Y tú, ¿Qué estás haciendo para construir el Reino de Dios hoy?
Lecturas:
2 Samuel 5, 1-3
Salmo 121
Colosenses 1, 12-20
San Lucas 23, 35-43
En este domingo concluimos el año litúrgico, es decir, el calendario que se ha organizado en la Iglesia para este año. A partir del próximo domingo se dará inicio al Tiempo de Adviento, esto es, la preparación para la Navidad y el Nacimiento del Señor.
Por ello, como cierre de este año celebramos la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Podríamos suponer que en esta fiesta admiraríamos la majestuosidad y omnipotencia de Dios, pero descubrimos que, precisamente, Jesús nos enseña una gran lección de humildad y sencillez, ya que su reinado no consiste en el dominio de los demás, en la opresión, tal como ha sucedido en la mayoría de los reinados de la humanidad, sino que su reinado se basa en la misericordia, en la bondad y en el amor de Dios, que se nos regaló en la cruz.
Precisamente, Jesús es rey en la cruz y su corona no es de oro y diamantes, sino de espinas, de dolor y entrega. Jesús reina porque se hace uno como nosotros, menos en el pecado, y sale de sí mismo para que todos puedan vivir y recibir el amor de Dios. En esto consiste el amor de Dios, es decir, en darse con generosidad a los demás, sin condiciones o sin exclusividades, tal como nos lo enseñó Jesús en la cruz.
A este respecto, se dice que en un antiguo reino debían elegir nuevos reyes siguiendo la tradición. Cada pareja de jóvenes cultivaría durante un año el mayor jardín de amor a partir de un única semilla mágica. No se trataba solo de un concurso, pues de aquel jardín surgirían toda la magia y la fortuna de su reinado.
Hacer brotar una única flor ya era algo muy difícil; los jóvenes debían estar verdaderamente enamorados y poner mucho tiempo y dedicación. Las flores de amor crecían rápido, pero también podían perderse en un descuido. Sin embargo, en aquella ocasión, desde el primer momento una pareja destacó por lo rápido que crecía su jardín, y el aroma de sus mágicas flores inundó todo el valle.
Milo y Nika, a pesar de ser unos sencillos granjeros, eran el orgullo de todos. Guapos, alegres, trabajadores y muy enamorados, nadie dudaba de que serían unos reyes excelentes. Tanto, que comenzaron a tratarlos como si ya lo fueran. Entonces Milo descubrió en los ojos de Nika que ese trato tan majestuoso no le gustaba nada. Sabía que la joven no le pediría que renunciara a ser rey, pero él prefería la felicidad de Nika, y resolvió salir cada noche en secreto para cortar algunas flores. Así reduciría el tamaño del jardín y terminarían perdiendo el concurso. Lo hizo varias noches pero, como apenas se notaba, cada noche tenía que comenzar más temprano y cortar más rápido.
La noche antes de cumplirse el plazo Milo salió temprano, decidido a cortar todas las flores. Pero no pudo hacerlo. Cuando llevaba poco más de la mitad descubrió que alguien más estaba cortando sus flores. Al acercarse descubrió que era Nika, quien llevaba días haciendo lo mismo, sabiendo que Milo sería más feliz con una vida más sencilla. Se abrazaron largamente, y juntos terminaron de cortar las flores restantes, renunciando a ser reyes para siempre. Con la última flor, Milo adornó el pelo de Nika. Casi amanecía cuando, agotados pero felices, se quedaron dormidos, abrazados en medio de su deshecho jardín.
Despertaron entre los gritos y aplausos de la gente, rodeados del jardín más grande que habían visto jamás, surgido cuando aquella última flor rozó el suelo, porque nada hacía florecer con más fuerza aquellas flores mágicas que el amor generoso y sacrificado. Y, aunque no consiguieron renunciar al trono, sí pudieron llevar una vida sencilla y tranquila, pues la abundancia de flores mágicas hizo del suyo el reinado más próspero y feliz.
Por ello, amar a los demás es semejante a hacer brotar una flor única, lo que supone esfuerzo, cariño y solidaridad, pues quien ama no se queda solo y no busca encerrarse en su propio egoísmo, al contrario, quien ama hasta el extremo sabe convivir con otros y con ello construye una mejor sociedad para todos. Así, con la colaboración de todos, Jesucristo reina en cada corazón y, por ende, se construye el Reino de Dios en el mundo, gracias a la solidaridad, la generosidad, la honestidad y la fraternidad de unos y otros.
Y tú, ¿Qué estás haciendo para construir el Reino de Dios hoy?
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