domingo, 28 de julio de 2019

Reflexión Domingo 17 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

DOMINGO 17 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Lucas 11,1-13:

Hace un tiempo escuché la siguiente historia: Durante años fui un neurótico. Era un ser angustiado, deprimido y egoísta. Y todo el mundo insistía en decirme que cambiara. Y no dejaban de recordarme lo neurótico que yo era. Y yo me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no acababa de conseguirlo por mucho que lo intentara. Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que yo estaba. Y también insistía en la necesidad de que yo cambiara. Y con él estaba de acuerdo, y no podía sentirme ofendido con él. De manera que me sentía impotente y como atrapado. Pero un día me dijo: “No cambies. Sigue siendo tal como eres. En realidad no importa que cambies o dejes de cambiar. Yo te quiero tal como eres y no puedo dejar de quererte”. Aquellas palabras sonaron a mis oídos como música: “No cambies, No cambies. NO cambies…Te quiero.” Entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo. Y, ¡Oh maravilla!, cambié.

Ciertamente, la vida es una continua lucha por cambiar nuestros defectos y potencializar nuestras cualidades, de tal modo que podamos ser hombres y mujeres para los demás. En este sentido, la Palabra de Dios que proclamamos en este domingo nos habla de un itinerario, es decir, de un camino para que la persona pueda pasar del pecado a la Nueva Vida que ofrece Jesús Resucitado, en donde es clave reconocer la acción misericordiosa de Dios para que dicha Vida se pueda dar.

En la Primera Lectura, vemos que Sodoma es la imagen de lo perverso y caótico, símbolo de pecado y juicio, mientras que Abraham representa al ser humano solidario que busca la misericordia divina. Como se dice popularmente, Abraham realiza un "regateo" con Dios para salvar la ciudad, demostrando así una actitud compasiva frente a los habitantes de Sodoma, resaltando que aún en medio del caos, existen personas bondadosas, es decir, en medio del pecado aún existe la opción de la misericordia de Dios.

La carta de San Pablo a los Colosenses nos indica que el Bautismo es el ingreso a la vida nueva y la inclusión a la comunidad que nos regala Cristo Resucitado, puesto que nos saca de las situaciones de muerte que acarrea el pecado. En otros términos, el Bautismo nos permite reconocernos como hijos de Dios y hermanos en la fe entre unos y otros.

En este camino del pecado a la vida nueva, la herramienta que nos permite estar unidos a Dios es la oración. Precisamente, Jesús nos enseña a orar mediante el Padrenuestro. Esta oración, que con mucha frecuencia repetimos, posee dos partes: En la primera, aceptamos a Dios como Padre, Santificador y Señor, mientras que en la segunda cada creyente realiza varias peticiones a Dios, tales como el pan, el perdón de los pecados (así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden), no caer en la tentación y librarnos del mal. Ambas partes constituyen un sólo conjunto en una oración que busca el encuentro y el diálogo entre Dios y el ser humano, pues quien ora con fe, el Señor lo escuchará y atenderá a su necesidad. Sólo hay que tener fe... ¿Cómo está tu fe en Dios?

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