Evangelio: Mateo 16,21-27
En la actualidad se han difundido los
discursos que buscan reclamar la aplicación los derechos humanos, no sólo a
nivel político, sino en nuestra vida cotidiana, pues hasta en la familia unos y
otros exigimos nuestros derechos, incluso en situaciones sencillas, por
ejemplo, cuando el hijo le exige a su padre que no ingrese a su habitación
porque invade su espacio vital.
Sin embargo, este tipo de reclamos y
pretensiones dejan de lado otro elemento que es fundamental para nuestra
convivencia en sociedad: el deber. Es válido exigir la aplicación de los
derechos, pero éstos se deben comprender desde el complemento que ofrecen los
deberes, pues todos tenemos derechos, en la medida en que para Dios y para la
ley humana existe un principio de igualdad, pero los derechos de cada persona
terminan cuando empiezan los derechos de los demás. En otras palabras, los
derechos de los demás son mis deberes.
A través del Evangelio de hoy, en el cual Jesús
realiza el primer anuncio de la pasión, el Señor nos enseña el valor de la
responsabilidad, pues en sus recorridos por pueblos y ciudades en donde predica
el Reino de Dios, el Señor llama a muchas personas a seguirlo, pero es claro en
su invitación y desde el inicio les presenta la consecuencia del seguimiento:
la cruz. Este es un ejercicio de responsabilidad, mediante el cual vemos que
Jesús lleva a cabo la misión de salvar a la humanidad, encomendada por el
Padre.
La actitud opuesta a la de Jesús se manifiesta por medio de Pedro, quien intenta impedir que el Señor realice su misión redentora. Pedro se deja llevar por el impulso humano que tiende hacia lo limitado, lo individual, esto es, la vía de la comodidad y del camino fácil, que busca grandes resultados con el mínimo de esfuerzo. Lamentablemente, estos son los criterios del mundo que se resiste a quien anuncia el Evangelio, ya que lo cuestiona y lo excluye. Por esta razón, el Señor entrega su vida, no porque sea el deseo del Padre celestial, sino por el pecado social que inclina al ser humano a la indiferencia y al egoísmo, sin pensar en las consecuencias de sus actos.
Por el contrario, cuando somos responsables, estamos siendo
fieles a los deberes encomendados y, de tal modo, vivimos de una manera coherente
el seguimiento del Señor, pues para llegar a la resurrección con Él, debemos
pasar primero por la pasión y la cruz.
Esta actitud de responsabilidad se asemeja
al encargado de cuidar las alcantarillas en una ciudad, quien vigilaba el
comportamiento de las personas en sus casas y de controlar si reciclaban y de
observar qué hacían, por ejemplo, con los líquidos contaminantes. Un día, el
guardián llegó a una casa en donde la familia no hacía reciclaje. Allí, el
guardián les explicó que con un solo litro de aceite se podían contaminar hasta
1.000 litros de agua y los llevó a un río, donde les enseñó que muchísimos
peces morían al no poder respirar en un agua tan sucia. De este ejemplo, la
familia recapacitó y empezó a reciclar.
Por tanto, al ser responsables con
nuestros deberes hacemos vida el llamado del Señor a seguirlo, pues la
responsabilidad nos conduce a ser coherentes entre lo que decimos y hacemos y
esto muchas veces trae consigo la cruz, pues quien cumple fielmente sus deberes
es criticado o cuestionado por quienes siguen el camino fácil, que es el del
individualismo, el de reclamar exclusivamente los derechos, sin asumir los
deberes. Y tú, ¿qué actitud estás asumiendo en tu vida?