sábado, 13 de agosto de 2016

Reflexión XX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

XX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

¿Cómo doy testimonio de mi fe en Dios?

Lecturas:
Jeremías 38, 4-6. 8-10
Salmo 39
Hebreos 12, 1-4
San Lucas 12, 49-53

Una de las situaciones que deben superar varias personas es el pánico escénico de hablar en público. Con frecuencia, hay personas que se llenan de angustia al presentarse ante un público determinado, razón por la cual se les olvida lo que van a decir, mientras que otras personas experimentan algunas manifestaciones externas de su nerviosismo, tales como el sudor en las manos, el enrojecimiento del rostro, el temblor de las piernas o la voz entrecortada, entre otras.

Sin embargo, también existen personas que sienten miedo para hablar en público porque consideran que el contenido de su mensaje no vale la pena o es poco profundo, debido a que suponen la presencia de personas más talentosas dentro del público, quienes van a debatir sus argumentos y los pondrán en ridículo. Por estas y otras tantas razones, hay personas que no dan a conocer sus pensamientos o sus creencias, tratándose de ocultar entre la multitud.

Este no es el caso de los profetas. Precisamente, la Palabra de Dios de este domingo nos enseña que el Profeta escogido y enviado por Dios no teme anunciar el mensaje del Señor, aunque éste no sea aceptado por quienes lo escuchan. Es evidente que puede haber nerviosismo, hasta el punto que la persona sienta un temblor en todo su cuerpo, pero es la gracia de Dios la que le permite al Profeta cumplir con su misión de anunciar la Palabra de Dios a la humanidad.

Por ejemplo, el Profeta Jeremías anunció la inminente caída de Jerusalén a manos del rey de Babilonia, debido al poderío de este Imperio y a que el pueblo de Israel se había alejado de Dios. Este mensaje no gustó al rey y a los notables de Israel, quienes pusieron en tela de juicio el origen de las profecías de Jeremías, incluso, surgieron otras personas denominadas "profetas" que ilusionaron al pueblo anunciando un futuro mejor para el pueblo. Por ello, el profeta debe tener la capacidad de observar y comprender la realidad, de tal manera que pueda descubrir en ella la acción de Dios. Por lo mismo, Jeremías invitó al pueblo de Israel a la conversión, pero su pueblo se hizo sordo y lo quiso ocultar, apresándolo en una cisterna o aljibe bajo tierra. Quizás a nosotros nos ha sucedido algo similar cuando la realidad se nos presenta con dureza, que tratamos de huir o, lo que puede ser peor, queremos ocultarla.

Algo similar le ocurrió al Señor Jesús, quien vino a traer la paz, pero su propio pueblo dudó de Él y no lo reconoció como el Salvador del mundo. Por esta razón, Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: "¿pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división". Nos puede parecer contradictoria esta afirmación de Jesús, si tenemos en cuenta otras predicaciones suyas en las que nos ofrece su paz y amor. No obstante, Jesús aquí nos quiere enseñar que la paz de Dios es diferente a la paz que espera y ofrece el mundo, porque no consiste en una simple tranquilidad para unos pocos, a costa del sacrificio de muchos; la paz de Dios no conduce al confort egoísta de algunos, mientras otros sufren. Y por eso, cuando esos pocos se sienten amenazados en su estabilidad y en sus propios intereses, reaccionan en contra del mensaje profético de Jesúsy surge la división. Dicho en palabras coloquiales, la Palabra de Dios sacude al ser humano, cuando él se encuentra indiferente ante la realidad, cuando la persona es tibia y cómoda y prefiere encerrarse en una esfera de comodidad, a pesar de que a su alrededor el mundo se esté destruyendo.

Por lo anterior, el profeta debe ser valiente y despojarse de aquello que lo ata, es decir, del pecado y de la búsqueda egoísta del propio interés, tal como lo muestra la Carta a los Hebreos. Por ende, para ser Profeta hay que soltar aquello que esclaviza y dar testimonio de la acción liberadora de Dios en la vida cotidiana, tanto de palabra como de obra, ya que por el Bautismo, todos los creyentes estamos llamados por Dios a ser profetas, esto es, que nuestro corazón arda de amor a Dios. Y tú, ¿cómo das testimonio de tu fe en Dios?




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