DOMINGO 3 DE CUARESMA
San Juan 4, 5 – 42:
En la sociedad actual nos encontramos atiborrados de ofertas de productos que pretenden satisfacer nuestras necesidades. Sin embargo, cada necesidad satisfecha crea otra nueva, hasta el punto de generar una cadena sin fin de necesidades, aunque en el fondo nos sintamos realmente insatisfechos, como si tuviésemos una sed insaciable. En el Evangelio de hoy, Jesús nos propone calmar aquella sed interior a través del agua que Él nos ofrece.
En el diálogo con la mujer samaritana, Jesús promete una fuente de agua que calma la sed de forma radical, pero no es una bebida como otras, sino que es una fuente que refresca y renueva el corazón. De esta manera, cuando dejamos que nuestro corazón sea inundado por la acción del Señor, comenzamos a vivir de una manera diferente, dejando de lado nuestros intereses egoístas y pensando más en ayudar a los demás. Quizás, este fue el cambio que experimentó la mujer samaritana: “Jesús como buen maestro nos envía a vivir de otra manera, con otra ley, bajo otra norma. Es pasar de la lógica del egoísmo, de la clausura, de la lucha, de la división, de la superioridad, a la lógica de la vida, de la gratuidad, del amor. De la lógica del dominio, del aplastar, manipular; a la lógica del acoger, recibir y cuidar”, nos dice el Papa Francisco.
Por lo mismo, el Papa señala que la lógica del Evangelio “no se convence con los argumentos, con las estrategias, con las tácticas, sino simplemente aprendiendo a alojar, a hospedar”, especialmente a los más necesitados.
Cuando nos dejamos refrescar por el agua viva que nos ofrece Jesús, nuestras acciones cotidianas están orientadas al servicio del prójimo: “Cuanto bien podemos hacer si nos animamos a aprender este lenguaje de la hospitalidad... cuántas heridas, cuántas desesperanzas se pueden curar en un hogar donde uno se sienta bien recibido”, nos explica el Papa.
En este sentido, la salvación se fundamenta en el amor a Dios y en el servicio a los demás, en otras palabras, el camino de la salvación se construye a partir de la fecundidad de nuestro servicio: “La intervención de Dios nos hace fecundos, nos da la capacidad de dar vida”. Nosotros, advirtió, “no podemos” hacerlo “por nuestras fuerzas”. Sin embargo, reveló, “muchos han hecho la prueba de pensar en nuestra capacidad de salvarnos”. (Papa Francisco).
Sin embargo, para recibir el agua viva de Jesús también es necesaria la humildad, pues servir a los demás no es fruto del talento humano o de su protagonismo, sino que es un regalo de Dios y de su infinita bondad hacia la humanidad: “La humildad es necesaria para la fecundidad. Cuantas personas creen ser justas, como aquella, y al final son pobrecillas. La humildad de decir al Señor: “’Señor, soy estéril, soy un desierto’ y repetir en estos días estas bellas antífonas que la Iglesia nos hace rezar: ‘Oh Hijo de Dios, oh Adonai, oh Sabiduría, hoy, oh raíz de Jesé, oh Emmanuel, ven a darnos vida, ven a salvarnos, porque solo Tú puedes, ¡Yo solo no puedo!’ Y con esta humildad, la humildad del desierto, la humildad del alma estéril, recibir la gracia, la gracia de florecer, de dar fruto y de dar vida”. (Papa Francisco).
Por ello, preguntémonos: ¿Recibo el agua viva que me ofrece Jesús? ¿De qué manera expreso a los demás la renovación que Jesús produce en mi corazón?
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