Segundo Domingo después de Navidad
Lecturas:
Eclesiástico 24,1-2.8-12
Salmo 147
Carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1,3-6.15-18
Evangelio según san Juan 1,1-18
Cuando inicia un nuevo año, la mayoría de personas pone de presente los proyectos o planes que se llevarán a cabo a lo largo del año, incluso, muchas de ellas los ponen por escrito, con el fin de efectuar un control de su ejecución y cumplimiento.
Sin embargo, cuando termina el año podemos llevarnos la sorpresa de que muchos proyectos no se hacen realidad, debido a diversas circunstancias, tales como dificultades económicas, falta de apoyo por parte de algunas personas, carencia de tiempo o acumulación de compromisos, lo cual ocasiona que descartemos algunos proyectos y que, durante la marcha, tengamos que priorizar cada meta establecida al inicio del año.
Precisamente, una clave para poder desarrollar todos nuestros proyectos de una manera eficaz y exitosa es necesario priorizar cada uno de ellos, distinguiendo los diversos aspectos de la vida: el trabajo, la familia, lo intelectual, lo afectivo, la lúdica, la cultura, lo social, la salud y, especialmente, lo espiritual, puesto que este último ámbito es el que logra articular o amarrar a los demás aspectos de la vida en la medida en que si el corazón se encuentra en paz, las decisiones y los actos que llevemos a cabo serán tomados con mesura y sensatez, mientras que si el corazón se halla confundido, cada proyecto estará inmerso en un mar de angustia y desesperación.
Por lo anterior, el criterio para poder priorizar adecuadamente nuestros proyectos es organizar nuestra casa interior, nuestro corazón, y el único que nos puede ayudar a ordenar nuestra vida interior es Jesucristo, quien "se hizo carne y habitó entre nosotros", como lo dice el Evangelista San Juan. En otras palabras, aquel que le abre su corazón a Dios y se deja habitar por Él, existirá paz en su vida y todas sus acciones y decisiones no sólo podrán ser benéficas para él sino para todos los que le rodean.
En consecuencia, nuestra primera tarea del 2016 es crear las condiciones apropiadas para que el Señor fije su morada en nosotros. En esto ha consistido las celebraciones de Adviento y Navidad que hemos vivido durante las últimas semanas, ya que si nos preparamos interiormente, podemos ver con claridad el horizonte, de tal manera que los proyectos que nos fijemos para este año que inicia serán ordenados en esta dirección. Este es el camino a la santidad, es decir, estar centrados en Jesucristo y poder manifestar su Palabra a los demás a través de nuestro propio ejemplo de vida, de acuerdo con lo que nos dice el apóstol San Pablo: "Ya que Él nos eligió, antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos e irreprochables en su presencia, por amor" (Efesios 1, 3-6).
Por lo mismo, es importante que cultivemos nuestra vida espiritual a través de la oración y de la Eucaristía, es decir, que nos dejemos alimentar por el Señor Jesús con su Palabra y con su Cuerpo. Si logramos descubrir la voz de Dios en nuestra cotidianidad, con certeza Él guiará nuestro camino, Él nos acompañará y no nos defraudará.
Se cuenta que un sacerdote, ya mayor en edad, tenía un viaje muy importante que realizar y por ello debía salir a primera hora. Sin embargo, cuando un sacerdote amigo lo fue a buscar no lo encontró en su cuarto, lo buscó en toda la casa, pero no lo halló, hasta que decidió ir a la capilla y allí vio al padre orando enfrente del sagrario. Posteriormente, cuando ambos sacerdotes iban en dirección al aeropuerto, el amigo le preguntó al padre venerable por qué gastaba tantas horas en la oración, si por su edad y autoridad moral no estaba obligado a hacerlo. El padre venerable le respondió: "Esto es un asunto de prioridades".
Por tanto, si colocamos a Jesús como nuestra prioridad, y dejamos que habite en nuestro corazón, Él orientará los demás proyectos que emprendamos a lo largo de este 2016. Así sea.
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