XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C
Evangelio: Lucas 17, 5-10
¿Con mis obras, muestro fe en Dios?
Cuentan que un alpinista, con el afán por conquistar una altísima montaña, inició su travesía después de años de preparación, pero quería la gloria solo para él, por lo que subió sin compañeros. Empezó a subir y se le fue haciendo tarde, y más tarde, y no se preparó para acampar, sino que decidió seguir subiendo, y oscureció. La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña, ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, la luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes.
Subiendo por un acantilado, a solo unos pocos metros de la cima, se resbaló y se desplomó por el aire, cayendo a velocidad vertiginosa. El alpinista solo podía ver veloces manchas oscuras y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad. Seguía cayendo, y en esos angustiantes momentos, le pasaron por su mente todos los episodios gratos y no tan gratos de su vida. Pensaba en la cercanía de la muerte, sin embargo, de repente, sintió el fortísimo tirón de la larga soga que lo amarraba de la cintura a las estacas clavadas en la roca de la montaña.
En ese momento, suspendido en el aire, gritó: ¡ayúdame Dios mío! De repente, una voz grave y profunda de los cielos le contestó: -¿Qué quieres que haga? - ¡Sálvame Dios mío! Respondió el alpinista. -¿Realmente crees que yo te puedo salvar? -¡Por supuesto Señor! -Entonces corta la cuerda que te sostiene. Hubo un momento de silencio; el hombre se aferró más aún a la cuerda. Cuenta el equipo de rescate, que al siguiente día encontraron a un alpinista colgando muerto, congelado, agarradas sus manos fuertemente a una cuerda, a tan solo un metro del suelo.
Esta historia nos muestra un elemento que con frecuencia a nosotros nos puede faltar en nuestra relación con Dios: fe. En este mismo sentido, el Señor Jesús nos recuerda que “si tuvieran fe como un grano de mostaza, dirían a este sicomoro: Desarráigate y transplántate en el mar, y él les obedecería”. La fe se traduce en obras, en acciones concretas, en actitudes de vida.
Por lo anterior, quien tiene una profunda fe en Dios, mantiene una actitud serena en la vida y, así como confía en Dios, su actitud con los demás es de misericordia y comprensión. Además, la fe no consiste únicamente en cumplir las responsabilidades, pues como lo indica la segunda parte del Evangelio de hoy, nosotros somos siervos que hacemos aquello que debemos hacer, sino en poner nuestro corazón en todo lo que vivimos y eso se hace evidente en nuestras relaciones interpersonales.
Por ello, pregúntate: ¿Qué tanto amor coloco en mis acciones cotidianas? ¿Con mis obras, muestro fe en Dios?
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