sábado, 19 de diciembre de 2015

Reflexión Cuarto Domingo de Adviento. Ciclo C

Cuarto Domingo de Adviento. Ciclo C


Lecturas:
Miqueas 5, 1-4a
Salmo 79
Hebreos 10, 5-10
Lucas 1, 39-45

En Navidad, las familias buscan encontrarse y reunirse, sin importar qué tan lejos se encuentren los hijos, hermanos, nietos, etc. Por esta razón la cena de navidad se convierte en algo más que una simple comida y llega a ser un espacio de fraternidad y unión. No obstante, en ciertas ocasiones se olvida el motivo de la fiesta navideña y se deja de lado qué se celebra. Disfrutamos de la comida, la música, los regalos y la decoración; de hecho, varios personajes y objetos han incursionado en  nuestros ambientes navideños, tales como Papá Noel, el muñequito de nieve, el árbol de navidad, la chimenea, entre otros, olvidando quién nace en la vida de cada persona.

Por ello, este Cuarto Domingo de Adviento nos presenta el motivo central que nos reúne en Navidad, como lo es la Encarnación del Hijo de Dios. La bondad y el amor que Dios le ha manifestado al mundo ha llegado a su máxima expresión al enviarnos a su Hijo querido, no como un recuerdo de un hecho histórico sucedido hace un poco más de 2000 años, sino como una realidad que seguimos experimentando, gracias a la fe, por medio de la Eucaristía.

En ese sentido, el nacimiento de Jesús nos ofrece varias enseñanzas. En primer lugar, al nacer en un pesebre, el Señor nos enseña el valor de la humildad. A veces menospreciamos lo pequeño y lo sencillo, pues nos hemos acostumbrado a la búsqueda de la opulencia, de lo suntuoso, de lo desproporcionado. Por ejemplo, si tenemos un buen celular o un buen carro, queremos el último modelo, aún sin necesitarlo. Por eso, Jesús nos enseña a vivir con sencillez y a reconocer que cada detalle que se nos presenta en la vida es significativo, por pequeño que éste sea. Por lo mismo, bien dice el profeta Miqueas al exaltar la pequeña población de Belén, en donde nacerá el Mesías: "Pero tú, belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel" (Miqueas 5,1).

En segundo lugar, Dios Padre nos enseña que Él nos ha ofrecido el mejor regalo: su Hijo Jesucristo. Ni las mejores ofrendas ni los grandes sacrificios son los que quiere el Señor, como se indica en la Carta a los Hebreos. En la antigüedad, los diferentes pueblos o imperios solían hacer sacrificios a sus dioses, ya fueran ofrendas de lo que producían, animales o, incluso, seres humanos. Con Jesús, la humanidad descubrió que ha sido Dios mismo quien ha ofrecido el mayor sacrificio, al ofrecernos a su Hijo, quien se sigue haciendo presente en la Eucaristía, para que podamos obtener la vida nueva que procede de Dios, como se afirma en la Carta a los Hebreos: "todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre". (Hebreos 10,10)

En tercer lugar, la encarnación de Jesús es un acto de servicio, que parte desde el ejemplo de la Madre del Salvador, ya que María, a pesar de su embarazo, se encamina a visitar a su prima Isabel y, una vez allí se dispone a servirle (Lucas 1,39-45). La actitud de disponibilidad de María llega a ser, para cada uno de nosotros, un motivo para que nosotros, hoy en día, también nos pongamos en camino para buscar a Jesús, nos enamoremos de Él y le sigamos mediante un servicio incondicional, en el lugar en donde nos encontremos y con todas las personas, especialmente las más necesitadas. Seguramente, este mundo sería muchos más acogedor si todos nos propusiéramos ser más "héroes anónimos", es decir, personas que desean ayudar al prójimo sin buscar protagonismo, sin querer ser súper héroes de ficción, más personas de carne y hueso con un corazón sensible a las necesidades de otras personas. En otras palabras, necesitamos seres humanos que posean en su corazón un pesebre en donde nazca Jesús, de tal modo que con Du Luz puedan iluminar a otros.

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