viernes, 16 de junio de 2017

Reflexión Domingo de Corpus Christi. Ciclo A

Domingo 18 de junio de 2017
Solemnidad de Corpus Christi
Evangelio: san Juan 6,51-58

Una de las problemáticas más acuciantes en el mundo de hoy es la extrema pobreza que experimentan millones de personas y que se refleja, entre otros elementos, en la carencia del sustento diario. Hace falta pan en muchas familias; hombres, mujeres y niños mueren de hambre. Y esto no es una figura literaria, es una realidad palpable en todos los rincones del planeta.

Ante esta situación, los gobiernos de muchos países han generado estrategias para responder a la crisis social generada por la pobreza y, de este modo, mejorar la calidad de vida. Sin embargo, todos estos esfuerzos pueden resultar insuficientes si no se busca reconstruir a la persona de modo integral, es decir, es necesario responder a cada uno de los aspectos de la vida humana con el fin de lograr una solución a las problemáticas que aquejan a millones de personas que no tienen qué comer.

Por lo mismo, la solución integral a la problemática social de la pobreza y del hambre corporal debe incluir, como aspecto fundamental, sacir la sed y el hambre espiritual que alberga nuestro corazón. Si logramos satisfacer nuestras necesidades corporales, pero nuestro corazón está vacío, ciertamente la dimensión de sentido de nuestra existencia estará incompleto. Desde esta perspectiva, Jesucristo es el único alimento que puede saciar de manera integral el hambre del ser humano. Eso es lo que celebramos hoy en la solemnidad de Corpus Christi, pues reconocemos en el Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor el alimento inagotable  e imperecedero que nos puede saciar vitalmente.

En el Evangelio de hoy, Jesús se presenta ante el pueblo como el pan vivo bajado del cielo, pero la gente no logra comprender sus palabras, pues el pueblo judío, así como nosotros en muchas ocasiones, se basaba sólo en lo que es evidente y que se puede constatar a través de los sentidos. El Señor hacía referencia a un alimento más profundo, que llena la existencia: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Por lo anterior, en esta fiesta nos sentimos llamados a dejarnos alimentar por el Señor a través de su Palabra y de su Cuerpo, en la Eucaristía. Sea también la oportunidad para que reflexionemos sobre la manera como servimos a los demás, pues el fruto de la Eucaristía es el encuentro generoso con los demás, esto es, salir de nuestro individualismo y buscar el bien de nuestros hermanos, especialmente quienes se encuentran más necesitados. 

De acuerdo con lo ya dicho, nos podemos preguntar:

• ¿Qué tan constante soy en la meditación de la Palabra de Dios?
• ¿Celebro con frecuencia la Eucaristía?
• ¿Me entrego con generosidad al servicio de mis hermanos más frágiles y necesitados?

viernes, 9 de junio de 2017

Reflexión Domingo de la Santísima Trinidad. Ciclo A

COMUNIDAD DE AMOR

Domingo 11 de junio de 2017
Evangelio: San Juan 3,16-18
Solemnidad de la Santísima Trinidad
 
Celebramos hoy como Iglesia la fiesta de la Santísima Trinidad. Sin embargo, la invitación del Señor no está dirigida a que nosotros entendamos de manera racional qué es la Santísima Trinidad, sino que reconozcamos cómo actúa Dios, que es Uno y Trino, en nuestras vidas. En este sentido, dice el Evangelio de hoy: "Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él tenga vida eterna y nadie perezca" (San Juan 3, 16), es decir, nos corresponde a nosotros como creyentes reconocer el amor de Dios presente en nuestras vidas.

En consecuencia, quien se toma en serio la tarea de descubrir a Dios presente en su vida y se pone a degustar cada experiencia vivida, descubrirá tres "sabores" que son propios de Dios: un primer "sabor" corresponde a las maravillas de la creación, esto es, sentir un gusto por la vida y un agradecimiento por tanto bien recibido: familia, vivienda, alimentación, trabajo, estudios, amigos, etc.; esta es la acción del Padre, que no cesa de regalarnos vida en abundancia.

Un segundo "sabor" lo encontramos en la Palabra de Dios. Cuando meditamos la Sagrada Escritura, ya sea en la oración o en la Eucaristía, descubrimos que la Palabra se "hizo carne y habitó entre nosotros" (Juan 1, 14). Y gracias al nacimiento, la vida, la muerte y Resurrección de Jesús, nosotros hemos recibido la Salvación, la Vida Nueva prometida por Dios; esta es la acción del Hijo.

Por último, el tercer "sabor" responde a ese deseo por servir a los demás y construir comunidad cristiana en nuestra familia, en el trabajo, en el barrio, en todo lugar en donde nos encontremos. No es quedarnos con los brazos cruzados, es salir a servir sin condiciones; esta es la acción del Espíritu Santo.

En resumen, estos tres "sabores" le ofrecen sentido a nuestra vida, pues son tres maneras de amar en un solo Dios y con ello, la Trinidad nos enseña a salir de nosotros mismos y a no quedarnos encerrados en nuestros propios intereses egoístas. Por tanto, la pregunta que nos debemos hacer en esta Fiesta es: ¿Cómo respondemos ante tanto amor que hemos recibido de parte de Dios?

viernes, 2 de junio de 2017

Reflexión Domingo de Pentecostés. Ciclo A


Domingo 4 de junio de 2017
Evangelio: San Juan 20, 19-23
Domingo de Pentecostés
 
Celebramos como Iglesia la solemnidad de Pentecostés, que es la fiesta del Espíritu Santo. Ahora bien, ¿cómo podemos reconocer la acción del Espíritu Santo en nosotros? El Evangelio según San Juan nos ofrece la clave para experimentar la acción del Espíritu Santo en nosotros: "Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos" (Juan 20,23).

De este fragmento se desprenden tres palabras claves: recibir, perdonar y retener. En primer lugar, se recibe lo que se aprecia, lo que nos causa agrado y gusto. En segundo lugar, se perdona aquello que se ha logrado sanar, mirando al otro como a un hijo de Dios, igual a mí, con cualidades y defectos. En tercer lugar, se retiene lo aún queda pendiente por curar o perdonar, por lo que con frecuencia nuestro corazón se llena de molestia, dolor y rechazo hacia algo o alguien, de tal modo que el Señor nos invita a perdonar con sinceridad, sin guardar resentimientos. De esta manera, podemos experimentar la acción del Espíritu, que inflama nuestros corazones y nos une en una sola comunidad de discípulos y misioneros de Jesucristo: la Iglesia.

Por tanto, la comunión entre los hermanos es el sello distintivo de la acción del Espíritu Santo en medio de la comunidad. Con lo que ya se ha dicho, las actitudes de perdón, reconciliación y fraternidad contribuyen a construir un ambiente de comunión entre todos los que nos rodean.

En este sentido, también el apóstol San Pablo nos invita a vivir unidos como comunidad: "Todos nosotros hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo" (1 Corintios 12, 13). En medio de la diversidad de la humanidad, es el Espíritu Santo quien nos ofrece una unión duradera y consistente, sin buscar interés particular alguno, tal como lo indica el Papa Francisco: "El Espíritu Santo es el que mueve a la Iglesia, el que trabaja en la Iglesia, en nuestros corazones. El que hace que todo cristiano sea una persona distinta de la otra, pero de todos juntos hace la unidad. El que lleva adelante, abre de par en par las puertas y te envía a dar testimonio de Jesús." (Homilía en la Residencia de Santa Marta, 9 de mayo de 2016).

Por ello, pregúntate: ¿Me dejo llevar por el Espíritu Santo y busco la unión en mi familia y con quienes me rodean?