viernes, 23 de septiembre de 2016

Reflexión XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C
Lecturas:
Del Profeta Amós 6, 1a.4-7
Salmo 145
Timoteo 6, 11-16
San Lucas 16, 19- 31
Y tú, ¿qué tan libre vives de los bienes materiales?
Uno de los cuentos más famosos de Rafael Pombo era el de la "Pobre viejecita", el cual reza así: Érase una viejecita sin nadita que comer sino carnes, frutas, dulces, tortas, huevos, pan y pez. Bebía caldo, chocolate, leche, vino, té y café, y la pobre no encontraba qué comer ni qué beber. Y esta vieja no tenía ni un ranchito en que vivir fuera de una casa grande con su huerta y su jardín nadie, nadie la cuidaba sino Andrés y Juan Gil y ocho criados y dos pajes de librea y corbatín. 
Nunca tuvo en qué sentarse sino sillas y sofás con banquitos y cojines y resorte al espaldar ni otra cama que una grande más dorada que un altar, con colchón de blanda pluma, mucha seda y mucho olán. Y esta pobre viejecita cada año, hasta su fin, tuvo un año más de vieja y uno menos que vivir. Y al mirarse en el espejo la espantaba siempre allí otra vieja de antiparras, papalina y peluquín. Y esta pobre viejecita no tenía que vestir sino trajes de mil cortes y de telas mil y mil. Y a no ser por sus zapatos, chanclas, botas y escarpín, descalcita por el suelo anduviera la infeliz.
Apetito nunca tuvo acabando de comer, ni gozó salud completa cuando no se hallaba bien .Se murió del mal de arrugas, ya encorvada como un tres, y jamás volvió a quejarse ni de hambre ni de sed. Y esta pobre viejecita al morir no dejó más que onzas, joyas, tierras, casas,ocho gatos y un turpial. Duerma en paz, y Dios permita que logremos disfrutar las pobrezas de esa pobre y morir del mismo mal.
Quizás, lo que nos puede presentar este cuento es una realidad que aparece en la mayor parte de los seres humanos y que corresponde a la constante insatisfacción que poseemos ante lo que tenemos y vivimos. En algunos momentos de la vida estaremos en esa búsqueda por satisfacer aquello que queremos y no nos basta con lo que poseemos.
Precisamente, la Palabra de Dios de este domingo nos presentará la ambición como una forma desordenada por satisfacer nuestros propios intereses, sin tener en cuenta las necesidades de los demás.
En este sentido, el Evangelio de San Lucas nos presenta la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro, que se encuentra únicamente en este Evangelio. En ella, Jesús realiza una crítica a los ricos que no se preocupan por los más necesitados.
Por ello, al hombre rico no le era suficiente con todo lo que poseía, pero no era capaz de ver la necesidad de aquel pobre mendigo, Lázaro, que estaba a las puertas de su casa y quería calmar el hambre tan solo con las migajas que caían de la mesa del rico.
De hecho, cuando el hombre rico reconoció los tormentos que estaba viviendo en la otra vida a causa de sus excesos, le pidió al padre Abrahán que enviara a Lázaro a su casa para que previniera a sus hermanos de lo que les podría suceder después de la muerte. No obstante, los milagros, como el que quería el hombre rico, son inútiles para quien no tiene fe, pues tiene su vida saturada de excesiva ambición y búsqueda de bienestar egoísta, razón por la cual le contestó Abrahán: "Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos. "
Por esta misma línea, el Profeta Amós critica el egoísmo y la ambición desmesurada de los ricos. Ahora bien, el problema de fondo no consiste en tener bienes materiales o aspirar a algún grado de bienestar, sino en otorgarle un valor diferente a los bienes. El trabajo, las posesiones, lo que tenemos y hemos conseguido con arduo trabajo y esmero son medios para poder llegar a nuestro fin, que es la felicidad, es decir, buscar, hallar y realizar la Voluntad de Dios. Por lo mismo, el problema consiste en convertir los bienes materiales en un fin, en la meta única de nuestra vida.
En consecuencia, la clave para colocar los bienes materiales en su justo lugar la ofrece el Apóstol San Pablo en su carta a Timoteo, en la cual nos propone la fidelidad a Cristo y a su Mandamiento, el del Amor, como guía de nuestra vida. De allí se sigue que quien es fiel a Cristo y ama a los demás, no busca obsesivamente bienes y privilegios para sí mismo, sino que orienta su vida al servicio y al beneficio de todos. De este modo, la persona no vivirá en constante insatisfacción, como le ocurrió a la pobre viejecita.
Y tú, ¿qué tan libre vives de los bienes materiales?  

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