sábado, 27 de octubre de 2018

Reflexión Domingo 30 del Tiempo Ordinario. Ciclo B


DOMINGO 30 DEL TIEMPO ORDINARIO 
 


Lecturas:
Jeremías 31, 7-9.
Salmo 125
Hebreos 5, 1-6.
San Marcos 10, 46-52.

La Palabra de Dios de este Domingo nos presenta un mensaje claro: Sólo Dios puede sanar la vida de cada ser humano en todos sus aspectos y orientarlo en el caminar cotidiano, tal como se explica en el Evangelio de Marcos de hoy: "En aquel mismo instante el ciego recobró la vista, y siguió a Jesús por el camino" (Marcos 10, 52).


Ciertamente, cuando vivimos una experiencia que rompe nuestra vida y besamos el piso, como se dice coloquialmente, tenemos dos opciones: quedarnos ahí o levantarnos. Sin embargo, ¿cómo podemos reincorporarnos si nos faltan las fuerzas? Dios puede darnos la mano y ayudarnos a levantar, tal como sucedió con el pueblo de Israel y su esperanza en medio del exilio, según lo narra el Profeta Jeremías: "el Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel" (Jeremías 31, 7). En medio del desierto, de aquella aridez que va secando el sentido de la vida, surge la esperanza en el Señor, quien todo lo puede, para guiarnos por un camino nuevo, como un padre o una madre que lleva de la mano a su hijo pequeño: "los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito" (Jeremías 31, 9).


Por lo mismo, cada uno de nosotros ha experimentado aquel sentimiento de soledad, en el cual no se ve salida alguna a los problemas y pareciera que Dios se escondiese. No obstante, Dios se hace presente de la manera menos imaginada en la vida de cada uno de nosotros: una nueva oportunidad, un lugar, una persona. Por esta razón, la carta a los Hebreos explica el papel del sacerdote, haciendo énfasis en que es Dios quien llama y elige a sus discípulos: "Dios es quien llama, como en el caso de Aarón" (Hebreos 5, 4). Por tanto, todos los seres humanos y especialmente los sacerdotes estamos llamados a ser el rostro de Dios para toda la humanidad, sobre todo el que sufre, el marginado, aquel que se encuentra experimentando un desierto en su vida.
 
De este modo, el Señor sana las heridas y los sufrimientos del ser humano, es decir, se acerca a nuestra realidad y nos cura, nos libera, así como curó al ciego Bartimeo. Ante la necesidad del ciego, Jesús lo escucha, lo atiende y lo cura. Sin embargo, más allá del milagro del Señor, nos llama la atención las palabras que Jesús le dice al ciego: ¿Qué quieres que haga por ti? Y acto seguido, viene la curación de su ceguera. Además, el Señor le dice a Bartimeo: “Anda, tu fe te ha curado” (Marcos 10, 52). Con estas palabras de Jesús descubrimos dos elementos fundamentales: el autoconocimiento, que nos permite reconocer nuestras necesidades concretas y la fe, que nos abre el corazón a la acción de Dios. 
Por ello, vale la pena que revisemos nuestra vida y descubramos cuál es la necesidad profunda que queremos cambiar, ya que con frecuencia le pedimos a Dios muchas cosas, pero no realmente lo que necesitamos: ¿Qué quieres que Dios haga por ti?


sábado, 20 de octubre de 2018

Reflexión Domingo 29 del Tiempo Ordinario. Ciclo B

DOMINGO 29 DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas:
Isaías 53,10-11.
Salmo 32.
Hebreos 4,14-16.
San Marcos 10,35-45.

La Palabra de Dios de este domingo encuentra su eje central en el servicio como fuente de toda justicia que procede de Dios. Según la lógica humana, la justicia debe ser distributiva, en la cual a cada quien se le otorga lo que se merece, pero para los ojos de Dios no basta con eso, sino que la persona justa se caracteriza por la comprensión, la solidaridad y el compromiso hacia los demás, especialmente los más necesitados.

En el Evangelio de San Marcos, la perspectiva humana del reconocimiento y del afán de figurar está representada por la petición de Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, quienes aspiraban a ubicarse al lado del Señor cuando Él llegara a su Gloria. En la antigüedad, sentarse al lado de una persona poderosa significaba compartir su poder y tener prestigio ante las demás personas.

Sin embargo, la Gloria de Jesús es muy diferente a las pretensiones humanas, puesto que no se trata de poder o dominación, sino de entrega y servicio desinteresado a toda la humanidad. Por esta razón, Jesús les pregunta a Santiago y Juan si son capaces de beber el cáliz que Él ha de beber, a lo cual ellos respondieron que sí, aunque no tuvieran plena conciencia de lo que esto significaba en realidad. El cáliz que bebe Jesús ya lo expresaba el profeta Isaías en la Primera Lectura: "A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará, con lo aprendido mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos", pero su Padre no lo abandonó, sino que por su infinita bondad le concedió la Vida.

En otras palabras, el cáliz que bebe Jesús es el sufrimiento que vive en la Pasión, Muerte y Resurrección, camino para nuestra Salvación. Todo el servicio de Jesús llega a su punto culminante en la Cruz y, desde allí, Jesús nos expresa en qué consiste la justicia de Dios: en ser comprensivos y misericordiosos con quien sufre, con la persona que acude a nosotros en busca de un consejo, en ayudar a los otros a pesar que no nos lo agradezcan, sin buscar los elogios de los demás, en fin, en ser los últimos y servidores de todos, como lo enseña Jesús.

Precisamente, en los medios actuales hablar de sacrificio puede parecer una locura, ya que nos hemos acostumbrado al camino fácil que evita todo tipo de esfuerzo. No obstante, gracias a nuestra experiencia de vida, sabemos que aquello por lo que se lucha con dedicación y esmero es lo que realmente apreciamos y queremos con el corazón. Por lo mismo, el sacerdocio de Cristo que se presenta en la Carta a los Hebreos consiste en el ejercicio de la misericordia por parte del Señor, quien a la vez nos invita a todos nosotros a practicarla, pues quien ha sido amado y perdonado por Dios, inevitablemente ama y perdona a sus semejantes, gracias a la acción del Espíritu Santo.

Por tanto, pidamos al Señor nos ayude a servir sin buscar reconocimientos y, más bien, a descubrir que Jesús es el modelo de todo servicio auténtico e incondicional. Por ello, vale la pena que repitamos con San Ignacio de Loyola: "Enséñanos, Señor, a ser generosos, a servirte como mereces, a dar sin medida, a combatir sin temor a las heridas, a trabajar sin descanso, sin pedir otra recompensa que saber que hemos cumplido tu santa voluntad. Amén."

sábado, 13 de octubre de 2018

Reflexión Domingo 28 del Tiempo Ordinario. Ciclo B

28 Domingo del Tiempo Ordinario
 
Lecturas:
Sabiduría 7,7-11.
Salmo 89
Hebreos 4,12-13.
San Marcos 10,17-30.

Las Lecturas de este Domingo nos insisten en la disponibilidad que debe tener quien sigue al Señor, para lo cual se debe estar atento a la Palabra de Dios y poner en práctica la Sabiduría que procede de ella.

Por lo anterior, nos hemos acostumbrado a pensar que el seguimiento del Señor es una tarea exclusiva de los sacerdotes y religiosas. Al contrario, el Evangelio de San Marcos nos muestra que seguir a Jesús es un llamado para todo tipo de personas. En este caso, un joven rico se le acercó al Señor y le preguntó: "¿qué haré para heredar la vida eterna?" Detrás de esta pregunta existe un interés en seguir al Señor, pues sus palabras y acciones han generado algún impacto en el joven. Sin embargo, este interés tan sólo se encuentra en el nivel del deber, pues el muchacho responde afirmativamente al cumplimiento de los mandamientos, justificación que hoy en día encontramos en muchos de nosotros, pues nos conformamos con obedecer ciertos conjuntos de normas, sin dejarnos interpelar o "tocar" por la acción de Dios.

Al quedarse sólo en el nivel de la norma, el joven no dio el paso siguiente y es, precisamente, el de abandonar los apegos. Quien se aferra a personas, cargos, reconocimientos, lugares e incluso, al pasado, pierde disponibilidad para caminar en la vida. Para nuestro corazón y nuestra mente es necesario crecer en libertad, puesto que cuando nos apegamos a algo o a alguien perdemos de vista nuestras metas en la vida y dejamos de lado lo que es realmente importante, aquello que nos da paz y felicidad, es decir, la capacidad de amar sin más, libremente, ofreciendo todo lo que somos y tenemos.

Entonces, ¿cómo podemos liberarnos de nuestros apegos? Las Lecturas de hoy nos ofrecen dos pistas: la Palabra de Dios y la Sabiduría Divina. En primer lugar, la Carta a los Hebreos nos dice que "la Palabra de Dios es viva y eficaz", pues al orar y meditar pausadamente las Sagradas Escrituras descubrimos herramientas que pueden orientar nuestra vida. Por otra parte, la misma Carta a los Hebreos señala que la Palabra es "más tajante que espada de doble filo", esto es, que Dios por medio de su Palabra nos cuestiona acerca de nuestras propias acciones y actitudes, sobre todo si experimentamos algún tipo de apego.

En segundo lugar, el Libro de la Sabiduría nos señala que ante cualquier otro bien, ya sea material o espiritual, la Sabiduría está por encima. Precisamente, la Sabiduría de Dios no consiste en saber muchas cosas o en tener una alta erudición, sino en la capacidad de discernir qué es primero y qué es segundo en la vida, de tal modo que al distinguir las prioridades podamos identificar por dónde nos va guiando Dios. En ocasiones parecemos veletas sin rumbo, yendo de un lado para otro, tomando decisiones precipitadas, pues nos falta discernir más las cosas, es decir, ponerlas serenamente en oración para descubrir cuál es el camino más conveniente que debemos seguir.

Pidamos al Señor nos conceda su Sabiduría y que su Palabra ilumine nuestros pasos, para que seamos disponibles a su Voluntad.

viernes, 5 de octubre de 2018

Reflexión Domingo 27 del Tiempo Ordinario. Ciclo B

DOMINGO 27 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Marcos 10, 2-16: 

El Evangelio del día de hoy se centra en la familia. En primer lugar, Jesús responde a una pregunta maliciosa que le hicieron algunos fariseos sobre el divorcio y, en segundo lugar, el Señor invita a los discípulos que le permitan que los niños fueran a Él, pues el Reino de los cielos es de quien se hace como uno de estos pequeños. 

Con relación al tema del divorcio, Jesús nos ofrece una respuesta radical y esto lo hace para hacernos caer en la cuenta del discernimiento que debe existir en tan delicada decisión. En una sociedad que está acostumbrada a ponerle a todo "fechas de vencimiento", el matrimonio corre el peligro de convertirse en un servicio de consumo que se desecha cuando ya no nos satisface. 

Si Jesús señala que todo aquel que se divorcia comete adulterio si se vuelve a casar, lo dice con el fin de mostrarnos que los seres humanos no somos objetos entre sí para descartar, distanciar o bloquear cuando no se cumplen nuestras expectativas, sino que al casarnos nos convertimos en una sola carne con la otra persona, tal como lo diría el apóstol San Pablo (Efesios 5, 31). 

En cuanto al papel de los niños en el Reino de los cielos, no debemos olvidar que ellos son la alegría de la familia. Cuando los hogares caen en la rutina del trabajo y de las obligaciones, siempre la sonrisa y la inocencia de los niños nos hace caer en la cuenta de que todo nuestro esfuerzo en el hogar tiene un sentido y un futuro, puesto que ellos en el día de mañana continuarán con nuestra labor. Por tanto, si seguimos su ejemplo de inocencia y sencillez, el Reino de amor, justicia y paz que proclamó Jesús se hará realidad en nuestras vidas. 

Por tanto, estamos llamados por el Señor a vivir la unidad que el Espíritu Santo nos regala en todo momento de nuestras vidas y con todas las personas que nos rodean. La persona que posee una actitud de discernimiento en su vida buscará la unión con los demás y, a la vez, se distinguirá por la alegría y la sencillez con que anima a la comunidad. Pregúntate: ¿Cuáles son tus actitudes en tu relación con los demás?