Solemnidad de la Inmaculada Concepción
Evangelio: Lucas 1, 26-38
Como Iglesia, hoy celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. En la Virgen encontramos la importancia de su obediencia y disponibilidad para que se diera la Encarnación de Jesús, el Hijo de Dios. Cuando nosotros queremos recibir a un invitado especial, preparamos nuestra casa para tal evento; del mismo modo sucedió con el nacimiento de Jesús, pues Dios dispuso a la mejor persona para que fuera la Madre del Salvador.
Precisamente, la palabra “disponer” significa dar lo mejor de sí mismo y esmerarse para preparar algo. En este caso, Dios dispuso de todas las condiciones para que su Hijo naciera. Sin embargo, esta disposición de Dios se dio con una característica muy especial: la humildad. Dios no quiso lujos, honores o privilegios humanos, sino que prefirió disponer el nacimiento de su Hijo entre los pobres y sencillos y para ello escogió a una joven de un pueblo remoto y marginado de una cultura dominada por el Imperio Romano.
Vistas así las cosas, en María encontramos la pureza, la disponibilidad y la obediencia necesarias para el encargo de ser la Madre de Jesús. En el saludo del ángel Gabriel encontramos que, a pesar de la magnitud de la misión encargada, María se encuentra dispuesta para asumirla, porque sabe que Dios le concederá la Gracia para llevarla a cabo.
Por lo anterior, vale la pena que nos preguntemos si tenemos dispuesto el corazón y la vida para recibir a Jesús, de la misma manera como lo hizo María: ¿Qué actitudes debo corregir para obtener la paz necesaria y poder así mostrar el rostro de Dios a los demás? ¿Qué necesito aprender y poner en práctica del ejemplo que me regala la Virgen María?
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