26 Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B:
Lecturas:
Números 11,25-29.
Salmo 18.
Santiago 5,1-6.
San Marcos 9,38-43.45.47-48.
Las Lecturas de este domingo nos invitan a anunciar la Palabra de Dios, con nuestras palabras y obras. Para ello, encontramos tres características esenciales de todo aquel que proclama la Buena Noticia de Dios a los hombres: familiaridad con Dios, libertad frente a los bienes materiales y la legitimación desde la caridad.
Con relación a la familiaridad con Dios, el Libro de los Números nos presenta dos figuras importantes: Moisés y Dios que bajó sobre una nube. Por una parte, Moisés no es celoso de la acción del Espíritu Santo sobre los sesenta ancianos del pueblo de Israel, quienes al ser invadidos por Dios, empezaron a profetizar. Sin embargo, el profetismo de estas personas se da en la medida en que Dios mismo se acercó y actuó sobre ellos. Ahora bien, nosotros podemos creer que aquellas narraciones del Antiguo Testamento ya no se dan hoy en día y que Dios no ha vuelto en la vida de los seres humanos. Al contrario, Dios sigue actuando en los corazones de todos los seres humanos; la figura de la nube representa la cercanía de Dios con el ser humano y, por esta razón, quien proclame la Palabra de Dios debe tener una estrecha relación de familiaridad con Dios, la cual se logra a través de una vida de oración y de discernimiento.
Por eso, en una sociedad que se ha caracterizado por el surgimiento de tantos líderes y figuras ideológicas que se proclaman a sí mismas como profetas o poseedores de la verdad, vale la pena que distingamos en nombre de quién están hablando y cuál verdad están anunciando, pues la Buena Noticia de Dios se caracteriza por la caridad, la libertad y la paz.
En cuanto a la libertad frente a los bienes materiales, el Apóstol Santiago nos ofrece unos criterios muy claros del seguidor del Señor. Quien anuncia la Palabra de Dios se distingue por la austeridad y el desapego frente a los bienes materiales y, por lo mismo, no oprime a los demás y le da mayor importancia a la vida de cada persona, esto lo convierte en alguien justo y recto que sabe colocar cada cosa en su sitio, según el valor que le corresponde. Por medio de frases directas y un tanto crudas, el Apóstol Santiago nos llama la atención sobre nuestra relación con los bienes materiales y cómo ésta afecta nuestra relación con los demás, ya que quienes codician los bienes y sobreponen la acumulación de riquezas a la defensa del justo e inocente, en vez de anunciar la Palabra de Dios, construyen barreras que oprimen y esclavizan. En consecuencia, el profeta verdadero se legitima en la medida en que su predicación es libre de todo tipo de intereses individuales y particulares.
Sobre la legitimación en la caridad, Jesús le llama la atención discípulos quienes le prohibieron expulsar demonios en nombre del Señor a otras personas diferentes de su grupo: "No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí". En ocasiones, mantenemos la mentalidad del grupo selecto, es decir, que quien quiera anunciar el Evangelio debe pertenecer a nuestros grupos, parroquias o comunidades. Jesús, con sus palabras, rompe todo tipo de discriminación al respecto y acoge con caridad a todo aquel que quiera seguirlo.
No obstante, también el Señor nos regala unos criterios muy claros para tener en cuenta sobre la persona que proclama su Palabra: primero, debe ser caritativa, "el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa"; segundo, no debe ser motivo de escándalo para nadie, tanto en sus palabras y gestos como en sus acciones: "el que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar"; tercero, debe ser una persona de discernimiento, es decir, en una profunda comunicación con Dios, de tal manera que sea libre de todo tipo de apego o de ambigüedad: "si tu mano te hace caer, córtatela: más vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo".
Por último, todos estamos llamados a anunciar el Evangelio con nuestro propio ejemplo, en nuestras familias, en nuestros trabajos y en nuestros barrios. Anunciar que Dios es amor va más allá de las palabras y se respalda con nuestros propios actos, siendo honestos, responsables, justos y respetuosos con los demás, de tal modo que podamos construir una sociedad equitativa y fraterna. Por tanto, ser discípulos y misioneros que anunciemos la Palabra de Dios es un compromiso de todos, tal como lo dijo Moisés: "¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!"
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