sábado, 27 de agosto de 2016

Reflexión XXII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

XXII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C:
 
Y tú, ¿Qué buscas con tus acciones cotidianas?
 
Lecturas:
Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29
Salmo 67
Hebreos 12, 18-19. 22-24a
San Lucas 14, 1. 7-14
 
Cuenta la historia que en cierta ocasión, se hallaban reunidos en un monasterio algunos de los ancianos, entre ellos el Abad Juan.  Mientras estaban cenando, un ancianísimo sacerdote se levantó e intentó servirles. Pero nadie, a excepción del Abad Juan, quiso aceptar de él ni siquiera un vaso de agua.  A los otros les extrañó bastante la actitud de Juan, y más tarde le dijeron: “¿Cómo es que te has considerado digno de aceptar ser servido por ese santo varón?”.  Y él respondió: “Bueno, verán, cuando yo ofrezco a la gente un trago de agua, me siento dichoso si aceptan. ¿Acaso me consideran capaz de entristecer a ese anciano privándole del gozo de darme algo?”.
 
En esta historia encontramos dos virtudes que se hallan íntimamente relacionadas: la humildad y el servicio. Es más, a través del servicio desinteresado podemos descubrir la humildad de una persona. En este caso, qué mejor ejemplo de humildad nos da la historia que el servicio del monje más viejo a sus hermanos de convento.
 
En esta misma línea, la Palabra de Dios de este XXII Domingo del Tiempo Ordinario se centrará en el tema de la humildad. En el Antiguo Testamento, la humildad se demuestra en las acciones cotidianas, tal como lo señala el Libro del Eclesiástico: "Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso". En este sentido, la humildad se presenta como hacerse pequeño en las grandezas humanas, es decir, no aferrarse a lo que se busca con desesperación: poder, títulos, cargos, dinero, fama. Quien se libera de este tipo de modelos que insisten en tener y poseer puede descubrir la acción misericordiosa de Dios en su vida, ya que el Señor causa un efecto contrario a quien persigue su propia grandeza, esto es, en vez de excluir o acabar con la otra persona, la incluye, la dignifica, la construye.
 
Así como ocurrió con el monje del cuento inicial de esta reflexión, el servicio que no busca los aplausos sino la comodidad y la buena atención de los demás, así sea con un vaso de agua, dignifica al otro, lo que permite reconocer en quien está enfrente como una persona que merece lo mejor. En consecuencia, cuando salimos de nosotros mismos para servir a los demás, también nos encontramos con Dios, como se dice metafóricamente en la Carta a los Hebreos: "Vosotros os habéis acercado al monte Sión, (...) a la congregación de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús".
 
De igual modo, la humildad será el punto sobre el cual insistirá Jesús en esta parte del Evangelio según San Lucas. En dicha parte, Jesús es invitado por un jefe de los fariseos a comer en su casa y, al ver que los invitados buscaban los puestos de honor, pronunció una parábola con la cual enseñaba la importancia de buscar los últimos lugares. Previamente, Jesús había sanado a un enfermo en sábado, delante de unos fariseos, revelando su opción de vida por los más pobres, enfermos y necesitados. Posteriormente, a través de la parábola critica la actitud de quienes buscan con afán el reconocimiento público, la fama y el honor.
 
Al contrario de la lógica humana de "escalar puestos" sin importar la situación de los demás, la acción salvadora de Jesús se centra en la humildad y en la generosidad, es decir, en salir de sí mismo y darse por completo a los demás, sin buscar intereses particulares. Esta es una tarea de todos que se hace cada día, paso a paso, en silencio. Por ello, en este Año Jubilar de la Misericordia bien valdría la pena que hiciéramos una obra de caridad desde el anonimato, con humildad y generosidad, a ejemplo de Jesús.
 
Y tú, ¿Qué buscas con tus acciones cotidianas?

sábado, 20 de agosto de 2016

Reflexión XXI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

XXI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C
 
Y tú, ¿por cuál puerta decidiste ingresar? 
 
Lecturas:
Isaías 66, 18-21
Salmo 116
Hebreos 12, 5-7. 11-13
San Lucas 13, 22-30
 
En la cultura actual, parece que hablar de esfuerzo y sacrificio puede sonar a anticuado y pasado de moda. De hecho, estas palabras se han convertido en tabúes, frente a la mentalidad que nos conduce a la prosperidad y al confort. No obstante, no se trata aquí de menospreciar la búsqueda de aquellos elementos que nos propicien una vida digna. El problema sucede cuando queremos tener una vida cómoda sin trabajar, dependiendo del trabajo de otros, porque no queremos esforzarnos o, lo que podría ser más preocupante, porque hemos optado por el camino de la mediocridad.
 
En este contexto, así como en una ocasión anterior, Jesús se vale de una pregunta de alguien que se encuentra entre la multitud para realizar una catequesis, en este caso, sobre la salvación. Si bien Dios quiere que todos los seres humanos se salven, es necesario de nuestra parte esforzarnos para alcanzar tal fin, como dice el refrán popular: "A Dios rogando y con el mazo dando". En este sentido, la Palabra de Dios nos invita a salir de nuestro egoísmo, soltar nuestros apegos y buscar amar a Dios a través del servicio a los demás. Esto significa ingresar por la puerta estrecha, tal como lo dice Jesús,  ya que cuando buscamos ingresar por una puerta de estas características, tal como nos ocurre al tratar de subirnos a un bus, tenemos dos opciones: o nos estrellamos y apretamos con todos por querer entrar al mismo tiempo, o nos organizamos y cedemos el turno para que ingrese uno a uno.
 
Por tanto, entrar por la puerta estrecha implica dar testimonio de lo que somos y de aquello que hemos aprendido. Así como cuando una persona deja subir a otras en un bus y notamos que es una persona educada, en nuestra vida cotidiana también mostramos lo que vivimos interiormente.  Esta coherencia es lo que anuncia el Profeta Isaías, pues quien ingresa por la puerta estrecha es generoso y mueve a los otros a que también entren por ella: "Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua".
 
Sin embargo, la salvación requiere esfuerzo, junto con la capacidad para sobrellevar las situaciones que se nos presenten a diario, tal como aparece en la Carta a los Hebreos: "Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, en vez de retorcerse, se curará".
 
Por lo anterior, cabe preguntarnos si es el amor a Dios y el servicio a los hermanos aquello que nos mueve a esforzarnos en la vida o, por el contrario, sólo vivimos y trabajamos en función de nuestro propio interés egoísta. Si optamos por la puerta estrecha,  seguramente creceremos como sociedad justa, equitativa y que convive en paz; si escogemos la puerta ancha, seguiremos la senda de la intolerancia, de la violencia y buscaremos subirnos al bus en medio de apretones, como suele ocurrir en nuestra cotidianidad. Y tú, ¿por cuál puerta decidiste ingresar? 

sábado, 13 de agosto de 2016

Reflexión XX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

XX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

¿Cómo doy testimonio de mi fe en Dios?

Lecturas:
Jeremías 38, 4-6. 8-10
Salmo 39
Hebreos 12, 1-4
San Lucas 12, 49-53

Una de las situaciones que deben superar varias personas es el pánico escénico de hablar en público. Con frecuencia, hay personas que se llenan de angustia al presentarse ante un público determinado, razón por la cual se les olvida lo que van a decir, mientras que otras personas experimentan algunas manifestaciones externas de su nerviosismo, tales como el sudor en las manos, el enrojecimiento del rostro, el temblor de las piernas o la voz entrecortada, entre otras.

Sin embargo, también existen personas que sienten miedo para hablar en público porque consideran que el contenido de su mensaje no vale la pena o es poco profundo, debido a que suponen la presencia de personas más talentosas dentro del público, quienes van a debatir sus argumentos y los pondrán en ridículo. Por estas y otras tantas razones, hay personas que no dan a conocer sus pensamientos o sus creencias, tratándose de ocultar entre la multitud.

Este no es el caso de los profetas. Precisamente, la Palabra de Dios de este domingo nos enseña que el Profeta escogido y enviado por Dios no teme anunciar el mensaje del Señor, aunque éste no sea aceptado por quienes lo escuchan. Es evidente que puede haber nerviosismo, hasta el punto que la persona sienta un temblor en todo su cuerpo, pero es la gracia de Dios la que le permite al Profeta cumplir con su misión de anunciar la Palabra de Dios a la humanidad.

Por ejemplo, el Profeta Jeremías anunció la inminente caída de Jerusalén a manos del rey de Babilonia, debido al poderío de este Imperio y a que el pueblo de Israel se había alejado de Dios. Este mensaje no gustó al rey y a los notables de Israel, quienes pusieron en tela de juicio el origen de las profecías de Jeremías, incluso, surgieron otras personas denominadas "profetas" que ilusionaron al pueblo anunciando un futuro mejor para el pueblo. Por ello, el profeta debe tener la capacidad de observar y comprender la realidad, de tal manera que pueda descubrir en ella la acción de Dios. Por lo mismo, Jeremías invitó al pueblo de Israel a la conversión, pero su pueblo se hizo sordo y lo quiso ocultar, apresándolo en una cisterna o aljibe bajo tierra. Quizás a nosotros nos ha sucedido algo similar cuando la realidad se nos presenta con dureza, que tratamos de huir o, lo que puede ser peor, queremos ocultarla.

Algo similar le ocurrió al Señor Jesús, quien vino a traer la paz, pero su propio pueblo dudó de Él y no lo reconoció como el Salvador del mundo. Por esta razón, Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: "¿pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división". Nos puede parecer contradictoria esta afirmación de Jesús, si tenemos en cuenta otras predicaciones suyas en las que nos ofrece su paz y amor. No obstante, Jesús aquí nos quiere enseñar que la paz de Dios es diferente a la paz que espera y ofrece el mundo, porque no consiste en una simple tranquilidad para unos pocos, a costa del sacrificio de muchos; la paz de Dios no conduce al confort egoísta de algunos, mientras otros sufren. Y por eso, cuando esos pocos se sienten amenazados en su estabilidad y en sus propios intereses, reaccionan en contra del mensaje profético de Jesúsy surge la división. Dicho en palabras coloquiales, la Palabra de Dios sacude al ser humano, cuando él se encuentra indiferente ante la realidad, cuando la persona es tibia y cómoda y prefiere encerrarse en una esfera de comodidad, a pesar de que a su alrededor el mundo se esté destruyendo.

Por lo anterior, el profeta debe ser valiente y despojarse de aquello que lo ata, es decir, del pecado y de la búsqueda egoísta del propio interés, tal como lo muestra la Carta a los Hebreos. Por ende, para ser Profeta hay que soltar aquello que esclaviza y dar testimonio de la acción liberadora de Dios en la vida cotidiana, tanto de palabra como de obra, ya que por el Bautismo, todos los creyentes estamos llamados por Dios a ser profetas, esto es, que nuestro corazón arda de amor a Dios. Y tú, ¿cómo das testimonio de tu fe en Dios?




viernes, 5 de agosto de 2016

Reflexión XIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C

 

¿Qué tan dispuesto tengo el corazón para encontrarme con el Señor?

 

LECTURAS:

SABIDURÍA 18, 6-9

SALMO 32

HEBREOS 11, 1-2. 8-19

SAN LUCAS 12, 32-48

 

De pequeño, una de las tareas domésticas que me exigía mayor atención era cuidar la leche mientras hervía. No pocas veces, ante cualquier despiste de mi parte, la leche hervía y el reguero aparecía en la estufa. La particularidad de la leche, a diferencia de otros líquidos, era que no era muy notoria la manera cómo iba calentándose y de un momento a otro ascendía la espuma.

 

De manera similar, Jesús nos llama a estar alertas frente a su venida. No se trata de historias apocalípticas del fin del mundo, sino de la actitud constante que debe tener todo creyente con relación a su vida, puesto que si relajamos el espíritu y el corazón, seguramente el mal espíritu empezará a actuar. En este sentido, el Evangelio de hoy nos muestra dos elementos importantes para nuestra vida cristiana: ofrecer limosnas a los necesitados y estar preparados para cuando vuelva el Señor.

 

Con relación a las limosnas, la invitación del Señor es ser libres ante los bienes materiales. Por supuesto, en las circunstancias actuales debemos buscar y asegurar aquellos bienes que nos garanticen lo básico para sobrevivir. Sin embargo, allí no es donde debemos tener nuestro corazón, es decir, no debemos poner toda nuestra confianza y felicidad sobre aquello que es pasajero.

 

En cuanto a la preparación a la venida del Señor, esta debe ser una actitud cotidiana, que se logra a través de un corazón dispuesto al encuentro con el Señor. Por lo mismo, disponer el corazón implica oración, discernimiento y una continua relación con el Señor.

 

En otras palabras, quien es libre ante las cosas y las personas, puede preparar de manera adecuada su corazón para encontrarse con el Señor, porque Dios se hace presente en la brisa suave (1 Reyes 19, 12-13), es decir, en lo sencillo, en lo humilde, en últimas, en quien tiene un corazón transparente.

 

En conclusión, vale la pena que cada uno se pregunte: ¿Qué tan dispuesto tengo el corazón para encontrarme con el Señor?