Tercer Domingo de Cuaresma. Ciclo
C
¿Qué tan fecundo soy? ¿Cuáles son los frutos que les ofrezco a los demás?
Lecturas:
Éxodo 3, 1-8a. 13-15
Salmo 102Éxodo 3, 1-8a. 13-15
De la Primera Carta de San Pablo a los Corintios 10, 1-6. 10-12.
San Lucas 13, 1-9.
En el lenguaje cotidiano, se suele decir “árbol que nace torcido, su tronco jamás endereza”, lo cual manifiesta esa poca confianza que en algún momento podemos tener en el cambio una persona o en una situación determinada. Esta forma de pensar se hace patente en relaciones muy complicadas, cuando un familiar o nosotros mismos poseemos un problema, una adicción o un vicio que no hemos podido superar y que, por ello, otras personas sufren. En ese sentido, al no ver cambio alguno en la persona, sentimos que llegamos a un callejón sin salida y, paulatinamente, comenzamos a creer que ya no hay solución y que nada o nadie podrán transformar a dicha persona.
Sin embargo, Jesús nos enseña que
para Dios siempre habrá una esperanza de redención del ser humano. Cambiando el
refrán popular, para el Señor “el tronco torcido siempre endereza”. En la
parábola de la higuera estéril, que se nos narra en el Evangelio de San Lucas,
lo más sencillo para nosotros sería esperar que el dueño de la viña cortara la
higuera que, después de tres años, no ofreciera fruto; pero Dios se pone en el
lugar del viñador y prefiere abonarla, cuidarla y tratar a la higuera con
cariño con el fin de obtener fruto de ella.
Dar una nueva oportunidad es la
apuesta de Dios, pues como dice el Papa Francisco, “el nombre de Dios es misericordia”, lo cual significa que a pesar
de tanto mal e iniquidad presentes en el mundo, el ser humano tiene la
oportunidad de recibir de parte de Dios todo su amor y bondad sin límites, sin
exigirnos retribución o pago alguno. No obstante, la tarea que se le presenta
al ser humano en estas circunstancias es responder libre y afirmativamente al
llamado de amor que nos hace Dios en cada instante, pues recordemos que Dios ha
sido quien nos ha amado primero y, por eso, nos ha llamado a seguirlo.
¡Cuántas veces nos rendimos ante
el primer obstáculo que se nos presenta! Es más, creemos que ya no hay solución
y que Dios nos ha abandonado. Pero Dios está con su pueblo, animándolo,
tal como ocurrió con Moisés que, aunque sintió asombro al ver que la zarza no se consumía,
reconoció la presencia de Dios mismo en la zarza. Dios escucha nuestro clamor y se
hace presente, en medio de nuestro asombro, pues su misericordia es como el
fuego en la zarza, ya que no se consume y nos brinda una esperanza, un nuevo
horizonte para amar y para perdonar.
Por tanto, la tarea de cada uno
de nosotros es ir hacia la zarza y dejarnos quemar por el fuego divino. En tiempos
difíciles, lo más tentador es aislarnos, cerrar los ojos y taparnos los oídos
ante cualquier voz de aliento, pero Dios nos interpela, nos cuestiona y nos
invita a acercarnos a Él y abrirle nuestro corazón. En medio del desierto que
nos presenta la vida, con toda su rutina y estrés, Dios está a nuestro lado,
acompañándonos, consolándonos, abriéndonos nuevos horizontes. Así como Él
orientó en forma de nube al pueblo de Israel, ahora va con cada uno de
nosotros, desde nuestra propia realidad y sólo nos pide creer en Él, que todo
lo puede, tal como nos invita el apóstol San Pablo.
Quien confía en el Señor, sus
acciones se dirigen en beneficio de los demás, como nos dice Jesús: “Por sus
frutos los conocerán” (Mateo 7, 20). En consecuencia, las palabras, actitudes y
acciones de la persona reflejarán su confianza en Dios y su capacidad para
abrirse a su acción misericordiosa. Por ello, preguntémonos: ¿Qué tan fecundo soy?
¿Cuáles son los frutos que les ofrezco a los demás?
En síntesis, la Palabra de Dios
nos mueve a tres cosas: 1) Reconocer la misericordia sin límites del Señor,
quien no se cansa de ofrecernos nuevos caminos para llegar a Él, 2) Dejarnos
guiar por el Señor que, como el viñador, no cesa de cuidarnos y atendernos para
que demos fruto abundante y, 3) Reflexionar sobre los frutos que estamos
ofreciendo a los demás en nuestra vida diaria.
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