DOMINGO 2 DEL TIEMPO ORDINARIO
San Juan 1,29-34:
El
libro Carta a García, "es un texto de auto superación escrito por Elbert
Hubbard en 1899. En él se cuenta la anécdota del soldado estadounidense Rowan,
que es llamado para entregar de parte del presidente de Estados Unidos, un
mensaje al jefe de los rebeldes, oculto en la sierra cubana, en el curso de la
Guerra hispano-estadounidense a fines del siglo XIX. El autor del libro resalta
el hecho de que Rowan recibe el mensaje y se limita a entregarlo a pesar de que
nadie le proporcionó información ni medios para encontrar a García, para lo
cual Rowan recorre a pie la isla de Cuba de costa a costa. Ante esto, el autor
propone por medio de otros varios ejemplos, que la aplicación para cumplir
inmediatamente con la tarea encomendada, sin reticencias y sin vacilaciones, es
el principal valor para conseguir el éxito, sobre todo en el trabajo, aún más
que el talento o la erudición." Esta reflexión que trae consigo la Carta a
García nos ayuda a comprender el sentido de la Palabra de Dios de este domingo,
pues en ella encontramos tres términos que se relacionan entre sí: Llamado,
misión y Salvación.
Así
como ocurrió con el soldado Rowan, quien fue llamado a realizar una misión, el
pueblo de Israel ha sido escogido por Dios con una tarea o misión en particular,
ser luz de las naciones para llevar la salvación del Señor hasta los confines
de la tierra. Del mismo modo, el Señor nos llama a cada uno de nosotros, su
nuevo pueblo de Israel, a volver a Él, a estar con Él. Precisamente, el llamado
de Dios se da desde el seno materno, en lo más profundo del ser, en su
historia, pero como señala el profeta Isaías, no basta con ser siervo, para lo
cual Dios constituye a su pueblo como luz de otros pueblos.
En
este sentido, el llamado de Dios nos conforma como personas consagradas
a Él, en la medida en que compartamos
en comunidad, dado que si bien cada persona es llamada por su nombre, la
vivencia de dicho llamado se da en comunidad, cuando servimos con generosidad y
sinceridad a nuestros hermanos, especialmente aquellos más necesitados y
pobres, de tal manera que experimentemos
la paz y bendición del Señor; esa era la intención del saludo de San Pablo a la
comunidad de Corinto, quien a sí mismo se reconoce como Apóstol de Jesucristo
por voluntad de Dios.
Por
lo anterior, la misión fundamental de toda persona llamada de Dios es acoger y
anunciar su Palabra, reconociéndose como hija de Dios gracias a la muerte y
resurrección de Jesucristo. No obstante, para que podamos anunciar la Palabra
de Dios es necesario confesar a Jesús como el Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo, de la misma forma como lo hizo Juan el Bautista. De esto se
sigue que quien confiesa a Jesús como el Cordero de Dios reconoce que sólo Él
es el camino para llegar a la Salvación, gracias a la vida nueva que Él nos
regala. En esto nos diferenciamos del soldado del cuento de la Carta a García,
pues nuestro seguimiento del Señor no se da por una obediencia ciega, sino por
el amor que surge en el corazón de quien se siente llamado y perdonado por
Jesús, el Cordero de Dios y por esto mismo anuncia el Evangelio a través de su
ejemplo de vida.
Lamentablemente,
en nuestra búsqueda ciega de seguridad y confort olvidamos nuestra misión de
anunciar el Evangelio, pues en vez de fijarnos en el Cordero de Dios, preferimos
seguir ídolos que nos ofrecen alegrías pasajeras, tales como el poder y el
dinero, razón por la cual vale la pena que reflexionemos acerca del significado
que tiene para nosotros la Eucaristía, porque en ella podemos reconocer a Jesús
como el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Por eso preguntémonos:
¿Reconocemos a Jesús como el Cordero de Dios? ¿Cómo lo anunciamos a los demás?
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