Domingo 18 de junio de 2017
Solemnidad de Corpus Christi
Evangelio: san Juan 6,51-58
Una de las problemáticas más acuciantes en el mundo de hoy es la extrema pobreza que experimentan millones de personas y que se refleja, entre otros elementos, en la carencia del sustento diario. Hace falta pan en muchas familias; hombres, mujeres y niños mueren de hambre. Y esto no es una figura literaria, es una realidad palpable en todos los rincones del planeta.
Ante esta situación, los gobiernos de muchos países han generado estrategias para responder a la crisis social generada por la pobreza y, de este modo, mejorar la calidad de vida. Sin embargo, todos estos esfuerzos pueden resultar insuficientes si no se busca reconstruir a la persona de modo integral, es decir, es necesario responder a cada uno de los aspectos de la vida humana con el fin de lograr una solución a las problemáticas que aquejan a millones de personas que no tienen qué comer.
Por lo mismo, la solución integral a la problemática social de la pobreza y del hambre corporal debe incluir, como aspecto fundamental, sacir la sed y el hambre espiritual que alberga nuestro corazón. Si logramos satisfacer nuestras necesidades corporales, pero nuestro corazón está vacío, ciertamente la dimensión de sentido de nuestra existencia estará incompleto. Desde esta perspectiva, Jesucristo es el único alimento que puede saciar de manera integral el hambre del ser humano. Eso es lo que celebramos hoy en la solemnidad de Corpus Christi, pues reconocemos en el Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor el alimento inagotable e imperecedero que nos puede saciar vitalmente.
En el Evangelio de hoy, Jesús se presenta ante el pueblo como el pan vivo bajado del cielo, pero la gente no logra comprender sus palabras, pues el pueblo judío, así como nosotros en muchas ocasiones, se basaba sólo en lo que es evidente y que se puede constatar a través de los sentidos. El Señor hacía referencia a un alimento más profundo, que llena la existencia: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Por lo anterior, en esta fiesta nos sentimos llamados a dejarnos alimentar por el Señor a través de su Palabra y de su Cuerpo, en la Eucaristía. Sea también la oportunidad para que reflexionemos sobre la manera como servimos a los demás, pues el fruto de la Eucaristía es el encuentro generoso con los demás, esto es, salir de nuestro individualismo y buscar el bien de nuestros hermanos, especialmente quienes se encuentran más necesitados.
De acuerdo con lo ya dicho, nos podemos preguntar:
• ¿Qué tan constante soy en la meditación de la Palabra de Dios?
• ¿Celebro con frecuencia la Eucaristía?
• ¿Me entrego con generosidad al servicio de mis hermanos más frágiles y necesitados?