Domingo 4 del Tiempo Ordinario. Ciclo C
Lecturas:
Jeremías 1, 4-5. 17-19
Salmo 70
De la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 12, 31. 13, 13
San Lucas 4, 21-30
Cuando los estudiantes de bachillerato se encuentran en su último año, con frecuencia los colegios les ofrecen talleres de orientación profesional, en los cuales los jóvenes realizan cuestionarios sobre sus inclinaciones profesionales, junto con la visita a centros universitarios para que ellos puedan conocer las ofertas académicas de cada centro educativo. No obstante, estas herramientas no son suficientes si el joven no logra conocerse a sí mismo y toma la iniciativa de buscar aquella carrera que se pueda ajustar a sus características personales y que desde su interior pueda decir: “soy bueno para esto”. Por tanto, la vocación no puede reducirse a una elección profesional, sino a un modo de ser.
En este contexto, la Palabra de Dios de este Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario nos presentará los rasgos más importantes de la vocación, los cuales no se pueden asociar únicamente a los sacerdotes y religiosas, sino a toda persona que, como creyente en Jesús, está llamada a iluminar su vida de acuerdo con los llamados que nos hace el Espíritu Santo en lo profundo de nuestro corazón.
De este modo, encontramos en la Lectura del Profeta Jeremías la descripción de su llamado vocacional. En éste podemos evidenciar que Dios no es un ejecutivo que designa a sus funcionarios por meritocracia, sino que su llamado es radical, con amor, desde “el seno materno”, es decir, que el Señor, en su decisión de amarnos, llamarnos y elegirnos, no cambia de la noche a la mañana. Además, Dios nos elige para una misión. En el caso de Jeremías, su misión era ser “profeta de las naciones”. En otras palabras, el profeta no es el que adivina el futuro, sino es aquella persona capaz de descubrir la acción de Dios en sí misma y en el mundo, de tal manera que pueda anunciar la Palabra de Dios y, en la mayoría de casos, denunciar aquellos actos o tendencias humanas que intentan separarse de Dios.
Precisamente, esto fue lo que le sucedió a Jesús, ya que Él fue capaz de denunciar aquellas situaciones que en su época se desviaban del camino de Dios, para encerrarse en intereses egoístas y particulares. Jesús conocía muy bien a qué había venido al mundo y cuál era la misión encomendada por su Padre del Cielo. En el Evangelio de San Lucas encontramos la continuidad de la lectura del domingo anterior y podemos sorprendernos al descubrir que detrás de la aprobación inicial de quienes lo habían escuchado en la sinagoga proclamar: “Hoy se cumple esta escritura que acaban de oír”, ahora lo cuestionaban por sus orígenes humildes. En esta reacción del pueblo judío encontramos también las reacciones de muchos de nosotros que dudamos de las capacidades de los demás.
A propósito, viene a mi memoria una anécdota sobre un joven que se hallaba en su proceso de orientación profesional. Cuando el joven decidió querer ser profesor, la persona que lo estaba orientando en el colegio le dijo en tono pesimista: “¿Profesor? ¡Qué desperdicio!”. En ocasiones, nuestras palabras y nuestros gestos expresan la desaprobación en las decisiones de otras personas, aun cuando éstas pueden ser auténticos llamados de Dios, en la medida en que pretenden servir desinteresadamente a otras personas.
La reacción de los judíos con Jesús como la del profesor en el caso anteriormente señalado tiene un elemento en común y es que el ser humano con frecuencia se deja llevar por criterios económicos o sociales en sus decisiones. La gente del pueblo de Nazaret rechazó a Jesús porque Él no realizó las mismas señales milagrosas que en otros lugares y nosotros desacreditamos a las personas por sus orígenes o porque esa profesión no es rentable o la persona no encaja en el ámbito social.
En este sentido, la vocación supera todos estos prejuicios sociales, pues obedece a un llamado de Dios para amar y servir a los demás en el lugar en que se encuentre y a través de la profesión que desempeñe, de igual modo que lo hizo Jesús. A los judíos les costó trabajo creer que el hijo del carpintero fuera el Mesías, pero ¿por qué no podía serlo? Por lo mismo, nuestro proyecto de vida debe orientarse a descubrir esa vocación a la que hemos sido llamados por Dios y desarrollarla de la mejor manera posible, aunque esto implique el desagrado o las críticas de otras personas.
En consecuencia, nosotros estamos llamados por Dios a tener las actitudes del Profeta, es decir, debemos ser capaces de ver con los ojos del corazón nuestra realidad y, en ella, descubrir la acción amorosa de Dios, anunciando su Palabra y, en algunas oportunidades, denunciando aquellas actitudes que nos alejan del Señor.
Por último, el Apóstol San Pablo nos enseña la clave para identificar si en verdad estamos siguiendo nuestra vocación: el amor. Si yo vivo con amor, todas mis acciones y palabras estarán permeadas por el amor, el cual es un regalo de Dios y, como tal, también se debe dar gratis a los demás. Cuando busco desesperadamente mi beneficio individual, la vocación a la que he sido llamado por Dios se transforma en un oficio interesado que a la larga desgastará a la persona. En cambio, si amamos a los demás de manera concreta, es decir, siendo generosos, atentos, honestos y solidarios, nuestra vocación llega a ser lo que realmente debe ser, esto es, servicio desinteresado para los demás. Por lo anterior, vale la pena que nos preguntemos: ¿Vivo plenamente la vocación dada por Dios?
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