Quinto Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C
¿Cuál es mi respuesta al llamado que el Señor me hace?
Lecturas:
Isaías 6, 1-2a. 3-8
De la Primera Carta de San Pablo a los Corintios 15, 1-11.
San Lucas 5, 1-11
En los últimos domingos hemos visto que la Palabra de Dios nos ha presentado el inicio del ministerio de Jesús y, junto con éste, el llamado a los discípulos. Este Quinto Domingo del Tiempo Ordinario nos trae dos elementos similares a los ya mencionados: el anuncio de la Palabra de Dios y el llamado a ser pescadores de hombres.
Cuando en la vida cotidiana vivimos experiencias contrastantes e inesperadas, descubrimos que nuestras bases comienzan a tambalear y nos preguntamos si realmente lo que estamos haciendo obedece a nuestro proyecto de vida y si éste nos proporciona la tan anhelada felicidad. Del mismo modo, cuando el Señor nos llama a seguirlo radicalmente, la primera sensación que experimentamos en nuestro corazón es cuestionarnos si realmente la orientación que le estábamos dando a la vida es la apropiada. En otras palabras, el llamado que nos hace Jesús nos contrasta, nos cuestiona y, a la vez, nos ayuda a reorientar el rumbo.
En el Evangelio de San Lucas, Jesús se encuentra en la orilla del lago de Genesaret y a gente se reunió para escucharlo, por ello, el Señor busca una barca para ubicarse mejor y predicar. Tal como ocurrió en esta escena, el Señor busca barcas desde las cuales pueda anunciar la Buena Nueva de Dios a la humanidad. Estas barcas somos cada uno de nosotros que, así como Simón Pedro, podemos estar junto a la orilla del lago, es decir, nos podemos encontrar estancados en los bordes de los caminos de la vida, desanimados, sin muchas motivaciones y agobiados por la rutina cotidiana.
En tales circunstancias, Jesús irrumpe en nuestras vidas, nos interpela, nos despierta y nos dice: “Rema mar adentro”. Estas palabras contienen un profundo significado, pues nos invitan a ahondar en la vida interior, a no quedarnos en la superficialidad de lo “que hay que hacer” y, sobre todo, a confiar definitivamente en el Señor, sin dudar. En este sentido, vale la pena que nos preguntemos en qué momentos de nuestras vidas hemos escuchado la voz de Dios que nos invita a arriesgarnos, a seguir adelante con los buenos propósitos, a pesar de las adversidades y a poner toda nuestra esperanza en el Señor.
Sin embargo, Jesús no se queda con la propuesta de remar mar adentro, sino que nos motiva a actuar: “Echad las redes”. Posiblemente, nosotros podemos responderle de manera semejante que Pedro: “Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes”. Nosotros, con nuestras palabras, también nos justificamos: “Señor, es que no me va bien en el trabajo”, “Nadie me comprende”, “Es que tengo un buen trabajo y no lo puedo dejar”, “Sin esta persona no puedo ser feliz, por eso no la puedo dejar”. Ante la llamada fundamental de Jesús de salir de nosotros mismos y servir a los demás, colocamos por delante nuestros propios intereses particulares; también colocamos nuestros miedos, como sucedió en la visión del profeta Isaías: “¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos”.
Precisamente, Dios escribe recto en líneas torcidas, es decir, se vale de seres limitados e imperfectos, como nosotros, para regalar su Misericordia y su Bondad a toda la humanidad. Por esta razón, el llamado de Dios no es exclusivo para sacerdotes y religiosas, sino que se extiende a todas las personas que creen en el Señor Jesús. Y se vale de nosotros, porque si bien somos frágiles y pecadores, también podemos ser discípulos y misioneros que anuncien el Evangelio, en la medida en que dejamos actuar al Señor en nuestras vidas, Él transforma nuestra fragilidad en oportunidad para amar y servir a los demás, así como ocurrió con el Apóstol San Pablo: “Porque yo soy el menor de los Apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí”.
Por último, Jesús obra el milagro de la pesca abundante con el fin de avivar el corazón apesadumbrado de los pescadores y, luego de ello, ya con el corazón renovado, transforma la realidad de los pescadores con el llamado a seguirlo. Con nosotros sucede algo similar, pues Jesús ingresa a nuestras vidas, sana nuestras heridas, nos restablece y luego nos envía a ser mensajeros de misericordia con los demás. Por lo mismo, preguntémonos: ¿Cuál es mi respuesta al llamado que el Señor me hace?
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