DOMINGO 30 DEL TIEMPO ORDINARIO
Lecturas:
Jeremías 31, 7-9.
Salmo 125
Hebreos 5, 1-6.
San Marcos 10, 46-52.
La Palabra de Dios de este Domingo nos presenta un mensaje claro: Sólo Dios puede sanar la vida de cada ser humano en todos sus aspectos y orientarlo en el caminar cotidiano, tal como se explica en el Evangelio de Marcos de hoy: "En aquel mismo instante el ciego recobró la vista, y siguió a Jesús por el camino" (Marcos 10, 52).
Ciertamente, cuando vivimos una experiencia que rompe nuestra vida y besamos el piso, como se dice coloquialmente, tenemos dos opciones: quedarnos ahí o levantarnos. Sin embargo, ¿cómo podemos reincorporarnos si nos faltan las fuerzas? Dios puede darnos la mano y ayudarnos a levantar, tal como sucedió con el pueblo de Israel y su esperanza en medio del exilio, según lo narra el Profeta Jeremías: "el Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel" (Jeremías 31, 7). En medio del desierto, de aquella aridez que va secando el sentido de la vida, surge la esperanza en el Señor, quien todo lo puede, para guiarnos por un camino nuevo, como un padre o una madre que lleva de la mano a su hijo pequeño: "los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito" (Jeremías 31, 9).
Por lo mismo, cada uno de nosotros ha experimentado aquel sentimiento de soledad, en el cual no se ve salida alguna a los problemas y pareciera que Dios se escondiese. No obstante, Dios se hace presente de la manera menos imaginada en la vida de cada uno de nosotros: una nueva oportunidad, un lugar, una persona. Por esta razón, la carta a los Hebreos explica el papel del sacerdote, haciendo énfasis en que es Dios quien llama y elige a sus discípulos: "Dios es quien llama, como en el caso de Aarón" (Hebreos 5, 4). Por tanto, todos los seres humanos y especialmente los sacerdotes estamos llamados a ser el rostro de Dios para toda la humanidad, sobre todo el que sufre, el marginado, aquel que se encuentra experimentando un desierto en su vida.
La Palabra de Dios de este Domingo nos presenta un mensaje claro: Sólo Dios puede sanar la vida de cada ser humano en todos sus aspectos y orientarlo en el caminar cotidiano, tal como se explica en el Evangelio de Marcos de hoy: "En aquel mismo instante el ciego recobró la vista, y siguió a Jesús por el camino" (Marcos 10, 52).
Ciertamente, cuando vivimos una experiencia que rompe nuestra vida y besamos el piso, como se dice coloquialmente, tenemos dos opciones: quedarnos ahí o levantarnos. Sin embargo, ¿cómo podemos reincorporarnos si nos faltan las fuerzas? Dios puede darnos la mano y ayudarnos a levantar, tal como sucedió con el pueblo de Israel y su esperanza en medio del exilio, según lo narra el Profeta Jeremías: "el Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel" (Jeremías 31, 7). En medio del desierto, de aquella aridez que va secando el sentido de la vida, surge la esperanza en el Señor, quien todo lo puede, para guiarnos por un camino nuevo, como un padre o una madre que lleva de la mano a su hijo pequeño: "los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito" (Jeremías 31, 9).
Por lo mismo, cada uno de nosotros ha experimentado aquel sentimiento de soledad, en el cual no se ve salida alguna a los problemas y pareciera que Dios se escondiese. No obstante, Dios se hace presente de la manera menos imaginada en la vida de cada uno de nosotros: una nueva oportunidad, un lugar, una persona. Por esta razón, la carta a los Hebreos explica el papel del sacerdote, haciendo énfasis en que es Dios quien llama y elige a sus discípulos: "Dios es quien llama, como en el caso de Aarón" (Hebreos 5, 4). Por tanto, todos los seres humanos y especialmente los sacerdotes estamos llamados a ser el rostro de Dios para toda la humanidad, sobre todo el que sufre, el marginado, aquel que se encuentra experimentando un desierto en su vida.
De este modo, el Señor sana las heridas y los sufrimientos del ser humano, es decir, se acerca a nuestra realidad y nos cura, nos libera, así como curó al ciego Bartimeo. Ante la necesidad del ciego, Jesús lo escucha, lo atiende y lo cura. Sin embargo, más allá del milagro del Señor, nos llama la atención las palabras que Jesús le dice al ciego: ¿Qué quieres que haga por ti? Y acto seguido, viene la curación de su ceguera. Además, el Señor le dice a Bartimeo: “Anda, tu fe te ha curado” (Marcos 10, 52). Con estas palabras de Jesús descubrimos dos elementos fundamentales: el autoconocimiento, que nos permite reconocer nuestras necesidades concretas y la fe, que nos abre el corazón a la acción de Dios.
Por ello, vale la pena que revisemos nuestra vida y descubramos cuál es la necesidad profunda que queremos cambiar, ya que con frecuencia le pedimos a Dios muchas cosas, pero no realmente lo que necesitamos: ¿Qué quieres que Dios haga por ti?
Por ello, vale la pena que revisemos nuestra vida y descubramos cuál es la necesidad profunda que queremos cambiar, ya que con frecuencia le pedimos a Dios muchas cosas, pero no realmente lo que necesitamos: ¿Qué quieres que Dios haga por ti?