sábado, 18 de mayo de 2019

Reflexión Domingo 5 de Pascua. Ciclo C

Quinto Domingo de Pascua. Ciclo C

¿De qué manera demostramos el amor de Dios a los demás?

Lecturas:
Primera Lectura: Hechos 14, 21b-27
Salmo: 144
Segunda Lectura: Apocalipsis 21, 1-5a
Evangelio: San Juan 13,31-33a.34-35

En este Quinto Domingo de Pascua, el Evangelio según San Juan nos presenta el mayor regalo de Jesús a la humanidad: el mandamiento del amor. Precisamente, si buscamos el sello o la impronta del Señor, nos daremos cuenta que es el amor. Dicho distintivo se parece al rasgo característico que poseemos todas las personas; por ejemplo, algunos se hacen notar por su elocuencia, otros son hábiles en arreglar cosas, otros tantos en inventar, etc. Jesús, por su parte, se distingue por amar y es precisamente esto lo que nos pide a quienes creemos en Él y lo seguimos. Y este rasgo de Jesús procede de su Padre del Cielo, quien tanto amó a la humanidad que envió a su Hijo muy querido.

Sin embargo, ¿cómo podemos distinguirnos por amar? ¿De qué manera se demuestra esta nota distintiva? En primer lugar, el amor no se hace notorio de manera individual, y mucho menos es un don que busque el beneficio individual. El amor es un don que crece en la medida en que se da a los demás, se comparte y no se queda nada para sí. En segundo lugar, quien ama procura el bien de los demás. Si fuésemos a representar gráficamente el amor, lo podríamos pintar como una casa con las puertas y ventanas abiertas, llena de claridad y resplandor, porque quien ama es transparente y abierto. En tercer lugar, quien ama no pone condiciones y tampoco tiene límites. Este es el caso de los papás y mamás que no escatiman esfuerzos por el bienestar de los hijos y su mirada está orientada a su adecuado crecimiento integral, es decir, en todos los aspectos de su vida.

Por tanto, quien ama lleva consigo a Dios mismo, pues como dice el apóstol San Juan: “Dios es amor” (1 Juan 4, 8) y este distintivo, esta marca, como lo hemos venido mencionando, se evidencia a través del testimonio de vida, ya que el amor es natural, no resulta como un esfuerzo artificial o protocolario. Por ello, cuando los discípulos experimentaron la acción de Jesús resucitado en sus vidas, su corazón se inflamó de tal manera que sus miedos desaparecieron y se convirtieron en testigos del Señor para anunciar su Evangelio a todas partes. Muestra de ello fue la labor misionera realizada por Pablo y Bernabé en varias comunidades cristianas de Asia Menor, en lo que se ha denominado el Primer Viaje Misionero del apóstol San Pablo. Allí se logró el cometido de evangelizar a los gentiles, pero no como un mérito personal de los apóstoles, sino como un impulso vital del Espíritu Santo. En otras palabras, al habitar Dios en el corazón del Apóstol, su amor lo conduce a Evangelizar en cualquier lugar en que se encuentre.

Es más, cuando el amor no es un bien individual, sino que se descubre como un regalo de Dios para toda la comunidad, se hace realidad lo que encontramos en el Libro del Apocalipsis: Un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva. La nueva humanidad, nacida de la Resurrección de Jesucristo tiene en su corazón el sello del amor, porque Dios habita en ella. Sólo podemos reconocer la presencia de Jesús resucitado en la medida en que nos amemos los unos a los otros y reconozcamos que el amor no tiene propiedad, sino que es el regalo de Dios para toda la humanidad. Por ello, vale la pena que nos preguntemos: ¿De qué manera demostramos el amor de Dios a los demás?

No hay comentarios:

Publicar un comentario