sábado, 25 de mayo de 2019

Reflexión Domingo 6 de Pascua. Ciclo C

Sexto Domingo de Pascua. Ciclo C

Y tú, ¿guardas la Palabra del Señor?


Lecturas:

Primera Lectura: Hechos 15, 1-2. 22-29
Salmo: 66
Segunda Lectura: Apocalipsis 21, 10-14. 22-23
Evangelio: San Juan 14, 23-29
 


Antiguamente, para poder sintonizar una emisora en el radio, había que tener suficiente paciencia para buscar en cada uno de los diales alguna emisora y, con frecuencia, sucedía que había una especie de interferencia que evitaba sintonizarla adecuadamente. Después de varios intentos, el momento de regocijo era el hallazgo de la emisora preferida.

Algo similar ocurre en la vida interior, cuando intentamos escuchar la voz de Dios. Podemos pasar un buen tiempo de nuestra vida tratando de distinguir entre tantas voces y ruidos lo que Dios nos quiere decir, pero a veces se nos presentan interferencias o, simplemente estamos buscando en el “dial” equivocado. En el Evangelio de hoy, Jesús les pide a sus discípulos guardar su Palabra y, a quien lo haga, le promete que Él y su Padre lo tomarán como morada. En este sentido, guardar la Palabra de Dios quiere decir haber escuchado su voz y dejarla resonar en nuestro interior, como quien busca en cada “dial” hasta que, por fin, puede sintonizarse con Dios. Por tanto, guardar la Palabra de Dios significa tener la disposición interior para ponerse en relación cercana e íntima con el Señor y poner por obra aquello que Él nos está sugiriendo en lo profundo del corazón.

Ahora bien, la consecuencia de guardar la Palabra de Dios es la paz, pero como dice Jesús, no es la paz que da este mundo, la cual se parece más a un pacto de no agresión; la paz que ofrece el Señor es un estado del corazón que nos impulsa a amar al otro sin condiciones. La paz que nos regala Jesús se traduce en consolación interior, es decir, en el crecimiento de la fe, la esperanza y el amor en la persona hasta el punto de servir desinteresadamente a los otros; quien vive la paz de Dios manifiesta en sus acciones, palabras y actitudes la serenidad, sensatez y comprensión que son necesarias para la toma de decisiones y para la convivencia con los demás.

Por lo anterior, es necesario estar en sintonía con Dios, guardar su Palabra y dejarlo actuar en nuestra vida para que podamos experimentar la paz que Él nos ofrece. Esto quiere decir que debemos hacer silencio interior, afinar nuestro oído desde el corazón y descubrir la voz del Señor en medio de tantas voces y ruidos que escuchamos diariamente. En ocasiones, estamos pendientes de atender lo externo: comentarios, rumores o susurros que nos vienen de fuera; quizás, estas son emisoras equivocadas y allí no se encuentra la voz del Señor. Un ejemplo de esto nos lo muestra la Lectura de los Hechos de los Apóstoles, la cual narra lo que les sucedió a algunos cristianos que se fijaban más en el cumplimiento de normas externas, al estilo judío, en vez de dejar resonar la voz del Señor Resucitado en sus corazones.  

Por consiguiente, guardar la Palabra de Dios es fijarse en Aquel que nos puede guiar en el camino de la vida: Jesucristo. En la Lectura del Libro del Apocalipsis, se nos muestra que “la ciudad ya no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero”. Cuando nos dejamos iluminar por el Señor, encontramos la sintonía perfecta en nuestro interior, lo que se demuestra en nuestras acciones cotidianas. Quien se deja llevar por Dios es capaz de irradiar paz y bondad a su alrededor, de tal modo que puede transformar su entorno. Por el contrario, quien no se sintoniza con Dios, vive con angustia y desolación, experimenta mucha agitación y confusión en su corazón.

En resumen, vale la pena que revisemos nuestras actitudes, palabras y acciones cotidianas, pues ellas nos ayudarán a descubrir si, realmente, hemos logrado entrar en sintonía con Dios en nuestro corazón; esto es guardar su Palabra y dejarse iluminar por el Cordero, según nos lo enseñan las Lecturas de hoy. Y tú, ¿guardas la Palabra del Señor?

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