sábado, 28 de septiembre de 2019

Reflexión Domingo 26 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

DOMINGO 26 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Lucas 16, 19- 31:

Uno de los cuentos más famosos de Rafael Pombo era el de la "Pobre viejecita", el cual reza así: Érase una viejecita sin nadita que comer sino carnes, frutas, dulces, tortas, huevos, pan y pez. Bebía caldo, chocolate, leche, vino, té y café, y la pobre no encontraba qué comer ni qué beber. Y esta vieja no tenía ni un ranchito en que vivir fuera de una casa grande con su huerta y su jardín nadie, nadie la cuidaba sino Andrés y Juan Gil y ocho criados y dos pajes de librea y corbatín.

Nunca tuvo en qué sentarse sino sillas y sofás con banquitos y cojines y resorte al espaldar ni otra cama que una grande más dorada que un altar, con colchón de blanda pluma, mucha seda y mucho olán. Y esta pobre viejecita cada año, hasta su fin, tuvo un año más de vieja y uno menos que vivir. Y al mirarse en el espejo la espantaba siempre allí otra vieja de antiparras, papalina y peluquín. Y esta pobre viejecita no tenía que vestir sino trajes de mil cortes y de telas mil y mil. Y a no ser por sus zapatos, chanclas, botas y escarpín, descalcita por el suelo anduviera la infeliz.

Apetito nunca tuvo acabando de comer, ni gozó salud completa cuando no se hallaba bien .Se murió del mal de arrugas, ya encorvada como un tres, y jamás volvió a quejarse ni de hambre ni de sed. Y esta pobre viejecita al morir no dejó más que onzas, joyas, tierras, casas, ocho gatos y un turpial. Duerma en paz, y Dios permita que logremos disfrutar las pobrezas de esa pobre y morir del mismo mal.

Quizás, lo que nos puede presentar este cuento es una realidad que aparece en la mayor parte de los seres humanos y que corresponde a la constante insatisfacción que poseemos ante lo que tenemos y vivimos. En algunos momentos de la vida estaremos en esa búsqueda por satisfacer aquello que queremos y no nos basta con lo que poseemos.

Precisamente, la Palabra de Dios de este domingo nos presentará la ambición como una forma desordenada por satisfacer nuestros propios intereses, sin tener en cuenta las necesidades de los demás.

En este sentido, el Evangelio de San Lucas nos presenta la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro, que se encuentra únicamente en este Evangelio. En ella, Jesús realiza una crítica a los ricos que no se preocupan por los más necesitados.

Por ello, al hombre rico no le era suficiente con todo lo que poseía, pero no era capaz de ver la necesidad de aquel pobre mendigo, Lázaro, que estaba a las puertas de su casa y quería calmar el hambre tan solo con las migajas que caían de la mesa del rico.

De hecho, cuando el hombre rico reconoció los tormentos que estaba viviendo en la otra vida a causa de sus excesos, le pidió al padre Abrahán que enviara a Lázaro a su casa para que previniera a sus hermanos de lo que les podría suceder después de la muerte. No obstante, los milagros, como el que quería el hombre rico, son inútiles para quien no tiene fe, pues tiene su vida saturada de excesiva ambición y búsqueda de bienestar egoísta, razón por la cual le contestó Abrahán: "Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos. "

Por esta misma línea, el Profeta Amós critica el egoísmo y la ambición desmesurada de los ricos. Ahora bien, el problema de fondo no consiste en tener bienes materiales o aspirar a algún grado de bienestar, sino en otorgarle un valor diferente a los bienes. El trabajo, las posesiones, lo que tenemos y hemos conseguido con arduo trabajo y esmero son medios para poder llegar a nuestro fin, que es la felicidad, es decir, buscar, hallar y realizar la Voluntad de Dios. Por lo mismo, el problema consiste en convertir los bienes materiales en un fin, en la meta única de nuestra vida.

En consecuencia, la clave para colocar los bienes materiales en su justo lugar la ofrece el Apóstol San Pablo en su carta a Timoteo, en la cual nos propone la fidelidad a Cristo y a su Mandamiento, el del Amor, como guía de nuestra vida. De allí se sigue que quien es fiel a Cristo y ama a los demás, no busca obsesivamente bienes y privilegios para sí mismo, sino que orienta su vida al servicio y al beneficio de todos. De este modo, la persona no vivirá en constante insatisfacción, como le ocurrió a la pobre viejecita.

Y tú, ¿qué tan libre vives de los bienes materiales?

sábado, 21 de septiembre de 2019

Reflexión Domingo 25 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

DOMINGO 25 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Lucas 16,1-13:

Se dice que hace tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Cierto día, un perrito, buscando refugio del sol, logró meterse por un agujero de una de las puertas de dicha casa. El perrito subió lentamente las viejas escaleras de madera. Al terminar de subir las escaleras se topó con una puerta entreabierta; lentamente se adentró en el cuarto. Para su sorpresa, se dio cuenta que dentro de ese cuarto había 1000 perritos más, observándolo tan fijamente como él los observaba a ellos.

El perrito comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco. Los 1000 perritos hicieron lo mismo. Posteriormente sonrió y le ladró alegremente a uno de ellos. El perrito se quedó sorprendido al ver que los 1000 perritos también le sonreían y ladraban alegremente con él. Cuando salió del cuarto, se quedó pensando para sí mismo: - "¡Qué lugar tan agradable! Voy a venir más seguido a visitarlo."

Tiempo después, otro perrito callejero entró al mismo sitio y se encontró entrando al mismo cuarto. Pero a diferencia del primero, al ver a los otros 1000 perritos del cuarto se sintió amenazado, ya que lo estaban viendo de una manera agresiva. Posteriormente empezó a gruñir; obviamente vio como los 1000 perritos le gruñían a él. Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros 1000 perritos le ladraron también a él. Cuando salió del cuarto pensó: - "¡Qué lugar tan horrible es este!¡Nunca más volveré a entrar". En el frente de dicha casa, se encontraba un viejo letrero que decía: "La casa de los 1000 espejos".

En este cuento, la casa de los 1000 espejos reflejó lo que había en el interior de cada perrito, puesto que cada uno reaccionó según como se sintió ante las imágenes de tantos perritos. En el primer caso, el perrito asumió la responsabilidad de acoger lo que parecía ser una gran cantidad de perros y terminó aprovechando la situación a su favor. En el segundo caso, el perrito se sintió agredido y, en vez de asumir su temor, prefirió salir y no volver a regresar, es decir, evadió la responsabilidad de lo que hizo y sintió en esa casa. En la vida cotidiana nos sucede algo similar, pues encontramos situaciones que reflejan lo que hay en nuestro interior y cómo respondemos ante lo que se nos va presentando.

Precisamente, en las Lecturas de este domingo se nos insistirá en el tema de la responsabilidad. Por una parte, el Profeta Amós denuncia que la ambición de dinero lleva a la persona a abusar de los más pobres e indefensos, porque la avaricia conduce a la corrupción y a la exclusión de los menos favorecidos.

Esta denuncia del Profeta encuentra su eco en el Evangelio, ya que Jesús emplea una parábola para llamar la atención sobre la responsabilidad que debe tener un buen administrador ante el encargo recibido, la cual se basa en la libertad frente a los bienes materiales. Cuando la persona se aferra a los bienes, éstos pasan de ser un medio a un fin, la persona deja de servir, para utilizar a los demás en su propio beneficio, quitando la dignidad que cada persona se merece, tal como le sucedió al administrador infiel de la parábola. Por tanto, la persona responsable piensa en los demás y ora por ellos, según lo explica san Pablo en la Primera Carta a Timoteo.

En resumen, la persona responsable se caracteriza por ser libre ante los bienes materiales y en considerar primero las necesidades de los demás, especialmente los más necesitados.

Y nosotros, ¿cómo vivimos la responsabilidad?

sábado, 14 de septiembre de 2019

Reflexión Domingo 24 del Tiempo Ordinario. Ciclo C


DOMINGO 24 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Lucas 15, 1-32:

La Palabra de Dios de este domingo nos va a invitar a meditar sobre la misericordia de Dios y sus características. Ser misericordioso implica salir de nosotros mismos, servir y comprender a los otros y buscar reconocer a los demás como hijos de Dios y hermanos nuestros en la fe.

Al respecto, cuenta la historia que un día, un hombre invitó a un mendigo a comer en su tienda. Cuando el hombre estaba dando gracias, el otro empezó a maldecir a Dios y a decir que no soportaba oír Su Santo Nombre.  Presa de indignación, el hombre echó al blasfemo de su tienda.  Aquella noche, cuando estaba haciendo sus oraciones, le dijo Dios al hombre: “Ese hombre ha blasfemado de mí y me ha injuriado durante cincuenta años y, sin embargo, yo le he dado de comer todos los días. ¿No podías haberlo soportado tú durante un solo almuerzo?”.

Precisamente, la misericordia de Dios no tiene límites y nos ama, sin importar que nosotros no le correspondamos a tanto amor, tal como sucedió con el hombre de la historia que se la pasaba blasfemando de Dios. En este sentido, la misericordia de Dios posee tres características especiales: 1) la fidelidad, 2) la invitación a la conversión y, 3) la alegría.

Quien es misericordioso es fiel, es decir, permanece amando y sirviendo a los demás, sin importar las circunstancias. Dicha fidelidad nos la ofrece Dios mismo en la Primera Lectura, pues Él liberó al pueblo de Israel y permaneció fiel, a pesar de la infidelidad del pueblo. En nuestro caso, Dios nos regala su misericordia a través de su fidelidad, aunque nosotros seamos inconstantes y nos alejemos de Dios.

Asimismo, la misericordia de Dios nos mueve a la conversión, como ocurrió con el Apóstol San Pablo en la carta a Timoteo. Recordando su propia historia, Pablo reconoce que Dios no sólo lo perdonó, sino que le concedió la capacidad para llevar a cabo la misión que Cristo le había encomendado, es decir, anunciar el Evangelio, por medio de la Gracia, Dios le regaló al Apóstol la fe y el amor. De igual manera, el Señor nos ofrece las herramientas para transformar nuestro corazón y dar testimonio de dicho amor a los demás, en la vida cotidiana.

En este orden de ideas, la misericordia es alegría, así como la dicha que experimenta el pastor al recuperar a su oveja perdida, o aquella que siente la mujer al encontrar la moneda o lo que vive el padre cuando recupera a su hijo menor. Así funciona el corazón de Jesús, pues Él atiende y acompaña a quien está en problemas y no descansa hasta haberlo recuperado.

En contraste a la acción misericordiosa de Jesús, la lógica humana aceptaría la pérdida de la oveja, pues es más importante cuidar de las otras noventa y nueve, ya que se debe evitar la pérdida de más ovejas. Para el Señor, lo importante es rescatar a todos, que nadie se pierda y, para esto, deja las demás en el campo, en un lugar seguro, sin poner en riesgo a ninguna de ellas.

Quizás, la mayor parte de nosotros se identificaría con alguna de las noventa y nueve ovejas o con el hijo mayor, pensando que no estamos perdidos. Sin embargo, vale la pena que nos preguntemos cuáles son aquellos aspectos de la vida en los cuales estamos “perdidos” y necesitamos de la ayuda de Dios, el padre misericordioso y buen pastor, que con su amor misericordioso sale a nuestro encuentro y nos vuelve a llevar a casa, al redil.

Y tú, ¿eres misericordioso con los demás, de la misma manera como Dios lo ha sido contigo?

sábado, 7 de septiembre de 2019

Reflexión Domingo 23 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Lucas 14, 25-33:

Cuenta la historia que una vez un mico venía saltando por entre las ramas buscando comida, cuando de pronto vio unos cocos en el suelo y rápido bajó del árbol para averiguar si los podía comer. Pronto se dio cuenta de que los cocos tenían dos pequeños agujeros y estaban llenos de maní. El mico metió las manos con cuidado, porque los agujeros eran angostos, y tomó un puñado de maní, pero cuando quiso sacarlas no pudo pues los puños no cabían por el hueco. Entonces apareció un cazador, lo apresó y lo metió en una jaula.

Ciertamente, al mico lo que le pasó fue que se aferró al coco y al maní que estaba dentro, sin percatarse que el cazador estaba cerca. De algún modo, a nosotros nos sucede algo similar, en la medida en que nos apegamos a personas, cargos, lugares o cosas y olvidamos escuchar la voz de Dios, quien nos invita a seguirlo y encontrar, de esta manera, la felicidad.

En el Evangelio de hoy encontramos la invitación de Jesús a ser libres ante las personas y ante los bienes materiales. En este sentido, el Señor le anuncia a la gente que “quien no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío”. En otros términos, el Señor nos invita a ser ligeros de equipaje, es decir, a soltar las dependencias con el fin de acercarnos a Dios y descubrir el camino que Él nos está ofreciendo.

Así las cosas, el seguimiento de Jesús no es un logro humano, sino el fruto de una experiencia espiritual profunda, en la cual nos deshacemos de todo lo que nos ata. Por ello, Jesús nos presenta los ejemplos de quien construye la torre y del rey que se enfrenta a otro quien posee un ejército mayor, con el fin de invitarnos a no fiarnos del poder o del tener, sino a confiar en Dios y en su Palabra.

Y tú, ¿estás dispuesto a dejarte liberar por Dios de tus apegos?