sábado, 28 de noviembre de 2015

Reflexión Primer Domingo de Adviento. Ciclo C

Primer Domingo de Adviento. Ciclo C:

Lecturas:
Jeremías 33, 14-16
Salmo 24
1 Tesalonicenses 3, 12 - 4, 2
San Lucas 21, 25-28. 34-36

Hace unos años, en las familias tradicionales de Bogotá se tenía la costumbre de invitar a las amistades a tomar onces en las horas de la tarde. Esto era todo un evento social para el cual se preparaba la casa y se ofrecían los más suculentos postres y galletas, acompañados del más delicioso chocolate santafereño. Por esta razón, surgió en la ciudad la costumbre de tomar onces, es decir, una merienda en las horas de la tarde.

Sin embargo, lo más importante de esta tradición era el hábito que se había generado al interior de cada familia, en donde se daba importancia para prepararse y acoger a la visita, aunque en ocasiones fuera una simple apariencia. De todos modos, siempre se trataba de ofrecer lo mejor a la persona que llegaba a la casa, de tal manera que se llevara la mejor impresión de la familia anfitriona.

En este orden de ideas, el Primer Domingo de Adviento nos hace un anuncio fundamental: el Señor viene. Y, por lo mismo, vale la pena que nos preguntemos cómo está "la casa" de nuestro corazón para recibirlo, qué le podemos ofrecer y cuánto tiempo le dedicaremos a tan ilustre visitante. De acuerdo con la historia que presentábamos al inicio de esta reflexión, es necesario disponer nuestra casa para la llegada del Señor, de tal manera que Jesús se quede habitando en nuestros corazones y nos renueve por dentro.

Por lo anterior, vale la pena que retomemos las Lecturas de este Domingo para identificar cuáles son las herramientas que nos pueden servir para prepararnos y recibir a Jesús.

En primer lugar, el Apóstol San Pablo nos indica que el amor mutuo es la clave para disponer el corazón. De la misma manera como el Señor actúa en cada persona, amándonos y perdonándonos, Él nos invita a compartir esta experiencia de profunda renovación interior, de igual modo como Jesús actúa en nosotros, es decir, amando y perdonando a los demás, pero no un amor superficial, de palabra, sino a través del servicio desinteresado e incondicional.

En segundo lugar, San Pablo también nos señala que la acción del Señor en cada uno nos fortalece internamente. Dicho en otras palabras, el amor de Dios nos regala una consistencia interior. Del mismo modo que la sal le da sabor a los alimentos, quien abre su corazón a Dios y descubre que Él es puro amor y bondad, su vida se transforma a tal punto que tendrá paz en su vida, a pesar de los problemas y dificultades que se puedan  presentar a diario. Por tanto, la fortaleza interior se expresa en la serenidad para tomar decisiones, en la generosidad para colaborar a otras personas, en la responsabilidad en los compromisos adquiridos, en la capacidad de escucha, que tantas veces nos falta y en la amabilidad al tratar a los demás.

En tercer lugar, Jesús nos enseña que debemos estar atentos a los signos que se presentan a diario en nuestra vida, es decir, tener capacidad para discernir, al igual que sucede con los signos que nos presenta la naturaleza: "Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y del oleaje" (Lucas 21, 25). Con frecuencia, nos dejamos absorber por la rutina y el afán cotidiano, sin advertir que en cada situación diaria el Señor manifiesta su amor y su bondad.

En cuarto lugar, durante este tiempo de Adviento es frecuente que meditemos lecturas de la Biblia que han sido escritas con literatura apocalíptica, es decir, que nos hablarán sobre el fin de los tiempos. Sin embargo, no podemos confundirnos y pensar que son predicciones del futuro, sino que el mensaje de éstas se orienta a que descubramos que después de la muerte no hay un final, sino la esperanza de vivir en la presencia de Dios, gracias a la muerte y resurrección de Jesús.

Para finalizar, este tiempo de Adviento es propicio para disponer el corazón al nacimiento de Jesús. Para ello, la Palabra de este Domingo nos ha ofrecido cuatro herramientas: amor mutuo, fortaleza interior, discernimiento y esperanza. Que el Señor nos conceda su Gracia, de tal modo que nuestra casa interior esté bien dispuesta para recibirlo y ofrecerle las mejores "onces", es decir, todo nuestro ser.


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