DOMINGO 3 DEL
TIEMPO ORDINARIO
San Lucas 1,
1-4. 14-21:
A lo largo de los cuatro Evangelios podemos identificar una
constante, un elemento común entre las palabras y acciones de Jesús: la
Misericordia, esto es, que a pesar de tanto mal y de tanta injusticia y pecado
que existe en el mundo, Dios derrocha amor y bondad hacia su humanidad muy
querida, lo cual fue dado a conocer en la persona de Jesús de Nazaret. En otras
palabras, si queremos reconocer el amor y la bondad del Padre del Cielo,
debemos acercarnos a Jesús y descubrir su manera de proceder. De igual modo, la
forma de ser de Jesús nos enseña a expresar el perdón y la misericordia que
hemos recibido de Dios en acciones concretas con las personas que nos rodean;
estas acciones son las Obras de Misericordia.
En este Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, el Evangelio de San
Lucas nos presenta la Hoja de Ruta que seguirá Jesús en su vida pública, es
decir, cuáles son los criterios que orientan su manera de hablar y actuar, con
la que manifiesta la Misericordia de Dios a la Humanidad. A nosotros, como
creyentes, el Señor nos invita a realizar lo mismo que Él hizo, a través de la
práctica de la caridad y de la misericordia, pues son regalos que hemos recibido
de Dios y lo que gratis se nos ha dado, gratis lo debemos dar a los demás.
De acuerdo con lo ya dicho, podemos apreciar que, con sus
predicaciones y con sus acciones milagrosas, Jesús nos invita a consolar a los
tristes, a perdonar a los demás, a orar y a comprender al prójimo, a enseñar y
aconsejar a las otras personas. Por eso, Jesús nos enseña que Él fue enviado a
servir a los demás y a proclamar el Año de Gracia del Señor: “Le dieron el
libro del profeta Isaías, y abriendo el libro, halló el lugar donde estaba
escrito: el Espíritu del Señor esta sobre mí, porque me ha ungido para anunciar
el Evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los
cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos; para poner en libertad a
los oprimidos; para proclamar el año de Gracia del Señor.” (Lucas 4, 17-19)
De la misma manera, nosotros como bautizados estamos llamados
por el Señor a proclamar su Evangelio con nuestras palabras y, sobre todo con
nuestras acciones. La persona que le abre su corazón a Dios es capaz de
comprender, aconsejar y orar por las otras personas, sin buscar interés o
privilegios.
En este sentido, quien se deja llevar por la Misericordia de
Dios orienta su camino para ayudar a las otras personas por medio de palabras,
consejos y acciones concretas. Con una palabra, podemos unir personas, grupos y
comunidades, así como con una palabra también podemos separar y generar
división.
Si analizamos detenidamente algunos de nuestros comportamientos
en la sociedad actual, con frecuencia descubrimos que nos guiamos por las
opiniones que nos ofrecen los demás. Los medios de comunicación presentan
diferentes sondeos de opinión para tratar diversos temas sobre política,
economía, sociedad y cultura. Incluso, hay personas que toman decisiones basadas
exclusivamente en opiniones o encuestas. En otras palabras, atendemos más a las
voces externas que a la voz de Dios, quien actúa en el interior de nuestro
corazón. Por eso, vale la pena que nos preguntemos: ¿Puedo escuchar la voz de
Dios en mi corazón? ¿Me dejo guiar por Dios cuando voy a dar un consejo o una
palabra de aliento a los demás?
Por ello, pidamos al Señor que llene nuestro corazón con su
Santo Espíritu, para que podamos ofrecer una palabra de aliento e iluminar a
los demás, al igual que Jesús mismo lo hizo con su predicación.
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