DOMINGO 11 DEL TIEMPO
ORDINARIO
San Lucas 7, 36 – 8, 3
Uno
de los gestos más especiales que los abuelos o los padres de familia
acostumbran realizar con sus hijos cuando salen a trabajar o estudiar es la de
dar la bendición. Dicho acto no sólo consiste en dar la bendición con las manos
sino la de orar por esa persona que sale de casa, para que el Señor le acompañe
durante su jornada laboral o académica.
En
este orden de ideas, tanto la bendición a los seres queridos como la unción y
otros signos parecidos tienen un valor sagrado para las personas, pues con
ellos la gente espera que sus seres queridos reciban la gracia y la bendición
de Dios para sus vidas y para las tareas que puedan emprender.
En
el Evangelio de hoy, una mujer unge los pies de Jesús, mientras Él se
encontraba en casa de un fariseo. Para comprender el significado de tal acción
de la mujer, es necesario tener en cuenta que, desde tiempos muy remotos, la
unción con aceites y perfumes ha sido una costumbre reservada ya sea para
ceremonias fúnebres, para la coronación de reyes o consagración de sacerdotes.
En este sentido, la unción reviste un valor espiritual, pues se espera
que Dios guíe a la persona ungida.
En
el episodio de hoy, la unción de Jesús tiene un doble significado: por una
parte, con ese acto la mujer reconoce a Jesús como Señor y Mesías, pues como ya
se dijo, la unción era reservada a personas muy especiales y, por ello, ésta
tenía un carácter sagrado. Por otra parte, esta unción en particular
representaba un signo de arrepentimiento y una petición de perdón por parte de
la mujer.
Sin
embargo, el fariseo anfitrión no reconoció el significado de esta unción, sino
que asumió una actitud de juez hacia Jesús y la mujer. En vez de ver esta
situación con ojos de misericordia, el fariseo juzgó a Jesús porque, según él,
Nuestro Señor no debía dejarse ungir por una pecadora, si realmente fuera un
profeta y, a su vez, juzgó a la mujer por ser pecadora y acercarse en esta
condición a Jesús. A veces nosotros asumimos actitudes similares cuando
juzgamos a los demás por sus actos o por su pasado y no reconocemos que,
gracias a la misericordia de Dios, toda persona tiene la oportunidad de
cambiar.
En
cambio, Jesús se dirigió a esta mujer con misericordia, reconoció su realidad y
la perdonó, pues vio en ella a una persona arrepentida que tenía en su corazón
un profundo amor. El camino del perdón
de Dios está atravesado por un profundo sentimiento de amor a Dios y a los
demás, que le permite a la persona tomar conciencia de su realidad de
fragilidad y limitación y abrir su corazón para recibir la misericordia de
Dios.
En
últimas, la persona que tiene una experiencia cercana, personal y profunda con
Jesús, puede ver en Él al Hijo de Dios y reconocer a su vez la misericordia, la
bondad y el amor de Dios Padre. Por tanto, nuestra tarea consiste en
preguntarnos de qué manera nos acercamos a Jesús y poder compartir con los
demás dicha experiencia de encuentro profundo con el Señor, por medio de
nuestras actitudes y acciones cotidianas.
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