sábado, 4 de junio de 2016

Reflexión Décimo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


Décimo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

 
LOS DESPOSEÍDOS DE HOY

 

Lecturas:
Primera Lectura: Del Libro Primero de los Reyes 17,17-24.
Salmo: 29
Segunda Lectura: Del Apóstol San Pablo a los Gálatas 1, 11-19
Evangelio: Según San Lucas 7,11-17

 

La Palabra de Dios de este Décimo Domingo del Tiempo Ordinario enfoca su mirada a los desposeídos y abandonados de este mundo, representados en dos mujeres viudas, una que es atendida por el Profeta Elías y otra, la de Naím, que es ayudada por Jesús y en el testimonio del Apóstol San Pablo, quien lo deja todo por seguir al Señor.

 

De igual modo, encontramos en el mundo actual diversas personas desposeídas: unos lo pierden todo por la injusticia social; otros son desposeídos por circunstancias de la vida o de la naturaleza, como por ejemplo, quienes padecen una enfermedad o les acontece un desastre natural, ya sea un terremoto, una erupción volcánica o una inundación, entre otros; también están quienes, por su propio pecado, se han quedado sin trabajo, sin familia, sin horizonte; por último, están los que dejan todo tipo de bienes materiales para abandonarse en las manos y seguirlo, como es el caso de los misioneros, los religiosos y los sacerdotes. Para todos estos casos, si en verdad hay un proceso de conversión y si la persona abre su corazón a la acción de Dios, el Señor no la desamparará, sino que le ofrecerá una nueva vida, tal como lo presenta la Palabra de Dios de este Domingo.

 

En el Evangelio según Lucas, Jesús va de camino y en la ciudad de Naím observa que hay un entierro del hijo único de una viuda y allí lo resucita. Jesús ejerce un milagro que es reconocido por el pueblo, quien lo aclama como profeta.

 

Dicho esto, en este relato aparecen varios elementos significativos que hacen de este milagro un signo particular. En primer lugar, el milagro es realizado en el camino; Jesús está de paso, pues su punto de llegada es Jerusalén, esto es, la cruz y la Resurrección. En el camino, el Señor observa la realidad del otro, comprende su situación, se compadece de su dolor, se pone en sus zapatos y, por lo mismo, hace un alto en el camino y acude a ayudar a la persona necesitada.

 

En segundo lugar, es necesario atender a las personas que reciben el milagro: una viuda y su único hijo. A lo largo de la historia del pueblo de Israel, las figuras de la viuda y del huérfano cobraron especial atención en el corazón y en la memoria colectiva del pueblo, pues ellos representan a los predilectos de Dios, ya que son el ejemplo de la persona desposeída, de quien se queda solo en la vida, sin protección, sin bienes materiales, sin ayuda, debido al predomino que había de la figura masculina y patriarcal, ya que era el hombre la cabeza de la familia y la mujer que quedaba viuda dependía del hijo varón, quien asumía el liderazgo de la casa. En el caso de la viuda de Naím, ella fue desposeída de su única seguridad, que era su hijo. Sin embargo, Jesús le regala a su hijo con una nueva vida, aquella que sólo Él puede ofrecer.

 

En tercer lugar, Jesús le entrega el hijo a su madre, es decir, le devuelve la vida no sólo a él sino al hogar. En otras palabras, Jesús le ofrece a la viuda un sentido para vivir, pues le retorna a su hijo con una nueva vida. No se trata de una simple reanimación, sino que es la vida con un elemento adicional: la Gracia de Dios. Cuando Jesús obraba algún milagro, no sólo realizaba una sanación física, sino que también recomponía el corazón, curaba por dentro. Efectivamente, esto fue lo que hizo el Señor con la viuda y con su hijo, porque con el milagro Jesús recompuso el hogar, lo volvió a reconstruir y esto fue posible a través de su amor misericordioso.

 

En cuarto lugar, el reconocimiento de Jesús como profeta nos remite a la Primera Lectura, tomada del Libro Primero de los Reyes, en la cual el Profeta Elías efectuó un signo de curación sobre el hijo enfermo de una viuda. Al igual que Jesús, Elías le entregó el hijo sano a su madre y ella, al ver el signo milagroso, reconoció en el Profeta a un hombre de Dios. Lo que está de fondo en el reconocimiento de Jesús y Elías como profetas es el descubrimiento de la acción de Dios a través de ellos. Es el Padre Misericordioso quien obra en el Hijo, a través del Espíritu, en el mundo. Por tanto, los milagros que descubrimos en la Sagrada Escritura son la muestra clara del amor de Dios por la creación, especialmente por su humanidad querida.

 

En quinto lugar, San Pablo nos muestra otra forma de ser desposeído: el de aquel que deja a un lado sus seguridades por el seguimiento de Cristo. Gracias a la Revelación que recibió el Apóstol de parte del Señor, fue liberado por Dios de aquellas posesiones, no necesariamente materiales, que le brindaban confort y tranquilidad. En el caso de San Pablo, las seguridades estaban aferradas a sus creencias judías, las cuales le ocasionaron en el Apóstol que en su vida pasada persiguiera sin compasión a los creyentes en Jesús, pero el Señor le deshizo de sus posesiones, convirtiéndolo en un discípulo suyo.

 

En conclusión, el Señor nos propone dos compromisos concretos a  través de las Lecturas de hoy: primero, ser solidarios con la persona más necesitada, incluso aquella que habita en nuestra propia casa y, segundo, soltar aquellas posesiones, seguridades y apegos que obstaculizan la acción de Dios en la vida diaria.   

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