Lecturas:
Apocalipsis 7, 2-4. 9-14
Salmo 23
I Carta de san Juan 3, 1-3
Mateo 5, 1-12a
Celebramos en este Domingo la solemnidad de Todos los Santos, lo que quiere decir que nosotros, como católicos, recordamos y honramos a todas aquellas personas que, a lo largo de la historia, nos han dado testimonio con su vida de seguir radicalmente a Jesús, a través del anuncio del Evangelio. Muchos de ellos han entregado su vida en el martirio y se han unido a Cristo en la entrega generosa de la vida por amor.
Cuando caminamos cerca de algunos santuarios, encontramos una variedad de almacenes y puestos ambulantes que ofrecen todo tipo de imágenes, cuadros, medallas, frascos con aguas y esencias y otros objetos que resaltan el poder curativo de los santos, ya sean reconocidos o no por la Iglesia Católica como tales. Sin embargo, después de recorrer por estas vías, que son necesarias para llegar a los templos católicos, nos queda el interrogante si en realidad la santidad consiste en una serie de artificios mágicos en donde se muestra "el poder" de una persona que, sin menospreciar sus virtudes, en su vida terrena tuvo que experimentar la fragilidad y la limitación del pecado. Por ende, ¿de quién viene la santidad? ¿No será que el camino a la santidad es diferente a lo esotérico, a los sahumerios y a la superstición que nos ofrece la sociedad de consumo?
Por ello, las lecturas del día de hoy están orientadas a presentarnos los criterios para llegar a la santidad. También nos recuerdan que todos nosotros, como creyentes, estamos llamados a ser santos.
Ser santo no se reduce a una imagen o a un cuadro que la gente venera, sino que va más allá del reconocimiento individual. Precisamente, el santo es todo lo contrario a quien busca los elogios y aplausos de los demás, pues se ha hecho menos para que Cristo pueda crecer en él. El libro del Apocalipsis, por ejemplo, presenta al santo como el siervo que ha sido marcado por el ángel y que, a su vez, "ha lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero" (Ap. 7,14). Sin embargo, puede parecernos un tanto extraña esta expresión de blanquear una vestidura con sangre, pero el sentido se orienta a que por medio de la purificación interior y del sufrimiento, el santo logra la identificación plena con Cristo, es decir, quien participa de la cruz de Jesús, también participa de su resurrección.
Asimismo, no se nos puede olvidar una enseñanza profunda que nos regala la Primera Carta del Apóstol San Juan: Dios es el único santo. Con frecuencia, nos quedamos con la idea un tanto mágica del santo, pues lo comparamos con un personaje de ficción, como si fuese un súper héroe, que tiene poderes sobrenaturales y lucha contra el mal en unas batallas épicas, propias de las películas que acostumbramos ver, olvidando que quien nos regala el don de la santidad es Dios mismo. Al contrario de nuestra percepción, el santo ha sido una persona profundamente humilde y libre de los apegos del mundo, que es capaz de tener una sensibilidad espiritual para descubrir la Voluntad de Dios en cada momento de su vida y, como regalo, recibe la Gracia de Dios, la santidad, ya que ha puesto toda su confianza en el Señor, tal como lo dice el Apóstol San Juan: "Y todo el que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, de la misma manera que Jesucristo es puro" (1 Juan 3,3).
Ahora bien, la ruta para llegar a la santidad nos la propone Jesús con las bienaventuranzas, las cuales nos muestran un horizonte para liberarnos de nuestros apegos de tal modo que, en vez de buscar el reconocimiento individual, anunciemos el Reino de Dios. Por tanto, las bienaventuranzas nos ofrecen las siguientes promesas de dicha y gozo para quienes practican las enseñanzas de Jesús:
- Es dichoso el pobre, es decir, quien pone su confianza en Dios y no en las cosas materiales.
- Dios ayudará y consolará a los necesitados, a los que lloran y sufren.
- Los humildes son las personas fieles a Dios, quienes buscan hacer su Voluntad.
- El hambre y la sed de justicia representan la búsqueda de la Voluntad de Dios en nuestra propia vida.
- Para ser perdonados por Dios, debemos perdonar primero a los demás.
- Los de corazón limpio son las personas sinceras que no tienen malicia en su actitud hacia Dios y con los demás.
- El creyente en Dios debe distinguirse principalmente por ser un constructor de paz y reconciliación en todo lugar donde se encuentre.
- El ser humano a veces prefiere seguir el camino fácil, el de la trampa y el engaño, y por eso rechaza a las personas que hacen el bien.
- Con frecuencia seguimos el camino del egoísmo, la ambición y la avaricia y por ello negamos, menospreciamos y rechazamos todo lo que viene de Dios y a las personas que anuncian el Evangelio.
- El Señor promete la Salvación a quienes lo siguen y prometen sus enseñanzas.
Para finalizar, nuestra tarea como creyentes es la de ser santos, como lo fue Jesús y tantas personas que lo siguieron con humildad y amor. En consecuencia, ser santos no es un asunto de popularidad y fama, sino de sacrifico y entrega desinteresada. Por ello, vale la pena que nos preguntemos: ¿Ayudo con frecuencia y desinterés a los demás? ¿Practico y deseo el bien a los que me rodean? ¿Oro con insistencia a Dios por las otras personas?
No hay comentarios:
Publicar un comentario