Y tú, ¿Cómo descubres la acción de Dios en la realidad?
Lecturas:
Malaquías 3, 19-20a
Salmo 97
2 Tesalonicenses 3, 7-12
San Lucas 21, 5-19
Nos encontramos en el Domingo 33 del Tiempo Ordinario, es decir, en el penúltimo domingo del Año Litúrgico, por medio del cual se ha dividido el año de celebraciones en la Iglesia Católica. De igual modo, en este domingo comienza el cierre del Año Jubilar de la Misericordia, razón por la cual nuestra celebración comunitaria adquiere un significado especial.
En el Evangelio, Jesús anuncia la destrucción del Templo y el fin de los tiempos. Con ello, Él llama la atención sobre hacia dónde debe estar orientada nuestra mirada, no tanto en lo exterior, sino en lo interior y, a la vez, en una conexión con la realidad. En otras palabras, el anuncio del Reino de Dios debe estar unido a una experiencia espiritual interior y a una mirada profunda de la realidad en la que vivimos.
Así las cosas, se trata de leer los signos de los tiempos, comprender cómo actúa Dios con misericordia y esperanza en medio de la realidad que nos rodea, así sea dura y difícil, como se presenta en la Primera Lectura. Precisamente, a esto nos llama el Papa Francisco, cuando nos invita a ser una "Iglesia en salida", es decir, no quedarnos encerrados en una burbuja de cristal, sino atender a las necesidades de los demás, empezando por aquellas personas marginadas, incluso las que tenemos a nuestro lado.
Ciertamente, para descubrir la acción de Dios en nuestra realidad, requerimos el valor de la comprensión. Si no somos capaces de "ponernos en los zapatos del otro", como se dice popularmente, es difícil que podamos reconocer la obra misericordiosa de Dios en el mundo de hoy. A propósito, se cuenta que había una vez un ladrón malvado que, huyendo de la policía, llegó a un pequeño pueblo, donde escondió lo robado y se hizo pasar por el nuevo maestro y comenzó a dar clases con el nombre de Don Pepo.
Como era un tipo malvado, gritaba muchísimo y siempre estaba de mal humor. Castigaba a los niños constantemente y se notaba que no los quería ni un poquito. Al terminar las clases, sus alumnos salían siempre corriendo. Hasta que un día Pablito, uno de los más pequeños, en lugar de salir se le quedó mirando en silencio. Entonces acercó una silla y se puso en pie sobre ella. El maestro se acercó para gritarle pero, en cuanto lo tuvo a tiro, Pablito saltó a su cuello y le dio un gran abrazo. Luego le dio un beso y huyó corriendo, sin que al malvado le diera tiempo a recuperarse de la sorpresa.
A partir de aquel día, Pablito aprovechaba cualquier despiste para darle un abrazo por sorpresa y salir corriendo antes de que le pudiera pillar. Al principio el malvado maestro se molestaba mucho, pero luego empezó a parecerle gracioso. Y un día que pudo atraparlo, le preguntó por qué lo hacía:
- Creo que usted es tan malo porque nunca le han querido. Y yo voy a quererle para que se cure, aunque no le guste.
El maestro hizo como que se enfadaba, pero en el fondo le gustaba que el niño le quisiera tanto. Cada vez se dejaba abrazar más fácilmente y se le notaba menos gruñón. Hasta que un día, al ver que uno de los niños llevaba varios días muy triste y desanimado, decidió alegrarle el día dándole él mismo un fuerte abrazo.
En ese momento todos en la escuela comenzaron a aplaudir y a gritar:
- ¡Don Pepo se ha hecho bueno! ¡Ya quiere a los niños!
Y todos le abrazaban y lo celebraban. Don Pepo estaba tan sorprendido como contento.
- ¿Le gustaría quedarse con nosotros y darnos clase siempre?
Don Pepo respondió que sí, aunque sabía que cuando lo encontraran tendría que volver a huir. Pero entonces aparecieron varios policías, y junto a ellos Pablito llevando las cosas robadas de Don Pepo.
- No se asuste, Don Pepo. Ya sabemos que se arrepiente de lo que hizo y que va a devolver todo esto.
Puede quedarse aquí dando clase, porque, ahora que ya quiere a los niños, sabemos que está curado.Don Pepo no podía creérselo. Todos en el pueblo sabían desde el principio que era un ladrón y habían estado intentado ayudarle a hacerse bueno. Así que decidió quedarse allí a vivir, para ayudar a otros a darle la vuelta a sus vidas malvadas, como habían hecho con la suya.
Por lo anterior, es necesario trabajar, esforzarse y dar ejemplo en la vida cotidiana, como dice el refrán: "A Dios rogando y con el mazo dando", esta es la invitación que nos hace el Apóstol San Pablo con la expresión: "El que no trabaje, que no coma", ya que quien anuncia el Reino de Dios debe poner su iniciativa, por medio de su trabajo, para que la paz y el amor de Dios sean una realidad en nuestra sociedad.
Y tú, ¿Cómo descubres la acción de Dios en la realidad?
Mañana no es el domingo 34°?
ResponderEliminarSí, mañana es el Domingo 34, solemnidad de Cristo Rey. Sólo que esta reflexión corresponde al domingo anterior, que no había podido publicar antes.
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