martes, 29 de noviembre de 2016

Reflexión I Domingo de Adviento. Ciclo A

I Domingo de Adviento. Ciclo A
 
 
¿Cómo estoy preparando mi corazón para la venida del Señor?
Una espera alegre
 
Lecturas:
Isaías 2, 1-5: "El Señor reúne a todos los pueblos en la paz eterna del Reino de Dios".
Salmo 121: "Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor".
De San Pablo a los Romanos 13, 11-14: "Nuestra salvación está cerca".
San Mateo 24, 37-44: "Estad en vela para estar preparados".
 
En este domingo iniciamos un nuevo año litúrgico y, a su vez, comenzamos el Tiempo de Adviento, es decir, el tiempo de preparación para el nacimiento de Jesús. Como se dice coloquialmente, es la hora de "barrer y limpiar la casa" de nuestro corazón para acoger al mejor de los amigos: Jesús niño, quien con su ternura y su bondad nos enseña que, para ser grandes a los ojos de Dios, primero debemos hacernos pequeños y humildes.
 
Por ello, la Palabra de Dios de este domingo nos llama la atención acerca de la venida del Hijo de Dios, cuyo acontecimiento se puede dividir en tres momentos: el primero, el anuncio hecho por los Profetas en el Antiguo Testamento; el segundo, el nacimiento de Jesús en Belén y, el tercero, la segunda venida del Señor, en lo que se ha denominado teológicamente como la parusía.
 
Por lo anterior, la actitud a la que nos invitan las Lecturas de hoy es la vigilancia, esto es, estar atentos a los signos y señales de la venida del Señor en nuestras vidas. Sin embargo, para estar vigilantes, es necesario tener prioridades, pues no se está atento de aquello que no se espera, de lo que no es importante para nosotros. Las personas esperamos y anhelamos aquello que nos atrapa el corazón y se convierte en prioridad, en lo fundamental.
 
A este respecto, recuerdo una historia que escuché en unos retiros espirituales. Resulta que un niño iba por primera vez a la escuela y, para tal efecto, su mamá se esmeró en equiparlo del mejor modo posible: uniforme debidamente arreglado, maleta y útiles escolares nuevos y lonchera repleta. Así las cosas, el niño se fue solo hacia la escuela con mucho entusiasmo.
 
En el camino, el niño encontró a un vendedor que estaba jugando con una pata de pavo, la cual hacía mover mientras estiraba un tendón en la parte inferior. Lleno de curiosidad, el niño se quedó observando tan extraño hecho, pues él no se explicaba cómo se podía mover la pata de pavo. Después de un rato, el niño le preguntó cuánto costaba este artefacto, a lo que el vendedor, al darse cuenta lo que traía consigo el chico, le propuso que le diera la maleta y la lonchera. Ante la insistencia por parte del vendedor, el niño al fin cedió todo lo que llevaba y se quedó con la pata de pavo, pero no fue a la escuela. Luego de jugar con la pata de pavo por unos 15 minutos, el chico se aburrió, se quedó sin maleta, sin lonchera y sin escuela.
 
De igual forma, a nosotros nos podría ocurrir lo que le sucedió al niño con la pata de pavo, pues podemos ir en la vida, sin saber qué es lo fundamental, deleitándonos con situaciones pasajeras, fugaces. Quizás, el Señor pueda pasar y nosotros no nos demos cuenta.
 
Por lo mismo, en el Evangelio el Señor nos invita a estar en vela. No obstante, que nuestra espera sea alegre, llena de gozo, semejante a la emoción que sentimos cuando vamos a vernos con alguien muy querido por nosotros, de tal manera que pongamos en práctica aquello que repetimos en el Salmo: "Qué alegría cuando me dijeron: ¡vamos a la casa del Señor!".
 
Y tú, ¿cómo estás preparando el corazón para la venida del Señor?
 

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