27 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B:
Lecturas:
Génesis 2, 18-24
Salmo 127
Carta a los Hebreos 2, 8-11
Marcos 10, 2-16
La Palabra de Dios de este domingo nos propone la familia como tema central, la cual es vista como un regalo de Dios a la humanidad, con el fin de que cada uno de sus miembros se desarrolle de manera plena e integral, esto es, en todas sus dimensiones y riquezas.
El Libro del Génesis nos presenta la creación de la mujer, tomada de la costilla del hombre. Con frecuencia se ha interpretado este texto como una manera de subyugación de la mujer al hombre, es decir, que el hombre predomina sobre la mujer. Sin embargo, el texto es mucho más rico y profundo, en la medida en que expresa la intención de Dios de que los seres humanos se complementen mutuamente, tal como sucede con el resto de criaturas de la Creación. Hemos sido creados iguales para apoyarnos, enriquecernos y ser una sola carne, tal como lo expresará Jesús en el Evangelio.
Por ello, duele ver que aún hoy en día se presenten casos de discriminación, exclusión y abuso de todo tipo, ya sea psicológico, físico y afectivo sobre las mujeres y también sobre aquellas personas débiles y rechazadas. Este tema de la igualdad no se debe cerrar a aspectos de lo que pueden hacer hombres y mujeres, sino a reconocer la mirada amorosa de Dios sobre cada uno, recuperando su valor y dignidad. En otras palabras, todos somos Hijos de Dios, sin excepción y sin condicionamiento alguno. Sólo desde la mirada de Dios podremos vencer las tendencias relativas que suponen tener la autoridad para determinar quién vive y quién no; Dios, desde su inmensa bondad, le da plenitud al ser humano y lo ubica en el delicado entramado de la Creación, en donde todos tenemos una misión.
La carta a los Hebreos, por su parte, nos va a indicar que Jesús es el modelo de toda la Creación. En Jesús encontramos el sentido y la misión de todo ser vivo y de toda la humanidad, gracias a su muerte y resurrección, pues con ello nos adquirimos la hermandad en Dios. Dicho de otro modo, todos somos hermanos por el misterio Pascual de Jesús y, desde esta fraternidad, estamos llamados a ser solidarios los unos para con los otros, como una sola familia común.
El Evangelio nos ofrece una visión del matrimonio, que además de ser una unión legal entre el hombre y la mujer, es la manifestación del amor y de la confianza en Dios que va más allá de toda tormenta que se nos presenta en la vida. Como dice el Apóstol San Pablo, las personas que se unen en matrimonio “serán los dos una sola carne” (Efesios 5, 31).
Actualmente, descubrimos con desconcierto que, al parecer, las relaciones de pareja tuviesen fecha de vencimiento. Cuando ya la otra persona “no me sirve” la aparto de mi vida, como si fuera un objeto. Lamentablemente, esta mentalidad se ha propagado en la sociedad actual, la cual ha afectado la conformación de la familia y la formación de los hijos. Por ello, preguntémonos: ¿Cuál es la realidad de mi familia: Estamos realmente unidos o cada uno toma su propio camino? ¿Cuál es el espacio que le dejamos a Dios en nuestro hogar?
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