Y tú, ¿eres misericordioso con los demás, de la misma manera como Dios lo ha sido contigo?
Lecturas:
Éxodo 32, 7-11.13-14
Salmo 50
Timoteo 1, 12-17
Lucas 15, 1-32
La Palabra de Dios de este domingo nos va a invitar a meditar sobre la misericordia de Dios y sus características. Ser misericordioso implica salir de nosotros mismos, servir y comprender a los otros y buscar reconocer a los demás como hijos de Dios y hermanos nuestros en la fe.
Al respecto, cuenta la historia que un día, un hombre invitó a un mendigo a comer en su tienda. Cuando el hombre estaba dando gracias, el otro empezó a maldecir a Dios y a decir que no soportaba oír Su Santo Nombre. Presa de indignación, el hombre echó al blasfemo de su tienda. Aquella noche, cuando estaba haciendo sus oraciones, le dijo Dios al hombre: “Ese hombre ha blasfemado de mí y me ha injuriado durante cincuenta años y, sin embargo, yo le he dado de comer todos los días. ¿No podías haberlo soportado tú durante un solo almuerzo?”.
Precisamente, la misericordia de Dios no tiene límites y nos ama, sin importar que nosotros no le correspondamos a tanto amor, tal como sucedió con el hombre de la historia que se la pasaba blasfemando de Dios. En este sentido, la misericordia de Dios posee tres características especiales: 1) la fidelidad, 2) la invitación a la conversión y, 3)
la alegría.
Quien es misericordioso es fiel, es decir, permanece amando y sirviendo a los demás, sin importar las circunstancias. Dicha fidelidad nos la ofrece Dios mismo en la Primera Lectura, pues Él liberó al pueblo de Israel y permaneció fiel, a pesar de la infidelidad del pueblo. En nuestro caso, Dios nos regala su misericordia a través de su fidelidad, aunque nosotros seamos inconstantes y nos alejemos de Dios.
Asimismo, la misericordia de Dios nos mueve a la conversión, como ocurrió con el Apóstol San Pablo en la carta a Timoteo. Recordando su propia historia, Pablo reconoce que Dios no sólo lo perdonó, sino que le concedió la capacidad para llevar a cabo la misión que Cristo le había encomendado, es decir, anunciar el Evangelio, por medio de la Gracia, Dios le regaló al Apóstol la fe y el amor. De igual manera, el Señor nos ofrece las herramientas para transformar nuestro corazón y dar testimonio de dicho amor a los demás, en la vida cotidiana.
En este orden de ideas, la misericordia es alegría, así como la dicha que experimenta el pastor al recuperar a su oveja perdida, o aquella que siente la mujer al encontrar la moneda o lo que vive el padre cuando recupera a su hijo menor. Así funciona el corazón de
Jesús, pues Él atiende y acompaña a quien está en problemas y no descansa hasta
haberlo recuperado.
En
contraste a la acción misericordiosa de Jesús, la lógica humana aceptaría la
pérdida de la oveja, pues es más importante cuidar de las otras noventa y
nueve, ya que se debe evitar la pérdida de más ovejas. Para el Señor, lo
importante es rescatar a todos, que nadie se pierda y, para esto, deja las
demás en el campo, en un lugar seguro, sin poner en riesgo a ninguna de ellas.
Quizás,
la mayor parte de nosotros se identificaría con alguna de las noventa y nueve
ovejas o con el hijo mayor, pensando que no estamos perdidos. Sin embargo, vale la pena que nos
preguntemos cuáles son aquellos aspectos de la vida en los cuales estamos
“perdidos” y necesitamos de la ayuda de Dios, el padre misericordioso y buen pastor, que con su amor
misericordioso sale a nuestro encuentro y nos vuelve a llevar a casa, al redil.
Y tú, ¿eres misericordioso con los demás, de la misma manera como Dios lo ha sido contigo?
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