viernes, 12 de mayo de 2017

Reflexión Domingo 5 de Pascua. Ciclo A

Un sendero sin dudas
 
Domingo 14 de mayo de 2017
V Domingo de Pascua
Evangelio: San Juan 14, 1-12
 
En varios episodios de la historia contemporánea de la humanidad se han visto oleadas de migraciones, ya sea por motivos políticos, sociales, económicos o religiosos. En tales situaciones una de las modalidades que utilizan los migrantes es que uno de los hombres del grupo, por lo general, el jefe de la familia, viaja primero al lugar de refugio, busca un trabajo y cuando ya se ha ubicado, llama a sus demás familiares. De ahí han surgido barrios o colonias de refugiados en otras ciudades del mundo.
 
Sirva este ejemplo para ilustrar el Evangelio de este domingo, en el cual Jesús promete unas habitaciones para sus discípulos en la casa de su Padre, pues el Señor va a prepararnos un espacio para estar con Él. Las habitaciones corresponden al lugar que posee creyente en el Reino de Dios. No obstante, para disponer de dichas habitaciones, es necesario creer en Jesús y, por ende, en su Padre, no sólo de palabra, sino respaldada por las acciones y actitudes cotidianas.
 
Asimismo, esta promesa de las habitaciones en la casa del Padre trae consigo una nueva manera de ver la relación entre el Padre y el Hijo, pues una persona no puede disponer de los bienes de otra si esta última no le ha concedido este derecho y sólo eso es posible si existe un vínculo de amor tan fuerte, en donde ya no existen condiciones, prohibiciones o usos restringidos. Jesús nos enseña que todo lo del Padre es suyo y, por lo mismo, Él puede disponer de las habitaciones que existen en la casa de su Padre amado para sus discípulos, es decir, para quienes creen en Él.
 
Así las cosas, Jesús  transforma la visión de Dios que mantuvo el pueblo judío en el Antiguo Testamento, la cual era lejana, entendida como que Dios venía sólo al final de los tiempos, mientras que ahora Él se hace presente en la comunidad, es decir, la Santísima Trinidad habita en el corazón del cristiano, que queda convertido en templo vivo de Dios. En medio del desierto que podamos atravesar a lo largo de nuestra historia, Dios habita verdaderamente en la tienda y en el templo del creyente.

Sin embargo, los discípulos no comprenden las palabras de Jesús y vuelven a preguntar por el camino hacia el Padre. Ellos representan el deseo humano por tener evidencias y seguridades sobre todo lo que pueda suceder a futuro. En muchas ocasiones, requerimos elementos tangibles, de tal modo que podamos creer por medio de aquello que recibamos a través de nuestros sentidos. Jesús, por su parte, nos desarma, pues nos invita a creer en Él, esto es, en sus obras, en sus palabras y en su ejemplo de vida. Por esta razón, Jesús se presenta a sí mismo como el camino, la verdad y la vida para llegar a conocer a su Padre amado.
 
Ser camino indica una ruta, un sendero por el cual transitar hacia el Padre. En el mundo se nos muestran muchos caminos que nos conducen al pecado, la muerte y la infelicidad y que desafortunadamente los escogemos bajo una apariencia de bien. Jesucristo es un camino que no tiene nada escondido, sino que es claro y transitable, pues su meta es el Padre y la salvación.
 
Por otra parte, en esta sociedad existen muchas verdades relativas, pasajeras, que muestran un interés particular y egoísta. La verdad de Jesús no es teórica, ni filosófica, sino que se basa en la fe y en el reconocimiento de Jesús como el Señor de nuestra vida, como el Hijo de Dios.
 
Ahora bien, en medio de tantas ofertas que ahora encontramos para prolongar la vida, Jesús se presenta como la única opción de tener la vida plena, es decir, estar en la presencia de Dios, la cual empieza desde ahora, cuando nosotros busquemos ser discípulos y misioneros de Jesús.

 
Por tanto, quien encuentra en Jesús el camino, la verdad y la vida que le da sentido a su propia existencia, halla la ruta para construir su felicidad, tal como lo rezaba San Agustín:
 
¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera,
y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era,
me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.
Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que,
si no estuviesen en ti, no existirían.
Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera;
brillante y resplandeciente, y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo;
gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;
me tocaste, y deseo con ansia paz que procede de ti.

 
 

Dado lo anterior, vale que te preguntes: ¿De qué manera reconoces a Jesús como el camino, la verdad y la vida?

 

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