiere decir tener la determinación de buscar y hallar a Dios presente en nuestras vidas y en las de los demás; este es el significado de la Epifanía o Manifestación del Señor, pues Dios en su infinito amor se ha hecho presente en el mundo, a través de la Encarnación del Hijo de Dios. No obstante, la Encarnación no fue un acontecimiento sucedido hace un poco más de 2000 años, tal como se ha mencionado en reflexiones anteriores, sino que es una experiencia actual, vigente y renovadora en nosotros.

Por ello, vale la pena identificar la actitud diligente de los Reyes Magos, quienes tuvieron la determinación y se pusieron en marcha en busca de Aquel a quien señalaba la estrella. Preguntémonos acerca de cuántas veces hemos reflexionado sobre aspectos que debemos cambiar en nuestras vidas, pero no nos hemos "puesto en marcha", es decir, no nos hemos encaminado a convertirnos y cambiar nuestras vidas. Por eso es importante tener esta determinación de los Sabios para la conversión y, a la vez, dejar actuar a Dios con su profunda misericordia en nuestros corazones.

Seguir la estrella: Según el Evangelio de Mateo, los Sabios llegaron al territorio de Judea guiados por una estrella y por las palabras de los Profetas del Antiguo Testamento. A la luz de las Sagradas Escrituras, los Reyes Magos aprendieron a leer su contexto, su realidad, y desde esta perspectiva, comprendieron que Dios mismo se quería hacer presente en el mundo. Por esta razón, los Sabios siguieron la estrella, seguros que ésta era una señal de la manifestación de Dios. Para nuestras vidas es importante identificar cuáles son las señales o "estrellas" por medio de las que se manifiesta Dios en nuestras vidas.

Por lo pronto, en la sociedad actual se nos presentan algunas realidades en las que es preciso discernir y descubrir aquellas estrellas o señales con las cuales se nos manifiesta el Señor, por ejemplo: el proceso de paz en Colombia, el cuidado del Medio Ambiente y el Año Jubilar de la Misericordia. En cada una de estas situaciones, así como en muchas otras, Dios se manifiesta y, por ello, debemos estar atentos a descubrirlo.

Los regalos que le ofrecemos a Dios: Los Sabios le regalaron a Jesús oro, incienso y mirra. Dichas ofrendas representan lo mejor que el ser humano le puede regalar al Hijo de Dios. Sin embargo, más que ofrecerle bienes materiales al Señor, la invitación que nos hace la Palabra de Dios en esta Fiesta es la de colocar en las manos de Dios lo mejor de nosotros, es decir, nuestras aptitudes, cualidades y talentos; en otras palabras, darnos a nosotros mismos al servicio de los demás, ese es el mejor regalo que podemos entregarle a Jesús recién nacido. De esta manera, podemos adorar con asombro y reverencia a Jesús, quien nace en cada uno de nuestros corazones.

En últimas, la invitación que nos hace el Señor en esta Fiesta es dejarnos sorprender por la Manifestación o Epifanía de Dios en nuestras vidas y, para ello, conviene seguir el ejemplo de los Reyes Magos, quienes supieron comprender su contexto y seguir las señales que se les presentaron, para así encontrar a Jesús, quien es la Epifanía de Dios en el mundo.

sábado, 2 de enero de 2016

Reflexión Segundo Domingo después de Navidad

Segundo Domingo después de Navidad

Lecturas:
Eclesiástico 24,1-2.8-12
Salmo 147
Carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1,3-6.15-18
Evangelio según san Juan 1,1-18

Cuando inicia un nuevo año, la mayoría de personas pone de presente los proyectos o planes que se llevarán a cabo a lo largo del año, incluso, muchas de ellas los ponen por escrito, con el fin de efectuar un control de su ejecución y cumplimiento.

Sin embargo,  cuando termina el año podemos llevarnos la sorpresa de que muchos proyectos no se hacen realidad, debido a diversas circunstancias, tales como dificultades económicas, falta de apoyo por parte de algunas personas, carencia de tiempo o acumulación de compromisos, lo cual ocasiona que descartemos algunos proyectos y que, durante la marcha, tengamos que priorizar cada meta establecida al inicio del año.

Precisamente, una clave  para poder desarrollar todos nuestros proyectos de una manera eficaz y exitosa es necesario priorizar cada uno de ellos, distinguiendo los diversos aspectos de la vida: el trabajo, la familia, lo intelectual, lo afectivo, la lúdica, la cultura, lo social, la salud y, especialmente, lo espiritual, puesto que este último ámbito es el que logra articular o amarrar a los demás aspectos de la vida en la medida en que si el corazón se encuentra en paz, las decisiones y los actos que llevemos a cabo serán tomados con mesura y sensatez, mientras que si el corazón se halla confundido, cada proyecto estará inmerso en un mar de angustia y desesperación.

Por lo anterior, el criterio para poder priorizar adecuadamente nuestros proyectos es organizar nuestra casa interior, nuestro corazón, y el único que nos puede ayudar a ordenar nuestra vida interior es Jesucristo, quien "se hizo carne y habitó entre nosotros", como lo dice el Evangelista San Juan. En otras palabras, aquel que le abre su corazón a Dios y se deja habitar por Él, existirá paz en su vida y todas sus acciones y decisiones no sólo podrán ser benéficas para él sino para todos los que le rodean.

En consecuencia, nuestra primera tarea del 2016 es crear las condiciones apropiadas para que el Señor fije su morada en nosotros. En esto ha consistido las celebraciones de Adviento y Navidad que hemos vivido durante las últimas semanas, ya que si nos preparamos interiormente, podemos ver con claridad el horizonte, de tal manera que los proyectos que nos fijemos para este año que inicia serán ordenados en esta dirección. Este es el camino a la santidad, es decir, estar centrados en Jesucristo y poder manifestar su Palabra a los demás a través de nuestro propio ejemplo de vida, de acuerdo con lo que nos dice el apóstol San Pablo: "Ya que Él nos eligió, antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos e irreprochables en su presencia, por amor" (Efesios 1, 3-6).

Por lo mismo, es importante que cultivemos nuestra vida espiritual a través de la oración y de la Eucaristía, es decir, que nos dejemos alimentar por el Señor Jesús con su Palabra y con su Cuerpo. Si logramos descubrir la voz de Dios en nuestra cotidianidad, con certeza Él guiará nuestro camino, Él nos acompañará y no nos defraudará.

Se cuenta que un sacerdote, ya mayor en edad, tenía un viaje muy importante que realizar y por ello debía salir a primera hora. Sin embargo, cuando un sacerdote amigo lo fue a buscar no lo encontró en su cuarto, lo buscó en toda la casa, pero no lo halló, hasta que decidió ir a la capilla y allí vio al padre orando enfrente del sagrario. Posteriormente, cuando ambos sacerdotes iban en dirección al aeropuerto, el amigo le preguntó al padre venerable por qué gastaba tantas horas en la oración, si por su edad y autoridad moral no estaba obligado a hacerlo. El padre venerable le respondió: "Esto es un asunto de prioridades".

Por tanto, si colocamos a Jesús como nuestra prioridad,  y dejamos que habite en nuestro corazón, Él orientará los demás proyectos que emprendamos a lo largo de este 2016. Así sea.

viernes, 1 de enero de 2016

Reflexión Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Solemnidad de Santa María Madre de Dios

Lecturas:

Números 6, 22-27
Salmo 66
Gálatas 4, 4-7
San Lucas 2, 16-21

Cuando viajamos por carretera, para llegar de una manera rápida y sin complicaciones es necesario tener en cuenta las señales que se presentan a lo largo del camino, junto con los letreros e indicaciones que aparecen en las diferentes vallas. Con frecuencia, al no percatarse de dichas señales puede generar confusiones, pérdidas e incluso accidentes.

En comparación, nuestro recorrido en la fe se encuentra orientado por varias señales que nos permiten llegar a nuestro destino, que es Jesucristo. Sin lugar a dudas, la Santísima Virgen María es la señal principal que nos conduce a su Hijo Jesús, quien a su vez es el camino para llegar al Padre. Precisamente, hoy en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, reconocemos en ella tanto el medio para encontrarnos con Jesús como el regalo de ser sus hijos por la Gracia de la Encarnación.

En efecto, cuando los pastores siguieron las indicaciones del ángel, encontraron en el pesebre a José, María y Jesús; ellos lograron confirmar lo que les había dicho el ángel, pero más allá del acontecimiento que corroboró su mirada, vale la pena considerar lo que estos humildes pastores experimentaron interiormente a través de la escena del pesebre, es decir, la profunda consolación que surge en el corazón al reconocer en un pequeño e indefenso niño al Hijo de Dios (Lucas 2, 16-21). No obstante, dicha experiencia que vivieron los pastores no hubiera sido posible sin la presencia de José y María, quienes fueron elegidos por Dios para llevar a cabo la misión de ser padres de Jesús.

En tales circunstancias, María es el camino y el medio para llegar a Jesús pues gracias a ella, el Señor vino al mundo, como lo señala el Apóstol San Pablo: "Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley para rescatar a los que estaban bajo la ley" (Gálatas 4, 4-5). Gracias a la fe de María, se cumplió el tiempo de Dios, es decir, el sí de María abrió el camino para el acontecer de Dios en la Encarnación, lo cual es la enseñanza para nosotros hoy en día, sobre todo cuando nos dejamos llevar por nuestros razonamientos e impulsos y no dejamos espacio para el asombro que produce la fe, como reza la frase atribuida a San Ignacio: "Trabaja como si todo dependiera de ti y confía como si todo dependiera de Dios". María puso toda su confianza en Dios y creyó en su Palabra, razón por la cual se convirtió en camino para llegar a Él.

Por otra parte, gracias a la  encarnación de Jesús hemos recibido la gracia de ser hijos de Dios, lo que a su vez nos regala la posibilidad de tener a Maria como Madre. Por lo mismo, al acercarnos a María no lo hacemos como a alguien extraño, sino como a una Madre que intercede ante su Hijo por todos nosotros. Sin embargo, causa preocupación que en la sociedad actual encontremos dos polos opuestos que tergiversan la figura de la Santísima Virgen. Por una parte, tenemos a quienes se olvidad de su papel en la historia de Salvación y no reconocen en María a la Madre del Salvador y, por otra, tenemos a otros sectores que, consciente o inconscientemente, ubican a Nuestra Señora por encima del Señor Jesús. Ni una ni otra posición nos ayuda a contemplar a María como Madre de Dios y Madre nuestra.

En este sentido, vale la pena volver al ejemplo inicial de esta reflexión. Las señales que encontramos en la carretera nos ayudan a llegar a nuestro destino, pero en ningún momento reemplazan al destino, pues su función es señalar, ubicar y reorientar el rumbo. De igual modo, María nos indica y nos enfoca hacia nuestra meta, que es Jesucristo, lo cual también es la tarea de una Madre, especialmente cuando sus hijos viven confundidos y desorientados.

Que María, Madre de Dios y Madre nuestra, interceda por nosotros ante Dios, de tal manera que podamos caminar en la vida con unas señales claras y por un rumbo cierto hacia Jesús.