sábado, 20 de febrero de 2016

Reflexión Segundo Domingo de Cuaresma. Ciclo C


Segundo Domingo de Cuaresma. Ciclo C


¿Cómo podemos ser contemplativos en la vida diaria?

 

Lecturas:
Génesis 15, 5-12. 17-18.
Salmo 26
De la Carta de San Pablo a los Filipenses 3, 17 – 4, 1.
San Lucas 9, 28b-36.

En este Segundo Domingo de Cuaresma, el texto del Evangelio que se nos presenta es el de la Transfiguración del Señor. Jesús manifiesta su divinidad a sus discípulos y confirma que es el Hijo de Dios, pues aparece conversando con dos personajes fundamentales en la historia de fe del pueblo de Israel: Moisés y Elías. Además, con la voz que se escuchó desde la nube, se muestra que Jesús es el Hijo amado del Padre y a quien Él ha escogido para salvar la humanidad.

En otras palabras, Jesús se nos presenta como ejemplo, modelo y luz para seguir nuestro caminar diario por la vida como creyentes. En ocasiones, separamos nuestra vida cotidiana de nuestras creencias y dejamos nuestra relación con Dios sólo como una actividad que realizamos los domingos en la Eucaristía. Con la escena de la Transfiguración, el Señor nos está invitando a reconocerlo en la vida cotidiana, en los trabajos que efectuamos, en las relaciones sociales que establecemos con diversas personas; más aún, en las dificultades y en los problemas que se nos puedan presentar. Por lo mismo, Dios siempre está a nuestro lado animándonos, ofreciéndonos nuevos horizontes y transformando cada situación que vivimos en una nueva oportunidad para amar. Para nosotros, como creyentes, resuenan las palabras de San Pablo en el día de hoy: “Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo”.

Puede ser que a nosotros nos suceda algo parecido que a los discípulos y nos dejemos llevar por el resplandor y la majestuosidad de la escena, en la cual aparece el Señor resplandeciente en medio de Moisés y Elías. También a muchos de nosotros nos gustaría hacer tres tiendas y quedarnos en el Monte Tabor con el Señor y olvidarnos de nuestra realidad, la cual a veces no se parece en nada a la escena de la Transfiguración.

Sin embargo, Jesús nos trae de nuevo a la realidad y nos muestra que su manifestación divina se hace en la vida diaria, mientras estamos trabajando y conviviendo con otras personas. Precisamente, es en lo cotidiano en donde Jesús se nos presenta como el Señor y nos regala todo su amor y su gracia. Por ello, debemos aprender a ser contemplativos en la vida diaria, es decir, descubrir a Dios actuando en todas las personas y en toda la creación.

La persona que es contemplativa en lo cotidiano no se precipita para tomar decisiones, sabe escuchar a los demás, pero a la vez no se deja llevar por las presiones de alguno; siempre está abierta a reconocer la bondad en los otros y es optimista frente al futuro, porque sabe que con sus talentos y con los de los demás puede construir un mundo mejor. También, el contemplativo es una persona de fe, que reconoce la acción de Dios en su vida y sigue los llamados que Él le va haciendo en su interior, tal como ocurrió con Abrahán en la Lectura del Libro de Génesis, quien creyó en el Señor y, gracias a su fe, “aquel día el Señor hizo alianza” con él.

El contemplativo en la vida diaria sabe que este mundo es un regalo precioso de Dios y que es responsabilidad de todos cuidar el planeta, tanto de la naturaleza y de los animales como de las personas que habitamos esta casa común. En últimas, quien tiene la capacidad de contemplar en la vida diaria puede reconocer a Dios mismo habitando en toda la creación y a toda la creación habitando en Él. Este es el mensaje que nos ofrece el Evangelio de hoy, pues Jesús transfigurado logra transformar no sólo su figura, sino toda la creación. Por ello, la transfiguración del Señor no se quedará en esta escena, sino que llegará a su máxima expresión en la cruz y en la resurrección cuando lo podamos contemplar como el Hijo de Dios, quien vino al mundo a salvarnos.

Finalmente, nuestra tarea es aprender a contemplar a Dios en la vida diaria, pero ¿Cómo podemos hacerlo? Este Año Jubilar es tiempo propicio para ser más atentos a la acción de Dios en la cotidianidad y, para ello, debemos trabajar en dos frentes: por una parte, tenemos que crecer en la vida espiritual, es decir, en la oración, la Eucaristía y en los demás Sacramentos, sobre todo en la Reconciliación, de tal manera que podamos profundizar en nuestra relación con Dios. Por otra parte, tenemos que llevar a la práctica aquellos llamados que recibimos del Espíritu Santo, a través de un servicio sincero, humilde y desinteresado a los demás. Para ello, podemos practicar las obras de misericordia, las cuales son formas concretas para atender y ayudar a nuestros hermanos. De este modo, podemos reconocer a Jesús Transfigurado en nuestras vidas y decir con nuestras obras: “El Señor es mi luz y mi salvación”.

1 comentario:

  1. ¿En qué situaciones concretas has sido contemplativo y has reconocido al Señor en tu vida?

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