sábado, 9 de noviembre de 2019

Reflexión Domingo 32 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

DOMINGO 32 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Lucas 20,27-38:

En el Evangelio de hoy, Jesús se encuentra en medio de una controversia con unos saduceos sobre la resurrección de los muertos, ya que este grupo de judíos, muy observantes de la Ley, negaban dicha posibilidad. Por ello, los saduceos le colocan el caso de una mujer que queda viuda, pero no tiene hijos, luego se casa con el hermano de su esposo, según la costumbre judía, pero tampoco tiene hijos; el hermano muere y así sucesivamente con los demás hermanos, hasta que ella muere. La cuestión de los saduceos era que, en caso de existir la resurrección, de quién sería esposa la mujer.

Esta manera de pensar de los saduceos nos presenta una realidad que con frecuencia tenemos los seres humanos: considerar que Dios actúa con nuestra propia lógica. De hecho, en nuestras relaciones humanas esperamos que los demás actúen a nuestro modo y según nuestros criterios.

Con relación a lo anterior, cuenta la historia que una mujer estaba inclinada sobre la víctima de un accidente de tráfico, y la multitud lo observaba. De pronto, se vio bruscamente apartada por un hombre que le dijo: «Haga el favor de echarse a un lado. Yo tengo un curso de primeros auxilios.» La mujer estuvo durante unos minutos observando lo que aquel individuo hacía con la víctima. Luego le dijo tranquilamente: «Cuando llegue el momento de ir en busca del médico, no se preocupe: ya estoy aquí.»

Así como le ocurrió al hombre experto en primeros auxilios de esta historia, creemos que Dios guarda silencio y no actúa y de manera inconsciente lo hacemos a un lado, como lo hizo este hombre con la mujer, sin saber que era médico. Y aunque profesamos nuestra fe en la eucaristía y en nuestras oraciones, en nuestro corazón dudamos de la promesa de la salvación y nos pasa lo mismo que a los saduceos, y terminamos siendo pesimistas frente a la resurrección.

El Evangelio de hoy nos muestra que en ciertas ocasiones nosotros seguimos obstinadamente nuestras ideas y prejuicios, olvidándonos de escuchar la voz del Señor que nos habla y nos muestra el camino que nos conduce a la vida nueva y verdadera que nos ofrece el Señor. Sólo Él nos regala la vida plena y eterna, de tal modo que estamos llamados a construir nuestra vida en Él.

Así las cosas, Jesús nos demostró con su propia vida que para Dios no hay nada imposible y que la muerte no tiene la última palabra, gracias a su Pasión, Muerte y Resurrección. Por tanto, vale la pena que nos preguntemos: ¿Cómo está mi fe en Dios? ¿Cómo la demuestro en mi vida cotidiana?

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