domingo, 20 de enero de 2019

Reflexión Domingo 2 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Domingo 2 del Tiempo Ordinario


Lecturas:
Isaías 62, 1-5
Salmo 95
Primera Carta de San Pablo a los Corintios 12, 4-11
San Juan 2, 1-11

En la actualidad existen lugares destinados para celebrar matrimonios, los cuales poseen una capilla o espacio para la celebración del matrimonio, ya sea civil o religioso, junto con el salón para la posterior recepción. Aunque esto pueda parecernos muy natural, esta realidad encierra una nueva manera de entender el matrimonio, en la medida en que se visualiza como un servicio que se presta por parte de un club a unos clientes que desean efectuar una unión.

Este panorama se puede ampliar a diversos aspectos de la vida cotidiana, como por ejemplo la educación, la recreación, la alimentación, incluso, las vacaciones. En este sentido, se presta un servicio por los aspectos ya mencionados, puesto que una persona o una familia le pagan a otra o a una institución por un requerimiento determinado, con el fin de cumplir sus expectativas.

Quizás, en algunos casos, la vida espiritual también ha sido entendida como un servicio, ya que se espera que Dios nos conceda lo que necesitamos como si nos prestara un beneficio. Por ello, vale la pena que nos fijemos en la Palabra de Dios de este Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, pues el Señor, a través de la señal que Él realizó en las Bodas de Caná nos ofrece otra manera de ver la Salvación y, por ende, la vida espiritual. Veamos, pues, algunos rasgos:

1) "Mujer, déjame, que todavía no ha llegado mi hora": Dios tiene su tiempo para concedernos lo que pedimos, es más, Él nos otorga lo que realmente necesitamos, muchas veces sin que nosotros lo hayamos pedido. Por eso, es importante aprender a escuchar la voz de Dios en la vida cotidiana y, sobre todo, a tener paciencia, a saber esperar y comprender que Dios siempre nos acompaña y atenderá nuestra oración en su momento.

2) "Su madre dijo a los sirvientes: hagan lo que Él les diga": María es el camino para llegar a Jesús y, gracias a su intercesión maternal, el Señor escucha nuestra oración. Además, las palabras de nuestra Santísima Madre nos ayudan a comprender que la vida espiritual no se reduce a escuchar a Dios, sino a "hacer", es decir, a poner en práctica la Palabra del Señor. En consecuencia, es de vital importancia dejarnos iluminar por la Sagrada Escritura, prestando especial atención a las palabras y acciones de Jesús que se encuentran allí consignadas y ponerlas por obra con nuestros semejantes.

3) "Jesús les dijo: Llenen las tinajas de agua": Según los expertos, la cantidad de agua que recogían las tinajas aquí descrita es desproporcionada. No obstante, el propósito del Evangelio es mostrarnos que la misericordia y la bondad de Dios hacia la humanidad son inmensas, incalculables. Nosotros llenamos las tinajas de nuestras vidas con todo lo que somos, esto es, con nuestras cualidades, talentos, sueños, metas, expectativas, angustias y preocupaciones, para que el Señor transforme todo ello en maravillas, en una nueva manera de amar en el mundo. Cuando nos dejamos transformar por el Señor, los miedos se disipan, los sueños se hacen realidad y se logra ser feliz; en esto consiste la Vida Nueva que nos regala el Señor, esta es la Salvación que Él nos ofrece.

4) Dijo el mayordomo: "Tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora": Dios no nos ofrece alegrías pasajeras, como tampoco bienes aparentes, pues la acción del Señor es silenciosa, tranquila, sin mucha bulla y sus efectos permanecen  a lo largo del tiempo. Por ejemplo, cuando compartimos un rato con nuestros amigos, pensamos que lo bueno está en la celebración, la fiesta o el baile, pero eso es pasajero, mientras que lo fundamental es la amistad, la lealtad entre unos y otros y los vínculos que se tejen, de tal manera que los amigos se hacen incondicionales. Por tanto, estos vínculos, los valores que se construyen entre los seres humanos y las buenas obras que hacemos los unos por los otros son regalos de Dios y, a través de ellos, Él nos ofrece su vino nuevo y bueno que transforma nuestras vidas.

En resumen, el Señor nos invita a ver la vida con otra mirada, con sus ojos, ayudándonos a comprender que su bondad no tiene límites ni condiciones y que por medio de una vida espiritual profunda, lograremos descubrir el vino bueno que Él mismo nos regala. Así sea.

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