DOMINGO 18 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Lucas 12,13-21:
Hace unas semanas me encontraba con mi mamá y mi hermano de compras en el centro de la ciudad. Al entrar a un almacén de telas, observé un cubrecama con el logo de mi equipo de fútbol preferido. Lleno de emoción, pregunté el precio del objeto y, como era un poco costoso, no pude comprarlo. Al salir del almacén, mi mamá me dijo: “Siempre es bueno tener en cuenta las cosas de primer orden”. Su afirmación hizo referencia a que yo no necesitaba un cubrecama, no era una urgente necesidad.
Sin embargo, esta anécdota me permitió reflexionar acerca de lo que es realmente prioritario en la vida y cómo, por estar asombrados por lo primero que se aparece ante nuestros ojos, vamos acumulando bienes materiales sin sentido, convirtiéndose éstos en apegos que nos restringen la libertad.
En este orden de ideas, la Palabra de Dios de este domingo nos propone una reflexión profunda y personal frente a nuestra relación con los bienes materiales. La primera Lectura nos cuestiona acerca de los frutos del trabajo del ser humano. De igual modo, Jesús aprovecha una pregunta de alguien de la multitud y realiza una catequesis sobre el valor real de los bienes materiales y a vivir en libertad frente a ellos, dejando de lado el egoísmo y el propio interés.
Precisamente, nuestros intereses egoístas son representados por las idolatrías del dinero y del poder, las cuales se constituyen en obsesiones ciegas que no nos permiten comprender hasta qué punto otras personas ven comprometidas sus existencias por esto. Muestra de ello han sido los fenómenos del desplazamiento, la exclusión y la injusticia social. A este respecto, el Papa Benedicto XVI indica lo siguiente: ¿Acaso nuestro mundo contemporáneo no crea sus propios ídolos? Esta es una cuestión que todo hombre honesto consigo mismo se plantea un día u otro. ¿Qué es lo que importa en mi vida? ¿Qué debo poner en primer lugar? (...) El ídolo es un señuelo, pues desvía a quien le sirve de la realidad para encadenarlo al reino de la apariencia. (Homilía del Papa Benedicto XVI, París, 13 de septiembre de 2008)
Y entonces, ¿qué podemos hacer? La Carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses nos ofrece pistas sobre el camino que debemos seguir: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios, aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Colosenses 3,1-2). En otras palabras, San Pablo nos invita a no vivir con los apegos que nos ofrece el mundo, a través de la cultura del consumo insaciable que en los momentos actuales nos invade. Claro está, necesitamos bienes materiales para vivir diariamente: el alimento, el vestido, la vivienda, todo ello como fruto de nuestro trabajo y estudio. No obstante, los bienes materiales no pueden ser la fuente de nuestra felicidad, porque los bienes son perecederos y se agotan, mientras que la felicidad debe sembrarse en aquello que no perezca, esto es, la vida nueva que nos ha regalado Cristo con su Resurrección.
Por lo mismo, el Apóstol nos propone: “Despojaos de la vieja condición humana, con sus obras, y revestíos de la nueva condición, que ya se va renovando como imagen de su creador, hasta llegar a conocerlo” (Colosenses 3, 9-11). Dichas actitudes se manifiestan a través de nuestra relación con los demás, en las cuales no buscamos a la otra persona por un interés particular, sino porque descubrimos en ella a un ser amado por Dios. Ciertamente, si comenzamos a relacionarnos con los demás sin condiciones y sin el apetito voraz por los bienes materiales, nuestras relaciones serán más tranquilas y diáfanas.
Por ello, pregúntate: ¿Qué tan libre soy frente a los bienes materiales?
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