viernes, 1 de septiembre de 2017

Reflexión Domingo 22 Tiempo Ordinario. Ciclo A

Domingo 3 de septiembre de 2017
Evangelio: Mateo 16,21-27

En la actualidad se han difundido los discursos que buscan reclamar la aplicación los derechos humanos, no sólo a nivel político, sino en nuestra vida cotidiana, pues hasta en la familia unos y otros exigimos nuestros derechos, incluso en situaciones sencillas, por ejemplo, cuando el hijo le exige a su padre que no ingrese a su habitación porque invade su espacio vital.

Sin embargo, este tipo de reclamos y pretensiones dejan de lado otro elemento que es fundamental para nuestra convivencia en sociedad: el deber. Es válido exigir la aplicación de los derechos, pero éstos se deben comprender desde el complemento que ofrecen los deberes, pues todos tenemos derechos, en la medida en que para Dios y para la ley humana existe un principio de igualdad, pero los derechos de cada persona terminan cuando empiezan los derechos de los demás. En otras palabras, los derechos de los demás son mis deberes.

A través del Evangelio de hoy, en el cual Jesús realiza el primer anuncio de la pasión, el Señor nos enseña el valor de la responsabilidad, pues en sus recorridos por pueblos y ciudades en donde predica el Reino de Dios, el Señor llama a muchas personas a seguirlo, pero es claro en su invitación y desde el inicio les presenta la consecuencia del seguimiento: la cruz. Este es un ejercicio de responsabilidad, mediante el cual vemos que Jesús lleva a cabo la misión de salvar a la humanidad, encomendada por el Padre.
 
La actitud opuesta a la de Jesús se manifiesta por medio de Pedro, quien intenta impedir que el Señor realice su misión redentora. Pedro se deja llevar por el impulso humano que tiende hacia lo limitado, lo individual, esto es, la vía de la comodidad y del camino fácil, que busca grandes resultados con el mínimo de esfuerzo. Lamentablemente, estos son los criterios del mundo que se resiste a quien anuncia el Evangelio, ya que lo cuestiona y lo excluye. Por esta razón, el Señor entrega su vida, no porque sea el deseo del Padre celestial, sino por el pecado social que inclina al ser humano a la indiferencia y al egoísmo, sin pensar en las consecuencias de sus actos.

Por el contrario, cuando somos responsables, estamos siendo fieles a los deberes encomendados y, de tal modo, vivimos de una manera coherente el seguimiento del Señor, pues para llegar a la resurrección con Él, debemos pasar primero por la pasión y la cruz.

Esta actitud de responsabilidad se asemeja al encargado de cuidar las alcantarillas en una ciudad, quien vigilaba el comportamiento de las personas en sus casas y de controlar si reciclaban y de observar qué hacían, por ejemplo, con los líquidos contaminantes. Un día, el guardián llegó a una casa en donde la familia no hacía reciclaje. Allí, el guardián les explicó que con un solo litro de aceite se podían contaminar hasta 1.000 litros de agua y los llevó a un río, donde les enseñó que muchísimos peces morían al no poder respirar en un agua tan sucia. De este ejemplo, la familia recapacitó y empezó a reciclar.

Por tanto, al ser responsables con nuestros deberes hacemos vida el llamado del Señor a seguirlo, pues la responsabilidad nos conduce a ser coherentes entre lo que decimos y hacemos y esto muchas veces trae consigo la cruz, pues quien cumple fielmente sus deberes es criticado o cuestionado por quienes siguen el camino fácil, que es el del individualismo, el de reclamar exclusivamente los derechos, sin asumir los deberes. Y tú, ¿qué actitud estás asumiendo en tu vida?   

viernes, 11 de agosto de 2017

Reflexión Domingo 19 Tiempo Ordinario. Ciclo A


Domingo 13 de agosto de 2017
Domingo XIX Tiempo Ordinario. Ciclo A
Evangelio: san Mateo (14,22-36)

Se puede considerar que la oscuridad es uno de los miedos más generalizados en los niños, razón por la cual es necesario enseñarles a manejar aquello que no conocen y que, quizás, los puede superar. De hecho, la vida se convierte en un camino en el cual poco a poco vamos venciendo nuestros temores.

En la Biblia, la noche, el mar y la oscuridad también encierran los miedos que sienten los seres humanos, tanto a lo que desconocen y no pueden controlar como al mal que acecha a la persona. En este contexto, los discípulos estaban en la barca, a la deriva y ésta era sacudida por las olas. Así es también la vida, pues en muchas ocasiones sentimos que vamos sin rumbo, sacudidos por las adversidades y, al igual que los discípulos, sin el Señor.

No obstante, aparte del miedo que les produjo a los discípulos la inestabilidad de la barca, también podemos identificar la falta de fe en el Señor, pues cuando Él se les presentó, ellos dudaron y Pedro, tomando la iniciativa, se dirige hacia Jesús, pero ¿por qué Pedro se hunde? Por su falta de fe. Cuando caminamos hacia el Señor, debemos tener la certeza que Él no nos va a soltar y que a su lado los miedos desaparecerán.

Cuando colocamos nuestra confianza en Dios, adquirimos una sensibilidad en el reconocimiento de la acción de Dios en la propia vida, a pesar de las tormentas, terremotos y demás adversidades que se pueden presentar; se puede ver al Señor en la brisa suave, esto es en los sencillos detalles de la vida cotidiana que nos hace salir a la entrada del corazón y cubrirnos con reverencia y agradecimiento, como lo hizo el profeta Elías en la Primera Lectura.

Por tanto, nos queda la tarea de reflexionar sobre la manera como expresamos nuestra confianza en Dios. Además, vale la pena que descubramos cómo reaccionamos en los momentos de dificultad y de tempestad en la vida: ¿caminamos hacia Jesús con seguridad o, por el contrario, nos dejamos hundir por las adversidades?

sábado, 5 de agosto de 2017

Reflexión Domingo de la Transfiguración del Señor. Ciclo A


Domingo 6 de agosto de 2017
Transfiguración del Señor
Evangelio: San Mateo 17,1-9

 
En los deportes actuales, la noticia en boga en nuestro país son los triunfos de los ciclistas en las grandes competiciones. Por esta razón, ha aumentado la audiencia de las grandes vueltas ciclísticas y ya varios medios de comunicación se han sumado a cubrir dichos eventos deportivos. En este contexto, siempre se está a la expectativa de cuándo el ciclista colombiano va a deslumbrar y demostrar todas sus capacidades, con el fin de asegurar el triunfo en la carrera.

Este ejemplo puede ser aplicado en diversas circunstancias humanas, cuando se espera que una persona o un grupo de personas deslumbren por sus capacidades y demuestren todo su potencial ante una tarea asignada, llámese proyecto, competencia o trabajo. Ciertamente, a lo largo de su camino con Jesús, los discípulos estarían esperando el momento en que su Maestro se revelara y vislumbrara al pueblo con sus dones como Mesías.

Sin embargo, el Señor decidió realizar un anticipo de su Gloria sólo a unos cuantos de sus discípulos, a través de su Transfiguración. Por tanto, podemos ver que Jesús no buscaba el reconocimiento o el aplauso de las multitudes, sino que quería ofrecer un adelanto de la Vida Nueva que Él mismo le va a regalar a la humanidad gracias a su Muerte y su Resurrección y, con ello, también manifestarles a sus discípulos que Él era el Mesías.

Así como ocurre con los deportistas, el momento para mostrar sus capacidades no depende de los elogios del público, sino del objetivo que el mismo deportista se ha trazado; por ejemplo, el ciclista da todo de sí para ganar una competencia. Del mismo modo, Jesús se transfigura ante sus discípulos para revelar su Gloria ante ellos y, con esto, regalarles la paz, la fe y la esperanza, que eran necesarias para su seguimiento como discípulos.

Ahora, a nosotros nos corresponde descubrir cómo se nos revela Jesús en nuestra vida diaria y cómo manifiesta su Gloria, regalándonos una infinidad de bienes en la familia, en el trabajo, en el estudio. Ante esto, vale la pena que nos preguntemos: ¿Cómo le respondo al Señor, quien revela su Gloria en mi vida?

sábado, 1 de julio de 2017

Reflexión Domingo 13 Tiempo Ordinario. Ciclo A

Domingo 2 de julio de 2017
Domingo 13 Tiempo Ordinario. Ciclo A
Evangelio: San Mateo 10, 37-42

Cuando una persona va a afiliarse a una asociación o a un gremio determinado, debe conocer de antemano las condiciones que dicha entidad le exige a sus afiliados. Adicionalmente, el nuevo afiliado debe tener un conocimiento previo de las características, la visión y la misión de la entidad, de tal modo que su decisión de incorporarse a ella sea libre, consciente y voluntaria.

En este orden de ideas, en el Evangelio de hoy el Señor Jesús nos propone unas condiciones para seguirlo:

En primer lugar, nos puede llamar la atención la afirmación radical y un tanto cruda del Señor: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí, el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí, y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Dicha expresión de Jesús no quiere manifestar un rechazo a los vínculos familiares o a los afectos que sintamos por nuestros seres queridos, sino que nos quiere enseñar que el seguimiento de Jesús no es una actividad más que llevamos en una lista de chequeo, a la cual le dedicamos sólo unas cuantas horas al día, sino que el seguimiento de Jesús debe ser aquella opción fundamental que da sentido a nuestro proyecto de vida, es su raíz, su razón de ser.

En segundo lugar, amar a Jesús no debe ser un afecto más entre muchos otros, ni mucho menos debe ser comparado con el cariño que le ofrecemos a ciertas personas o, incluso, a determinados objetos. Al contrario, es de esperar que quien siga a Jesús lo tenga a Él en el centro de su corazón y ordene todos los demás afectos de la persona en una sola dirección: la gloria de Dios y el servicio a los hermanos, puesto que el amor a Dios se manifiesta, necesariamente, en el ofrecimiento de todas las cualidades y talentos en un servicio desinteresado a los demás. 

En tercer lugar, el seguidor de Jesús está llamado a tomar la cruz, es decir, asumir en la propia vida el modo de proceder de Jesús, tanto sus enseñanzas como sus acciones, las cuales llevaron al Señor a la cruz. Sin embargo, si ponemos en práctica dicho modo de proceder en nuestras propias vidas, seguramente tendremos controversias y recibiremos críticas del Señor, tanto de nuestros allegados como de otras personas que difieran de nosotros o simplemente no comprendan por qué actuamos así, pues en la cruz se desvanece toda ambigüedad y quien acoge la cruz está llamado a dar todo de sí para anunciar la Palabra de Dios y, si es necesario, denunciar aquellos comportamientos y actitudes que nos alejan del Señor.

Ahora bien, el seguimiento de Jesús no es un llamado exclusivo para las personas consagradas, esto es, sacerdotes y religiosas, sino para todo creyente gracias al bautismo, tal como lo explica el apóstol san Pablo en la carta a los Romanos. Allí, el apóstol nos enseña el sentido del bautismo, en el cual participamos de la muerte y resurrección del Señor, esto es, nacemos a una vida nueva. Por lo mismo, el seguimiento de Jesús se enmarca en el bautismo y, a lo largo de nuestra vida, vamos creciendo en identificarnos con el Señor. En otras palabras, nuestra vida cristiana consiste en poner en práctica nuestros compromisos como bautizados, a través de actitudes concretas de generosidad, solidaridad y hospitalidad, así como se muestra en la Primera Lectura de hoy, tomada del Libro Segundo de los Reyes, en donde una familia acogió al profeta Eliseo.

Por tanto, estamos llamados a preguntarnos: ¿De qué manera vivimos nuestro compromiso como bautizados y, por ende, como seguidores de Jesús?

viernes, 16 de junio de 2017

Reflexión Domingo de Corpus Christi. Ciclo A

Domingo 18 de junio de 2017
Solemnidad de Corpus Christi
Evangelio: san Juan 6,51-58

Una de las problemáticas más acuciantes en el mundo de hoy es la extrema pobreza que experimentan millones de personas y que se refleja, entre otros elementos, en la carencia del sustento diario. Hace falta pan en muchas familias; hombres, mujeres y niños mueren de hambre. Y esto no es una figura literaria, es una realidad palpable en todos los rincones del planeta.

Ante esta situación, los gobiernos de muchos países han generado estrategias para responder a la crisis social generada por la pobreza y, de este modo, mejorar la calidad de vida. Sin embargo, todos estos esfuerzos pueden resultar insuficientes si no se busca reconstruir a la persona de modo integral, es decir, es necesario responder a cada uno de los aspectos de la vida humana con el fin de lograr una solución a las problemáticas que aquejan a millones de personas que no tienen qué comer.

Por lo mismo, la solución integral a la problemática social de la pobreza y del hambre corporal debe incluir, como aspecto fundamental, sacir la sed y el hambre espiritual que alberga nuestro corazón. Si logramos satisfacer nuestras necesidades corporales, pero nuestro corazón está vacío, ciertamente la dimensión de sentido de nuestra existencia estará incompleto. Desde esta perspectiva, Jesucristo es el único alimento que puede saciar de manera integral el hambre del ser humano. Eso es lo que celebramos hoy en la solemnidad de Corpus Christi, pues reconocemos en el Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor el alimento inagotable  e imperecedero que nos puede saciar vitalmente.

En el Evangelio de hoy, Jesús se presenta ante el pueblo como el pan vivo bajado del cielo, pero la gente no logra comprender sus palabras, pues el pueblo judío, así como nosotros en muchas ocasiones, se basaba sólo en lo que es evidente y que se puede constatar a través de los sentidos. El Señor hacía referencia a un alimento más profundo, que llena la existencia: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Por lo anterior, en esta fiesta nos sentimos llamados a dejarnos alimentar por el Señor a través de su Palabra y de su Cuerpo, en la Eucaristía. Sea también la oportunidad para que reflexionemos sobre la manera como servimos a los demás, pues el fruto de la Eucaristía es el encuentro generoso con los demás, esto es, salir de nuestro individualismo y buscar el bien de nuestros hermanos, especialmente quienes se encuentran más necesitados. 

De acuerdo con lo ya dicho, nos podemos preguntar:

• ¿Qué tan constante soy en la meditación de la Palabra de Dios?
• ¿Celebro con frecuencia la Eucaristía?
• ¿Me entrego con generosidad al servicio de mis hermanos más frágiles y necesitados?

viernes, 9 de junio de 2017

Reflexión Domingo de la Santísima Trinidad. Ciclo A

COMUNIDAD DE AMOR

Domingo 11 de junio de 2017
Evangelio: San Juan 3,16-18
Solemnidad de la Santísima Trinidad
 
Celebramos hoy como Iglesia la fiesta de la Santísima Trinidad. Sin embargo, la invitación del Señor no está dirigida a que nosotros entendamos de manera racional qué es la Santísima Trinidad, sino que reconozcamos cómo actúa Dios, que es Uno y Trino, en nuestras vidas. En este sentido, dice el Evangelio de hoy: "Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él tenga vida eterna y nadie perezca" (San Juan 3, 16), es decir, nos corresponde a nosotros como creyentes reconocer el amor de Dios presente en nuestras vidas.

En consecuencia, quien se toma en serio la tarea de descubrir a Dios presente en su vida y se pone a degustar cada experiencia vivida, descubrirá tres "sabores" que son propios de Dios: un primer "sabor" corresponde a las maravillas de la creación, esto es, sentir un gusto por la vida y un agradecimiento por tanto bien recibido: familia, vivienda, alimentación, trabajo, estudios, amigos, etc.; esta es la acción del Padre, que no cesa de regalarnos vida en abundancia.

Un segundo "sabor" lo encontramos en la Palabra de Dios. Cuando meditamos la Sagrada Escritura, ya sea en la oración o en la Eucaristía, descubrimos que la Palabra se "hizo carne y habitó entre nosotros" (Juan 1, 14). Y gracias al nacimiento, la vida, la muerte y Resurrección de Jesús, nosotros hemos recibido la Salvación, la Vida Nueva prometida por Dios; esta es la acción del Hijo.

Por último, el tercer "sabor" responde a ese deseo por servir a los demás y construir comunidad cristiana en nuestra familia, en el trabajo, en el barrio, en todo lugar en donde nos encontremos. No es quedarnos con los brazos cruzados, es salir a servir sin condiciones; esta es la acción del Espíritu Santo.

En resumen, estos tres "sabores" le ofrecen sentido a nuestra vida, pues son tres maneras de amar en un solo Dios y con ello, la Trinidad nos enseña a salir de nosotros mismos y a no quedarnos encerrados en nuestros propios intereses egoístas. Por tanto, la pregunta que nos debemos hacer en esta Fiesta es: ¿Cómo respondemos ante tanto amor que hemos recibido de parte de Dios?

viernes, 2 de junio de 2017

Reflexión Domingo de Pentecostés. Ciclo A


Domingo 4 de junio de 2017
Evangelio: San Juan 20, 19-23
Domingo de Pentecostés
 
Celebramos como Iglesia la solemnidad de Pentecostés, que es la fiesta del Espíritu Santo. Ahora bien, ¿cómo podemos reconocer la acción del Espíritu Santo en nosotros? El Evangelio según San Juan nos ofrece la clave para experimentar la acción del Espíritu Santo en nosotros: "Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos" (Juan 20,23).

De este fragmento se desprenden tres palabras claves: recibir, perdonar y retener. En primer lugar, se recibe lo que se aprecia, lo que nos causa agrado y gusto. En segundo lugar, se perdona aquello que se ha logrado sanar, mirando al otro como a un hijo de Dios, igual a mí, con cualidades y defectos. En tercer lugar, se retiene lo aún queda pendiente por curar o perdonar, por lo que con frecuencia nuestro corazón se llena de molestia, dolor y rechazo hacia algo o alguien, de tal modo que el Señor nos invita a perdonar con sinceridad, sin guardar resentimientos. De esta manera, podemos experimentar la acción del Espíritu, que inflama nuestros corazones y nos une en una sola comunidad de discípulos y misioneros de Jesucristo: la Iglesia.

Por tanto, la comunión entre los hermanos es el sello distintivo de la acción del Espíritu Santo en medio de la comunidad. Con lo que ya se ha dicho, las actitudes de perdón, reconciliación y fraternidad contribuyen a construir un ambiente de comunión entre todos los que nos rodean.

En este sentido, también el apóstol San Pablo nos invita a vivir unidos como comunidad: "Todos nosotros hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo" (1 Corintios 12, 13). En medio de la diversidad de la humanidad, es el Espíritu Santo quien nos ofrece una unión duradera y consistente, sin buscar interés particular alguno, tal como lo indica el Papa Francisco: "El Espíritu Santo es el que mueve a la Iglesia, el que trabaja en la Iglesia, en nuestros corazones. El que hace que todo cristiano sea una persona distinta de la otra, pero de todos juntos hace la unidad. El que lleva adelante, abre de par en par las puertas y te envía a dar testimonio de Jesús." (Homilía en la Residencia de Santa Marta, 9 de mayo de 2016).

Por ello, pregúntate: ¿Me dejo llevar por el Espíritu Santo y busco la unión en mi familia y con quienes me rodean?

sábado, 27 de mayo de 2017

Reflexión Domingo de la Ascensión del Señor. Ciclo A

EL MODO DE PROCEDER DE JESÚS

Domingo 28 de mayo de 2017
Solemnidad de la Ascensión del Señor
Evangelio: San Mateo 28, 16-20
 
Celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor, fiesta en la que reconocemos la divinidad de Jesús y con ello se cumple la promesa de la salvación para la humanidad. Asimismo, la Ascensión del Señor implica que nosotros continuemos la misión de Cristo, es decir, tenemos el reto de anunciar a Jesús vivo, resucitado y que asciende a los cielos, en medio de un mundo que cada vez más se hace indiferente a la Palabra de Dios. Con su Ascensión, Jesús nos enseña el camino para llegar a Dios Padre y, a la vez, a compartir esta experiencia en familia y con todos los que nos rodean.
 
Dado lo anterior, vale la pena que examinemos el texto bíblico del Evangelio según san Mateo, el cual nos narra las últimas indicaciones de Jesús a sus discípulos:
 
En primer lugar, el Señor llama a sus discípulos, es decir, Él los convoca, pone la iniciativa. Lo mismo sucede con nosotros, puesto que en cada instante de nuestras existencias, Jesús no cesa en invitarnos a estar con Él, para encontrar la paz y el amor que impulsen nuestras vidas. En ese sentido, Jesús los reúne en un monte, lo que quiere decir, como en otros pasajes bíblicos, el encuentro del ser humano con Dios para estar a su lado y recibir su Gracia.
 
En segundo lugar, al ver a Jesús, unos discípulos se postraron ante Él, esto es, manifestaron su fe, pues el ser humano, al reconocer a Dios, se inclina, se dispone y se pone a su servicio. Esta figura de la postración se puede comparar con la reverencia que hacían los antiguos soldados y caballeros en la Edad Media ante su rey y señor como un signo de obediencia. De modo similar, nosotros estamos llamados a reverenciar a Dios, no por miedo, sino por amor y obediencia a quien reconocemos como nuestro Señor. Sin embargo, algunos discípulos dudaron, lo cual también se puede ver en nosotros, ya que en varias ocasiones le exigimos a Dios pruebas o evidencias de su acción en nuestra historia y por ello pensamos que todo lo malo que nos sucede es culpa de Dios, sin tener en cuenta que debido al mal y al pecado tanto personal como social ocurren tantas calamidades y problemáticas y que la respuesta de Dios es la apuesta definitiva por el ser humano a través de su misericordia y bondad.
 
En tercer lugar, revisemos las indicaciones que Jesús les ofrece a sus discípulos, pues en éstas encontramos la pedagogía del Señor al momento del envío, que también se aplica para todos nosotros:
 
a) "Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra": Esta potestad proviene de la muerte de Jesús en la cruz y de su resurrección, por amor al Padre y a la humanidad, de tal manera que así Él nos regala la salvación, y por eso quiere que nosotros, sus discípulos, difundamos su Buena Nueva; así  comprendemos por qué el Señor nos envía a la misión. Esto se parece a la autoridad que posee el maestro en el aula de clase o la del padre de familia en su hogar, puesto que si el maestro o el papá la aplican con imposición, generarán miedo a su alrededor y en algún momento las demás personas se apartarán, mientras que si practican la autoridad con amor, los demás se sentirán acogidos y pondrán por obra todas sus indicaciones.
 
b) "Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos": Jesús les propone la misión, la tarea a desarrollar. El Señor es inclusivo, no quiere que nadie se pierda y por ello pide a sus discípulos que no se reduzcan a un sólo pueblo, sino que se dirijan a toda la humanidad. Nosotros, como cristianos, estamos llamados a no excluir a nadie, sino que a través de nuestro ejemplo de vida acojamos a todas las personas sin excepción, con amabilidad y alegría.
 
c) "Bautícenlos  consagrándolos al Padre, al Hijo y al Espíritu y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado": Aquí el Señor nos indica cómo llevar a cabo la misión que nos ha encomendado, junto con el distintivo de dicha tarea. Nosotros no evangelizamos a título propio o buscando protagonismos, sino que lo hacemos en nombre de Dios, quien es Uno y Trino. Así como el Señor no se cansa de enseñar a los discípulos, nos pide hacer lo mismo con todos los que encontremos en el camino de la vida.
 
d) "Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo": La tarea evangelizadora no la desarrollamos solos, puesto que Jesús siempre estará a nuestro lado; por ello Él asciende para que el Padre nos envíe el Espíritu Santo y nos guíe en cada momento de nuestra vida.
 
 
Por último, luego del encuentro con el Señor Jesús que asciende a los cielos, nos corresponde bajar del monte a la ciudad, es decir, a nuestra realidad, con el fin de poner en práctica la experiencia de fe vivida con el Maestro en la cotidianidad, en las relaciones con los demás, en el trabajo, en el estudio. Ahora nos corresponde a nosotros, nuevos discípulos, la tarea de anunciar el Evangelio con nuestra propio ejemplo de vida: ¿Mediante qué actitudes anuncio el Evangelio?
 
 

 
 

domingo, 21 de mayo de 2017

Reflexión Domingo 6 de Pascua. Ciclo A

Domingo 21 de mayo de 2017
VI Domingo de Pascua
Evangelio: san Juan 14, 15-21


Una de las preocupaciones latentes en el ser humano, tanto a nivel personal como colectivo es la búsqueda de seguridad, esto es, garantizar todas las formas posibles de protección de la vida y la no vulneración de los derechos humanos. Dicho de otro modo, constantemente estamos buscando la tranquilidad de no sentirnos agredidos o invadidos por nada ni nadie.


En este sentido, Jesús les promete a sus discípulos no dejarlos solos, sino que le pedirá al Padre enviar el Espíritu de la verdad, el Defensor, pues Él es el único que nos puede ofrecer la paz, la estabilidad y la seguridad que son duraderas.


Por lo mismo, la acción del Espíritu Santo en una familia mueve a cada persona a salir de su individualismo y combatir la envidia, para ayudar a aquellos que le rodean. Abrir el corazón al Espíritu Santo implica el servicio en beneficio de los demás, junto con sentimientos de fraternidad y solidaridad. Así, Jesús ya nos prepara para la fiesta de Pentecostés, experiencia fundamental para la construcción de nuestra comunidad de creyentes.

Además, el Señor nos pide guardar sus mandamientos, pero ¿qué significa? No solo es cumplir unas normas, como si fuese una lista de chequeo, sino que se trata de acoger y de vivir las enseñanzas de Jesús desde la perspectiva del Mandamiento del Amor: "Como el Padre me amó, yo los he amado a ustedes, permanezcan en mi amor". En el Evangelio según san Juan, permanecer significa mantenerse unido, conservar, ser constante, guardar. No se trata de esconder, sino de mantenerse aferrados a Jesús para que, de esta manera, podamos contagiar a otros con el amor y la paz que nos suscita el Espíritu Santo.


Por tanto, vale la pena que nos preguntemos: ¿De qué manera le permito al Espíritu Santo actuar en mi vida? ¿Cómo puedo salir de la envidia y el egoísmo que a veces me invaden? ¿Cómo daña la envidia mis relaciones interpersonales?

viernes, 12 de mayo de 2017

Reflexión Domingo 5 de Pascua. Ciclo A

Un sendero sin dudas
 
Domingo 14 de mayo de 2017
V Domingo de Pascua
Evangelio: San Juan 14, 1-12
 
En varios episodios de la historia contemporánea de la humanidad se han visto oleadas de migraciones, ya sea por motivos políticos, sociales, económicos o religiosos. En tales situaciones una de las modalidades que utilizan los migrantes es que uno de los hombres del grupo, por lo general, el jefe de la familia, viaja primero al lugar de refugio, busca un trabajo y cuando ya se ha ubicado, llama a sus demás familiares. De ahí han surgido barrios o colonias de refugiados en otras ciudades del mundo.
 
Sirva este ejemplo para ilustrar el Evangelio de este domingo, en el cual Jesús promete unas habitaciones para sus discípulos en la casa de su Padre, pues el Señor va a prepararnos un espacio para estar con Él. Las habitaciones corresponden al lugar que posee creyente en el Reino de Dios. No obstante, para disponer de dichas habitaciones, es necesario creer en Jesús y, por ende, en su Padre, no sólo de palabra, sino respaldada por las acciones y actitudes cotidianas.
 
Asimismo, esta promesa de las habitaciones en la casa del Padre trae consigo una nueva manera de ver la relación entre el Padre y el Hijo, pues una persona no puede disponer de los bienes de otra si esta última no le ha concedido este derecho y sólo eso es posible si existe un vínculo de amor tan fuerte, en donde ya no existen condiciones, prohibiciones o usos restringidos. Jesús nos enseña que todo lo del Padre es suyo y, por lo mismo, Él puede disponer de las habitaciones que existen en la casa de su Padre amado para sus discípulos, es decir, para quienes creen en Él.
 
Así las cosas, Jesús  transforma la visión de Dios que mantuvo el pueblo judío en el Antiguo Testamento, la cual era lejana, entendida como que Dios venía sólo al final de los tiempos, mientras que ahora Él se hace presente en la comunidad, es decir, la Santísima Trinidad habita en el corazón del cristiano, que queda convertido en templo vivo de Dios. En medio del desierto que podamos atravesar a lo largo de nuestra historia, Dios habita verdaderamente en la tienda y en el templo del creyente.

Sin embargo, los discípulos no comprenden las palabras de Jesús y vuelven a preguntar por el camino hacia el Padre. Ellos representan el deseo humano por tener evidencias y seguridades sobre todo lo que pueda suceder a futuro. En muchas ocasiones, requerimos elementos tangibles, de tal modo que podamos creer por medio de aquello que recibamos a través de nuestros sentidos. Jesús, por su parte, nos desarma, pues nos invita a creer en Él, esto es, en sus obras, en sus palabras y en su ejemplo de vida. Por esta razón, Jesús se presenta a sí mismo como el camino, la verdad y la vida para llegar a conocer a su Padre amado.
 
Ser camino indica una ruta, un sendero por el cual transitar hacia el Padre. En el mundo se nos muestran muchos caminos que nos conducen al pecado, la muerte y la infelicidad y que desafortunadamente los escogemos bajo una apariencia de bien. Jesucristo es un camino que no tiene nada escondido, sino que es claro y transitable, pues su meta es el Padre y la salvación.
 
Por otra parte, en esta sociedad existen muchas verdades relativas, pasajeras, que muestran un interés particular y egoísta. La verdad de Jesús no es teórica, ni filosófica, sino que se basa en la fe y en el reconocimiento de Jesús como el Señor de nuestra vida, como el Hijo de Dios.
 
Ahora bien, en medio de tantas ofertas que ahora encontramos para prolongar la vida, Jesús se presenta como la única opción de tener la vida plena, es decir, estar en la presencia de Dios, la cual empieza desde ahora, cuando nosotros busquemos ser discípulos y misioneros de Jesús.

 
Por tanto, quien encuentra en Jesús el camino, la verdad y la vida que le da sentido a su propia existencia, halla la ruta para construir su felicidad, tal como lo rezaba San Agustín:
 
¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera,
y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era,
me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.
Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que,
si no estuviesen en ti, no existirían.
Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera;
brillante y resplandeciente, y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo;
gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;
me tocaste, y deseo con ansia paz que procede de ti.

 
 

Dado lo anterior, vale que te preguntes: ¿De qué manera reconoces a Jesús como el camino, la verdad y la vida?

 

viernes, 5 de mayo de 2017

Reflexión Domingo 4 de Pascua. Ciclo A

IV Domingo de Pascua
El Buen Pastor
Evangelio: san Juan 10, 1-10

En el campo, la labor de pastorear al ganado es exigente y requiere no sólo del conocimiento de las técnicas para cuidar a los animales, sino de un vínculo con éstos que les permita seguir al pastor. En el Evangelio de hoy, Jesús se presenta como el verdadero Pastor de su pueblo, que da alimento y seguridad. Ante tantas promesas que vemos hoy en día de bienestar, que a la larga nos dejan mucho que desear, Jesús es el único que permanece fiel y quien está dispuesto a acompañarnos siempre.

Sin duda alguna, una característica fundamental de Jesús como pastor es que Él conoce a sus ovejas por su nombre y da la vida por ellas. No es un asalariado, ni un funcionario, sino que es un servidor que ama a quienes tiene bajo su cuidado.

Por otra parte, las ovejas conocen la voz del Pastor y le siguen, puesto que Jesús es ejemplo de autoridad, en la medida en que su voz revela paz y amor y, a la vez, genera confianza. El testimonio de Jesús nos puede contrastar ya que con frecuencia nuestra voz no puede ser tan clara como la de Él y nos conduce a cambiar de opinión con facilidad, lo cual nos llevaría a preguntarnos: ¿Qué revela nuestra voz?

En este sentido, el único interés de Jesús es que las ovejas tengan vida y esto sólo es posible a su lado, creyendo en Él y siguiendo su Voluntad. El Evangelio, en contraste, también nos presentará el caso del ladrón, quien sólo busca hacer daño, pues está centrado en su propio interés egoísta.

De acuerdo con lo ya dicho, en esta fiesta del Buen Pastor vale la pena orar por nuestros sacerdotes, para que a ejemplo de Jesús, el Buen Pastor, den la vida por el rebaño que les ha sido encomendado y sean reflejos del amor de Dios.

Por lo anterior, pregúntate: ¿Sigo a Jesús, el Buen Pastor? ¿De qué manera lo hago?

viernes, 28 de abril de 2017

Reflexión Domingo 3 de Pascua. Discípulos de Emaús

EL MODO DE ACTUAR DE JESÚS RESUCITADO
 
Domingo 30 de abril de 2017
III Domingo de Pascua. Ciclo A
Evangelio: San Lucas 24, 13 - 35
 
En la vida solemos encontrarnos con personas que, con su modo de ser y sus enseñanzas, nos han abierto los ojos frente a una situación determinada. En esos momentos, cuando dichas personas nos han presentado otro horizonte, nos decimos a nosotros mismos, con sorpresa y desconcierto: ¡Cómo no lo había visto antes!
 
Algo similar les ocurrió a los discípulos que iban de Jerusalén hacia Emaús. Ellos se encontraban discutiendo, perplejos por la muerte de Jesús en la cruz. Esta actitud de pesadumbre podría verse como una forma de huida de la realidad, pues la salida de Jerusalén representa el abandono de un proyecto que, aparentemente, había fracasado.
 
En medio de tales circunstancias, los discípulos se encuentran con un forastero, que es Jesús resucitado, quien se hace el encontradizo, pero ellos no lo reconocen, pues están cegados por la tristeza y el dolor. Jesús se acerca a sus discípulos, no los abandona, sino que los acompaña y los escucha. Aquí podríamos preguntarnos por qué los discípulos no lo reconocieron y, ante esto, podríamos decir que, en medio de la tristeza y el dolor, su mirada era fatalista y estaba cerrada en un callejón sin salida, ya que no vieron la pasión y la muerte de Jesús con los ojos de la fe, sino con la mirada sesgada de los sentidos, de las evidencias, esto es, de la mentalidad racional que busca pruebas tangibles y seguridades en las cuales pretende aferrarse.
 
Por ello, Jesús les escucha y les inflama el corazón por medio de la Palabra: "¡Qué duros de entendimiento!, ¡cómo les cuesta creer lo que dijeron los profetas! ¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a Él." (Lucas 24, 25-27). Esta manera de enseñar de Jesús no es sólo un análisis académico de las Escrituras, sino que es una forma de tocar el corazón y sacudir la propia existencia. Como ocurrió en el ejemplo con el cual iniciábamos esta reflexión, Jesús abrió el horizonte de los discípulos y les ofreció un sentido a sus corazones desolados y apesadumbrados.
 
De este modo, Jesús nos presenta una nueva pedagogía para acercarnos a la Sagrada Escritura, que no consiste en una lectura de la Sagrada Biblia para adquirir cultura general, sino en verla como un referente, es decir, en un espejo sobre el cual podemos reflejar nuestra propia historia y dejar que ésta sea enriquecida por Dios mismo a través de su Palabra.
 
Ahora bien, al concluir el camino, Jesús hace ademán de seguir adelante y los discípulos, ya tocados por su modo de enseñar del Señor Resucitado, lo invitan a quedarse con ellos. Jesús accede y se sienta a la mesa con ellos. A través de la acción de partir el pan, los discípulos reconocen a Jesús Resucitado, ¿por qué? Porque sólo Él parte y bendice el pan de esa manera, esto es, el pan eucarístico sólo puede ser partido, bendecido y compartido por el Señor Jesús, el Hijo de Dios y esta experiencia es tan radical y tan clara para los discípulos que todas sus dudas desaparecen, para abrir paso al gozo y a la alegría que produce reconocer la acción del Señor Resucitado en sus vidas: "¿No sentíamos arder nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura?" (Lucas 24, 32). Esta es la experiencia que vivimos todos los creyentes en la Eucaristía, pues allí Jesús nos entrega su cuerpo y su sangre para que tengamos una vida plena, nos hace arder el corazón por medio de su Palabra y nos invita a ser un pan que se comparte a los demás, como Él mismo lo hace.
 
Sin embargo, el gozo no se queda en una alegría pasajera, sino que impulsa a la misión, a salir a compartir la experiencia vivida con Jesús Resucitado con los demás. Por ello, los discípulos vuelven a Jerusalén, lugar que deja de ser el espacio de muerte y dolor, para ser el terreno de misión, pues los discípulos se sienten movidos por el Señor a anunciar la Resurrección de Jesús a todos los demás.
 
Por todo lo anterior, vale la pena que nos preguntemos: ¿Arde mi corazón ante la acción de Jesús Resucitado?

jueves, 20 de abril de 2017

Reflexión Domingo 2 de Pascua. Divina Misericordia


Domingo 23 de abril de 2017
Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia
Evangelio: Juan 20, 19-31.

En la fiesta de la Divina Misericordia, el Evangelio de hoy nos presenta la aparición de Jesús resucitado a los discípulos. A pesar del miedo que ellos sentían a los judíos, Jesús se presenta en medio de ellos, los anima y los convierte en misioneros. Por ello, vale la pena reflexionar sobre varios elementos que ofrece este texto.

En primer lugar, el texto nos dice que las puertas del lugar en donde se encontraban los discípulos estaban trancadas. Vale la pena aclarar que las puertas se trancan desde dentro, es decir, fue por voluntad propia que los discípulos cerraron las puertas y, con ellas, también lo estaban sus corazones, pues el miedo había  puesto una barrera que no les permitía ver a Dios.

En segundo lugar, Jesús se colocó en medio de ellos, lo que quiere decir que Él se hizo cercano, los acompañó y no marcó diferencias con ellos. Además, les regaló su paz. Lo mismo hace el Señor con nosotros, sobre todo cuando atravesamos situaciones difíciles, pues de diversas maneras nos manifiesta que Él está con nosotros e incluso, sin entenderlo, sentimos una profunda paz.

En tercer lugar, luego de repetir el regalo de la paz, Jesús los envía, de igual modo que Él ha sido enviado por su Padre del Cielo. Cuando una persona tiene una profunda experiencia espiritual de Dios, en la cual se siente renovada, amada y perdonada, se sentirá impulsada a anunciar aquella experiencia. Sin embargo, la experiencia de Dios se vive en comunidad, en Iglesia y no como si fuese una isla.

En cuarto lugar, encontramos la figura de Tomás, quien no estaba presente durante la aparición de Jesús resucitado a los discípulos. Por ello, él duda y no cree en las palabras de los demás, sino que se fía solamente de sus sentidos, esto es, en lo que pueda ver y tocar. Quizás nosotros también nos relacionamos así  con el Señor Jesús, pues le exigimos pruebas de su acción misericordiosa en nuestras vidas. Ante esto, Jesús resucitado vueve a aparecer a los discípulos, esta vez con la presencia de Tomás y lo invita a que constate su presencia real, tocando sus llagas, lo que significa que para experimentar la resurrección del Señor es necesario tener una profunda relación interior con Él, a través de la oración con la Palabra de Dios y de una continua vida sacramental, especialmente de la celebración eucarística, de tal modo que podamos aumentar nuestra fe en el Señor Jesucristo que murió en la cruz y resucitó, pues no podemos comprender la resurrección sin la cruz, y viceversa, ya que son dos caras de la misma moneda.

Por último, la tarea que el Señor nos propone con esta bella narración del Evangelio es reconocer su acción bondadosa en nuestras vidas y poner en práctica la misericordia que hemos recibido de Dios, pues la acción del Señor Resucitado no se queda en palabras, sino que se pone por obra a favor de quienes nos rodean: ¿Cómo practico la misericordia hacia mis hermanos?

sábado, 15 de abril de 2017

Reflexión Domingo de Resurrección. Ciclo A

Domingo de la Resurrección del Señor. Ciclo A

¡JESÚS HA RESUCITADO! 

Domingo 16 de abril de 2017
Evangelio: San Juan 20,1-9

Cuando una noticia se difunde rápidamente, se suele decir coloquialmente que "se riega como arroz".  En este sentido, la experiencia de la resurrección de Jesús se llegó a difundir con rapidez gracias a que los discípulos, y nosotros ahora, llenos de alegría por semejante noticia, hemos creído en que aquella tumba vacía es en realidad el signo de la victoria de Jesucristo sobre la muerte.

Por lo mismo, cuando Jesús se apareció a sus discípulos después de la Resurrección, ellos sintieron paz y alegría y su fe se fortaleció; pasaron de ser los discípulos temerosos que vivían escondidos por miedo a los judíos a ser testigos valientes de la Resurrección de Jesús. Los Evangelios nos contarán las diferentes apariciones de Jesús a sus discípulos y cómo Él logró transformarlos, tal como lo cuenta el Evangelio de San Lucas en la escena de los discípulos de Emaús: “Y se dijeron uno a otro: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. (Lucas 24, 32).

Algo similar nos sucede a nosotros ahora, sobre todo cuando experimentamos la muerte de un ser querido. Sentimos un dolor profundo, como si el mundo se nos acabara; incluso, algunas personas piensan que Dios las ha abandonado. Con su Resurrección, Jesús nos enseña que no todo está perdido y que nosotros también podemos resucitar con Él a una vida nueva. No es volver a nuestro cuerpo, como tampoco es una reencarnación, como lo piensan otras religiones. La Resurrección es vivir una vida nueva en Dios y disfrutar de Su presencia. Para las familias que viven la muerte del ser querido, el Señor las llena de paz y esperanza, así como lo hizo con las hermanas de Lázaro cuando él había muerto. Por eso Marta dijo: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo.” (Juan 11, 27).

En consecuencia, si leemos cuidadosamente el Evangelio según San Juan de este domingo, descubrimos el triunfo de Jesús sobre la muerte a través de la Resurrección. Jesús se presenta el primer día de la semana a María Magdalena, para instaurar el Día del Señor, de tal modo que los creyentes lo dediquemos al culto y a la alabanza de Dios. También es muy significativo reconocer que su primera aparición se da a una mujer, puesto que los discípulos estaban escondidos, lo que quiere decir que ellos aún no habían vivido la experiencia gozosa de la Pascua de Jesús. Por ello, la resurrección de Jesús se convierte en la luz que rompe con las tinieblas y la ceguera que había ocasionado la falta de fe en el corazón de los discípulos, quienes no creyeron en el testimonio de María Magdalena, sino hasta el momento en que Pedro y el discípulo amado fueron a constatar personalmente lo que había dicho esta mujer. Más adelante, cuando Jesús se aparezca a todos los discípulos y, especialmente a Tomás, reclamará su falta de fe y felicitará a quienes crean sin haber visto, pues la Resurrección del Señor no se reduce a un fenómeno físico que podamos comprobar con nuestros sentidos, sino que es una experiencia de gozo profundo que invade el corazón y cambia nuestra existencia.

Por lo anterior, Dios Padre nos invita a estar alegres, pues ¡Jesús, su Hijo, ha resucitado! La salvación de la humanidad es real y por eso los creyentes estamos de fiesta, porque Cristo ha vencido a la muerte. Pero la resurrección de Jesús no es un hecho que ocurrió hace 2000 años solamente, sino que Jesús sigue resucitando en cada hogar y en cada persona cuando hay esperanza y existe un cambio interior en cada uno. Por ejemplo, la persona que deja un vicio, o aquella que cambia de actitud y se hace más generosa y solidaria. Por eso, preguntémonos: ¿Qué cambio he vivido en esta Semana Santa? ¿Cómo doy testimonio de Jesús Resucitado en mi vida diaria?

¡FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN !

sábado, 8 de abril de 2017

Reflexión Domingo de Ramos. Ciclo A

Domingo 9 de abril de 2017
Domingo de Ramos
Evangelio: san Mateo 21,1-11. 26,14-27.66

En este domingo iniciamos la Semana Santa con la celebración del Domingo de Ramos o de la Pasión. Para ello, la liturgia nos propone dos lecturas del Evangelio: una, que corresponde a la conmemoración de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y que se proclama al inicio de la procesión con los ramos y la otra, que nos presenta la Pasión del Señor en la versión según san Mateo y que se proclama ya en la Eucaristía, en la Liturgia de la Palabra.

Sin embargo, aunque parecieran dos momentos diferentes en la misma liturgia, ambas lecturas hacen parte de un mismo conjunto que logra articular la celebración, de tal manera que podamos vivir el Domingo de Ramos como un solo conjunto que nos introduce a la experiencia de la Semana Mayor.

Así como iniciamos la Semana Santa con la entrada de Jesús a Jerusalén, elogiado como rey, nosotros también comenzamos la celebración con una procesión en la que aclamamos a Jesús como el Señor de nuestra vida. Sin embargo, Jesús no es un rey como ha habido en la historia de la humanidad, llenos de lujos, prepotencia y ostentación, sino que es un rey que ingresa en silencio a Jerusalén, montado en un asno, sin ejércitos y sin alardes de grandeza y menosprecio hacia los demás. 

Jesús, en estos momentos, es ejemplo de sencillez, de humildad y cercanía con los más pobres y marginados, pues no busca adular y agradar a los príncipes y poderosos, sino que se fija en el sencillo, en quien quizás pasa desapercibido. De igual manera, en la lectura de la Pasión del Señor, nos daremos cuenta que Jesús continúa manifestando con coherencia que la entrega de su vida es un acto de profundo amor a su Padre y a la humanidad, con la humildad propia de quien lo entrega todo sin querer recibir algo a cambio.

Por ello, durante esta Semana estamos llamados a reflexionar sobre los gestos y actitudes de Jesús, con el fin de ponerlas en práctica en nuestras vidas, razón por la cual vale la pena que nos preguntemos: ¿Cuáles son mis actitudes y mis sentimientos para celebrar esta Semana Santa?

viernes, 31 de marzo de 2017

Reflexión Domingo 5 de Cuaresma. Ciclo A

 
Domingo 2 de abril de 2017
5° Domingo de Cuaresma
Evangelio: san Juan 11, 1-45

 
En el Evangelio de hoy, Jesús resucita a su amigo Lázaro, es decir, da la vida y vence a la muerte. Es un anticipo a la victoria total que Jesús realizará en la cruz, entregando su propia vida para que todos la recibiéramos plenamente.
 
Desde esta perspectiva, en el Evangelio según san Juan, la resurrección de Lázaro es la última señal que Jesús realiza, la cual genera dos tipos de reacciones en el pueblo judío: por una parte, surge la fe en quienes observan y creen en esta señal, mientras que por otra, se presenta la incredulidad en quienes no reconocen a Jesús como el Hijo de Dios. Lamentablemente, para este último grupo de personas, las señales de Jesús no eran suficientes para descubrir la divinidad de Jesús.

La fe de quienes creyeron en esta señal milagrosa les permitió abrirse a la vida, pues con la resurrección de Lázaro el Señor Jesús manifestó su gloria y también le regaló la vida a quienes creyeron en Él. En este sentido, la fe se parece a la persona capaz de observar a la oruga que se encierra en su capullo y, después de un tiempo, con paciencia sale de él convertida en una linda mariposa; la persona que capaz de contemplar dicha maravilla y, a la vez, que pueda creer que es posible gracias al poder creador de Dios, ha podido desarrollar una fe profunda.

Por tanto, el punto central de la resurrección de Lázaro es promover la fe en todo el pueblo judío, para que con esa fe puedan recibir el regalo de la vida nueva que ofrece Jesús. El Señor no busca protagonismos ni espectáculos, como desafortunadamente varias personas lo hacen, sino que al resucitar a su amigo querido también logra tocar el corazón de muchas personas que estaban presentes.

Jesús vive intensamente esta situación y por eso llora frente a la tumba de su amigo, lo que nos quiere enseñar que para Jesús toda persona es única y valiosa y que, por esta razón, le ofrece el mejor regalo, que es la vida. Nosotros también somos únicos para el Señor y por eso también nos ofrece su vida, siempre y cuando creamos en Él, de lo contrario, simplemente nuestro corazón se cerrará como una muralla, que no le permite actuar a Dios. Por esto, pregúntate: ¿Mi corazón está abierto a recibir la vida nueva que me ofrece Jesús cada día?

viernes, 24 de marzo de 2017

Reflexión Domingo 4 de Cuaresma. Ciclo A

VER MÁS ALLÁ DE LOS OJOS
 
Domingo 26 de marzo de 2017
IV Domingo de Cuaresma
Evangelio: San Juan 9, 1 - 41
 
Seguramente en nuestra vida hemos escuchado varias historias sobre ciegos, ya sean reales o en forma de cuento, incluso hemos jugado a la gallina ciega, que consiste en que a uno de los jugadores se le vendan los ojos, luego se le da vueltas y, sin poder ver, tiene que atrapar a los demás participantes. Sin duda alguna, las personas que han realizado este juego coinciden en señalar la impotencia, angustia e incertidumbre que sintieron al tener vendados los ojos y, a la vez, tratar de atrapar a sus amigos.
 
En este sentido, en el Cuarto Domingo del Tiempo de Cuaresma la reflexión de la Palabra de Dios gira en torno al tema de la vista, no sólo física, sino espiritual. Ver no sólo indica la capacidad de distinguir varias cosas o personas entre sí, sino que implica la capacidad de discernir la acción de Dios en la vida propia y en las de los demás.
 
En la Primera Lectura, el Profeta Samuel tiene la misión de ungir al elegido por Dios para ser el nuevo rey del pueblo de Israel. Para ello, tiene que ir a visitar la familia de Jesé y aunque al principio Samuel se deja llevar por la apariencia, él se deja llevar por la acción de Dios y ve en el hijo menor, en el pastor de ovejas, David, al elegido por Dios y lo unge. De este modo, ver con los ojos de Dios implica ir más allá de lo evidente y dejarse guiar por el Espíritu Santo, quien actúa desde lo más profundo de nuestro ser. En efecto, quien ve con los ojos de Dios descubre que en lo humilde y sencillo está la grandeza del Señor.
 
Por otra parte, San Pablo en la Segunda Lectura nos invita a vernos como hijos de la luz, gracias a la resurrección de Jesús, a diferencia de quienes se encuentran en las tinieblas. Ahora bien, la manera de identificar a quienes se encuentran entre la luz y las tinieblas se halla en las obras de cada uno. Por una parte, los hijos de la luz buscan salir de sí mismos y ser generosos, mientras que por otra, los hijos de las tinieblas se caracterizan por la búsqueda de sus propios intereses egoístas, sin fijarse en las realidades de los que están a su alrededor. En otras palabras, el hijo de la luz ve el rostro de Jesús en todas las personas que lo rodean y, por ello, sus obras se orientarán al servicio de todos.
 
En este orden de ideas, el Evangelio nos muestra la curación que hizo Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Este signo milagroso es realizado por el Señor en sábado, lo cual fue motivo de crítica por parte de los judíos.
 
Ciertamente, Jesús se ocupa por salvar a la persona y, para ello, primero conoce la situación de la persona, lo que la aqueja, aquello que la ata desde adentro y no le permite ver la vida nueva  plena que Él le ofrece. Por esta razón, Jesús va más allá de la prohibición de realizar un signo milagroso en sábado, precisamente porque no se limita a la curación física, sino que Jesús quiere a salvar a la persona por completo, tanto interior como exteriormente, y ayudarla a ver el amor y la misericordia de Dios en su vida cotidiana. Lamentablemente, los demás judíos se encerraron en sus cegueras y prefirieron seguir sus prejuicios y etiquetas, en vez de ver en Jesús al Hijo de Dios, gracias a sus señales milagrosas.

 
Igualmente, podemos recordar a tantas personas que, gracias a su seguimiento radical y fiel de Jesús, pudieron ayudar a que otras personas pudieran superar sus cegueras, de tal modo que reconocieran la acción misericordiosa de Dios en sus vidas, como sucedió con la Madre Teresa de Calcuta, quien supo poner en práctica las enseñanzas y las actitudes de Jesús, especialmente la misericordia frente al enfermo, al marginado y al excluido. Con su ejemplo de vida, la Madre Teresa supo ver en la otra persona a una hija de Dios necesitada de su amor y bondad.
 
Por último, podemos preguntarnos: ¿De cuáles cegueras necesitamos ser sanados por el Señor Jesús?

viernes, 17 de marzo de 2017

Reflexión Domingo 3 de Cuaresma. Ciclo A

"DAME DE BEBER DE ESA AGUA"

Domingo 19 de marzo de 2017
Tercer Domingo de Cuaresma
Evangelio: Juan 4, 5 - 42

En la sociedad actual nos encontramos atiborrados de ofertas de productos que pretenden satisfacer nuestras necesidades. Sin embargo, cada necesidad satisfecha crea otra nueva , hasta el punto de generar una cadena sin fin de necesidades, aunque en el fondo nos sintamos realmente insatisfechos, como si tuviésemos una sed insaciable. En el Evangelio de hoy, Jesús nos propone calmar aquella sed interior a través del agua que Él nos ofrece.

En el diálogo con la mujer samaritana, Jesús promete una fuente de agua que calma la sed de forma radical, pero no es una bebida como otras, sino que es una fuente que refresca y renueva el corazón. De esta manera, cuando dejamos que nuestro corazón sea inundado por la acción del Señor, comenzamos a vivir de una manera diferente, dejando de lado nuestros intereses egoístas y pensando más en ayudar a los demás. Quizás, este fue el cambio que experimentó la mujer samaritana: “Jesús como buen maestro nos envía a vivir de otra manera, con otra ley, bajo otra norma. Es pasar de la lógica del egoísmo, de la clausura, de la lucha, de la división, de la superioridad, a la lógica de la vida, de la gratuidad, del amor. De la lógica del dominio, del aplastar, manipular; a la lógica del acoger, recibir y cuidar”, nos dice el Papa Francisco.

Por lo mismo, el Papa señala que la lógica del Evangelio “no se convence con los argumentos, con las estrategias, con las tácticas, sino simplemente aprendiendo a alojar, a hospedar”, especialmente a los más necesitados.

Cuando nos dejamos refrescar por el agua viva que nos ofrece Jesús, nuestras acciones cotidianas están orientadas al servicio del prójimo: “Cuanto bien podemos hacer si nos animamos a aprender este lenguaje de la hospitalidad... cuántas heridas, cuántas desesperanzas se pueden curar en un hogar donde uno se sienta bien recibido”, nos explica el Papa.

En este sentido, la salvación se fundamenta en el amor a Dios y en el servicio a los demás, en otras palabras, el camino de la salvación se construye a partir de la fecundidad de nuestro servicio: “La intervención de Dios nos hace fecundos, nos da la capacidad de dar vida”. Nosotros, advirtió, “no podemos” hacerlo “por nuestras fuerzas”. Sin embargo, reveló, “muchos han hecho la prueba de pensar en nuestra capacidad de salvarnos”.  (Papa Francisco).

Sin embargo, para recibir el agua viva de Jesús también es necesaria la humildad, pues servir a los demás no es fruto del talento humano o de su protagonismo, sino que es un regalo de Dios y de su infinita bondad hacia la humanidad: “La humildad es necesaria para la fecundidad. Cuantas personas creen ser justas, como aquella, y al final son pobrecillas. La humildad de decir al Señor: “’Señor, soy estéril, soy un desierto’ y repetir en estos días estas bellas antífonas que la Iglesia nos hace rezar: ‘Oh Hijo de Dios, oh Adonai, oh Sabiduría, hoy, oh raíz de Jesé, oh Emmanuel, ven a darnos vida, ven a salvarnos, porque solo Tú puedes, ¡Yo solo no puedo!’ Y con esta humildad, la humildad del desierto, la humildad del alma estéril, recibir la gracia, la gracia de florecer, de dar fruto y de dar vida”. (Papa Francisco).

Por ello, preguntémonos: ¿Recibo el agua viva que me ofrece Jesús? ¿De qué manera expreso a los demás la renovación que Jesús produce en mi corazón?

viernes, 10 de marzo de 2017

Reflexión Domingo 2 de Cuaresma. Ciclo A

Domingo 12 de marzo de 2017
II Domingo de Cuaresma 
Evangelio: Mateo 17, 1-9

Hoy celebramos el Segundo Domingo del Tiempo de Cuaresma, en el cual la Palabra de Dios tiene como eje central la manifestación del Señor al ser humano. 

En la Primera Lectura, la manifestación de Dios se da en términos de bendición. Abraham, un hombre ya anciano que vive en Ur de Caldea, recibe un llamado repentino de Dios a salir de su tierra. Esta petición viene respaldada por dos promesas de parte de Dios: una tierra donde vivir y una numerosa descendencia. Lo que llama la atención de esta situación es la respuesta de Abraham, pues él no duda, como tampoco coloca condiciones al llamado de Dios; su respuesta es un sí radical, que se nos presenta hoy a nosotros como modelo de fe, de quien escucha la voz de Dios y, a su vez, reconoce las maneras como Él se manifiesta en su vida.

En la Segunda Lectura, el apóstol San Pablo nos ofrece otra manifestación de Dios: el duro trabajo del Evangelio, al cual nos invita a hacer parte. Esta invitación exige de nosotros un compromiso, que está animado por la promesa de Dios de concedernos su Gracia por medio de Jesucristo, ya que Él es la manifestación de Dios en el mundo, gracias a su Muerte y su Resurrección.


En el Evangelio, Jesús manifiesta su divinidad a sus discípulos y confirma que es el Hijo de Dios, pues aparece conversando con dos personajes fundamentales en la historia de fe del pueblo de Israel: Moisés y Elías. También se muestra que Jesús es el Hijo amado del Padre y a quien Él ha escogido para salvar la humanidad. 

Puede ser que a nosotros nos suceda algo parecido que a los discípulos y nos dejemos llevar por el resplandor y la majestuosidad de la escena, en la cual aparece el Señor resplandeciente en medio de Moisés y Elías. También a muchos de nosotros nos gustaría hacer tres tiendas y quedarnos en el Monte Tabor con el Señor y olvidarnos de nuestra realidad, la cual a veces no se parece en nada a la escena de la Transfiguración.

Sin embargo, Jesús nos trae de nuevo a la realidad y nos muestra que su manifestación divina se hace en la vida diaria, mientras estamos trabajando y conviviendo con otras personas. Precisamente, es en lo cotidiano en donde Jesús se nos presenta como el Señor y nos regala todo su amor y su gracia. Por ello, debemos aprender a ser contemplativos en la vida diaria, es decir, descubrir a Dios actuando en todas las personas y en toda la creación.

Por lo anterior, vale la pena que te preguntes: ¿Cuál es mi actitud ante la acción de Dios en mi vida? ¿Prefiero la comodidad o, por el contrario, estoy dispuesto a seguirlo en la cruz y en la Resurrección? 

viernes, 3 de marzo de 2017

Reflexión Domingo 1 de Cuaresma. Ciclo A

Domingo 5 de marzo de 2017
Primer Domingo de Cuaresma
Evangelio: San Mateo 4,1-11

En este Primer Domingo de Cuaresma, el Evangelio nos presenta las tentaciones que le propone el diablo a Jesús. Llama la atención que es el Espíritu quien conduce al Señor al desierto, es decir, Dios no nos invita a huir a las circunstancias de la vida, sino que nos acompaña para hacerles frente. De este modo, las tentaciones le son propuestas a Jesús mientras Él estaba en el desierto por espacio de 40 días y 40 noches, esto es, el desierto representa aquel lugar ausente de vida, en donde es difícil sobrevivir, un lugar de reflexión y prueba. 

En este contexto, surge la primera tentación: “Si de veras eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes”. Esta tentación comienza por un condicional, con el cual el diablo pone en duda la divinidad de Jesús y sigue con una prueba de tipo material: convertir las piedras en panes. La respuesta de Jesús se puede relacionar con el inicio del Evangelio de San Juan: “En el principio ya existía la Palabra y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios (…) Por medio de Él, Dios hizo todas las cosas, nada de lo que existe fue hecho sin Él” (Juan 1, 1.3). En otros términos, Dios nos alimenta con su Palabra y gracias a ella nos ofrece el sentido de la existencia, pues la Palabra de Dios da vida.  

Luego, se propone la segunda tentación: “Si de veras eres Hijo de Dios, tírate abajo”. Al igual que la tentación anterior, el diablo duda de la divinidad de Jesús y se basa en la Escritura para justificar la tentación. A nosotros en la vida diaria también se nos presentan tentaciones y nosotros nos justificamos en las normas. Ciertamente, Jesús responde a partir de la Escritura y dice que no se tentará a Dios. Por lo mismo, todo aquello que busque el beneficio egoísta de alguien o pretenda perjudicar a alguna persona, no procede de Dios.

Por último, la tercera tentación dice: “Yo te daré todo esto si te arrodillas y me adoras”. Esta tentación va dirigida a deleitar a la persona de Jesús con los honores y privilegios del mundo. En nuestra vida diaria nos suele ocurrir con frecuencia que buscamos los aplausos y reconocimientos de los demás. Sin embargo, Jesús nos recuerda que es uno sólo a quien se debe adorar y hacer reverencia: Dios.

Al final de las tentaciones, el Evangelio señala que el diablo se retiró y que los ángeles acudieron a servir a Jesús. Esto significa que quien es fiel a Dios, Él no lo dejará solo, sino que le regalará los medios para ayudarlo a seguir adelante en el camino de la vida. Por esto, pregúntate: ¿Cómo respondes ante tanto amor que Dios te regala?