domingo, 22 de marzo de 2020

Reflexión Domingo 4 de Cuaresma. Ciclo A

DOMINGO 4 DE CUARESMA
San Juan 9, 1 – 41:

Seguramente en nuestra vida hemos escuchado varias historias sobre ciegos, ya sean reales o en forma de cuento, incluso hemos jugado a la gallina ciega, que consiste en que a uno de los jugadores se le vendan los ojos, luego se le da vueltas y, sin poder ver, tiene que atrapar a los demás participantes. Sin duda alguna, las personas que han realizado este juego coinciden en señalar la impotencia, angustia e incertidumbre que sintieron al tener vendados los ojos y, a la vez, tratar de atrapar a sus amigos.

En este sentido, en el Cuarto Domingo del Tiempo de Cuaresma la reflexión de la Palabra de Dios gira en torno al tema de la vista, no sólo física, sino espiritual. Ver no sólo indica la capacidad de distinguir varias cosas o personas entre sí, sino que implica la capacidad de discernir la acción de Dios en la vida propia y en las de los demás.

En la Primera Lectura, el Profeta Samuel tiene la misión de ungir al elegido por Dios para ser el nuevo rey del pueblo de Israel. Para ello, tiene que ir a visitar la familia de Jesé y aunque al principio Samuel se deja llevar por la apariencia, él se deja llevar por la acción de Dios y ve en el hijo menor, en el pastor de ovejas, David, al elegido por Dios y lo unge. De este modo, ver con los ojos de Dios implica ir más allá de lo evidente y dejarse guiar por el Espíritu Santo, quien actúa desde lo más profundo de nuestro ser. En efecto, quien ve con los ojos de Dios descubre que en lo humilde y sencillo está la grandeza del Señor.

Por otra parte, San Pablo en la Segunda Lectura nos invita a vernos como hijos de la luz, gracias a la resurrección de Jesús, a diferencia de quienes se encuentran en las tinieblas. Ahora bien, la manera de identificar a quienes se encuentran entre la luz y las tinieblas se halla en las obras de cada uno. Por una parte, los hijos de la luz buscan salir de sí mismos y ser generosos, mientras que por otra, los hijos de las tinieblas se caracterizan por la búsqueda de sus propios intereses egoístas, sin fijarse en las realidades de los que están a su alrededor. En otras palabras, el hijo de la luz ve el rostro de Jesús en todas las personas que lo rodean y, por ello, sus obras se orientarán al servicio de todos.

En este orden de ideas, el Evangelio nos muestra la curación que hizo Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Este signo milagroso es realizado por el Señor en sábado, lo cual fue motivo de crítica por parte de los judíos.

Ciertamente, Jesús se ocupa por salvar a la persona y, para ello, primero conoce la situación de la persona, lo que la aqueja, aquello que la ata desde adentro y no le permite ver la vida nueva plena que Él le ofrece. Por esta razón, Jesús va más allá de la prohibición de realizar un signo milagroso en sábado, precisamente porque no se limita a la curación física, sino que Jesús quiere a salvar a la persona por completo, tanto interior como exteriormente, y ayudarla a ver el amor y la misericordia de Dios en su vida cotidiana. Lamentablemente, los demás judíos se encerraron en sus cegueras y prefirieron seguir sus prejuicios y etiquetas, en vez de ver en Jesús al Hijo de Dios, gracias a sus señales milagrosas.

Igualmente, podemos recordar a tantas personas que, gracias a su seguimiento radical y fiel de Jesús, pudieron ayudar a que otras personas pudieran superar sus cegueras, de tal modo que reconocieran la acción misericordiosa de Dios en sus vidas, como sucedió con la Madre Teresa de Calcuta, quien supo poner en práctica las enseñanzas y las actitudes de Jesús, especialmente la misericordia frente al enfermo, al marginado y al excluido. Con su ejemplo de vida, la Madre Teresa supo ver en la otra persona a una hija de Dios necesitada de su amor y bondad.

Por último, podemos preguntarnos: ¿De cuáles cegueras necesitamos ser sanados por el Señor Jesús?

sábado, 14 de marzo de 2020

Reflexión Domingo 3 de Cuaresma. Ciclo A

DOMINGO 3 DE CUARESMA
San Juan 4, 5  42

En la sociedad actual nos encontramos atiborrados de ofertas de productos que pretenden satisfacer nuestras necesidades. Sin embargo, cada necesidad satisfecha crea otra nueva, hasta el punto de generar una cadena sin fin de necesidades, aunque en el fondo nos sintamos realmente insatisfechos, como si tuviésemos una sed insaciable. En el Evangelio de hoy, Jesús nos propone calmar aquella sed interior a través del agua que Él nos ofrece.

En el diálogo con la mujer samaritana, Jesús promete una fuente de agua que calma la sed de forma radical, pero no es una bebida como otras, sino que es una fuente que refresca y renueva el corazón. De esta manera, cuando dejamos que nuestro corazón sea inundado por la acción del Señor, comenzamos a vivir de una manera diferente, dejando de lado nuestros intereses egoístas y pensando más en ayudar a los demás. Quizás, este fue el cambio que experimentó la mujer samaritana: “Jesús como buen maestro nos envía a vivir de otra manera, con otra ley, bajo otra norma. Es pasar de la lógica del egoísmo, de la clausura, de la lucha, de la división, de la superioridad, a la lógica de la vida, de la gratuidad, del amor. De la lógica del dominio, del aplastar, manipular; a la lógica del acoger, recibir y cuidar”, nos dice el Papa Francisco.

Por lo mismo, el Papa señala que la lógica del Evangelio “no se convence con los argumentos, con las estrategias, con las tácticas, sino simplemente aprendiendo a alojar, a hospedar”, especialmente a los más necesitados. 

Cuando nos dejamos refrescar por el agua viva que nos ofrece Jesús, nuestras acciones cotidianas están orientadas al servicio del prójimo: “Cuanto bien podemos hacer si nos animamos a aprender este lenguaje de la hospitalidad... cuántas heridas, cuántas desesperanzas se pueden curar en un hogar donde uno se sienta bien recibido”, nos explica el Papa. 

En este sentido, la salvación se fundamenta en el amor a Dios y en el servicio a los demás, en otras palabras, el camino de la salvación se construye a partir de la fecundidad de nuestro servicio: “La intervención de Dios nos hace fecundos, nos da la capacidad de dar vida”. Nosotros, advirtió, “no podemos” hacerlo “por nuestras fuerzas”. Sin embargo, reveló, “muchos han hecho la prueba de pensar en nuestra capacidad de salvarnos”.  (Papa Francisco).

Sin embargo, para recibir el agua viva de Jesús también es necesaria la humildad, pues servir a los demás no es fruto del talento humano o de su protagonismo, sino que es un regalo de Dios y de su infinita bondad hacia la humanidad: “La humildad es necesaria para la fecundidad. Cuantas personas creen ser justas, como aquella, y al final son pobrecillas. La humildad de decir al Señor: “’Señor, soy estéril, soy un desierto’ y repetir en estos días estas bellas antífonas que la Iglesia nos hace rezar: ‘Oh Hijo de Dios, oh Adonai, oh Sabiduría, hoy, oh raíz de Jesé, oh Emmanuel, ven a darnos vida, ven a salvarnos, porque solo Tú puedes, ¡Yo solo no puedo!’ Y con esta humildad, la humildad del desierto, la humildad del alma estéril, recibir la gracia, la gracia de florecer, de dar fruto y de dar vida”. (Papa Francisco).

Por ello, preguntémonos: ¿Recibo el agua viva que me ofrece Jesús? ¿De qué manera expreso a los demás la renovación que Jesús produce en mi corazón?

sábado, 7 de marzo de 2020

Reflexión Domingo 2 de Cuaresma. Ciclo A

Evangelio: San Mateo 17, 1-9
Segundo Domingo de Cuaresma

En los deportes actuales, la noticia en boga en nuestro país son los triunfos de los ciclistas en las grandes competiciones. Por esta razón, ha aumentado la audiencia de las grandes vueltas ciclísticas y ya varios medios de comunicación se han sumado a cubrir dichos eventos deportivos. En este contexto, siempre se está a la expectativa de cuándo el ciclista colombiano va a deslumbrar y demostrar todas sus capacidades, con el fin de asegurar el triunfo en la carrera.

Este ejemplo puede ser aplicado en diversas circunstancias humanas, cuando se espera que una persona o un grupo de personas deslumbren por sus capacidades y demuestren todo su potencial ante una tarea asignada, llámese proyecto, competencia o trabajo. Ciertamente, a lo largo de su camino con Jesús, los discípulos estarían esperando el momento en que su Maestro se revelara y vislumbrara al pueblo con sus dones como Mesías.

Sin embargo, el Señor decidió realizar un anticipo de su Gloria sólo a unos cuantos de sus discípulos, a través de su Transfiguración. Por tanto, podemos ver que Jesús no buscaba el reconocimiento o el aplauso de las multitudes, sino que quería ofrecer un adelanto de la Vida Nueva que Él mismo le va a regalar a la humanidad gracias a su Muerte y su Resurrección y, con ello, también manifestarles a sus discípulos que Él era el Mesías.

Así como ocurre con los deportistas, el momento para mostrar sus capacidades no depende de los elogios del público, sino del objetivo que el mismo deportista se ha trazado; por ejemplo, el ciclista da todo de sí para ganar una competencia. Del mismo modo, Jesús se transfigura ante sus discípulos para revelar su Gloria ante ellos y, con esto, regalarles la paz, la fe y la esperanza, que eran necesarias para su seguimiento como discípulos.

Ahora, a nosotros nos corresponde descubrir cómo se nos revela Jesús en nuestra vida diaria y cómo manifiesta su Gloria, regalándonos una infinidad de bienes en la familia, en el trabajo, en el estudio. Ante esto, vale la pena que nos preguntemos: ¿Cómo le respondo al Señor, quien revela su Gloria en mi vida? 

sábado, 29 de febrero de 2020

Reflexión Domingo 1 de Cuaresma. Ciclo A

Evangelio: San Mateo 4, 1-11
Primer Domingo de Cuaresma

En este Primer Domingo de Cuaresma, el Evangelio nos presenta las tentaciones
que le propone el diablo a Jesús. Llama la atención que las tentaciones le son
propuestas a Jesús mientras Él estaba en el desierto por espacio de 40 días y 40
noches, es decir, el desierto representa aquel lugar ausente de vida, en donde es
difícil sobrevivir, esto es, un lugar de reflexión y prueba.
En este contexto, surge la primera tentación: “Si de veras eres Hijo de Dios,
ordena que estas piedras se conviertan en panes”. Esta tentación comienza por un
condicional, con el cual el diablo pone en duda la divinidad de Jesús y sigue con
una prueba de tipo material: convertir las piedras en panes. La respuesta de Jesús
se puede relacionar con el inicio del Evangelio de San Juan: “En el principio ya
existía la Palabra y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios (…) Por
medio de Él, Dios hizo todas las cosas, nada de lo que existe fue hecho sin Él”
(Juan 1, 1.3). En otros términos, Dios nos alimenta con su Palabra y gracias a ella
nos ofrece el sentido de la existencia, pues la Palabra de Dios da vida.
Luego, se propone la segunda tentación: “Si de veras eres Hijo de Dios, tírate
abajo”. Al igual que la tentación anterior, el diablo duda de la divinidad de Jesús y
se basa en la Escritura para justificar la tentación. A nosotros en la vida diaria
también se nos presentan tentaciones y nosotros nos justificamos en las normas.
Ciertamente, Jesús responde a partir de la Escritura y dice que no se tentará a
Dios. Por lo mismo, todo aquello que busque el beneficio egoísta de alguien o
pretenda perjudicar a alguna persona, no procede de Dios.
Por último, la tercera tentación dice: “Yo te daré todo esto si te arrodillas y me
adoras”. Esta tentación va dirigida a deleitar a la persona de Jesús con los
honores y privilegios del mundo. En nuestra vida diaria nos suele ocurrir con
frecuencia que buscamos los aplausos y reconocimientos de los demás. Sin
embargo, Jesús nos recuerda que es uno sólo a quien se debe adorar y hacer
reverencia: Dios.
Al final de las tentaciones, el Evangelio señala que el diablo se retiró y que los
ángeles acudieron a servir a Jesús. Esto significa que quien es fiel a Dios, Él no lo
dejará solo, sino que le regalará los medios para ayudarlo a seguir adelante en el
camino de la vida. Por esto, pregúntate: ¿Cómo respondes ante tanto amor que
Dios te regala?

domingo, 23 de febrero de 2020

Reflexión Domingo 7 del Tiempo Ordinario. Ciclo A

DOMINGO 7 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Mateo 5, 38-48:

Hace un tiempo, escuché el siguiente cuento: "Una noche tuve un sueño: soñé que estaba caminando por la playa con el Señor y, a través del cielo, pasaban escenas de mi vida. Por cada escena que pasaba, percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena: unas eran las mías y las otras del Señor. Cuando la última escena pasó delante nuestro, miré hacia atrás, hacia las pisadas en la arena y noté que muchas veces en el camino de mi vida quedaban sólo un par de pisadas en la arena. Noté también que eso sucedía en los momentos más difíciles de mi vida. Eso realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor: "Señor, Tu me dijiste, cuando resolví seguirte, que andarías conmigo, a lo largo del camino, pero durante los peores momentos de mi vida, había en la arena sólo un par de pisadas. No comprendo porque Tu me dejaste en las horas en que yo más te necesitaba". Entonces, El, clavando en mi su mirada infinita me contestó: "Mi querido hijo. Yo te he amado y jamás te abandonaría en los momentos más difíciles. Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas fue justamente allí donde te cargué en mis brazos".

La historia anterior nos enseña una cualidad de Dios hacia la humanidad que, a su vez, refleja su profundo amor por todos nosotros: el cuidado. Tanto se ocupa Dios por nosotros que, aparte de caminar a nuestro lado a lo largo de nuestra vida, también es capaz de cargarnos en los momentos de dolor y dificultad. Esto sólo lo hace alguien que ama profundamente a la otra persona, sin condiciones ni etiquetas.

Precisamente, la Palabra de Dios de este domingo trae como tema central el amor al prójimo, el cual se expresa en el cuidado que podemos tener por los demás.

En la Primera Lectura, ya podemos darnos cuenta que desde el Antiguo Testamento el Señor llama al ser humano a la santidad, la cual se expresa en el amor al prójimo, es decir, en su cuidado y su corrección. Sin embargo, corregir no implica violentar al otro, sino ayudarlo a que crezca y mejore su vida, siempre con cariño y amabilidad. Por ello, el cuidado debe estar movido por un profundo amor y por respeto a los demás, de lo contrario caeríamos en la intransigencia y en el atropello.

Por lo mismo, el camino para llegar a la santidad parte del reconocimiento que tanto nosotros mismos como los demás somos templos de Dios, esto es, tesoros de su Gracia, como lo señala el apóstol San Pablo. Si descubrimos que cada uno de nosotros hemos sido creados por amor de Dios y que por este amor se nos han sido regalados un conjunto de cualidades, talentos y oportunidades, seguramente nos comenzaríamos a ver de manera diferente los unos hacia los otros. El cuidado por el otro parte de la autoestima que poseemos cada uno y ésta se consolida en la medida en que reconocemos a Aquel que nos amó primero hasta enviar a su querido Hijo para que tuviéramos una vida plena. Sin duda alguna, cuando alguien se siente amado de verdad, logra transformar su vida y abrirla al servicio de los demás.

No obstante, Jesús nos abre aún más el horizonte del amor al prójimo, pues no lo reduce a amar solamente a quienes nos agradan, sino que nos invita a amar a los enemigos, es decir, salir de nosotros mismos, no juzgar ni etiquetar a los otros. Para Jesús, el prójimo no tiene límites ni reservas, sino que es todo el mundo sin excepción, razón por la cual se incluyen quienes antes estaban marginados: los pobres, los que piensan diferente, las mujeres, los ancianos, los niños; el prójimo es el otro, es el "tú" en infinito.

Por lo anterior, vale la pena que nos preguntemos: ¿De qué manera estoy sirviendo a los demás? ¿Los más necesitados se encuentran dentro de mis prioridades de servicio?

sábado, 15 de febrero de 2020

Reflexión Domingo 6 del Tiempo Ordinario. Ciclo A


DOMINGO 6 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Mateo 5, 17-37:

En diversas instituciones se puede encontrar la tensión entre el cumplimiento estricto de las normas y la atención personalizada a cada uno de los usuarios. Quizás, algunos funcionarios señalarán que es más importante cumplir el deber estipulado en los reglamentos, antes de acudir a los casos personales, en la medida en que ello derivará en desorden administrativo. Otros, por su parte, consideran que ambos elementos no riñen entre sí y que es posible seguir las normatividades sin perder de vista el ámbito de lo personal. También quedarán algunos que prefieren la atención personalizada, con el seguimiento de unos mínimos acuerdos para que la institución prevalezca.

Entonces, ¿nos quedamos con las normas o nos centramos en la persona concreta que está frente a nosotros? El Señor nos ofrece hoy algunas pistas que podemos tener en cuenta para darle un nuevo sentido a las leyes.

En primer lugar, en la ley existe un elemento que no es negociable: la persona y su libertad. Cada uno de nosotros vive su existencia dentro de un marco histórico determinado, es decir, en un tiempo, en un lugar y con unas características bien definidas, aunque pueda tener similitudes con otra persona. En este sentido, el Libro del Eclesiástico nos dice que, "si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudente cumplir su voluntad". Dios nos da la libertad de escoger el camino que vamos a seguir: por una parte, está su voluntad, la vida, la cual está basada en su sabiduría, pero por otra está la muerte, el sinsentido. Por ello, el criterio que nos propone el Señor se orienta al respeto de la libertad humana. Dios no impone y tampoco nos quiere controlar el destino. Su voluntad consiste en que tengamos vida, y ésta en abundancia.

En segundo lugar, es necesario diferenciar la sabiduría humana de la sabiduría divina, puesto que sobre esta última se edifica la voluntad de Dios, como ya se dijo. La sabiduría humana se centra en el poder y el tener, aún por encima de los demás. Como señalaba hace unos años el Papa Benedicto XVI, el poder y el dinero son los ídolos que buscan controlar la sociedad actual. Sin embargo, lo que puede preocupar de la presencia de estos ídolos es la dinámica que ellos generan en el corazón humano, debido a que orientan a la persona en un afán de acumulación, como se dice popularmente, "quien tiene poder, quiere más poder". La sabiduría divina, por el contrario, busca que la persona sea libre de apegos y oriente su vida hacia una felicidad que no aplaste o discrimine al otro, sino que lo construya y lo dignifique, esto es, el camino de la felicidad se construye con los demás.

En tercer lugar, Jesús nos enseña en el Evangelio que: "No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud". Jesús hace todo nuevo, porque le da un nuevo sentido a cada cosa que vive. La Ley no es la excepción. En su época, varios judíos pensaban en una revolución que acabaría con todas las estructuras existentes hasta el momento. Jesús, por su parte, le reconoce un valor a la ley, pero no como el seguimiento ciego de unas normas, sino como el medio que nos puede permitir reconocer aquello que es fundamental en la vida, lo que no es negociable: el amor de Dios presente en todo el mundo creado y, dentro de éste, en su humanidad muy querida.

Por consiguiente, las normas y leyes están orientadas a la convivencia humana y al servicio de los demás, razón por la cual no debe existir discriminación alguna entre las personas: la ley debe unirnos y ayudarnos a reconocer a Dios presente en el mundo y en la historia.

Por tanto, vale la pena que te preguntes: ¿Cuál es el sentido que le das al cumplimiento de normas y leyes?

sábado, 8 de febrero de 2020

Reflexión Domingo 5 del Tiempo Ordinario. Ciclo A

DOMINGO 5 DEL TIEMPO ORDINARIO
Mateo 5, 13-16:

En la antigüedad, la sal era un producto de gran valor, debido a sus múltiples usos En primer lugar, servía para la conservación y la sazón de los alimentos, especialmente la carne, puesto que no existían las neveras, tal como las conocemos hoy. En segundo lugar, la sal se convirtió en un objeto de fácil transacción con el cual se podían realizar trueques. En tercer lugar, la sal servía para pagar los jornales a los trabajadores, de lo cual surgió el término salario, que hace referencia al pago o retribución que obtiene una persona por un trabajo efectuado.

En este sentido, podemos asociar a la sal con beneficios para la vida personal, en cuanto ésta da sabor a los alimentos, pero también para la vida comunitaria, en tanto que permitía realizar transacciones y pagos. Si tomamos estos significados cotidianos y les colocamos un valor espiritual, podemos señalar que la sal es un signo de sentido vital, es decir, ésta puede representar la sustancia o el sabor que le colocamos a nuestra vida y, a la vez, la posibilidad de relacionarnos con los
demás, siempre y cuando nuestra existencia posea un rumbo definido.

Por lo anterior, la invitación que el Señor nos ofrece hoy en su Palabra es ser sal de la tierra y luz del mundo. Quizás esta expresión la hemos escuchado con frecuencia, sobre todo en las jornadas vocacionales y misioneras, pero puede ser que nos hayamos acostumbrado tanto a estas palabras que no comprendamos a profundidad su significado.

Ser sal de la tierra implica dar un sentido a lo que se hace y se vive. Ser luz del mundo corresponde a la tarea de guiar a otros. No obstante, no se puede dar sentido y no se puede guiar a los demás si antes no se tiene una experiencia de Dios que nos ilumine y nos oriente en la vida, pues sólo Dios es la sal y la luz de nuestra existencia, de modo que quien se deja llevar por el Señor, llega a ser también sal y luz para otras personas.

Sin embargo, la experiencia de Dios no se reduce a un conocimiento intelectual o académico, sino que transforma a toda la persona desde el corazón. De este modo, para poder ser sal de la tierra y luz del mundo primero debemos vivir una experiencia interior, en la cual nos dejemos iluminar por el Señor.

En este sentido, se cuenta que hubo un diálogo entre un maestro y su discípulo. El discípulo preguntó: “¿Cuál es la diferencia entre el conocimiento y la iluminación?”. El maestro respondió: “Cuando posees el conocimiento, empleas una antorcha para mostrar el camino. Cuando posees la iluminación, te conviertes tú mismo en antorcha”.

Por esto mismo, no basta con un conocimiento desde la razón. Encontrarse con Dios es una experiencia del corazón, con el fin de que sea Dios quien nos dé sentido a nuestra vida. Quien vive una experiencia interior de Dios la transmite en la relación con los demás, y eso se nota en las actitudes cotidianas en la familia, en el trabajo, en el estudio, en el barrio.

sábado, 1 de febrero de 2020

Reflexión Fiesta de la Presentación del Señor

Domingo 2 de febrero de 2020
IV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO
Presentación de Jesús
Evangelio: Lucas 2, 22-40

En el día de hoy celebramos como Iglesia la presentación del niño Jesús en el Templo y, con ello, la purificación de la Santísima Virgen. Por esta razón, también se celebra la advocación de la Virgen de la Candelaria o de las candelas, ya que el fuego es signo de purificación, limpieza y transformación.

Ciertamente, el efecto de la presentación de Jesús es la purificación de la persona. Por ello, las fiestas de la Presentación del niño Jesús y la Virgen de la Candelaria se encuentran unidas. Quien se encuentra con Jesús y lo deja habitar en su corazón, logra experimentar la purificación de todo su ser.

En este orden de ideas, el Evangelio del día de hoy nos muestra que en medio del rito de la purificación del Señor, que era una práctica del pueblo judío, está también un ejemplo de sencillez, pues Jesús, María y José van al templo con humildad y con pobreza,  ofreciendo dos tórtolas, pues dieron como ofrenda todo lo que tenían. Este ejemplo de la Sagrada Familia nos debe mover a dar lo mejor que somos y tenemos al Señor, a través de nuestro servicio a los demás.

Al respecto, dice un poema: ¿De qué le sirve al sabio abstraerse en el estudio
detallado de palabras sobre esto y lo de más allá, si su pecho no está empapado
de amor? ¿De qué le sirve al asceta vestirse con vistosos ropajes, si en su interior no hay colorido? ¿De qué te sirve limpiar tu comportamiento ético hasta sacarle brillo, si no hay música dentro de ti?

En este sentido, la purificación surge en el corazón del ser humano y conduce a la conversión de la persona, pero ésta es fruto de la acción de Dios: ¿De qué
manera permites que el Señor purifique tu vida?

sábado, 25 de enero de 2020

Reflexión Domingo 3 del Tiempo Ordinario. Domingo de la Palabra. Ciclo A

LLAMADOS A SER LUZ PARA LOS DEMÁS POR MEDIO DE LA PALABRA 

Lecturas:
Isaías 9,1-4: En Galilea de los Gentiles, el pueblo vio una luz grande
Salmo 26: El Señor es mi luz y mi Salvación 
1 Corintios 1,10-13.17: Pónganse de acuerdo y no estén divididos 
San Mateo 4,12-23: Síganme y los haré pescadores de hombres

Hace unas décadas atrás, uno de los juegos infantiles que con frecuencia se apreciaba en las calles de los barrios era el de la gallina ciega, el cual consiste en vendar los ojos a uno de los participantes y darle vueltas, de tal modo que luego trate de atrapar a los demás niños. Precisamente, la experiencia de no ver, es decir, estar en la tiniebla, muestra el estado de inseguridad y fragilidad del ser humano.

Las tinieblas evidencian la vulnerabilidad de la persona, en tanto que no puede desplegar todas sus capacidades con la versatilidad y tranquilidad que posee cuando puede ver, esto es, en la luz. Por ello, el Señor nos invita en este domingo a pasar de las tinieblas a la luz.

En este sentido, el profeta Isaías le ofrece al pueblo de Israel la esperanza de la luz que rompe las tinieblas, es decir, es el Señor quien libera al pueblo de la opresión, tal como lo recuerda el profeta en el día de Madián. Siguiendo el ejemplo del juego de la gallina ciega, la experiencia liberadora de Dios se puede asemejar a la sensación de quitarse la venda y recobrar la vista.

Sin embargo, valdría la pena preguntarse qué observamos cuando se nos retira la venda de los ojos. Si el Señor es quien nos retira la venda de los ojos, lo que observamos es una nueva posibilidad de vivir la vida, con todos sus esfuerzos y desafíos, lo que no quiere decir que vayamos a vivir en un mundo de fantasía y ficción, como se nos suele presentar en algunas películas fantásticas, en las que el personaje llega a un mundo diferente y allí construye una nueva vida. La luz que nos regala Dios no es una fuga del mundo, sino una nueva manera de estar en nuestro mundo y una nueva forma de relacionarnos con los demás.

Por lo mismo, el camino que emplea el Señor para quitarnos las vendas y ofrecernos su luz se da por medio de su Palabra. Del mismo modo como hizo con los primeros discípulos, Jesús se acerca a nuestra realidad, nos conoce, nos ama y nos llama por nuestro nombre para ser Pescadores de Hombres, guiados por su Palabra, lo que quiere decir que estamos llamados a ser colaboradores de su misión, que consiste en anunciar el Evangelio, tarea que posee tres características: anunciar la Buena Nueva de Jesús, enseñar el Evangelio y sanar las heridas que poseen los corazones de los demás, especialmente  los más necesitados. 

Esta fue la misión encomendada por el Padre a Jesús y que a su vez el Señor le participó a sus discípulos. Nosotros, como el nuevo Pueblo de Dios, estamos llamados a continuar con esta misión, en todo lugar y en todo momentos en el que nos encontremos: en familia, en el estudio o en el trabajo, en el barrio, etc. En otras palabras, estamos llamados a ser luz para los demás, ¿cómo lo llevamos a cabo?

sábado, 18 de enero de 2020

Reflexión Domingo 2 del Tiempo Ordinario. Ciclo A


DOMINGO 2 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Juan 1,29-34:

El libro Carta a García, "es un texto de auto superación escrito por Elbert Hubbard en 1899. En él se cuenta la anécdota del soldado estadounidense Rowan, que es llamado para entregar de parte del presidente de Estados Unidos, un mensaje al jefe de los rebeldes, oculto en la sierra cubana, en el curso de la Guerra hispano-estadounidense a fines del siglo XIX. El autor del libro resalta el hecho de que Rowan recibe el mensaje y se limita a entregarlo a pesar de que nadie le proporcionó información ni medios para encontrar a García, para lo cual Rowan recorre a pie la isla de Cuba de costa a costa. Ante esto, el autor propone por medio de otros varios ejemplos, que la aplicación para cumplir inmediatamente con la tarea encomendada, sin reticencias y sin vacilaciones, es el principal valor para conseguir el éxito, sobre todo en el trabajo, aún más que el talento o la erudición." Esta reflexión que trae consigo la Carta a García nos ayuda a comprender el sentido de la Palabra de Dios de este domingo, pues en ella encontramos tres términos que se relacionan entre sí: Llamado, misión y Salvación.

Así como ocurrió con el soldado Rowan, quien fue llamado a realizar una misión, el pueblo de Israel ha sido escogido por Dios con una tarea o misión en particular, ser luz de las naciones para llevar la salvación del Señor hasta los confines de la tierra. Del mismo modo, el Señor nos llama a cada uno de nosotros, su nuevo pueblo de Israel, a volver a Él, a estar con Él. Precisamente, el llamado de Dios se da desde el seno materno, en lo más profundo del ser, en su historia, pero como señala el profeta Isaías, no basta con ser siervo, para lo cual Dios constituye a su pueblo como luz de otros pueblos.

En este sentido, el llamado de Dios nos conforma como personas  consagradas  a Él, en la medida en que compartamos  en comunidad, dado que si bien cada persona es llamada por su nombre, la vivencia de dicho llamado se da en comunidad, cuando servimos con generosidad y sinceridad a nuestros hermanos, especialmente aquellos más necesitados y pobres,  de tal manera que experimentemos la paz y bendición del Señor; esa era la intención del saludo de San Pablo a la comunidad de Corinto, quien a sí mismo se reconoce como Apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios.

Por lo anterior, la misión fundamental de toda persona llamada de Dios es acoger y anunciar su Palabra, reconociéndose como hija de Dios gracias a la muerte y resurrección de Jesucristo. No obstante, para que podamos anunciar la Palabra de Dios es necesario confesar a Jesús como el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, de la misma forma como lo hizo Juan el Bautista. De esto se sigue que quien confiesa a Jesús como el Cordero de Dios reconoce que sólo Él es el camino para llegar a la Salvación, gracias a la vida nueva que Él nos regala. En esto nos diferenciamos del soldado del cuento de la Carta a García, pues nuestro seguimiento del Señor no se da por una obediencia ciega, sino por el amor que surge en el corazón de quien se siente llamado y perdonado por Jesús, el Cordero de Dios y por esto mismo anuncia el Evangelio a través de su ejemplo de vida.

Lamentablemente, en nuestra búsqueda ciega de seguridad y confort olvidamos nuestra misión de anunciar el Evangelio, pues en vez de fijarnos en el Cordero de Dios, preferimos seguir ídolos que nos ofrecen alegrías pasajeras, tales como el poder y el dinero, razón por la cual vale la pena que reflexionemos acerca del significado que tiene para nosotros la Eucaristía, porque en ella podemos reconocer a Jesús como el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Por eso preguntémonos: ¿Reconocemos a Jesús como el Cordero de Dios? ¿Cómo lo anunciamos a los demás?

sábado, 11 de enero de 2020

Reflexión Fiesta del Bautismo del Señor. Ciclo A


BAUTISMO DEL SEÑOR
San Mateo 3,13-17:

En el día de hoy celebramos el Bautismo de Jesús. Con esta fiesta culmina el tiempo de Navidad y se da inicio al Tiempo Ordinario. Precisamente, el Bautismo del Señor representa un punto de partida, un comienzo para vivir de la mano de Dios y guiado por su Santo Espíritu.

Durante la época de Jesús, el bautismo que realiza Juan es un signo de conversión que fue acogido por muchas personas. La gente recibe este bautismo como signo de arrepentimiento y cambio de vida. Incluso, algunos judíos pensaron que Juan era el Mesías esperado, pero en el Evangelio según San Mateo se aclara que Juan es el Precursor del Señor, quien prepara su camino, de acuerdo con las palabras del profeta Isaías: “Voz del que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas” (Mateo 3, 3). Por lo mismo, el anuncio y la invitación a la conversión que realiza Juan el Bautista sirve como preparación para la misión que va a llevar a cabo Jesús.

Sin embargo, ¿por qué se bautiza Jesús si no ha cometido pecados? En el Bautismo Jesús asume el pecado de la humanidad y lo borra. Asimismo, el Bautismo de Jesús es un anticipo de su Misterio Pascual, pues el ser sumergido en el agua representa el descenso a la muerte para luego levantarse y recibir el Espíritu como muestra de la Resurrección.

Por el Bautismo, nosotros participamos del Bautismo de Jesús y tenemos la oportunidad de dejar habitar al Señor en nuestro corazón y, de este modo, purificar el corazón.

Asimismo, el Bautismo, como camino de renovación de nuestra vida, nos ofrece tres dones importantes que nos comprometen a salir de nosotros mismos y a seguir el ejemplo de Jesús: perdón, oración y fe:

  • Perdón: Debemos usarlo todo el tiempo, apenas veamos una impureza, el cual debemos aplicar. No nos acostemos nunca sin haber pedido perdón y sin haber perdonado. El resultado será que en paz nos acostaremos y nuestro sueño se sustentará.
  • Oración: Si no hidratamos la piel del rostro, se marchita. De igual modo, si no oramos, nuestro corazón se reseca. Pero a medida que confiamos en Dios, el afán y la ansiedad desaparecen, y aprendemos a reposar y esperar en el Señor. Para ello es importante meditar la Palabra de Dios. Así como en lo físico no podemos vivir sin alimentos, nuestro corazón necesita el alimento de la Palabra de Dios. Cuando nos alimentamos con la Palabra, la debilidad y la confusión desaparecen. Seremos como árbol plantado junto a corrientes de agua viva.
  • Fe. Con la Fe nos protegeremos de las inclemencias de la vida, miraremos por encima de las circunstancias y pasaremos adelante, victoriosos en medio de las pruebas. A través de nosotros, Dios moverá montañas y alcanzaremos a otros para gloria de Dios.

Y tú, ¿cómo limpias tu alma y tu corazón?

sábado, 4 de enero de 2020

Reflexión Solemnidad de la Epifanía del Señor


Solemnidad de la Epifanía del Señor
Evangelio: Mateo 2,1-12

Hoy se celebra en Colombia la fiesta de los Reyes Magos, la cual nos invita a centrarnos en reconocer a Jesús recién nacido como el Salvador del mundo, lo que se conoce en la Iglesia como la Epifanía del Señor. En diversos países del mundo, se suele tener en esta fecha, que se celebra propiamente el 6 de enero, el intercambio de los regalos y se le da la importancia a los obsequios materiales, dejando de lado al personaje principal de nuestras celebraciones navideñas: Jesús.

Por lo mismo, en la visita de los Reyes Magos a Jesús, descubrimos dos actitudes: la persistencia y el deseo de ofrendar al Señor. A pesar de venir de lugares lejanos, estos reyes o sabios no dejan su tarea de buscar al Salvador y, más allá del tipo de regalos, sobresale el deseo de hacer una ofrenda al Señor. En ocasiones, a nosotros nos hace falta constancia al momento de encontrarnos con Jesús y lo único que le ofrecemos son nuestros pesares. Sería admirable que, de vez en cuando, podamos presentarle al Señor lo mejor de nosotros mismos: nuestras alegrías, esperanzas y gozos.

Ciertamente, en el encuentro con Jesús, cada persona ofrece lo que trae en sus manos, lo cual no necesariamente es material, sino que tiene que ver con lo que es cada uno. Dicho en otras palabras, cada persona ofrece lo que es: sus sentimientos, pensamientos, emociones, actitudes, aptitudes, sueños, temores, miedos y esperanzas.

En los reyes magos encontramos aquellas personas constantes y perseverantes que ofrecen lo mejor a Jesús. Los regalos que nos dice la tradición que le ofrecieron al Salvador representan, más allá del valor material, los más nobles sentimientos que puede tener el corazón humano.

Y tú, ¿qué le ofreces a Jesús?


miércoles, 1 de enero de 2020

Reflexión Solemnidad Santa María Madre de Dios


SOLEMNIDAD SANTA MARÍA MADRE DE DIOS
San Lucas 2,16-21:

En este primer día del año, celebramos la Solemnidad de Santa María Madre de Dios. El Evangelio de hoy nos presenta a María como Madre de Jesús a través de la visita de los pastores. Por eso, llama la atención que sea precisamente en el encuentro con los más sencillos y pobres como se manifieste el Salvador y, junto con Él, su Santísima Madre.

En este sentido, la Palabra de Dios nos ofrece una gran lección: Para encontrarse con Dios es necesario despojarse de todo apego, ambición e interés personal. Más que llevarle riquezas, los pastores les ofrecieron al Señor y a la Sagrada Familia su humildad y su sencillez.

De igual modo, el Evangelio de hoy nos presenta cuatro elementos fundamentales, los cuales se pueden expresar en cuatro preguntas:

¿Cómo voy al encuentro de Jesús? Los pastores fueron de prisa hacia el pesebre, a ver al Salvador, de acuerdo con las señales que les había dado el ángel. Esta actitud refleja alegría, emoción y curiosidad, es decir, un deseo por constatar el mensaje del ángel. Por ello, vale la pena que nos preguntemos acerca de nuestra actitud al momento de buscar a Dios, pues la actitud refleja nuestra intención para acercarnos a Dios. Hay quienes buscan a Dios por necesidad, otros por rutina o costumbre, otros tantos van por agradecimiento y algunos porque realmente reconocen en aquel niñito del pesebre a su Señor.

¿En dónde encuentro a Jesús? Los pastores encontraron al niño en un pesebre. Recordemos que María y José no habían encontrado posada en Belén, lugar al que habían ido por cuenta del censo que había ordenado el emperador Romano Augusto. El lugar nos presenta una intención muy concreta de Dios: Él no quería que desviáramos nuestra mirada por los lujos del lugar o la pompa de los rangos y potestades del mundo o, incluso, por los honores que se acostumbra ofrecer en el mundo a los grandes personajes. Por lo mismo, Jesús no nació en un palacio, sino en la humildad de un pesebre, esto es, en un lugar desprovisto de todo, con el fin de que nosotros centremos nuestra mirada en lo fundamental, en el Salvador que se hace uno como nosotros.

¿Doy testimonio de mi encuentro con Dios? Los pastores regresaron a sus labores y dieron testimonio de lo que habían visto y oído. No se quedaron en un eterno paraíso, sino que volvieron a su cotidianidad y, desde allí, hablaron de su experiencia en el pesebre. Quizás, nosotros tenemos la tentación de conformarnos con largos ratos de oración, sin poner en práctica en nuestro diario vivir aquello que hemos visto y oído con el corazón.

¿Reconozco a Jesús en mi vida cotidiana? El Evangelio nos narra que a los ocho días del nacimiento, el niño fue presentado y circuncidado en el Templo. Allí se le puso el nombre de Jesús, según el anuncio del ángel. Este hecho refleja dos cosas: primera, Jesús y su familia hacen parte de un pueblo y de una época específica. Este es el centro del nacimiento de Jesús, ya que manifiesta la decisión de Dios de salvar a la humanidad, haciéndose uno como nosotros. La segunda, que por medio de la encarnación, Jesús comparte nuestra vida y nuestra cotidianidad. Por esta razón, la familia de Jesús siguió la tradición judía y, por ello, el niño fue circuncidado. Esto quiere decir que Jesús se presenta en la vida cotidiana del ser humano y comparte sus costumbres, sus alegrías y sus tristezas y se presenta como Jesús, el Salvador. Ahora nos corresponde a nosotros reconocerlo, así como lo hizo Simeón, luego de la presentación de Jesús en el templo.

Por otra parte, en la fiesta de hoy, la Iglesia nos regala el ejemplo de María, Madre de Dios y Madre nuestra. Ella, al igual que los pastores, respondió con humildad al llamado de Dios Padre y asumió la misión de ser la Madre de su Hijo. No ofreció cosas materiales, sino que con su “sí” puso su vida en las manos del Padre y se dejó guiar por el Espíritu Santo en la misión encomendada.

Con relación a la humildad y a la docilidad, se dice que un fabricante de lápices tomó un lápiz justo antes de meterlo en su caja, y le dio unos consejos. Le dijo: Hay 5 cosas que debes saber antes que seas enviado al mundo. Siempre recuérdalas y serás el mejor lápiz del mundo. Las 5 cosas son las siguientes: a) Siempre harás cosas grandiosas, pero sólo si te dejas sostener en la mano de alguien más, b) Experimentarás el dolor en algunas ocasiones en que te saquen punta, pero es necesario para que seas cada vez un mejor lápiz, c) Tendrás errores, pero tendrás un borrador para corregirlos todos, d) La parte más importante de ti es la que llevas dentro y, e) En cualquier superficie que seas usado, tendrás que dejar tu marca. No importan las circunstancias o las condiciones, deberás continuar escribiendo.

Cada año que comienza es una nueva oportunidad para amar, para vivir y dar lo mejor de sí mismo. Y tú, ¿qué le ofreces a Jesús?